Javier Bello

De La Siega, la enciclopedia libre.




Que los viejos zapatos del polvo de mi padre brillen bajo la gracia del sol
Alguna vez, cuando mi padre muera, y yo a la orilla de su cuerpo lave las coronas
con parafina y seda, los pájaros secos de la radiación
soplarán su atributo sobre el tiempo, su columna de párpados
piel de hiedra y de mirada, la oscuridad de su letra que rasgan
escasas palomas con sábana negra
Un fuego redondo se cuela por los labios de la tierra
labios intempestivos que guardan bajo su filtro la muerte
Los pies de mi padre en el hospital de las locomotoras tristes
esconden manos sin hurgar, enormes insisten en su fuga, en su demencia
Los objetos descompuestos se doblan, se desflecan
entran en la muerte proyectando una sombra afilada
Tengo tantos televisores en la cabeza, tantos bidones de parafina negra
focos que iluminan las carreteras arrugadas
Los libros se despiertan, ábrense
sale una luz espantosa de mi cabeza, sale sangre de mi cabeza
Las carreteras se doblan, se pliegan, se desdoblan
el contorno del cuerpo se cuela en todas partes
se cierra, se cuela, ventrículo tonal inadecuado
vejiga donde la casa de mi padre se humedece
No hablo de mi padre, su cara verdadera
en verdad hablo de un libro que es mi padre
un libro que sale conmigo de prisión los días trágicos
los zapatos camuflados de su polvo viejo
la ciudad donde los ríos se despeñan conmigo
y la luz que hay en mí conmigo se despeña
Me dice estás perdido, de tu cabeza sale sangre
alguien que devora los nudos
quema los pedazos desnudos de mi padre








El objeto más hermoso es ese seno izquierdo de la hermana de Shakespeare
traspasado por la bala del orfanatorio,
ese seno entreabierto por el cable dentado de los incorruptos,
por la huella siniestra de los vínculos, acueductos que ceden, que invaden,
por esa bala que tiñen, sonrisa de la muerte y las preguntas,
cerrojo de los orfanatorios que ladran ante ese seno enfermo,
una mano trenzada que no deja de trenzarse en la nada,
después de la muerte la nueva medida de los dedos,
el instrumento espera la mitad del sueño que nadie elabora,
abejas inamovibles a la orilla de un mar que no alcanza,
grave invernadero, piedras podridas donde decanta la cabellera del fondo.
Miro las poblaciones quemadas por el vuelo de los primeros descalzos,
los últimos gritos marinos que nadie defiende, la mitad sin hablar,
el objeto más hermoso es ese hemisferio que pierde su llave,
el niño y el engendro pintan una escena en los vidrios sagrados,
gira el vértigo por los caminos, resopla el fantasma del cuerpo,
el cuerpo ulcerado del gran orificio magnético.
Yo he visto mi cuerpo, mitad sin mitad, su reino no es de este mundo,
su sexo no es de este mundo, la hermana del huevo no es de este mundo.

para Eliana Ortega









MAX JACOB 1944

Fueron lavados los ojos en sus cartapacios
selladas las imágenes santas la última vez
Con las uñas arrancaron los dedos de los amanecidos
maniatadas las cruces en el pulcro cerebro de Dios
Por ti mean los perros sobre la nevazón
el mapa interroga a la aldea sin pie
la Torre Nueva de la que se desprenden cirios
cornamusas y el pecho encanecido
el aljamiado a punto de trenzar las cofradías
guirnaldas, espejos, peces lanceolados
cuidan a las madres que esperan tras las guerras
que a los pies de las guerras se besan llorosas
Vinieron a llevarse a los niños acérrimos
te encontraron fijo en una luz errónea
la que guía al Cordero de regreso a su casa
y peina para siempre a las hijas de María Magdalena.






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