Iván Humanes, poemas de "En Kobernauss'"

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Cuatro

I.
No es perversidad, sino conciencia
adivinar en su pecho el Aurach, río violento
                        posible imagen divina.
Nuestros paseos proyectados son una obsesión
de aspirar a la única mujer de K.
                        que es a la vez todas las mujeres
                        posibles.
Cuestión de tiempo.
Aguardar el instante preciso de su noche
traerse mudo a la savia de sus pies-hoja
gatear piernas, cintura, sin inquietar sueño
escarbar en su cuello hasta que salga
                        el agua temprana a borbotones
                        afinidades electivas.





II.
Y es que son cuatro ríos los que bañan
y riegan el paraíso de Dios:
                        Pischón, lo recto
                        Dichón, la expiación
                        Chiddekel, luz
                        Perath, piedad.










Precipicio

Eres el precipicio que se alimenta
de la carroña de la angustia del hombre,
flor negra hoy y mañana, hoy
perenne se abre para unos cuántos.
La caída tiene olor y es manipulación
de la soledad del gran bosque.
La miseria sueña a ciegas
oscura de existencia, labios que besan y
besan y es el frío, el paso adelante
el que nos hará libres
                                                y exactos.










Restos de la antiguedad

Restos de la antigüedad son reflejo,
espejo donde moran
mueren
instantáneas del recuerdo.
Fue avanzar en el silencio
cubriéndolo de blanco.
Calaba el frío.
Nos segaban de raíz.
Nos desvelaban la ínfima
dimensión del mundo.
Y la sinfonía herrumbrosa del tren
muerto vivo entre las ruinas.










Laguna

            La hondura en el viajero,
mañana y ante todo hoy, celaje de esencia,
es una constante en nuestra tierra.
            Es dulce, profunda, seria,
la herida que porta consigo, amante y ciego,
intenta trasladar luz a las noches.
Mientras sus pasos arrastran aliento
adivina el estado de nuestros azares,
quiere atravesarnos al galope, y rápido
olvida tras el sendero cierto bosque.
            La laguna en el hombre,
el socavón permanente, alimento de vida
escarba las maldades, los bolsillos.
            Es dulce, en viento azul o crema,
la llaga, en nombre del hijo perdido, marca,
precipita al gris, es humo, borrasca.
Hasta mañana, decimos, y se apagan las ventanas,
los últimos verán el galopar alejándose y desnudo.
Tan sólo sombras en memoria / pensamiento.










Menos Sentido

            Nieve que alumbra
cuando la madrugada gira los tejados,
huesos rotos
que derriban
los márgenes del Aurach, tumulto.
¿De dónde viene ese crujir verdadero?
            Ecos
son voces dormidas de todas las hojas,
horas troceadas,
cráneos blancos.
aquello que se advierte en el camino.
¿De dónde viene ese fluir verdadero?
            Orilla que desaparece
una vez que alguien la sueña diferente,
rueda la luna,
deconstrucción del
poema.
¿Quién acaricia esa muerte verdadera / que parece un teorema?
Ninguna palabra tiene el menor sentido,
el menor zumbido de
tiempo.







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