La Fula

De La Siega, la enciclopedia libre.

Por Elena Dreser



Le pasó por buena. Porque siempre nos decía las respuestas. Le gustaba que los niños entendiéramos bien, por eso le pasó. Porque ni en la casa ni en la escuela quisieron contestarnos la pregunta; sólo ella quiso. Y es injusto que nada más por eso, ahora la Fula esté acusada; y nuestras mamás anden recogiendo firmas para echarla del pueblo y que no pueda volver nunca jamás.

Fue el único argumento que se me ocurrió entonces. Creía que al declararlo con vehemencia lograría liberar a la Fula, y regresar al tiempo sin medida de aquel divertido verano.

Los adultos me escuchaban con un interés raras veces derrochado en una niña pequeña. Así que aproveché la oportunidad de ir agregando en cada versión algunos detalles que le daban color a la tragedia. Esos elementos de la atmósfera que siempre me impresionaban tanto como los acontecimientos, y que prefería callar; porque ya entonces vislumbraba que muchas de las imágenes esenciales para mí carecían de importancia para los demás.

Aunque en esa ocasión, el orden se había trastocado. Los mayores insistían en aclarar hasta la más insignificante particularidad de mi relato. En cambio, yo estaba segura de que los pormenores de aquel episodio se me enredarían con el crecer de los años. Pero lo ocurrido allí, en casa de la Fula, permanecería en mí tan indeleble como la mancha roja de mi frente que mamá explicaba como su antojo insatisfecho por una hermosa dalia de un jardín ajeno.

Tantas veces me hicieron contar aquello: primero en casa, luego ante la junta de vecinos y por último ante el comisario, que todavía conservo en mi memoria gran parte de lo que dije en mi inútil defensa por la Fula.

Lástima que nunca se me ocurriera preguntarle si ése era su verdadero nombre. Todos le decíamos Fula, hasta su hijo; y este trato del chico le inyectaba más controversia a su maternidad. Muchos dudaban que ella hubiera sido capaz de parirlo, aunque mi madre no opinaba igual. ¿A quién se le ocurre —decía— que una persona soltera se eche la carga de lidiar con un crío ajeno? ¡Ja! ¡Y menos la Fula, que de abnegada y maternal no porta ni la sombra!

Bartolo tenía mi edad. Aún no ingresábamos a la escuela primaria, y el día era nuestro para jugar a escondernos uno del otro y, a veces, escondernos juntos. Correteábamos enlodados entre los sauces y la menta que crecía a orillas del canal. La Fula llegaba por las tardes a buscarlo. Se sentaba en el portal de mi casa con las piernas abiertas, escondidas en sus pantalones demasiado amplios. Acostumbraba a encender un cigarrillo, y no se iba hasta consumirlo por completo. Fumaba despacio, como engolosinada, lanzando anillos de humo que yo intentaba atrapar en una danza repetitiva que parecía deleitarla.

Me llamaban la atención sus manos grandes y fuertes, y más aún sus tetas sin sostén que amenazaban escapar con cualquier movimiento; tenían apariencia de prisioneras dentro de esas camisas de hombre que ella usaba. Yo había establecido un paralelismo entre el tejido de las camisas de la Fula y el dique del pueblo: por ambos sentía la misma desconfianza. Se me figuraban débiles para sostener la fuerza de su contenido, y que de un momento a otro iban a desbordarse.

Mi madre y mi hermana atendían bien a la Fula; pero su trato parecía distante, opuesto a la cortesía acaramelada que prodigaban a otros invitados. Desde el principio, comprendí que la Fula era diferente. Nunca sufrió aquella obsequiosidad cargante con que se abrumaba a los extraños, formalidades que me fastidiaban tanto, en especial, cuando pretendían que yo actuara igual con los hijos de esos extraños.

Aunque no todo me molestaba en aquellas interminables tardes de agasajos. Unas horas antes, cuando el olor a naftalina me avisaba que mi madre había abierto el baúl, yo corría a sumergirme en ese mundo de carpetas almidonadas con bordados en punto de cruz. Mamá separaba tres o cuatro juegos, y me permitía elegir a mí. Casi siempre me decidía por el de flores azules y amarillas. También mi hermana me dejaba opinar sobre flores: las verdaderas, las recién cortadas, las que ella dividía en dos frascos para luego colocarlos encima del camino de mesa con olor a naftalina.

Pero aquel verano trajo escasas visitas. Mi hermana aseguraba que era por culpa de la Fula, que nuestras amistades no venían por temor de encontrársela. Mi madre se enojaba. Insistía en que ella no le cerraba las puertas a nadie, como tampoco se las cerraría a la Fula; al menos no mientras respetara esa casa. Además, la pobre no tiene adónde ir, es rechazada en todos lados —decía mi madre, con cara de quien se está ganando el cielo—. Y es una tontera nomás, porque lo de ella no se contagia.

