Augusto Effio, "La conversación"

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(Redirigido desde La conversación)

Por Augusto Effio


Cuénto incluido en el volumen Lecciones de origami, Matalamanga, 2006.


“Pensé en lo que me dijo un sepulturero una vez,
que tu pelo sigue creciendo después de morir y luego se detiene,
para tomar la forma de tu alma”.
Ethan Cohen
(The Man Who Wasn’t There)


Tener a un tipo como el gordo Kanagusuko al lado de su hermana, ha sido para Julián una maldición que aprendió a sobrellevar con un resignado y escrupuloso desentendimiento.

Debe de ser por ello que jamás habla con él cuando lo tiene de visita en casa. Se limita a observarlo de lejos, hipnotizado por la forma que tiene de saludar a los parientes: echando mano de la fingida reverencia que utiliza en sus negocios. Después de todo, mantenerse a salvo de la procesión desdeñosa de su rostro de piedra y el aire inflamable que exhalan sus ojos falsamente adormecidos, es una tarea que Julián puede concretar con cierto disimulo si se tiene en cuenta que el gordo elige siempre los mismos rincones alejados de la casa, tratando de ocultar la grotesca abundancia de sus carnes dentro de las ceñidas sombras que puede proveerle el lugar.

Cuando lo recibe en las cuatro paredes de su peluquería, en cambio, se ve obligado a intercambiar con él algunas frases ajenas al desempeño de su oficio. Se sobrepone a las tímidas indicaciones que debe formular para hacerse cargo de su nuca mofletuda y transpirada, o a la inútil pregunta sobre la forma final que debe darle a los jirones raídos y dispersos que el gordo luce por patillas. De cualquier forma, Julián se asegura de que sus charlas se extravíen en las nimiedades con las que dos desconocidos conspiran en contra del silencio o, si es necesario, se da maña para conducir la conversación hacia las tres o cuatro preocupaciones que un tipo como el gordo Kanagusuko puede tolerar de la medianía y estrechez de su cuñado peluquero: el clima, el trabajo, los amigos, Eloísa.


Julián sabe que hizo bien en haber dejado pasar las oportunidades de encarar al gordo en estos días, atravesados por el dudoso entusiasmo de los preparativos para el matrimonio. Ayer por la tarde que lo tuvo en la peluquería, viéndolo un tanto ansioso, pensó por un momento en apartarse del libreto. El mohín de rechazo del gordo ante la sugerencia de un corte especial para la ocasión, retornó sus ímpetus a los cauces normales.

Por la noche, durante el bullicio reposado y gangoso que respiraba la discreta celebración familiar que se improvisó en casa luego de la boda, Julián concluyó que sería conveniente elegir un lugar que tomase al gordo desprevenido, un lugar donde él jamás imaginase verlo.


Ha decidido aguardar la presencia de su cuñado a unos metros de la puerta del Babilón, el casino que este dice regentar a las afueras de la ciudad. Según la versión del gordo, desde allí se dispone la suerte de todas sus inversiones.


En el camino, Julián detiene por un instante su atención en la propiedad de los Sanabria. Contemplándola a distancia desde la calle del frente, se dice que esa casona ha envejecido de la peor forma posible. A él, que conoció sus mejores tiempos, le resulta difícil admitir las enormes manchas de musgo que cuelgan de sus paredes como párpados que se abren y cierran con las lluvias, la maleza de los jardines extendiendo sus greñas por puertas y ventanas y los boquetes continuamente remendados en el techo, como si en San Cristóbal se viviera bajo un perpetuo bombardeo.

Continúa la marcha, preguntándose si tendrá posibilidades de convencer al gordo.


Ubicado debajo del despilfarro que significa tener encendido un tablero de neón que anuncia el lugar exacto del casino a esta hora de la mañana, Julián sigue con la mirada el ingreso y salida de las muchachas que trabajan en el lugar, enfundadas en un uniforme estrecho y coqueto del mismo color pastel que destiñen las paredes. Se pregunta con cuántas de aquellas buenas piernas se habrá revolcado el gordo, recordando la tristeza tibia y perezosa que Eloísa —su hermana menor— paseaba ayer durante el trajín de firma de papeles y bendiciones que la unía en matrimonio al hombre con el que había vivido ya toda una vida, y más.


