Johann Saari Page, "Las hojas reunidas"

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Por Johann Saari Page


Nous sommes tous des isolés. A un moment pourtant
nous pouvons cesser de l´être. Savez-vous a´quel moment?
Emanuelle Bove, La Dernière Nuit.


Había que tener paciencia, Georgette, algo a lo lejos tan simple como mirar por la ventana y el sol tibio en el rostro o como perderse lentamente en las ferias de libros, un naufragar entre polvo de mapas y rosas secas, entre pétalos obscuros que nos caen sorprendidos de las cartas. Y ese es el problema, la indeleble ausencia que ha desencadenado todo esto, como generalmente sucede. Hablo de humilde paciencia, callada como la de esas hojas amarillas y marrones de los parques que a usted tanto le gustaba encontrar en estas temporadas, temporadas en que camiones tremendos cargados de niños deambulaban por la tarde en los alrededores de las concurridas heladerías depositándolos a su suerte entre los desolados jardines y demás juegos. Entonces, Georgette, se aproximaba ese galopante rumor de la tarde en picada y cientos de dedos envueltos en los zapatitos desamarrados danzaban armoniosos sobre esas hojas amarillas y silenciosas que cubrían las veredas plomas del parque, danzaban sobre esas hojas hinchadas como platina vieja, que se estaban tan quietitas allí, regadas por la cruel superficie, adormiladas hasta el fin de la agonía en su ancestral abandono, y de pronto el aire se llenaba del sonido de esas mismas hojas desprevenidas que es como el seco crujido de filudos dientes cerrándose, como el fugaz grito de gato en madrugada o de cabello aplastado contra el peine una y otra vez. Y todo era como una danza fatal y mortífera que se repite rigurosa bajo la sombra de los impotentes árboles, una ceremonia silenciosa mientras uno camina con el cigarrillo fumándose los labios y sonríe levemente a esa persona que en ese instante a uno le ha crecido en el brazo, y sonríe con una sonrisa libre y sin prejuicios que nada sospecha del inacabable lamento bajo la suela, y que se aleja aún dentro de nuestra cara, con nosotros, de aquel funesto lugar, del amargo territorio.

Ese andar despreocupado por la calle, ese loable sacrificio llevado a cabo por esas, y vaya usted a saber cuántas hojas más en el mundo, es el que tenía que haber logrado soportar, Georgette, y no pude. Pero ya ve, uno nunca dejará de sorprenderse. Sin embargo, mucho distan las novedades de lo que pudo haber sido y no fue, de aquello que pudo haberse conformado pero que tristemente se ha desvanecido en la penumbra de lo posible. Ahora, mientras fumo este cigarrillo y le escribo esta carta, le pediría que únicamente piense en el tremendo esfuerzo que hubo de conllevar lo que usted cruelmente denominará (mi esperanza me dice lo contrario) como un acto de desmesura y de extrema desproporción, de implícita maledicencia e innombrable atrevimiento. Lo que no sabe, mi querida Georgette, es que si bien las acciones se han desviado de su cauce original, jamás debiera usted mencionar la posibilidad de una irresponsabilidad de mi parte o fuera de lugar; llamémosle tan solo una medida desesperada, un tanto impetuosa, para alcanzar lograr vivir en armonía -como deben de vivir las parejas- aquí en su vivienda en Barranco.

Pensará que nada tan simple podría ser la motivación de todo aquello que se ha abierto paso entre nosotros, de todo lo que ha acaecido; quizás a mí también se me ocurra de pronto algo liviano y sin contundencia si es que lo pienso así, a la distancia. Lo importante no es la vida eterna, Georgette, sino una eterna vivacidad, arrojarse al pozo rugiente de la mañana en los ojos, dejarse hundir sin miedo por el rumor de las calles. Pensará que vivir juntos este tiempo tal vez no podía haber sido tan mala idea, tal vez en un futuro auspicioso, quizás unas visitas, unas cuantas citas en los cafetines del parque, el proceso natural repetido hasta el cansancio con sus variantes en cada época y todo esto podría haberse evitado. Solo que nada cambiará lo inevitable, y usted se enterará de esto, Georgette, de que hemos convivido juntos estos tres meses, dentro de una hora, cuando todavía no sospeche nada de mí -observándola como cada día desde un rincón de alguna de las habitaciones- cuando llegue a su casa del trabajo en el instituto y, mientras se cierre un ciclo para dar lugar a uno tristemente distinto y nuestras miradas por fin se aproximen, lea esta carta insulsa e ingenua que mis manos, tal vez, habrán dejado sobre la mesa.