Y entonces, otra vez aquella palabra prohibida flotaba en el ambiente. Se pronunciaba en voz baja, con recelo y misterio. Yo hasta la identificaba con cierto sonido religioso, vibraba en tonos de hermandad como el órgano de la iglesia. La había escuchado a medias varias veces; era una palabra larga, difícil, y su índole esquiva me desafiaba a memorizarla. Lo solucioné a mi modo, dividiéndola en dos.

A pesar de que con Bartolo desentrañábamos cada día un nuevo secreto, nunca me atreví a indagar acerca de aquel término relacionado con su madre. Quizá yo consideraba desleal sacar ventaja de nuestro afecto o, sencillamente, prefería no arriesgarme a quebrar la armonía. Por primera vez lograba tener un verdadero amigo, alguien con quien pasar horas sin aburrirme, porque ese compañerismo no había surgido de la imposición adulta que me obligaba a jugar con los tontos hijos de las visitas.

Cuando nos cansábamos de correr, Bartolo y yo nos convertíamos en alquimistas de nuestras propias substancias o de las ajenas. Comenzábamos por ser unos inquietos fisiólogos y, al momento siguiente, religiosos que bendecían cadáveres de hormigas y ranas recién sacrificadas. También improvisábamos “la casita” con una cortina vieja colocada sobre los pequeños cipreses de verano. Esos pinos claros que nosotros conocíamos como “bosquecitos de la India”, y que parecían tan suaves en su redondez que se antojaba acariciarlos. Allí, con los muñecos, formábamos una gran familia. El papá era él; y la mamá, yo.

La tarde volaba rápido. Sabíamos que había llegado a su fin cuando rechinaba el portón de la calle; y la Fula entraba por el sendero con sus pasos largos y el tintinear de llaves en el pantalón. Aparecía con la puesta de sol, a esa hora en que los rayos oblicuos la iluminaban a trasluz, mostrándola más rubia, más alta y más fuerte todavía, como rodeada por un resplandor. Sólo nos quedaban entonces unos cuantos minutos para recoger los juguetes y tomar una limonada, al mismo tiempo que ella fumaba su cigarrillo con toda la lentitud de la que era capaz.

En ocasiones, comenzaba a llover tan de pronto que yo sospechaba de cierta complicidad del clima. Mi madre le servía a la Fula una taza de café, mientras Bartolo y yo devorábamos galletas de vainilla remojadas en leche caliente. Era una fiesta para mí tomar la merienda bajo el alero, allí, cerca de la lluvia. Las gotas rebotaban en la canaleta del patio y salpicaban mis piernas, a la vez que todo el aire se invadía con olor a alfalfa. La oscuridad avanzaba con prisa, y al rodear la casa nos aislaba por completo, como si no existiera nada más en el mundo que aquel pedazo de tierra donde alcanzaba a llegar la luz del alero.

Mi madre y mi hermana entraban a preparar la cena. Era cuando la Fula parecía disponer de todo su tiempo para nosotros. Fula, ¿qué son los relámpagos? ¿Y los truenos, Fula? Fula, ¿adónde quiere llegar el agua que corre tan rápido?

Ella no se limitaba a respondernos con ligereza. Tenía ingenio para ilustrarnos sus argumentos con ejemplos y dibujos, y hasta ideaba juegos con el fin de que entendiéramos mejor. Por eso, luego me pareció injusto que también mi madre firmara esa carta con la cual podían echarla del pueblo. Yo no había conocido a ningún adulto tan sabio como la Fula, ni tan paciente con los niños.

¡Si pones los codos duros, la Fula te levanta en el aire!

Y me levantó.

Sólo que al bajarme con lentitud me apretó demasiado a su cuerpo, se alzó mi vestido, y la hebilla del cinturón de la Fula me hizo un rasguño junto al ombligo. Medio año más tarde, en mis intentos porque la dejaran en paz, me referí a este episodio delante de los vecinos:

De puro buena ya no volvió a usar ese cinturón. Nunca más me arañó con la hebilla, y eso que todos los días me levantaba hasta arriba de su cabeza y me hacía bajar despacito, despacito, bien pegada a ella para no dejarme caer.