Durante los minutos de espera, Julián apuesta todo por ser invitado a ingresar al casino y, quién sabe, a la cabina de distribución de fichas, donde dicen que el gordo desenvuelve a sus anchas ciertas manías distendidas con sus colaboradores. No es que corra muchos riesgos con este deseo, simplemente juega con las cartas marcadas de la bravuconería de su cuñado, que no va a dejar pasar la ocasión de presumir con sus dominios. Una vez dentro, Julián sabe que el gordo bajará la guardia y, quién sabe, quizá él pueda formular su oferta con tranquilidad, sin ser interrumpido.


—(...)—.

—No, yo no soy de los que dice que no importa que el gato sea blanco o negro, que lo que interesa es que coma ratones. No, eso no va conmigo—.

—(...)—.

—No pongas esa cara, hombre, yo a ese infeliz no le vendo nada, aunque sea el único que pueda pagarme lo que pido—.

—(...)—.

—(...) Pero si aparece otro que me ponga la plata sobre la mesa, ni pensarlo.

—(...)—.


Para el gordo Kanagusuko, la celebración de su matrimonio —a eso se refiere cuando, en tono grave, menciona repetidamente el asunto o el trámite— no debe durar más de un cuarto de hora y así se lo hace saber al cura que oficiará la misa mañana. Aun cuando rehuye toda clase de eventos públicos, el gordo sabe bien que las misas de difunto y las bodas en San Cristóbal duran una eternidad, así que no está dispuesto a seguir la enfermiza tradición de los habitantes de este pueblo a la hora de ventilar pesares y regocijos.

Impartidas las instrucciones, el gordo abandona la capilla rumbo a las galerías, dejando atrás el aire mundano y descompuesto que se asienta en la casa de dios durante la escasez de cirios e incienso de los días de semana.


Las hendiduras en los largos tablones que lo conducen desde la puerta de El Afrodita —una de las primeras galerías fundadas por el gordo— hasta los tres metros cuadrados del puesto donde Ramírez lo está esperando, hacen que retorne a la idea de atravesar el esófago magullado y hediondo de una enorme bestia. Si bien el gordo Kanagusuko no es proclive a este tipo de sensaciones ridículas, al permanecer las mañanas enteras dentro de los mastodontes de concreto y madera donde están asentadas sus galerías, no puede evitar pensar que aquello se parece un poco a ser digerido por una ballena o algo inmensamente parecido.

A pesar de la cantidad de gente que inunda los pasadizos de El Afrodita, el gordo avanza sin dificultades, espantando vendedores y compradores con la mirada enfilada hacia un punto incierto. Pasa de largo ante extenuadas lucecitas de navidad puestas en venta desde abril, juguetes chinos que compiten en estridencia con frituras consumadas sobre aceites negruscos e inmóviles, corbatas que redundan en la fealdad del doble estampado, tacitas somnolientas cuidando el eterno reposo de la imitación en bronce, ropa interior de encaje provista de la disuasiva sensualidad de hilos mal engarzados, y demás toneladas y toneladas de desperdicios que tienen el descaro de ponerse un precio de venta.


Al verlo llegar, Ramírez lo saluda con afecto, desapareciendo en el acto detrás de un minúsculo mostrador que tiene como centro de atención a dos muñecas de piernas largas y bronceadas. Los rubios filamentos que atraviesan sus cabezas y la mirada de superioridad de esos trozos de plástico, distraen la impaciencia del gordo.

Ramírez reaparece con un ovillo de billetes que entrega entre disculpas y explicaciones. Observándolo, el gordo se pregunta qué maldito efecto puede tener el paso de los años para convertir —en casi un abrir y cerrar de ojos— al recio e imperturbable técnico de tercera que alguna vez consideró un tipo de cuidado, en el despreciable sujeto que tiene a la vista, que se sienta a esperar que unos monigotes de bikini y ojos azules le den de comer y que baja la cabeza cada vez que se retrasa unos días con la renta. Antes de retirarse, escucha que Ramírez lo felicita por anticipado, explica que tal vez mañana no podrá asistir a la boda y, cambiando el tono de su voz, advierte algo sobre un asunto que puede ser de su interés: ayer escuchó una conversación muy extraña en la peluquería de Julián.

El gordo no se da el trabajo de responder, ingresa nuevamente a la covacha de Ramírez, indicando con ello que está interesado en lo que tenga que decir.