Verá. Usted me conoce, Georgette, porque, en definitiva, yo soy como usted; usted sabe cuánto se lucha día a día contra el diario y la puñalada larga de las noticias en la radio, sabe cómo duele enfrentarse con el viscoso terreno de la calle y sentir cómo todos los hombros se le resbalan a uno por el pecho, con suave lentitud si se trata de una pequeña calle, pero luego con furia al transitar una avenida cualquiera, una avenida que puede ser a las seis de la tarde y hay que ser valiente en esos casos, osado, temerario para arriesgar la vida al detenerse, cruzándose de brazos en mitad de la calzada y negarse al flujo infinito, resistir callado y sin éxito, sentir la masa informe de vidas transcurrirle a uno sobre el cuerpo como una espantosa película. Usted también ha luchado contra ello, Georgette, uno y otro día debía enfrentarse al espejo de la calle y el nuevo suspiro cuando partía presurosa a sus clases de la universidad, una universidad pobre y desalmada (porque aún se respiraba olor a crisis ¿recuerda?) y eso era lo único que podía pagar en esas fechas con lo de la librería y algo más con lo de la tía Estela, y entonces también naufragaba entre colectivos y pestíferos alientos, en el estruendoso aparato que ya ha dejado de ser radio y que domina el imperio del transporte en el que usted iba sentada, muy quieta y con los ojos cerrados esperando que hoy nada malo ocurriera.

Luego llegaba a sus clases y su mundo era una pizarra víctima de fechas y nombres que a usted tanto maravillaban, porque eran nombres ilustres y familiares que tenían un no sé qué de gloriosa historia, de reclamado orgullo aumentado con el paso de los años y que recaía en nombres que a usted tanto agradaban. Nombres que en lo personal me causaban más escozor que agrado, pero que luego de escucharla a usted comentar tan vehemente su trascendencia al final de las clases que dirigía en aquel instituto en que nos conocimos, uno se quedaba mirando el pequeño libro en las manos con el nombre en letritas negras Álvaro Mutis, o bien Bioy Casares, o quizás Felisberto Hernández, y uno se preguntaba si todo eso dicho por usted en verdad cabría en las suaves hojas de aquellos textos, si todo lo mencionado tenía que soportar aquel pobre conjunto de hojas, y si es que no se debería sostener el librito aún con mayor fuerza para evitar alguna terrible fuga, o si es que algo quedaba todavía por hacer para aplazar la inminencia de un maligno percance.

Y vaya que había razón en sus palabras, oh Georgette, vaya que las había, razón y razones que he ido descubriendo durante tanto tiempo en que transcurrieron las clases en los nuevos cursos que dictaba en el instituto y en los cuales me apresuré en matricularme; y fue entonces que contemplé -gracias a usted, sería mezquino negarlo- la indefinible complejidad de la palabra escrita, lo cual me llevó a examinarla con ávidos ojos cada nueva noche que usted nos encaraba amablemente, y me hizo pensar que usted y yo compartíamos algo secreto y enorme que ni siquiera eso que los optimistas llaman destino podría evitar consumar, una sentencia más drástica que cualquiera, una que me obligó a acercarme a usted, con tanta timidez en un inicio, aquella noche al final de las clases del jueves y, luego de un rato, a hablar tanto y tan tendido -usted era la que hablaba- y con tan bellas palabras que me hizo decidir todo esto que ha acontecido y que apenas en una hora, Georgette, usted probablemente habrá descubierto.

