Kent Johnson, "La escuela de Nueva York (o: me volví más intenso)"

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[Nota del autor]

El poema siguiente representa la primera instancia de una nueva forma poética. La he bautizado “Mandrake” (el nombre usado para la mandrágora [Podophyllum peltatum] por varios poetas ingleses del siglo XVI y XVII). Aquellos que intenten la forma en el futuro deben adherir a las siguientes líneas generales:

Las primera, tercera, quinta, séptima, novena, onceava y treceava estrofas (todas ellas como grupo llamado la “flor”) deben hacer algún tipo de referencia a uno o dos poetas de una generación poética precedente; todos los poetas mencionados en las estrofas flor deben haber sido contemporáneos entre sí. Las estrofas deben ser escritas en cualquier métrica, rimadas o no, y deben tener cualquier largo (la prosa poética es aceptada también, como se ve claramente en este primer ejemplo), pero cada estrofa en la flor debe mostrar algún sentido de paralelismo lógico en tema y sintaxis con sus estrofas flor compañeras.

Las segunda, cuarta, sexta, octava, décima, doceava y catorceava estrofas (todas ellas como grupo llamado la “fruta”) deben ser dejadas en prosa, y en su mayoría estar constituidas por material citado. No hay otras guías para la fruta, excepto que la fruta sea totalmente disímil en tema(s) y tono de la flor, y que la estrofa final catorceava tenga alguna referencia al compañero estacional de la mandrágora, el hongo morilla (en cualquiera de las especies morchella).

Finalmente, cualquier “Mandrake” debe estar encabezado por algún tipo de introducción breve, como en este ejemplo inicial es (es decir, el que usted está leyendo ahora), como para proveer al poema de algún tipo de tronco crítico o anecdótico, un poco de “discurso normal” vacío apuntalando las disonancias contrapuntísticas del tema y tono que la cuadrícula prosódica arriba explicada inevitablemente proveerá.






La escuela de Nueva York (o: me volví más intenso)


Volqué la botella de champú, y salió Frank O’Hara. Refregué mi cabeza, dejando la espuma crecer, sabiendo que apenas estaba entrando en calor, anticipando el exceso de lo que venía. Pronto empecé a emitir ruidosos sonidos de clímax. El perfume de naranjas y pintura al óleo de una tienda del barrio ilegal de Shishido (con sus artículos exóticos) llenaba el aire tormentoso.

No pude evitarlo y pensé en esto: “Un día, más o menos una quincena después de la muerte de mi madre en Shishido, estaba en las colinas jugando con algunos amigos. De repente uno de ellos dijo, “miren, las manos del bebe están hinchadas.” Toqué al bebé, que estaba sujeto a mi espalda, y grité. Estaba frío como la piedra. Mis amigos entraron en pánico y saltaban arriba y abajo gritando “Está muerto, está muerto”. Se sentía horrible tener algo muerto atado a mí, así que me arranqué la campera y dejé caer al bebé, antes de unirme a los otros que bajaban corriendo la colina tan rápido como les daban las piernas, chillando.”


Me puse más intenso. Apreté el botón de la espuma de afeitar y Barbara Guest salió. Extendí su cuerpo, tirante-como-un-lienzo, a lo largo de mis mejillas, el cuello, el mentón, y luego hice unas colinas y valles en su llanura, usando mis dedos de una manera artística. El complejo olor de maderas oscuras fuera del pueblo Kamakura de Hokaisu luego de una lluvia súbita (incluyendo esos olores occidentales como el sake, el fruto del caqui, cigarras, capullos de cerezo, el pez globo, y el haiku) llenaban el aire húmedo.

No pude evitarlo y pensé en esto: “Los recuentos del horror en el pueblo de Hokaisu tienen la cualidad de las grotescas pinturas del Apocalipsis de Hieronymus Bosch: aldeas incendiadas, bebes cercenados en las calles, niños guerreros drogados regodeándose en el canibalismo y adornándose con las entrañas de sus víctimas; pacifistas –en su mayoría uruguayos- usando sus armas sólo para alejar olas de civiles desesperados que buscan refugio en las fortalezas ya desbordantes; un cuarto de millón de personas en huida frenética de sus hogares…cientos de miles de congoleses han sido matados en la lucha, y muchos más han muerto a consecuencia del desplazamiento, la enfermedad, y el hambre que los acompaña.”


Me puse más intenso todavía. Abrí la loción para después de afeitar y Ted Berrigan salió. Lo palmeé así como es él, todo gordito, sobre mi cara, y me hizo picar, y le grité. Me gustó así que me di otra palmada con él, dura, y de nuevo, y luego tres veces más, y grité sin control. La fragancia compleja del Kyoto medieval llenó el aire espeso, y hubo grandiosas prefecturas de madera y papel y montones de gente con sentimientos, y miedos, y cosas así, corriendo por todos lados como hormigas, así eran, y muchos poetas de kimono también, sus caras encendidas extrañamente por antiguas pantallas eléctricas, compitiendo por capital cultural en un gran pizarrón interactivo con diferentes niveles, como el Go, y los premios eran grandes, tan grandes como para que los académicos conduciendo Volvos murieran a falta de lo que se encontró allí.