Por primera vez me expresaba ante tantas personas, y lo insólito era que me escuchaban con atención. Agregué que La Fula nunca nos regañó y que tuvo motivos. En aquel momento, recordé con intensidad la anécdota de “la casita”, cuando Bartolo y yo retozábamos amparados por los cipreses de verano. El juego en avance había tomado el rumbo de la curiosidad, y en nuestro entusiasmo no escuchamos el portón de la calle. De pronto la vi, mirándonos fijamente. El cabello rubio le caía despeinado, como siempre, y tenía las manos en los bolsillos del pantalón. Me asusté. Entonces Bartolo también la vio, aunque él parecía tranquilo. Mientras yo buscaba algo con qué cubrirme; la Fula se quedó en silencio sin apartar sus ojos de mí.

La evocación de esta escena me hizo arder la cara, como si la gente que me estaba interrogando pudiera adivinar mis pensamientos. Únicamente agregué: En vez de enojarse, la Fula sonreía cuando hacíamos algo malo. Así de buena era con nosotros.

No se me olvida aquella tarde. Ella se alejó como siempre, silbando bajito hasta llegar al alero donde fumaba su cigarrillo. Jamás tomé una limonada con tanto miedo. La Fula no hizo ningún comentario, pero advertí en su mirada algo de pacto secreto que no dudé en aceptar. Después de este incidente, mi confianza en ella aumentó y mis conocimientos también; porque ya no era sólo un cigarrillo el que se fumaba antes de irse.

Nunca se le hicieron los honores correspondientes a los invitados, por lo cual yo sentía que la Fula era alguien muy especial. A veces, se quedaba con los ojos quietos como suspendidos más allá del tiempo, luego arrastraba con los dedos su cabello hacia atrás, en ese gesto tan suyo que parecía renovar al instante sus pensamientos. Entonces, comenzaba a contarnos historias. Los temas eran tan antiguos que resultaban adelantados para mi familia: herbolaria, astrología, reencarnación, incesto...

La única que permaneció indiferente, ante el hechizo de tal sabiduría, fue mi hermana. En aquel verano, por fin, consiguió novio. Andaba muy linda con sus vestidos vaporosos, olía como las flores de acacia. Pero cuando ella se iba de paseo, yo me sentía desamparada. Mi madre debió haberlo notado, porque una de esas tardes permitió que la Fula se quedara a cenar. Y pronto la ocurrencia se volvió costumbre.

Jugábamos a los naipes, a formar sombras chinescas y a construir malabares con palillos de mesa. La Fula sabía mil entretenimientos, y hasta inventaba juegos. Algunos eran vertiginosos, como el del caballito. Ese que después me exigieron contarlo tantas veces que llegó a inquietarme el desgaste de las palabras; perdían sentido, igual a un poema aprendido de memoria:

Nos sentaba en sus rodillas al ritmo del iko iko. El que no aguantaba arriba, bien firme, perdía. ¡Y siempre perdía Bartolo! Yo me quedaba más tiempo en el caballito. Primero iba despacio, y después tan rápido que subía con furia las rodillas. Yo me resbalaba hasta chocar con el pecho de la Fula, y ahí seguía agarrada a las mangas de su camisa. Entonces, el caballito ya no iba tan rápido. Pero yo lo sentía más tieso, como que se enojaba.

No dije que cuando escuchaba los pasos de mi madre me bajaba con rapidez, presentía que a ella no le causaría gracia el juego. Por ese motivo, no lo supo hasta el final. Se enteró en plena catástrofe, cuando comenzaron a divulgarse tanto las simplezas, como los más absurdos disparates relacionados con la Fula. Algunos eran verdad; y otros, surgidos de la nada, brotaban audaces como hongos de jardín.

En el otoño anterior, habían llegado los primeros días escolares que acabaron con la magia de los entretenimientos. La Fula no quería dejarse ver en el colegio, así que mi madre nos acompañaba a Bartolo y a mí como si ambos hubiéramos sido hijos suyos. En pocos días aprendimos tan bien el camino que echábamos a correr dejándola detrás. Pronto hicimos otras amistades, compañeros que vivían por el rumbo. Entonces, mi mamá nos guiaba sólo un par de cuadras hasta comprobar que nos encamináramos juntos.

Las cercas de mi barrio estaban formadas por setos de tamariscos, salvo la tapia alta de la cancha de fútbol a la que cubría un grandioso rosal silvestre. Nada como el perfume de estas flores para transportarme a la atmósfera de aquellos días de Villa Iris, y de nuestras caminatas bordeando el rosedal; cuando era de ley ganar la rosa más grande, y de orgullo no llorar por las espinas.