Al terminar la charla con Ramírez, el gordo Kanagusuko cree que las cosas en sus negocios pueden mejorar. Según lo relatado, ahora sí será posible hacerse con la casona de los Sanabria. Está claro que más que la construcción le interesa el terreno; precisamente es ese el solar que separa a El Afrodita del resto de sus galerías, y el impedimento principal a su lejana ambición convertir al centro de San Cristóbal en una única construcción donde cada metro cuadrado de tierra le pertenezca.


—(...)—.

—No hay nada que hacer, si me permites ser sincero, quiero que sepas que te admiro mucho—.

—(...)—.

—No, no creas que me estoy burlando de ti, Julián, lo que pasa es que ahora que te veo trabajando, me he puesto a pensar que yo, digo, si estuviese en el caso extremo, no tendría ningún problema en asumir casi cualquier oficio para ganarme la vida.

—(...)—.

—Cualquiera menos el de peluquero—.

—(...)—.

—Sí, mira que eso de andar cortando partes del cuerpo no va con mi estómago, ahora, tú puedes decir que el pelo no nos sirve para nada, pero finalmente es una parte de uno la que estás cortando, ¿o no?

—(...)—.

—Tú eres el tipo de persona al que me gustaría venderle la casa, Julián (...).

—(..)—.

—A pesar de que vas a tener a ese infeliz como cuñado, sé que la cuidarías bien.


Sin tener conciencia de lo mucho que estaba en juego en cada incursión y a cambio de unos días de franco que utilizaba para trasladarse a la capital a ver a su familia, Ramírez encabezó varios de los operativos ordenados por el entonces comisario Kanagusuko.

La gente que lo escucha hablar de sus años en la Republicana, no parece creerle cuando él afirma que jamás, ni una sola vez, se vio obligado a disparar el arma de reglamento que tenía asignada. Su trabajo consistía en hablar con las personas que molestaban al gordo y, luego, darle algunas señales de que lo dicho era cierto. Lo demás era cuestión de esperar, y la gente siempre terminaba actuando como Kanagusuko lo había previsto.


Sin ir muy lejos, de no haber sido por la visita que les hizo Ramírez, el solar donde luego se instaló El Afrodita aún le pertenecería a la porfiada y arisca pareja de ancianos que se negó a aceptar la oferta que Eloísa —por encargo del gordo— les hizo llegar en un sobre cerrado, mandándole a decir que ellos no hacían negocios con muchachitas que hablaban de dinero sin tener un oficio conocido y que, por si acaso, ellos ni siquiera sabían leer.

Ramírez se presentó al domingo siguiente, muy temprano, y golpeó tímidamente el escuálido portón de entrada de la propiedad: un descampado cercado por ladrillos sin revestir que los ancianos cuidaban como si del mismo paraíso se tratara. Con la mayor cortesía posible, pidió a la señora que asomó la cabeza que llamara a su marido para que ambos escucharan lo que tenía que decirles.

Estando los dos ancianos ante su uniforme y sus zapatos recién lustrados, Ramírez les preguntó si en los días anteriores habían visto por esos terrenos al perro que su hijo —un supuesto niño al que calificó de holgazán— había extraviado en un descuido imperdonable. Ofreció una descripción precisa del animal y anotó una dirección (la de la comisaría), donde podía ser ubicado en caso tuviesen alguna noticia.

El fin de semana siguiente, el solar amaneció con cuatro perros desollados colgando de sus esquinas. Los ancianos cayeron en la cuenta que todos se correspondían con la información proporcionada por Ramírez, pero aun así no se explicaban la relación entre ambos hechos. Unos días después, el inmueble volvió a recibir la visita del uniformado. Esta vez fue el anciano quien lo atendió con el portón a medio abrir. Ramírez agradeció por los datos proporcionados en la ocasión anterior, sin dejarle oportunidad de réplica. Acto seguido, invocó su ayuda para encontrar a una persona con la que presuntamente había perdido el contacto, iniciando la descripción pormenorizada de los rasgos de la mujer del anciano.


Meses después, cuando regresó de uno de sus viajes luego de dos semanas de franco, Ramírez se encontró con la noticia que había sido dado de baja junto con el comisario Kanagusuko y media docena de efectivos más. El gordo le dio a elegir entre un puesto en una de las galerías que estaba por inaugurar —cuatro metros por cinco en el ala derecha, la más cercana a los baños— y la posibilidad de seguir haciéndole algunos favores personales con un sueldo fijo. Le dijo que esa era la manera que había encontrado de retribuir en algo el esfuerzo de sus colaboradores más cercanos.