No pude evitarlo y pensé en esto: “Me sorprendí de ver en la ventana el cielo oscuro sobre Nueva York con llamas rojas, porque apenas minutos antes el cielo estaba azul y límpido. Todo estaba quieto y la ciudad envuelta en llamas rojas. El Sr. Wakita vino a ayudarme. Me preguntó si quería cruzar nadando el río. El puente estaba quemándose y el río estaba muy alto. No tenía opción. Aunque apenas podía ver. Y el Sr. Wakita tomó mis brazos y me dijo que nadáramos juntos, y así fuimos al río y empezamos a nadar. “Nadá, bebé muerto ampollado, nadá” lloró, aunque ¿por qué eligió esas palabras?, no lo sé. Cuando alcanzamos la mitad del río, ya no veía nada y empecé a sentirme desvanecer. Y cuando me sentí desvanecer, también empecé a perder el control. El Sr. Wakita me animó y me ayudó a llegar al otro lado del río. Finalmente llegamos a la costa. Lo que me sorprendió mucho fueron los llantos de los estudiantes que clamaban por ayuda y por sus madres. Yo no paré. No podía ver nada. Sólo podía oír sus llantos. Le pregunté a mi maestro, le pregunté qué estaba pasando. El Sr. Wakita me explicó cómo los alumnos de los colegios estaban ardiendo y se acurrucaban de dolor, en las calles, muchos orinaban y defecaban ahí. No podía ver nada… algunos pedían ayuda en vano, y algunos saltaron al río y murieron ahogados. Si mi maestro, el Sr. Wakita no hubiera venido a ayudarme, me hubiera muerto en el Río Hudson.”


Me puse más intenso aún. Apreté el pomo de pasta dental y James Schuyler brotó. Lo cepillé entre mis dientes, mirándome en el espejo y a él todo blanco en mi boca. Sabía a damascos viejos y a capuchinas de vivero. Lo escupí y salió el olor de la ciudad futurista de Pyongyang, cuando la calia roja (que simboliza las Cuatro Cualidades Eternas del Gran Líder) está en flor en todos los lugares de esa ciudad mágica, donde todos sienten gratitud y alegría, aún cuando, avanzados como son éstos camaradas, todavía abrigan los prejuicios de que éste poema no es tan bueno como sería si hubiera sido publicado en imprenta, en uno de esos locales tipo club, de moda en Pyongyang, algo como, digamos, Jodéte: un diario de las Artes.

No pude evitarlo y pensé en esto: “los catorce soldados jóvenes de la División Al-Corán, todos ellos descendientes de la Corte Real de Pyongyang –creada por la NSA- momificados por el calor seco aunque intactos, fueron hallados en sus bunkers de arena, arrodillados y apiñados, como fetos, en una esquina, las manos contra los oídos, las bocas bien abiertas, los labios tirantes contra los dientes, cada uno cerca del otro en idéntica pose y posición. La sangre de sus bocas, oídos, narices, uretras y rectos se había endurecido en sus uniformes y cuerpos. Habían sido asesinados por la fuerza acumulada de las bombas Daisy Cutter.


Me puse más intenso aún. Giré el botón de la barra desodorante y Joseph Ceravolo salió. Deslicé su cabeza calva ida y vuelta bajo mis brazos y empecé a cantar un lieder romántico de Harry Partch arreglado por Pauline Oliveros. El aroma de una refinería de petróleo en la aldea de Ishido, en el siglo XII llenó el aire, y bajo sus gigantes fogatas, autos Cadillac se movían en una lenta fila, y gente sin hogar, expulsados de sus tierras por el maligno Señor de la Escuela de la Quietud, con sólo tablillas de madera cubriendo sus partes íntimas, yacen inmóviles bajo hileras de lámparas ultravioleta, sus cuellos contorsionados bizarramente hasta que les salieron brotes de brotes marrones en sus cuerpos fluorescentes y éstos, después de un rato, se prendieron fuego como desde adentro; así, la gente sin hogar pereció a su manera, dando los gritos más teatrales. Casi sonaban como gente en llamas, saltando desde altísimas torres allá lejos en el futuro, pateando sus piernas lamidas por el fuego en la caída, sabés lo que digo, ¿no? David Shapiro, vos con tu espina dorsal llena de olmos, cada olmo lleno de chochines, cada chochín haciendo una canción de tiempo verde y malva en los olmos en tu columna, pero atención, eso no es posible, cómo podría una persona tener un puñado de pájaros cantando en su espina dorsal, ah, calláte Joe LeSuer, muchacho geisha, fin de la estrofa.