Quizá aquella armonía hubiera continuado intacta, pero Bartolo se enfermó. Mi madre no me daba permiso de ir a verlo, y nadie tenía noticias de él. Por eso, cuando más tarde se armó ese tremendo zafarrancho, le atribuí toda la culpa a la enfermedad de Bartolo. Aunque lo cierto era que la Fula ya llevaba bastante tiempo alejada de mi casa. Fue por algo que no logré entender, porque la regla de “no intervenir en los asuntos de los mayores” se interponía como una barrera que me aislaba y me sumergía aún más en esa irrealidad de mi infancia.

Era la época de las advertencias. Mamá me hastiaba con tantas recomendaciones, insistía en mi obligación de obedecer en todo: a ella, a mi hermana y a mi maestra. Le había simpatizado la señorita Adela. Sólo que es demasiado joven —aseguraba— para batallar con tantos mocosos malcriados. En cambio, yo la veía como la maestra ideal, perfecta; admiraba su piel cobriza y su acento norteño.

Y fue precisamente la maestra quien nos encaminó hacia aquella vivienda totalmente prohibida por nuestros padres. Nos dijo a los alumnos vecinos de Bartolo que pasáramos a preguntarle a la “señora” (fue la única vez que escuchamos nombrarla de ese modo), que nos informara acerca del niño, que nos dijera el motivo de sus faltas. O que mejor se presentara ella misma en la escuela, ya que aún no tenía el gusto de conocerla.

Ninguno dijo nada. No hubiéramos sabido qué decir. No contábamos con más información que los gestos desagradables de las señoras cuando escuchaban nombrar a la Fula, las sonrisas burlonas de los señores, y algunos cuentos que circulaban por ahí: si con la luna nueva se convertía en hombre, y si con la luna llena regresaba a su forma de mujer. Y la palabra aquella, todavía indescifrable para nosotros, a pesar de que ya estábamos aprendiendo a leer y a escribir.

No podía concentrarme en la clase. Nuevamente la palabra prohibida flotaba en el aire y me rebotaba en la cabeza. Esta vez, asociándola a una de las tantas recomendaciones de mi mamá: cualquier duda, cualquier palabra que no conozcas, se la preguntas a tu maestra.

Y se la pregunté.

En voz alta, así todos los niños conoceríamos la respuesta de una buena vez. La maestra abrió muy grandes sus ojos oscuros. Dio unos pasos hacia atrás, hasta apoyarse en el pizarrón. Pensé que no me había entendido, por eso repetí la pregunta con más fuerza. Jamás nuestra aula disfrutó de tal silencio. Los niños tenían el lápiz en la mano y la mirada en la señorita Adela, que perdía su tono cobrizo y resultaba una prolongación de su vestido blanco.

Cuando por fin habló, fue sólo para interrogarme: ¿Dónde escuchaste semejante barbaridad? y ¿Por qué no lo preguntas en tu casa? Entonces tocó la campana de salida. Y en lugar de embestir nosotros, corriendo como siempre, quien se precipitó en aquella ocasión fue la maestra. Nuevamente nos quedamos sin respuesta. Igual que en cada intento por quitar el caparazón, por desentrañar los sonidos de donde surgiera la imagen reveladora que le diera significado a esa palabra tan extraña y ya tan integrada a nuestra vida.

Los cinco o seis niños vecinos de Bartolo regresábamos entusiasmados por la oportunidad de conocer su casa. Aunque la incertidumbre nos hizo titubear a lo largo de todo el camino. Oscilábamos entre la determinante resolución de no ir y el tentador impulso de aprovechar el pretexto. Porque si de algo estábamos seguros, era de que nuestros mayores nos habían ordenado obedecer en todo a la maestra.

Y le obedecimos.

La Fula nos hizo pasar a su única habitación. Era oscura, olía a eucalipto, a humedad y a sudor agrio. Parecía que allí nadie fastidiaba con el brillo de los pisos ni con la blancura de las sábanas. Mi amigo estaba acostado en una cama demasiado estrecha para él, tenía un trapo mojado en la frente y un suéter enrollado en los pies.

Nos sentíamos importantes por el recado. Lo dimos atropellándonos con las palabras y con los codos. Después, nos quedamos serios y callados. Yo paseaba mi vista por los sartenes oscuros y las paredes manchadas. Me repetía mentalmente que estaba allí por órdenes de la maestra... porque mi mamá decía que la obedeciera... y que le preguntara todo lo que no entendía... pero la maestra no me había contestado la pregunta... en cambio la Fula nunca nos dejaba con dudas... ella siempre sabía responder... ¡Fula!

Y se lo pregunté.

