Jorge Lara Rivera

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Por Jorge Lara Rivera


Asesino número 1

Ni el pequeño bote pesquero

que cruza perpendicular al horizonte

desgarrando con sus mástiles y la estela blanca tras de sí

la impresión de este paisaje fijo

O los camiones cargueros

sucesivos

desde el almacén liminar del muelle

donde una daga holandesa se petrifica


O la repentina gaviota

cuyas alas preguntan la dirección del aire


Nada aquí tiene prisa


El colegio marino

cúmulos cirros limbos estratos


Nada aquí parece tener prisa


Sólo un vaivén que anega de lentitud los relojes

y repite la confusión en los ojos


Aun el recuerdo

único modo de que permanezcas

fluye lento

Y sé que también evapora






Caracol

"cálamo forme el sol de sus luces
sílabas las estrellas compongan"
Sor Juana


Claustro perfume túrgido abjurante

invernal entre geómetras palomas

magro concilio rompa de apotegmas

en el fasto del incendio furtivo


No ciego al torvo alcaraván con eco

bajo la luenga noche descolgado

cintila umbra tras lodo primigenio

elación de pensamientos lluviosa


Ariadna el minotauro un laberinto

qué prodigio naciente por la mano

canta la oscuridad oblonga al centro


Páramo dulce para yertos peces

el tiempo arena a arena un imán de olas

rumoroso infinito reloj sueña






Miércoles: 2 x 1

El estudiante se desnudó en la plaza

invictos ojos lo cubrían

manaba de su vid el licor del licántropo

y su racimo fue de uvas calcinantes

como perros en brama por la noche de agosto

malherida

infortunio desgracia en el festín de tiburones con rigor devorado

un alto palomar desplomándose hielo

recorría almacenes exóticos franquicias transplantadas

y el neón ni la ira gritos ahogados podían retenerle

todo entonces derrumbe

yelo yelo

crepitaciones de puerta cerco insostenible a su paso

la joven suicida se detuvo en el borde

del rojo acantilado

sus bolsos de mercar desmemoria naufragio

oh espantada espantable

huyeron

los años jóvenes por su piel exultaba

no hubo modo

se encontraron

contrarios confundidos ya distantes

soñarían consigo

igual

de pronto adivinándose






El Cuatrocientos Suriano

Esta noche no pasa la ronda de fantasmas por mi calle

ni la cauda del tedio me sujeta al insomnio;

crecen ladridos en el cruce de rumbos y la luna

oculta la nube que despierta zumbando sobre frondas

y el amigo croar del verano

vibra entre los charcos su tenue luz.

Esta noche no soy el vidente de los espejos rotos

el amauta cautivo de templos que roncan colapso como piedras

cubiertas de nieve en la crónica mansa de los sax

o en las cervezas agotadas por el odio;

Ni el cancerbero del lumpen que codicia

esperma de hijueputas en los antros

dóciles pieles de hembras deliberando el amor sobre los cráneos

rotos en los pechos heridos a punta.

Soy, eso sí, epilepsia, carcoma,

libertad arrojada como fuego

sobre techumbres de iglesias y de logias,

contra reuniones de dinero, hurtos e hipócritas.

Nadie es en mí, me pertenezco como a Drácula

el momento sin sombra

y un fulgor de cenizas escancia

la lenta longitud de mis lágrimas rocas.

Pero arriba la noche serpentea albos instantes:

vuelo de aves marinas que anuncia la tormenta.

Y es así que retorno a mi sitio

sin leyenda ni historia,

a mi puesto de estrella,

a mi destino errante,

¡qué nada se detenga!




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