De aquello ha pasado más de cuatro meses. Era julio, ¿recuerda? Frío en las noches y ese resfriado que la perseguía sin tregua, la sábana ploma de Lima extendida tarde tras tarde y su voz atravesando las gélidas aulas los martes y jueves en el instituto. Desde el primer momento, yo había notado que usted era distinta, que una magnética obsesión brillaba en sus ojos al igual que en los míos al acercarnos a ese divertido y maravilloso mundo de libros. Su sonrisa ante una frase ingeniosa y mi mirada congelada y sin respuesta frente a una mujer bastante menor que yo, pero que sin embargo, en su placer por la lectura, me recordaba mis años de colegial entusiasta pero sin mayor futuro que se entretenía leyendo novelitas y folletines muy simpáticos que solo en ciertos lugares circulaban. Mirar su rostro aquellas tardes me hacía olvidar el hecho de que recién hoy pueda yo intentar recuperar el territorio tantos años perdido de la literatura.

Dicen que envejecer es perder la forma correcta de una concentración especial, una distracción repentina, y vaya que antes de conocerla yo había estado muy ensimismado, como cuando se mira un cuadro hasta perderse dentro, hasta olvidarse de uno, de afuera, y del cuadro. Fue por eso que después de esa conversación aquella tarde al finalizar la clase que decidí compartir mi vida con usted. Me imaginé a su lado, juntos, leyendo inacabables novelas, quizás algunos poemas y cuentos y conversando juntos en el calor de nuestra cómoda vivienda sobre los pormenores y diciendo que sí, que allí quizás haya algo, quizás en este verso haya algo más... después tomar juntos un café sentados muy quietos y callados en medio de la sala; luego tal vez caminar por los malecones bajo el sol, bajar a las playas y observar el jugueteo de los niños en la arena armando sus barcas reunidas, y usted respetaría mis juicios sobre si tal escritor o tal otro pasa o no pasa a la historia y movería el rostro afirmativamente como una buena maestra. Usted se reiría estrechada de mi brazo, Georgette, feliz, y así pasarían los días sin preocupaciones y apenas unas cuantas discusiones siempre resueltas con la magistral templanza que solo una pareja bien constituida obtiene con los años.

Sin embargo, faltaba un detalle. Yo apenas la conocía y usted no parecía querer hacerlo más allá de lo que una maestra de instituto desea conocer a un alumno más que maduro, aunque este sea el más aplicado de la clase. No había salida entonces. Lo decidí en un instante y lo preparé todo en un mes. Averigüé lo necesario para cumplir a cabo el objetivo: saber dónde vivía, sus costumbres, esa forma de ritmo sutil y pausado que es la rutina en cada persona y comprendí que era posible, que era posible entrar a su casa aquí en Pedro de Osma y poco a poco -ya vería cómo- amoldar lentamente su estilo de vida al mío a fin de que nada fuera tan precipitado ni brusco, usted me entiende. Entendí el horario de la librería por la mañanas, el trabajo en el instituto los martes y jueves por la tarde (no pude asistir más pero a fin de cuentas tenía algo mejor: la profesora en casa); asimilé sin problema las pocas visitas que recibía y noté, sin más, que su casa era tan grande que no habría ningún problema en dos personas viviendo juntas sin necesidad de molestarse. Recuerdo que fue un domingo, como hoy, que entré por primera vez a esta casa. Lo recuerdo porque ese día había luna.

Creerá que esto es improbable, casi absurdo. A pesar de ello es necesario que hoy le cuente todo esto por las razones que ya a estas alturas habrá adivinado. Es necesario que le cuente cómo desde aquel día en que ingresé a esta casa las cosas para mí se han convertido en un explorar y encontrar las huellas de una vida en común que aún no sé si usted habría sabido valorar. Y es que día tras día, escondido entre los cuartos y los rincones de la casa, he descubierto el universo maravilloso que resultó usted para mí. Sus caminatas en bata por las mañanas y sus lecturas hasta tarde, perdida en la vastedad de la cama; sus risas secretas oculta en los baños de la casa y ese zumbido casi imperceptible que emite al dormir en los muebles los días más fríos de este invierno que ya casi se ha ido. Cada hora de estos días en los que me ha sido posible observarla sin exponer de repente mi condición, me ha revelado la irrefutable certeza de que no hay mejor lugar para estar que aquel en el cual usted ha estado; nada como echarse sobre el lecho aún caliente las mañanas en que salía usted apurada a la librería o el olor intenso de sus ropas todavía tibias mientras se duchaba; el ronroneo oportuno de las melodías más hermosas y las canciones más bellas deambulando por la casa conmigo, refugiando sus acordes en las comisuras estrechas desde las cuales yo he vivido con usted, Georgette, desde las cuales me he acercado en apenas unas cuantas oportunidades, deslizándome en silencio para coger al vuelo su perfume callado, su respirar adormilado en el sofá del balcón o mis manos sobre su pecho y su bata entreabierta después de la tina; las noches de la botella abierta de vino, el espacio húmedo hacia sus piernas y su carne, mis ojos naufragando en sus pliegues y ver el leve y distraído merodear de sus dedos inquietos entre las tibias grietas bajo esa bata, y luego su gemir incontrolado que viajaba pocos metros hasta mis oídos, mi nariz, mis dedos, las yemas supurando distancia, el gemir incesante de su boca que viajaba lamiendo las delicadas cavernas de su vientre, húmedo hasta mis labios...