La Fula detuvo su mirada sobre el piso sucio. Se llevó una mano a la frente, arrastrando sus cabellos hacia atrás. No repetí la pregunta. A pesar de nuestra expectación y de su silencio, yo estaba segura de que esa vez obtendríamos respuesta. La Fula suspiró hondo, dos o tres veces, con el semblante de un cansancio muy viejo. Levantó la vista. Sus ojos estaban más saltones que nunca.

Trató de explicarnos. Me consta que quiso hacerlo con palabras. Nos habló de la selección natural y de la supervivencia del más apto. Nos contó cómo ha funcionado, por siglos, en plantas y animales. También nos dijo que esta regulación de la naturaleza se ha venido anulando entre los humanos por causa de los nuevos recursos médicos.

Pero no le entendimos.

Nos habló de la gran cruz cósmica que formaron los astros en el momento de su nacimiento. Esa enorme cruz que le tocaba cargar, irremediablemente, hasta el fin de sus días; quizá, para saldar alguna cuenta kármica adquirida en existencias anteriores.

Pero tampoco le entendimos.

Nos quedamos con los ojos anhelantes, fijos en la Fula, esperando una de esas explicaciones claras que sólo ella era capaz de ofrecer. Entonces, se alisó el cabello una vez más, y nos miró como si recién nos hubiera visto. Abandonó su tono melancólico, y nos hizo sentar alrededor de la mesa. De pronto, había recuperado toda su vitalidad de siempre. Actuaba igual que cuando nos enseñaba un nuevo juego. Y nosotros nos adaptamos de inmediato.

Comenzó por definirnos la ley de los opuestos. Nos demostró con ejemplos evidentes, la manera en que casi todo se complementa en el Universo. Recogió un papel del suelo, y lo limpió con la manga de su camisa. Antes de alcanzarle alguno de nuestros lápices, ya había tomado un trozo de carbón del hornillo. Esbozó una hermosa esfera, mitad blanca, mitad negra, con la división curva. Mientras la concluía, nos revelaba el símbolo oriental del Yin-Yang. Nos explicó que en algunas ocasiones se rompe este equilibrio de la naturaleza entre los aspectos negativos y positivos. Aunque también nos aseguró que no es tan nefasto como la gente piensa.

La Fula hablaba; y nosotros nos deleitábamos con sus enseñanzas. Pero no comprendíamos dónde estaba el contacto con nuestra pregunta, qué relación había entre esos maravillosos conocimientos y la palabra prohibida. No lo entendíamos. Como tampoco parecían entenderme a mí los mayores, cuando me hacían repetir este suceso una y otra vez:

Y ella, de puro buena que era con nosotros, lo hizo. Porque no solamente nos contestaba así nada más: la Fula siempre nos mostraba las cosas. Por eso fue que se desabrochó el pantalón. Y allí, en medio de aquel lugar con olor a eucalipto, se lo bajó hasta las rodillas. Entonces, los niños pudimos ver eso que nunca jamás vimos antes.

El primo mayor de Tito dice que hay una figura igualita en el museo de cera de París. Pero nosotros no vamos a París. Además, yo creo que es mejor aprender así, en natural, todo lo que quiere decir una sola palabra que suena a hermandad y a florcitas; aunque no se parece a ninguna de las dos cosas.

Ahora ya lo sabemos bien perfecto. Por eso es injusto que se lleven a la Fula, y anden recogiendo firmas para echarla del pueblo y que no pueda volver nunca jamás. ¡Si ella sólo quiso contestar una pregunta!

Y aunque es seguro que la pobre se moría de vergüenza por mostrarnos eso, se aguantaba. Ni se enojó por la cara de asco que pusieron los niños, ni por los gritos que dio la tonta de Lucita. Al revés, parecía que ni le molestaba el escándalo.

Era verdad: no se inmutó. Recuerdo su sonrisa amplia y el brillo de sus ojos mientras permanecía en el centro de la habitación, de pie y con los pantalones enrollados en las botas.

Los niños sabíamos que la oportunidad era única, y que además sería breve. A pesar de que no lográbamos reponernos de la impresión, nos incitaba el capricho por interpretar aquel enigma de tanto tiempo. La inquietante palabra al fin tomaba cuerpo, visualizándose en toda su brutal crudeza. Entre recelo y repulsión, nos sentíamos privilegiados de que se nos revelara, precisamente a nosotros, el secreto más codiciado del pueblo.

Y así fue. Ya nunca más volveríamos a relacionar Herma... con la hermandad de la iglesia, ni Frodita con las flores del jardín. Nuestra vieja creencia se profanó en un instante cuando enfocamos la mirada en aquel miembro, apenas más grande que el de un niño, y vimos debajo cómo se abrían generosos los labios que ocultaban, a medias, la prueba irrefutable de que la Fula sí pudo haber parido a su hijo.




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