Aun sabiendo que le había sido de utilidad, Ramírez nunca se consideró amigo del gordo. Ahora, cada vez que se encuentra con él, se muerde la lengua para no decirle que en su momento tomó una mala decisión, que daría todo lo que fuera para poder elegir nuevamente.


Como sea, llevar el pelo siempre recortado es el único hábito que le queda a Ramírez de sus años en la republicana. Al verse en el espejo, con los pómulos firmes, la sonrisa congelada y el perfecto orden amurallado de sus cabellos, se siente seguro de sí mismo, capaz de revertir su suerte en cualquier momento. Para reencontrarse con ese estado de ánimo, visita muy a menudo la peluquería.


Nunca ha llegado a hablar gran cosa con Julián durante sus visitas. Está claro que a ambos les resulta demasiado obvia e incómoda la sombra del gordo Kanagusuko en sus vidas. Por ello, si bien Ramírez está sentado en el mismo sillón segundos después de concluida la conversación entre el peluquero y el menor de los Sanabria, y ve que este abandonaba la peluquería sin posibilidad de escucharlos, no se anima a comentar con Julián el origen de tan disparatados comentarios.

Al salir del establecimiento, sin embargo, se dice que tal vez el gordo puede tratarlo como antes si es que él le muestra que aún le guarda lealtad. Recuerda entonces que se acerca el vencimiento de su renta y decide que esta es la ocasión perfecta para hacerle notar que siempre estará de su lado.


—(...)—.

—¿Qué hacen con el pelo que les queda al final del día?

—(...)—.

—(...) ¿Es cierto que hay gente que lo compra para rellenar no sé qué tipo de muebles?

—(...)—.

—En fin, no me hagas caso, aunque la verdad me gustaría saber si, tal vez, sin quererlo, alguna vez me he sentado a descansar sobre el pelo de otras personas.

—(...)—.


Cuando Eloísa termina de hacerle entender a Julián que no hay riesgo alguno con lo acordado y que, de aquí en más, cuentan con el apoyo del menor de los Sanabria, pregunta por tercera vez si es que está seguro de que Ramírez visitará la peluquería mañana.

Él responde que sí, que es el único cliente que acude sin falta cada quince días cumplidos.


Eloisa trata de calcular el monto que deberá repartir luego de cerrar el trato. Le disgusta aceptar que el cincuenta por ciento debe ir a manos del menor de los Sanabria. Cualquier habitante de este pueblo sabe bien lo que significa para el gordo hacerse con el solar donde está ubicada la casona y —al escuchar y aceptar la propuesta de Eloísa— el menor de los Sanabria aprovechó la oportunidad y exigió compartir las ganancias en partes iguales. La mitad de todo lo que puedan sacarle al gordo.

Si bien entendía que no estaba en condiciones de negociar, Eloísa aceptó a regañadientes y le explicó al menor de los Sanabria lo que ella había pensado para no despertar las sospechas del gordo: se trata de visitar la peluquería de su hermano al día siguiente y de iniciar un diálogo en presencia de Ramírez.


Hace mucho que Eloísa ha dejado de administrar las cuentas del gordo. Aún así, está segura que inclusive dejándolo con la tercera parte de su fortuna, el gordo tendría dinero más que necesario para llevar la vida que está acostumbrado a tener. Claro, al inicio todo era distinto. Era ella la que se hacía cargo de los cobros y de dar la cara cuando había necesidad de firmar papeles, sobre todo cuando el gordo aún ocupaba el cargo de comisario y nadie estaba enterado de que era él quien estaba detrás de algunos acontecimientos inexplicables que obligaban a la gente a abandonar sus propiedades (pintas, amenazas, pequeñas explosiones, animales desollados colgando de postes de luz).

Han pasado muchas cosas desde entonces, pero Eloísa todavía no se explica por qué es que el gordo decidió relegarla.

Una de las pocas amistades de la adolescencia que aún conserva —la mayoría hace de cuenta que jamás ha tenido nada que ver con ella desde que el gordo empezó a adquirir notoriedad en San Cristóbal—, le sugirió en algún momento que el gordo debía de tener una amante en el casino: una de sus empleadas.

Después de mucho pensarlo, Eloísa decidió visitar al gordo para aclarar si su desdicha era atribuible a algo tan insignificante como una infidelidad. Los empleados se sorprendieron al verla ingresar a medianoche, sin que su jefe les haya advertido con anticipación de su llegada. Ella lo buscó en la cabina de distribución de fichas, y lo encontró conversando como una muchacha que recibía sus instrucciones con devoción y agradecimiento.