Nada más difícil, ahora entenderá, que soportar las ganas intensas de salir de pronto de los variados escondites convertidos en mi vivienda estos largos días de invierno; casi tan difíciles como aquel sábado en que usted repentinamente llevó a cabo una fiesta, esa nefasta reunión. Supongo que estará en su derecho, desde luego, para tomarse tales atribuciones, después de todo esta también es su casa, pero ahora que las cosas se aclaran y deben decirse sin vergüenza, comprenderá usted que aquella noche me fue particularmente aborrecible, terrible y tristemente odiosa. También debo agradecerle el no haber repetido sesiones como aquella nuevamente. Aunque es desde allí que ha partido todo esto que acontece ahora, toda esta inevitable serie de sucesos que nos han colocado en esta lamentable circunstancia.

Lo digo así, querida Georgette, porque fue allí, en ese sábado funesto y de odiosas griterías, donde usted conoció a Braulio. Sí, a ese Braulio, ese ridículo bigotón amanerado que ha sabido invadir su vida y sus sentimientos de una manera atropellada e impositiva. Uno de esos intelectuales quienes a su propia conciencia se dirigen de usted y que hacen ruido al pensar, las pocas veces en que piensa. Poco a poco, él ha ganado terreno desde aquel sábado, Georgette, y usted no parecía notarlo; su estrategia parecía consistir en dejarlo acercarse para darle definitivamente el adiós que tanto requería un sujeto como aquel. Pero los días pasaban y usted no culminaba la parte del plan, no desistía del hecho de seguir aumentando sus esperanzas con extensas visitas a nuestra casa que incluso habían durado hasta altas horas de la noche, tazas de café unas después de otra y era todo tan obvio y tan plano que incluso en esos momentos llegué a compadecer al infeliz sujeto.

Yo sé que no tenía razones para desconfiar de usted, Georgette, pero el mundo cómo anda... en fin., la idea era que ayer sábado usted cortara de una vez con esos avances estratégicos que él proponía a cada pequeña caricia camuflada de amistad y camaradería, algo tan precario y notorio que sin duda usted iba a ponerle fin. Pero me cuesta recordar cómo desde mi escondite de turno usted tomaba sus manos entre las suyas y luego el acercamiento, sus ojos sobre los de él y sus bocas ansiosas una sobre otra en el incauto sofá de la sala; mis ojos aterrados y mi mandíbula atónita por el espectáculo ingrato que ustedes dos me brindaban, ambos cubiertos bajo la luz mortecina de nuestra casa en Barranco. Luego, en medio del caos y la confusión de mis manos y mis dedos, eran ustedes dirigiéndose al cuarto sin dejar de besarse, las prendas livianas regadas por el angosto pasillo y finalmente los sonidos terribles tras la puerta delatando una lucha que no era lucha en sí misma, sino más una tregua. Varias horas después, ya de mañana, esa inexplicable e indeleble sonrisa en sus rostros tomando el desayuno, las tostadas sobre el bigote de Braulio y usted untada en sus piernas entre caricias y arrumacos de los cuales ya no quiero volver a hablar, Georgette, porque son un látigo triste que ha puesto en mis manos y con el cual me he visto obligado a castigarme cada minuto que ustedes no han estado hoy en la casa.

