Jorge Souza Jauffred, de "En las manos, la niebla", de "Luz que no vuelve", de "Sabedores tristísimos de ningún remedio" y de "Tela de araña".

De La Siega, la enciclopedia libre.

Por Jorge Souza Jauffred



De En las manos, la niebla


La canción del amor y los amantes

A Gloria Pérez


I

Cumple

sus ritos el otoño: no amanece.

(Las cigarras tejen sus argumentos sobre la luz dormida).

El violeta destiñe la ventana y es una mancha que pierde sus contornos. La noche se abre, como un río, bajo una sábana de lluvia. Lo demás casi calla.


Afuera

el resplandor del alumbrado se encharca en las banquetas, traza sus vetas de oro sobre el piso.


Adentro

el mar tranquilo, la sensación de olores desterrados; y éste, tu cuerpo tuyo (y mío), desnudo y ahora en calma —isla en mi soledad— sigue durmiendo.


Ahora

habitas el instante, el minuto sin rostro: el perfecto ademán de los relojes. La hora que reposa en el corazón saciado. La paciencia perfecta de estar aquí, sin nombres y sin máscaras.


El alba

se aproxima. Abre los territorios de la sombra, y yo, en medio del camino, como un desterrado, miro tu cuerpo mío, bellísimo animal de carne y labios, cerrar las espirales de su sueño


 : Perduras

como un hilo sostenido sobre la fina sucesión del tiempo.


Perduras

aún cuando el calidoscopio gira y el líquido precioso de la vida disuelve las estrellas en tus

manos. Perduras más allá del fragor de los amantes; cuando se eleva la escritura que reposa

en la piel y extiende sobre el cuerpo sus oleajes de letras.






2

No amanece

pero en la habitación el tiempo, hecho polvo, brilla sobre nosotros y nos ata,


y tú

aún dormida enciendes la retina de mis ojos,


y yo,

que permanezco. Que velo. Que retengo de ti la mordedura. Que te he sentido arder, sé que los precipicios de la niebla sólo se cruzan cuando dos se aman, y que la potestad de los demonios nada es ante la sabiduría de los amantes.






3

La mesa

ahí, con esas flores tuyas y las copas tras el último trago, ¿no demuestran acaso que existimos? Las paredes, lisas como una cántara abierta, como un lazo, tensas como tu aparición, ¿no son los argumentos de que el tiempo nos toca y nos conduce?


La ventana

está abierta. Las luces de la calle siguen lloviendo tiempo. Un chasquido de autos brilla en la madrugada. Todo puede escucharse. Tú respiras. Tú persistes. Tú lates. Tú navegas sobre la soledad y el sueño.


Permaneces

y hay una voz que toma la palabra y habla en nosotros aunque nadie la entienda. Una voz que describe este momento, que nos describe ahora, aquí, desnudos, como dos velas que se consumen iluminando el espacio en el que habitan. Una voz que nos traza en su lienzo y nos deja amarrados para siempre.






4

La cálida

saliva del amor unta tus bordes. Tus lindes, tu húmeda entrepierna, donde germina el musgo de la noche. Su tacto nos marcó y permanece en tu cuerpo y mi cuerpo como una sombra nueva.


Todo

ha pasado ya. No hay cigarros ni copas. El tocadiscos está apagado. Nada se mueve, sino la piel brillante, el latido del cuerpo, y la respiración, más allá de la angustia, la culpa y la caída; más allá de la ruina que siempre nos persiste, y se aquieta mi cuerpo, que sabe estar contigo, y que busca vivir y respirar y abrir los ojos.


El ventanal

se abre a las jacarandas. A las hojas que brillan en esta noche húmeda. Pasa un poco de luz entre rendijas y cae sobre tu muslo, tu cintura y tu costado izquierdo.


Tú,

mientras tanto, sueñas. Navegas hacia ti entre la bruma. Bebes de nuevo la primera leche.

Descubres


con tus manos dormidas las velas milagrosas, los vestigios del alba. Yo te miro latir como una llama apacible entre sábanas, y te amo como a una tierra turbada por el rescoldo y la ceniza.






5

Yo

retengo como herida la marca de tu cuerpo: su claridad, sus tonos, sus armónicos timbres, sus bemoles. Retengo la marea con que me arrastras y la quietud que alumbra adentro de la sangre.


Floto

sobre las cuerdas de los siglos, destruido por la paz y la esperanza. Como si atrás del párpado, ángeles disputaran algún despojo mío.


Respiro

como si mis pulmones fueran los de un animal incandescente. Como si mi nariz, despojada del fuego, recuperara el aire, sus filtros; como si mi cuerpo lo habitara algún ser prodigioso.


Mi cuerpo

sigue pleno de ti, de tu gemido, del golpe de las sendas que engarzaron a mis manos tu piel y a mis esperas tus múltiples terrenos navegables.


Amas

el espesor oculto en la caricia; la lengua que aniquila con su tacto profundo. La penumbra, el placer en las manos, derramándose.


Acuchilla

la sombra tu rastro entre las sábanas. Tu luz, que da su forma a la raíz del mundo. Tu voz, que no surge en realidad de ti, y que sabe decirme quiénes somos.


Crece,

una presencia entre la noche y la nostalgia, y nos concede esta certeza: a lo demás hemos renunciado, pero maduramos como frutos, hinchados por el viento en las ramas del mundo.


Despiertas.

El borde colorado de tu lengua humedece tus labios. Bostezas. Cubres tu cuerpo a medias. El vello acariciable, que ha sembrado la vida en tus rincones húmedos.