Cuando se quedaron solos, Eloísa le preguntó quién era esa mujer. El gordo Kanagusuko se dejó caer sobre el sillón giratorio que se había mandado a hacer especialmente para la inauguración de este local —de acuerdo a sus singulares medidas— e inició una explicación remolona para complacerla, sin exigirse demasiado: dijo que era una chica que en un comienzo pensó no duraría ni dos semanas en el negocio, que la había visto un poco distraída y cargando unos libros de un lado a otro, soñando no sabía bien con qué viaje que le habían ofrecido si estudiaba lo suficiente; de un momento a otro —agregó el gordo, blandiendo su humanidad sobre la órbita del sillón con apariencia de trono— se convirtió en la empleada que necesitaba tener como brazo derecho: puntual, discreta, dedicada. Ha olvidado ese engaño de los libros y he decidido que merece otras oportunidades, concluyó el gordo para sorpresa de Eloísa, quien, cuando lanzó la pregunta, creía que recibiría un par de monosílabos como respuesta.

El asunto estaba claro. Ella era su amante. De otra forma, no se explicaba que el gordo se hubiese animado a comentar pormenores propios de sus negocios al hablar de la muchacha. Eloísa aprovechó entonces para comunicarle al gordo que era hora de casarse, que se lo debía por todos estos años que habían pasado juntos. Él detuvo su ampuloso movimiento con brusquedad, se pasó el reverso de las manos por las aletas vencidas de sus narices y le respondió: si eso es lo que quieres, no veo por qué no deba pagarte.


A Julián, como era de esperarse, no se le ha ocurrido siquiera pedir una mínima porción el botín. Eloísa no sabe si es por la ascendencia definitoria que siempre ha tenido sobre el carácter de su hermano o si es porque en San Cristóbal no existe otra persona que odie más al gordo que él, lo cual es mucho decir, si se tiene en cuenta la legión de enemigos que se encarga de hacer y conservar el hombre con el que va a casarse en algunos días.

De todas formas, Eloísa se percata de que le está costando más trabajo de lo pensado aleccionar a Julián para que el asunto de la conversación sea medianamente creíble. Luego, el propio Julián sugiere que sería mejor si se quedara callado y ella le da razón, pensando que el menor de los Sanabria puede hacerse cargo de todo y que su hermano nunca ha tenido el temple necesario para ser considerado un hombre de verdad.


—(...)—.

—Ya que todas las cabezas de San Cristóbal pasan por tus manos, a ver si me convences a una de comprar la casona.

—(...)—.

—Estamos hartos de vivir en este pueblo, Julián, sobre todo ahora que se está empezando a rumorear que mi hermano tuvo algo que ver con el asunto ese de los niños en la escuela y ese tipo Segura.

—(...)—.

—Ni hablar, lo que queremos es largarnos cuanto antes (...).

—(...)—.

—Caray, Julián, no quiero terminar vendiéndole la casa al infeliz de tu cuñado, ¿me entiendes? (...).

—(...)—.


Una de las muchachas del casino confunde la tristeza de los pasos en círculo de Julián con la acostumbrada desidia de algunos clientes y, agitando el índice de una de sus manos, lo invita a acercarse con el destello del esmalte colorado embarrado a sus uñas.

Julián se acerca al vidrio oscurecido donde le han indicado que puede adquirir unas fichas y le pregunta a una voz que lo saluda, pero que no alcanza a ver, cuántas puede comprar con el dinero que trae consigo. Del otro lado le llega la orden de poner el dinero sobre el mostrador y, luego, unos dedos esbeltos y pálidos le entregan tres fichas pequeñas de distintos colores.

Cuando el gordo llega al Babilón, encuentra a Julián intentando ingresar por la ranura del tragamonedas más cercano a la puerta una de las tres fichas que empuña en sus manos como si de ellas dependiera su vida. De inmediato pide a uno de sus empleados que lo haga pasar a la cabina y él apresura el paso con esa dirección sin anunciarse.

Al verlo entrar no pierde el tiempo en saludarlo. El gordo prefiere adelantarse a los balbuceos de su cuñado y le hace saber que ya está al tanto de todo, formulando algunas inquietudes en torno a la versión de los hechos que a duras penas llegó a entender de lo informado por Ramírez.