Paciencia, oh Georgette, paciencia, humilde paciencia que me ha abandonado como abandonan las madres a sus hijos así estas los hayan criado con esmero. Usted debe recorrer el malecón junto a Braulio en estos momentos y en pocos minutos se acercarán a la casa, con la sonrisa en los labios de quien ha recogido una flor y no se da cuenta de que esa flor se lo ha llevado a uno también. Para mí, Georgette, verá, este paso difícil, enmarcado por los sucesos de anoche, me ha devuelto una esperanza en forma de solución de la cual ya no hay paso atrás. Mirarla a usted en todas sus dimensiones pero sin mirarla realmente, tenerla este tiempo pero sin poder acercarme totalmente, me ha hecho entender que la cuota de ausencia de usted estos días con Braulio jamás podrá volver a colocar las cosas de la manera en la que estaban.

Ahora todo se ha vuelto de humo, Georgette, y los días se me han entregado silenciosos hasta que un conjunto de pies, los de ustedes, han hecho emitir ese crujido final que emiten las hojas dentro de mí y que ya se aparta sin rumbo a través de los parques. "Somos un animal que se enamora", leía usted en una de sus últimas clases, y en verdad el señor Eielson sabía lo que decía: la pena es solo la incomprensión de los hechos, Georgette. Yo la encontré a usted perdida en el refugio de sus cuartos y lámparas, en la soledad de los muebles y la bulla de calles aquí en Barranco; usted desde entonces ha morado también en mí desde allí lejos, pero con la fuerza de lo tangible y de lo que solo vemos escondidos tras una cortina. Y no es el amor el que muere, Georgette, somos nosotros mismos, por ello queda entonces recorrer la casa una última vez y colocar esta carta que ya se ha hecho una queja (cosa que nunca quise, le pido que me crea) sobre la mesa, esa mesa en la que usted y Braulio habrán de sentarse, supongo sorprendidos, a leer las hojas extrañas de un también total extraño, quizás demoren en notar el olor entre pregunta y pregunta o entre sospecha y sospecha, y quizás sea usted quien note aún sorprendida que aquel olor proviene de la cocina, o tal vez sea Braulio sintiendo sobre su feo bigote obscuro la quemazón agria del aroma del gas navegando entre los cuartos, luego será mi rostro acercándose a los de ustedes y la gota al final de la tarde haciéndose humo mientras, en silencio y ya a su lado, de pronto aspire con calma la ardiente punta de mi cigarrillo; o quizás eso sea tan solo una posibilidad más de la gruesa baraja, la caída repentina de débiles imágenes naufragando en su cocina, palabras unas tras de otra, montándose tristes sobre sus lomos negritos para alcanzar los supremos ojos finales de un lector que nunca llega; quizás, en vez de todo ello, apenas escuchen ustedes el golpeteo vacío de mis pasos descendiendo por nuestra escalera, los sonidos huecos de mis huellas cayendo hacia Pedro de Osma y confundiéndome entre Barranco hasta perderme, como esta carta habrá de perderse solitaria y sin rumbo en el bolsillo de mi saco, sus partes rotas arrojadas al viento fresco de las playas, una palabra mía que hasta ahora es la de cualquiera.

Y entonces, tiempo después, quizás encuentre su cama extrañamente desordenada (y usted deberá comprender), un adorno que falta o un pequeño dibujo que da forma de gato al filo de una pared; una prenda que resta en sus cajones o un doblez más en las hojas de sus diccionarios, un rastro de hojas en un rincón de la sala, un rumor de hojas secas bajo las sábanas, y todo será así más puro, Georgette, más real porque para usted nada habrá sucedido; usted solo leerá calmada los diarios del domingo y probablemente para ese entonces Braulio sea ya apenas un recuerdo, una sombra pausada tras las puertas. Y así, con el café humeante mientras lea alguno de esos diarios, de pronto, sin saber, tal vez habrá de encontrarlo todo, lo habrá intuido todo, quizás por un breve instante habrá de sospechar nuestros nombres, Georgette, habrá de descubrirlos en los puertos obscuros donde duermen ocultos, ocupándose uno al otro, palpitando juntos de nuevo, muy callados, en los secretos abismos de los crucigramas.




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