José Watanabe, "Banderas detrás de la niebla"

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Por Andrea Cabel


Para no estar solos.

Portada de Banderas detrás de la niebla.
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Portada de Banderas detrás de la niebla.

Posiblemente sea la Poesía la bandera que el poeta vislumbra a lo lejos y que lo guía hacia el camino indicado, al de la felicidad de encontrarla. Desde “Responso ante el cadáver de mi madre” hasta la “Ultima noticia”, sorprende el manejo del tema de la belleza, que es la poesía en este caso. En este primer acápite, las grandes preguntas se omiten y más bien se renombra lo cotidiano, realzándolo y colocándolo en la dimensión de lo natural e inevitable (la muerte, la vida, el amor); en breves cuentas, en la dimensión de aquello que nos es al menos, verosímil. Como los orgasmos o los suicidas, la sangre o los nonatos, estos textos nos enlazan además con la naturaleza y junto a ella, Watanabe deja adjunto lo violento. En “La sangre” asocia el comportamiento de ésta tanto dentro del cuerpo como fuera de éste. Por un lado dándonos vida y por el otro, quitándonosla, así, pronuncia un dialógico margen entre vida y muerte en el que acusa un culpable: "la sangre de los asesinados va como un horizonte infame". Nosotros, los que con las guerras o la indiferencia dejamos que la sangre cruce los límites del cuerpo. Luego, junto con la violencia y la naturaleza, existen quienes permanecen inmóviles y enfrascados en la estantería que el poeta contempla. Y es aquí cuando llega la Poesía, cuando la realidad se deja atrapar por el ojo.

Banderas detrás de la niebla y Otros poemas continúan el ritmo calmado y narrativo, dejando que la voz poética se enlace nueva y fuertemente con la naturaleza. El algarrobo, nos describe un ser que “me pone frente al lenguaje”, y es que el lenguaje no se mueve si no se deja ver. La imagen de un algarrobo es justamente la de un ser en medio de la nada, en donde casi sin agua se viste verde, con todos los soles y el calor de éstos. Es sencillo imaginar que su forma y figura traducen su vida, una constante tortura, la intemperie bajo el sol. Es por ello que siendo nombrado, subsiste y trasciende. Por otro lado, el poema Banderas detrás de la niebla, es la descripción de algún paisaje –perfectamente verosímil- y la confirmación de que detrás de la niebla (una suerte de tristeza indefinida), se encuentra una señal que no es precisamente una figura, sino que es mas bien un grito, una especie de música que despierta y alienta. Alguien grita y se mueve, enmudece al poeta (y al lector) alejándolo de las embestidas de las bahías y las olas.

Los Otros poemas son un conjunto extenso en los que el poeta conjuga y teje pintura, fabula y nuevos espacios. El camisón (Magritte) impacta ya que quien pintó El camisón y quien usa a Magritte es Watanabe. Sin duda apelando a esta carga conceptual del pintor, basada en el juego de imágenes confusas y por ende en su significado ambiguo en relación entre el objeto pintado y el real. En El camisón el objeto ambiguo es la madre y el poeta lo traduce desde el vestido que “tenía tetas, tetas / inagotables.” Es por el vestido –que es la madre, y que luego serán todas las madres- que el poeta está vivo y dice “mira ahora mis huesos, limpios y blancos”.

Finalmente, siguiendo la narración de “La casa de Asterión” (Borges) hallamos el núcleo de la propuesta poética del libro, la soledad como lo más “natural” y cotidiano. Así, las banderas como gritos, se bifurcan y conversan con el que está solo y lleno de nervios, tentando al aire y constantemente nombrado: “El traspié ha sido tuyo, Asterión”, “Aunque no esperabas otra cosa, Asterión” “El rey pudo haberte asesinado, Asterión”.

Asterión subsiste como el algarrobo -por el lenguaje- y es más que seguro que sea el poeta -como el lector- el que cierre el circulo del paisaje o grabado predestinado desde la portada: Rex Tremendae, hermosa metáfora física –y musical puesto que alude al conocido réquiem de Mozart- de la soledad como niebla, de la risa como compañía y bestia. Del poeta como ente bifurcado para no estar solo.


José Watanabe, "Banderas detrás de la niebla". Ediciones Peisa. Lima, 2006.

(*) Este texto apareció por primera vez en el diario peruano El Comercio.




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