No pude evitarlo y pensé en esto: “El Sr. Giap y sus compadres, todos inmigrantes ilegales del pueblo de Ishido, habían comida una rara carne fresca que de repente se podía conseguir en el mercado local de Raigón un día de 1969, recordó. Luego la policía militar de E.E.U.U. vino a preguntar si alguien había comprado esa carne en el mercado. “Algunos soldados americanos que estaban hambrientos y repletos de drogas habían matado al chico y cocinaron parte de su carne con un mechero y la comieron y luego vendieron el resto al almacenero local, y de él la compramos nosotros,” dijo el Sr. Giap. Agregó que había oído que los soldados americanos habían sido castigados por la matanza y el canibalismo,” y uno de ellos era bien conocido entre los militares americanos en Vietnam como poeta experimental de primer orden. “Esto sólo para mostrarle,” dijo el Sr. Giap, concisamente “que los poetas de vanguardia pueden aparecer en todos lados y a veces ser muy, muy mala gente.” Más tarde aquél día, el Sr. Giap voló a una locación secreta para hablar en una reunión de emergencia del Sector 19 del comando urbano NLF.


Me puse más intenso. Volqué el enjuague bucal y Kenneth Koch salió. Lo sacudí e hice gárgaras, copiando el sonido del Príncipe que se ahogó en el siglo XVIII en el falso Reino de Formosa (el nombre dado a Japón por el infame falsificador George Psalmanazar). Él (Koch) tenía gusto a secretos y códigos, a papiros presocráticos y sauce, a hostias de comunión y ensalada de repollo. El olor a béisbol, sinestesia, y los piecitos graciosos de Ron Padgett embutidos en seda púrpura hilada por gusanos crecidos en camiones-laboratorio equipados por el Programa de Artes del gobierno de E.E.U.U. produjeron un olor predeterminado como (pues estos son olores que los placeres de la paz proveen) el olor que olí en Leningrado en 1989, cuando, dividido entre Barret Watten y Ron Silliman, entré al claustro, pequeño como un placard, de un templo Shinto para ver el dedo mayor momificado del santo ruso Nishiwaki Jinzaburo bajo el vidrio. Nos miramos el uno al otro de costado, como peces, cada uno tramando sus complots privados, fingiendo que no nos veíamos.

No pude evitarlo y pensé en esto: “En el reino de la falsa Formosa, una chica, quizás de ocho o nueve años, se bajó del auto en llamas en el que su madre, padre y hermana estaban sentados muertos, sus cuerpos a fuego lento con los ojos abiertos. En shock, ella caminó en círculos apretados, sus dedos colgaban de las manos por nervios y piel. No lloró ni dijo nada. Simplemente caminó en círculos por cerca de cinco minutos, una mirada impasible en su rostro, hasta que lentamente se arrodilló y se acurrucó como para dormir en la calle, el tiroteo siguió por arriba de su cabeza por otros veinte minutos o algo así. Durante ese lapso, se desangró hasta morir.”


Me puse más intenso. En un excusado en las colinas de Nokaido, me limpié y luego fui al lavabo y al apretar la bomba del dispenser de jabón salió John Ashbery. Refregué su esencia en mis manos y empecé a hablar en lenguas. Porque estaba estimulado me serví un poco más de él, y me froté las pantorrillas y los muslos, haciendo unos gritos roncos. La fragancia de pequeños pájaros y grandes máquinas voladoras de papel y cuerdas de piano llenaron el aire húmedo; las máquinas iban volando de París a Nueva York, pero los pájaros, parecía, estaban migrando en el sentido contrario.

No pude evitarlo y pensé en esto: “Fui a buscar hongos con mi hijo el otro día en las colinas de Nokaido, última primavera antes de irse a la universidad, él que una vez fuera envuelto y atado a mi espalda, su vida ahora completamente otra y superior a la mía, su aspecto guapo, su mente clara, ese porte de quien está cómodo en su piel. Y en la cima de la colina encontramos tres libras de hermosos hongos grandes. Mirándolo caminar en el bosque, oyéndolo gritar aquí hay otro, oh, mire padre, acá otro más, yo viéndolo, pensando las cosas más sentimentales, escurriéndome las lágrimas para que no me vea:¿Cómo es posible que los años se hayan ido así y que nunca vayan a volver? ¿Cómo es que este mundo esté tan lleno de sufrimiento y dolor? Supongo que cuando se reflexiona sobre ello, pensé, secando mi nariz goteante con mi manga de seda, la manga izquierda, donde el pichón grulla nieve levanta sus alas contra la media luna, bueno, pensé, he sido bastante afortunado después de todo, disfrutando los placeres de la caligrafía y el sake en el tiempo extra de la labor que otros han hecho en mayor o menor medida para mi. Algunos de nosotros son como la lluvia, y otros son como el suelo sediento, y otros somos hongos parásitos, especialmente los poetas, y así es como son las cosas. La verdad es que me sentí como para bajar la colina todo lo rápido que me llevaran las piernas, chillando, buscando no sé qué. Pero mantuve mi compostura y volviendo hacia él dije, con voz profundamente paternal, Ah, es hermoso hijo! Los dioses del bosque nos están sonriendo hoy.”


(*) Traducido del inglés por Leticia El Halli Obeid




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