Yo

Lo sé. Amaneces en ti, junto al goteo del tiempo. En mi sueño descubro otra vez tu rostro, el manchón de tus labios, las rayaduras de tus ojos cerrados, tu nariz en calma.


Amo

tus montes, tus caminos, el grito de tu espalda, el trazo de la línea central que desciende y se agota, y luego, al frente, la locura del vientre, la ondulación musical de las costillas, el pezón que despierta y la cintura que aún duerme.


Amo

la superficie triangular, ahora relajada, que anida entre tus muslos y es un hermoso pez que a mí solo responde.


Volteas.

Me miras. Sonríes desde el lugar que ahora llenas. Luego sacas el brazo de la almohada, tomas mi mano y la llevas a ti, tan navegable. Ahora tú me abrazas. Subes tu pierna en mí, tu muslo tibio.


El amor

con sus fuegos abiertos se despierta. Se derrama, como un pomo de luz, sobre la carne.


La noche

desmenuza los telares del alba. Las jacarandas tienen sus bordes cada vez más verdes.


Un automóvil

cruza con el estéreo abierto, a lo lejos comienza la madrugada a edificar la vida con sus manos de asombro.






Alguien dentro de mí por mí pregunta


Llevo una lista de pendientes en la bolsa del chaleco

y unas cuantas monedas adquiridas en la madrugada con artes de los hombres.

Me muevo como sabio apaciguado que aprendió con los años

A vestir su corbata y trazar memorandos.

Sé al fin vivir mi mundo, mi recorrido diario

Mi destino de cada hora, mi trago de cada día.


Habito un edificio tenaz, me muevo entre paredes utilizando el tacto

Avanzo por musgosos pasillos donde viven seres de cal, personas de salitre

Y cumplo con mi parte sin parar un momento, sin esconder el rostro.

Pero bajo mi piel, un puñado de hormigas excava sus cavernas

Y un entumecimiento me apacienta.


En el espejo miro a mi propia figura alzar los brazos, balancear

La cabeza, elevar una pierna, inclinarse.

Oigo girar el mundo. Adivino

A distancia sus naves portentosas, sus habitantes rotos.

Observo la maraña, la multitud de gestos, que envuelve y arrebata

Este río silencioso que corre entre la carne.


Otras veces padezco la locura del viento.

Me sorprendo

Soplando sobre letras apenas comprensibles

O cayendo al abismo de los signos, tras de bardas oscuras

De casas olvidadas. Me sorprendo

Trayendo no sé de qué distancia algunos nombres

Las figuras de seres ya perdidos, yelmos y escudos viejos, trastos desgastados

Armas de caballeros cuyos restos reposan en los campos de la guerra.


Y alguien dentro de mí, habitante del humus, me pregunta

Por alguien que ya no sigue aquí, bajo las ramas

Del durazno sembrado por la noche.


Alguien que ya no está me está mirando

Con ojos apagados por el humo

Desde una hoguera fragmentada.


Tampoco encuentro aquel baúl en donde duerme la pequeña Emilia,

Desde que aquel avión estalló en pleno vuelo.

Ni rayo

O levadura que pueda esclarecer dónde quedó mi tío

Con su cáncer mordiéndole el esófago.


Yo, en tanto, considero que en esta bolsa del chaleco

Hay una lista de pendientes. No son nombres terribles

Sino de cosas simples, unidas por un hilo, que deben ser cumplidas.

Es un puño de letras que me dicen

Hacia donde la noche, esta infinita noche

Ha de llevarme a cuestas

Con su siguiente paso.






De Luz que no vuelve



Vine de fuera, quizá de la mañana


Vine de fuera, quizá de la mañana

Yo recuerdo la luz incendiando los estorninos

el sol de piedra, sus verdes filamentos

el transcurrir del agua sin especie.


Mis huellas

en la sal de caminos antiguos.


Vine de fuera. Alguna vez la noche

extirpó mis párpados con su dedo afilado

grabó en mi cuerpo sus labios venenosos

y trazó en mi esqueleto su geometría de lluvia.


Vine de fuera, aún recuerdo

mis manos extendidas hacia el sol del poniente;

el llanto de los dioses disolviéndose

sobre la tierra abierta.


Vine de fuera, quizá de un espejismo

en el que alguien soñaba que era éste

y encontraba en sus sueños al otro que yo soy,

construyendo estos ojos, inventando esta luz,

estas palabras.






De Sabedores tristísimos de ningún remedio



Abro en la niebla la botella. Bebo.


Abro en la niebla la botella. Bebo.

Doy el trago profundo tras la espera.

Luego vuelvo a mirar, tranquilizado

el espesor de las ventanas

los cuadros que cuelgan como enormes escudos

en paredes que entretejió la sombra.


Siento el jalón el tiempo,

su golpe en las espaldas

lanzándome adelante.


Estoy cansado.

Abro de nuevo la botella.

Bebo.

Un segundo de paz, luego la niebla

la cicatriz que nuevamente sangra






De Tela de araña



Desde acá


Desde aquí

cantina, yo, silencio

te voy buscando como loco sin cuerdas

por pasajes y tiempos que se fueron quedando.


Y sin pedirle peras a la vida

me subo en el tranvía más deshuesado

le recorro las trabes a la sombra

moqueo mi soledad y me apaciguo.


Pero tu voz

que germina y se expande

como un puñado de semillas dolorosas

aquí en mi lado izquierdo

me demuestra otra vez, querida Circe

que hay que buscar en otros laberintos.




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