La donna è mobile

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Por Hugo Casallo


La donna è mobile, qual piuma al vento,
muta d'accento, e di pensiero...
Aria de la opera "Rigoletto" de Guiseppe Verdi



Para empezar, no quise venir a esta consulta. Yo no estoy loco. Que quede eso bien claro señor psicólogo, okey. Vengo en lugar de Deborah Meltrozzo, ¡sí!, exacto. La gran diva me obligó a venir en su nombre.

Ella creía que si acudía regularmente donde usted le caería mejor a la gente. <<Necesito un loquero>> me decía y yo le respondía <<Pero si tú estas bien, Debohrita>> Pero al final, ya ve, no pudo aguantar más de una sesión. Y aquí nos tiene a ambos como si fuéramos sus títeres.

La detesto, sabe. Pero no puedo vivir sin ella y sigo sin olvidar la primera vez que la vi en escena.

Vibraba interpretando a Carmen en la pieza de Georges Bizet. No es que me guste la ópera. Personalmente no iría a una aunque me regalasen la entrada. Pero ella cantaba esa vez y quiso que yo la viera en escena, así que me documenté. Caprichos de mujer famosa. Tiene tantos que podría hablar de ellos todo el día. Por ejemplo, antes y durante una temporada de opera, sólo bebe agua Pellegrino, así se llama creo y es importada desde Italia, carísima me imagino. Yo tampoco sé de tipos de agua. Pero me pregunto qué tiene de malo la que producimos acá. Además Deborah se niega a probar bocado alguno que no sea preparado en el momento por Filemon. Imagínese, el mismo Filemon Cantuarias que paseó por toda Europa con sus recetas novoandinas, preparándole un sandwich tras bambalinas a la diva. Yo no sé como hacen los productores y el director para pagar todo eso. Aunque claro a Filemon al final le cae bien la publicidad. Pero igual pienso que es un despilfarro.

Sin embargo hay que reconocerlo, Deborah canta bien. Todos alrededor suyo lo afirman. Como todos, a espaldas suyas, claro está; afirman que la odian salvajemente. Me incluyo, doctor. Aunque lo nuestro, diría yo, es más una especie de amor odio. Pero ya me hablará usted, que sabe más de eso. Ahora... ¿en qué estaba? Me pierdo, ¿sabe? A veces empiezo a contar una cosa y termino hablando de otra. Sobre todo cuando me saltan las emociones y créame que respecto a Deborah Meltrozzo hay muchos sentimientos encontrados.

Ya me acordé. Le contaba que esa primera vez que la vi, o mejor dicho que la oí, me hizo estremecer al punto que pasó por mi cabeza el interesarme seriamente por la ópera, el teatro, y esas huevadas que aprende la gente pudiente en nuestro país. Puedo decir lisuras ¿no? Sí, gracias, que comprensivo es usted. Bueno como le iba diciendo yo sólo sabía lo básico de la ópera como para mantener una conversación elemental. Si por azares de la vida me topaba con alguien que se interesara en esas cuestiones. De esa manera podría salir airoso y en el mejor de los casos cambiar de tema.

Sin embargo, la verdad vino después. Deborah Meltrozzo, que apellido para una diva ¿no cree? Meltrozzo. Suena a italiano. Aunque ella se apellida Quispe, ¿sabe?. Nació en Chongos Altos, un pueblito por la sierra central. De niña era flaquita. Deborah me mostró la única foto que conserva de su familia. Una instantánea descolorida del año del diluvio. Dentro esta el padre de la familia usando un sombrero negro abrazando entusiasmado a su esposa y a Deborah. La esposa lleva polleras y Deborah un uniforme de colegio fiscal, gris como los ratones. Pero hay que ver dos veces esa foto para reconocerla, ¿sabe?. Porque la niña que aparece en ella tiene la misma masa corporal de un brazo actual de Deborah Meltrozzo. El único parecido es la cara, claro ahora un poco más hinchada.

Después de mostrarme la foto me contó toda su vida con detalle. Esto ocurrió la noche que nos pusimos románticos, como Deborah deseaba. Esa noche después de hacer el amor, semanas después de nuestro primer encuentro, le entró nostalgia de su tierra, de su papá de su mamá y hasta del uniforme color rata.

