Juan Cristóbal Romero

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De Muralla (inédito).


Manuel Lacunza al Provincial
de la Compañía, 1801


Tan pronto las lluvias descorran
el denso visillo de moscas
–que esta tarde sobre Ímola
como nunca ha teñido el aire–
mi corazón ajeno a desafectos
podrá ponderar lo ocurrido
con su vara y balanza
serenamente calibradas.

Sin embargo para entonces, me temo
no me hallaré entre ustedes.

Junio me ha sorprendido
olvidado del Papa y la corona
sin más holgura que los pocos libros
que suelen procurarme en mi pobreza
los frailes capuchinos,
que no de otro consuelo me sostengo.

Confórmense con esta parca nota
a jirones borroneada los ratos
efímeros por cierto
en que un dardo de luz rasgaba
el denso visillo de moscas.








Maldonado de Silva
aguarda el fallo


Yo le ruego a mis verdugos
tengan a bien mantener
a este judío con sopa
y una jarrita de miel.

No pido más abrigo
que una mortaja,
más cama que un cajón
lleno de paja.

Lleno de paja, mi alma
hallo consuelo
en el salmo de Elías
sobre el Carmelo.

Todo lo que deseo
ya lo poseo.








Felipe II recibe los últimos óleos


El mes era de agosto. Los calores
habían supurado aquellas blandas
llagas, no para hombre

mortal. Una pintura de Rivera
–sin los frívolos impudores
de la escuela flamenca–

colgaba como único ornato,
a no ser por la hilera
de estuches cincelados

por lo monjes plateros de la corte.
El balcón, de común cerrado
se hallaba abierto hacia la torre

de San Lorenzo, en el intento
de lavar de la sala los hedores.
Dos moscas zumban sobre el cuerpo

del rey, mientras las sombras que dibujan
los cirios contra el techo
recuerdan los espasmos de esa última

liebre cogida por su azor cetrero.






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