Mientras el gordo Kanagusuko habla, Julián está entretenido observando cada uno de los detalles de la cabina. Desde el otro lado del vidrio que lo separa del salón de juegos, se hacía la idea de un espacio amplio, desordenado y bullicioso donde debía haber gente corriendo de un lugar a otro sin saber dónde guardar el dinero o haciendo todo tipo de planes para gastarlo. Lo que ha encontrado lo ha desilusionado un poco: un recinto más pequeño que las tres cuartas parte de su peluquería y estantes perfectamente ordenados cubriendo todos los muros. Solo la mujer que controla la venta de fichas se corresponde con el decorado: agitando sus manos con una sorda y neutral habilidad, parece haber nacido para cumplir esa tarea.

Llegado el momento de responder, Julián le pide al gordo que lo escuche con mucha paciencia, comunicándole que él ha venido a ayudarlo. Le cuenta de los planes de Eloísa: tiene pensado dejarlo y desaparecer de San Cristóbal, pero que para eso necesita dinero. El menor de los Sanabria está involucrado. Confiesa también que él debería estar ahora ofreciéndole el negocio con el que querían engañarlo: comprar la casona que tanto ha querido por tanto tiempo, decirle que los Sanabria no están dispuestos a venderle la propiedad a nadie más (información que debía cotejar con lo anunciado por Ramírez). Se trata de lograr que me entregues el dinero y hacerte creer que yo me encargaré de todo, redondea su explicación, un poco agitado por haberla soltado de golpe.

El gordo tiene que reprender a su empleada para que ella continúe con la distribución de fichas. Luego de escuchar a Julián, la muchacha se quedó petrificada y la gente empezó a aglomerarse detrás del vidrio oscurecido sin saber qué hacer.

Antes de dejar el casino, Julián agrega que Eloísa y el menor de los Sanabria deben estar esperándolo para recibir el dinero. El lugar donde quedaron en encontrase es, precisamente, la casona que jamás irá a venderse. Le comunica además que él estará en su peluquería el resto del día, que cuando solucione lo que tenga que solucionar con ellos, puede darse una vuelta para cortarse el cabello y, si quiere, agradecerle el favor.


—(...)—.

—Cuánta plata puedes juntar, Julián. Dime, debes tener algo ahorrado o cosas que vender (...).

—(...)—.

—(...) Sí, dime, cuánto puedes ofrecernos (...).

—(...)—.

—Mira que el salón de la casona es propicio para abrir un negocio; puedes mudar la peluquería allá, es más céntrico, tendrías más clientes, ¿qué dices? (...).

—(...)—.

—(...) Vamos, Julián, ya te he dicho que admiro mucho a los peluqueros.


Rumbo a la casona de los Sanabria, el gordo Kanagusuko se ve invadido del mismo sobresalto que percibe cuando, luego de terminar con las cobranzas, es arrojado por las moles vivientes e inmundas que son sus galerías. Lo persigue la certeza de estar envuelto por sus jugos gástricos, una especie de desgano o modorra líquida que le cae sobre los ojos y los hombros hasta sus tobillos y que termina de hacer de su cuerpo un repulsivo bolo alimenticio.


Ingresa por la puerta trasera porque sabe que al que están esperando es a Julián. Su obesidad no es obstáculo para verlo saltar un muro y arrastrarse hasta la puerta de servicio. Descubre que la casona es también un gran estomago de paredes enmohecidas por la sombra y el olvido, repleta de cavernas inexploradas, sostenidas o atravesadas por columnas y vigas y estantes huesudos.

Por más que recorre todos los ambientes en busca de Eloísa, no da con nadie en la casa. Vencido por el esfuerzo, se dispone a emprender el camino de regreso para pedirle explicaciones a Julián por esta tomadura de pelo.

Contando sus pasos hasta la salida principal, el gordo se dice que no ha estado equivocado con la idea de convertir al terreno donde se asienta la casona en parte de sus galerías. Hasta puede decir que ahora mismo, tal vez como un presagio, respira el mismo aire enrarecido e intestinal que sus galerías han empezado a producir desde que tragan todo lo que se interpone en su camino.

Esta sensación, de verse devorado por una ballena o algo inmensamente parecido, regresa al gordo cuando intenta mover sin respuesta la empuñadura de la entrada principal y, al otro extremo de la casona, escucha que la puerta por donde ingresó es asegurada con un doble giro en la cerradura.



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