Fíjese usted, recorrer los mejores escenarios del mundo para luego regresar a su país, vivir en la capital y extrañar su pueblo natal. Por falta de coraje para regresar y confesar que nació en la humildad de los andes. Medio acomplejada nuestra diva no cree, señor psicólogo.

Claro, sé que a ella le mueve estar con alguien como yo, y sabe por qué. Porque uno a pesar de haber viajado mucho, regresa a su terruño, a sus raíces y añora ser reconocido y querido por los suyos. No, yo no he viajado mucho, salvo por el Perú pero de ahí para afuera nada y ni que decir de cruzar el charco. Pero algún día lo pienso hacer, ¿sabe? Estoy juntando billete para cruzar a la otra calle. No crea que me quiero quedar para siempre en este país. Aunque me gusta, aquí tengo mi gente y mis costumbres arraigadas. También quiero conocer mundo, conocer París, la torre Eiffel, Venecia, Roma, Europa del este también me llama mucho... Pero, en fin, me vuelvo a perder.

Deborah Meltrozzo, como le iba diciendo, pronto echó por tierra la primera impresión que tuve de ella. Para empezar, después de tratarla noté su fealdad, pero no la del cuerpo, a pesar de ser gorda y peluda. Además yo siempre he creído que no hay mujeres feas sino bellezas exóticas. Aún las viejas tienen su belleza. Aunque mis colegas digan que Deborah es más fea que una patada en los huevos. Seguro que usted la ha visto por televisión o en una de sus interpretaciones. Muy maquillada y arreglada la diva. Todo para ocultar sus imperfecciones. Si le contara lo que pasan los estilistas y las maquilladoras para poder arreglarla mientras ella les grita y los humilla.

-Ay, chola de mierda, me has hecho doler. ¿Quién contrató a esta bestia? ¡Sáquenla de aquí, de inmediato! No la quiero volver a ver nunca más o no vuelvo a cantar en este cuchitril. -lapidó a una pobre chica que recién comenzaba.

Pero en la vida intima Deborah Meltrozzo es otra. A veces se pone cariñosa como le conté. Y después de tirar me canta una canción de cuna. Y su voz vuelve a hechizarme como esa primera vez. Sólo que en la cama su canto se vuelve un arrullo reconfortante y me produce mareos de placer, no, más que de placer, de paz. Y me siento nuevamente como un niño al que arrullan y le cantan antes de dormir. Pero la magia dura poco. Porque los berrinches y caprichos de la diva pueden más que todo el cariño del mundo. Deborah Meltrozzo, en todos los sentidos de la palabra, no esta hecha para amar, doctor.

Esa primera noche, me reservó un asiento en primera fila. Como le dije antes, yo nunca podría ni habría querido pagar un lugar así de caro. Pero ella tenía sus antojos. En un momento de la obra, en la escena antes de la muerte de Carmen, Deborah voltea hacia el público y clava sus ojos en mí. Sólo fue un instante. Pero el suficiente para saber que me había reconocido.

Al final de la ópera no pase a verla. Me había prohibido terminantemente ir a saludarla. Así que, debía verla en su departamento a la hora indicada, como quedamos por teléfono. Usted sabe doctor lo que es tratar de ser puntual en una ciudad como esta. Al primer taxi se le cayó el escape. Busqué otro pero era hora punta. Cuando por fin, sólo diez minutos tarde, llegue a la puerta del departamento de Deborah Meltrozzo y toqué el timbre:

-Putito de mierda, la primera cita y llegas tarde. Entra, quítate los zapatos no vayas a ensuciar la alfombra -me dijo.

Y yo, tragándome mi orgullo entré y me quité los zapatos. Mientras por dentro pensaba si el dinero que ganaría esas noches con ella alcanzaría para pagar mis deudas. No alcanzó. Y aquí me tiene prestando nuevamente mi presencia.

Y usted, aprovechando esta consulta ¿Qué cree de todo esto, señor psicólogo?




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