La Pandilla Interior (2 primeros capítulos)

De La Siega, la enciclopedia libre.

Por Juan Carlos Méndez



―1―

Sin prisa, sin miedo, sin pasadores. Se enfrenta al amanecer blindado con un sombrero de copa, unos binoculares y una bufanda. Sabe que Margó empezará a sospechar en aproximadamente 15 minutos: hablará con el cuartelero, lo convencerá para subir a la habitación, buscarán un poco, quizá en el basurero, algo de desesperación, luego molestia, enseguida furia.

―No creo que esta vez haga un escándalo —predice.

Y camina, tropieza, divaga. Siente que algo le molesta entre la pelvis y el corazón. Rasca con placentero desorden y piensa: “Si me dieran a escoger entre todas las que conozco escogería tus ronquidos y tu mal aliento, pero sabes que no soporto a nadie despierto más de tres horas”.

―Y el plazo ya se venció. —ohhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh, musa. Y decide reposar sobre una banca y roncar. Cuando está a punto de quedarse dormido siente algo sobre las greñas. Toca, comprueba, maldice. Comprende que está siendo expulsado, otra vez. Camina. Y paso a paso, vuelven las preguntas, siempre, siempre, siempre: ¿por qué no encuentras la tan buscada, anhelada y perseguida calma? ¿Por qué? Siempre por qué. ¡Bah!, no importa.

―No la necesito ―miente y sigue caminando, aburrido de sí mismo, una vez más.


Dobla a la derecha, sigue caminando. Enfoca con los binoculares y reconoce ese maledeto lugar: “Todo comienza aquí. Sánguches”. Un lugar peligrosísimo por donde se lo mire. Sobre todo si se tiene en cuenta que está a cinco cuadras del telo.

— ¡Bah!, cojudeces. Tu segundo nombre es peligro ―se anima—. Unos huevos a la rabona y un café, ¡por favore! ―exclama, ya sobre la silla de madera rancia.

Sin decir nada, sin apuntar, el mozo (unos 70 años de vida sin dignidad y algunos pocos placeres) camina lentamente a la cocina. La acción transcurre en cámara lenta. Los mozos, el cajero, los cocineros, todos forman parte de lo que estúpidamente se llama tercera edad, como si quisieran contradecir a los empresarios que han renovado su crueldad solicitando sólo a jóvenes y a bellos profesionales. ¡Qué asco! Una cucaracha camina sobre la pared. Y no la mata. Cosa que debería hacer si estuviera con Margarita Monobiblos, alias Margó, alias mi amor. Ya estaría haciendo un escándalo. Los ojos desorbitados. Mátala, mátala, mátala. ¡Qué flojera!


¿Pero qué es lo que huele? ¡Sha llega su platillo! Un pan cortado por la mitad, deliciosamente frito en mantequilla, un par de huevos montados (¡con la yema sin reventar!) y ají pinguita de mono con cebolla picada en cuadraditos. Unas gotitas de limón, sal y ¡ummm, qué delicia! La saliva se derrite. Y el olor del café preparado a la vieja usanza. “Ojalá Margarita estuviera acá”, piensa, desea Charlemagne. Pero es imposible. Tendrán que pasar un par de meses para que su furia se relaje. Algún premeditado encuentro casual. Sí. Sabrán reconocerse a pesar de todo. Y luego ella se reirá de alguna de sus estupideces y más tarde beberán imitando a su causa Gargantúa. ¿Y después? Lo de siempre: lamer con insistencia sus heridas protegidos por la luz de un foco roto a zapatazos.

Siempre precavido, Charlemagne se sienta al lado del baño. Y saca su billetera para saber si pagará o saldrá corriendo. No encuentra un solo morlaco pero sí un papel arrugado. Piensa en botarlo pero la curiosidad puede más:

Dicen que tienes hongos
Que parásitos abrazas
¿Es mentira? ¿Es verdad?
No importa mucho
Oh, oh, oh, Charly Tenó
Se han llevado tus colchones,
Tus sábanas de infección
Eso será por las mañanas
Porque en las noches
Oh, oh, oh, Charly Tenó.
¿Qué será de los desesperados amantes
De las insospechadas caricias
De los solitarios corredores
De los amaneceres “Yo Tarzán, tú Jane”?
Oh, oh, oh, Charly Tenó
Lubricantes y flujos seminales
Sensuales traidores
Atentado contra la salud pública
¡Has sido clausurado!
Oh, oh, oh, Charly Tenó
Las noches desbordadas
Las agrias madrugadas
Todo ha terminado
Y con ello todas las mentiras de amor
Oh, oh, oh, Charly Huevón.

―2―

Charlemagne arruga con sumo cuidado el papel y lo guarda nuevamente en su billetera. Y recuerda. El hotel Charly Tenó iba a ser clausurado por la municipalidad. ¿El motivo? Propagación de enfermedades. Charlemagne no podía permitir que el hotel (sin estrellas) construido por su padre tuviera tan triste final. Inmediatamente (léase semanas después) se puso en contacto con los asiduos al telo y organizó una parrillada y un campeonato relámpago de fulbito para recaudar fondos y así reflotar al Charly.

Pero el evento terminó en una bronca descomunal motivada por el estallido de una rata blanca donde se doraban los chorizos. Para calmar los ánimos, el dinero recaudado fue dilapidado durante tres días de lujuria y desenfreno. El hotel Charly Tenó feneció.

Y a la caída del Charly, le siguió la caída de su padre. Rodó por las escaleras desde el tercer piso, sin detenerse en las curvas y rellanos, sin darle tregua a su cuerpo hasta estamparse contra el piso. Estaba borracho. Y deprimido y frustrado y hecho mierda. El fruto de su trabajo había sido clausurado y él no había podido hacer nada para impedirlo. No murió pero le pasó algo peor: fue directo al hospital. Allí los exámenes de rigor revelaron que más allá de contracturas y hematomas su verdadero problema era un cáncer terminal.

Cuando su padre cumplió doce meses de muerto, Charlemagne canalizó ese vacío en el pecho (y en la billetera) con unos versos carentes de poesía que intituló "Apologético en favor de Don Charly Tenó". Armándose de valor, desesperado, puso todo en un sobre y lo envió a Horror al Vacío, una revista que recientemente había instalado sus oficinas en el mismo edificio donde exactamente un año atrás funcionaba el Charly.

Después de leer el “poema”, Aristóteles O. Castillo, director del semanario, lo botó a la basura. Sin embargo, el humor malsano que esos versos exudaban lo rondó noche, madrugada y día, como si esas líneas fueran el aguijón de un zancudo goloso. No podía creerlo, pues se asumía insensible a todo lo sensible. Entonces recordó que su olfato periodístico se fundaba en una máxima: sospecha hasta de lo más cojudo. “Dicen que tienes hongos / que parásitos abrazas / oh, oh, oh Charly Tenó”. Al día siguiente le gritó a su secretaria:

―Recupéralo. ¡En el acto!

Aristóteles volvió a leer el “poema” y ordenó que ubicaran al autor. Luego de empujarse 17 botellas de cerveza, le dijo a Charlemagne que si pagaba la cuenta tenía trabajo fijo en el magacín.

Y así fue como nuestro héroe inició su promisoria carrera en el periodismo local. Ohhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh, musa.






  • La Pandilla Interior es la primera novela de Juan Carlos Méndez y fue publicada en Lima por Ediciones Santo Oficio el 2010.

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