La hierba buena

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Por Teresa Muñoz


María permanecía inmóvil bajo la lluvia mientras observaba desde la primera fila cómo los enterradores lapidaban con tochos y cemento ese agujero que cada vez se volvía más negro. Sus ojos apenas parpadeaban. Vestía con desagrado un riguroso luto, que aunque la desfavorecía, no lograba eclipsar su belleza. También iba de negro integral su suegra, a quien tenía a su derecha y cuyo llanto perdía y cobraba brío por momentos, como si se olvidara de por qué lloraba y de pronto lo recordara de nuevo. Al lado izquierdo de María estaba su hermana Ana, a quien el hábito protegía del aguacero que les había sorprendido sin paraguas ni botas impermeables. Cuando se hizo la oscuridad total en el cubículo donde habían metido la caja con Juan dentro, y la lápida de mármol estuvo bien sellada, se dio por concluido el sepelio y la poca gente que había acudido se esparció por las callejuelas ya embarradas del cementerio. María bajó la cabeza y se vio los pies hundidos en el lodo, pensó que sus zapatos podían estropearse y en que no tenía otros. Entonces les dijo a su suegra y a su hermana que era mejor marcharse a casa, allí ya no hacían nada. Ellas asintieron y empezaron a andar agarradas cada una a un brazo de María.


El verano había sido plácido. El calor se había soportado muy bien gracias a las precipitaciones tempranas, que regaron las tierras augurando una buena cosecha. A María le gustaba pasear campo a través después de la lluvia porque los olores se acentuaban y las hojas mojadas de las plantas que rozaba al caminar le refrescaban los tobillos. Ir a comprar huevos frescos a la granja era la excusa perfecta para disfrutar de una larga caminata a solas. Una tarde mientras regresaba de uno de esos paseos, estando ya en el último tramo de la carretera que muere en el pueblo, oyó el motor de un coche que se acercaba. Se preguntó quién podría ser porque pocos en el pueblo tenían coche y raramente llegaba gente de fuera. El coche fue aminorando la velocidad y al alcanzarla paró para preguntarle si quería que la acercara. El conductor era un hombre de mediana edad, quizás algo mayor que ella pero no mucho más, bien vestido y, a juzgar por su consideración, amable y educado. Ésa fue la primera impresión que se llevó de él María, pero no aceptó la invitación; el recorrido era corto y no justificaba subir al coche de un desconocido por muy galante que pareciera. El motor volvió a revolucionarse y María siguió caminando sin dejar de mirar cómo el automóvil se hacía cada vez más pequeño delante de ella.

Al llegar a casa, María vio, en su misma calle, unos metros más allá, casi llegando a la iglesia, el coche aparcado. Una vecina que venía en su dirección se paró para contarle que ese hombre era el nieto de la señora Providencia, que en paz descanse, que había heredado todas sus pertinencias, y que por eso había venido al pueblo. María no dijo nada y se metió en su casa. Dejó los huevos encima del mármol blanco, que olía a lejía, y descolgó el delantal del gancho de la puerta. Mientras se ataba el nudo a la espalda pensó en ese hombre, en la sonrisa con que se ofreció a llevarla, en el brillo de sus ojos, un brillo que hacía tiempo que no veía en nadie, y sin darse cuenta se imaginó besándole y el deseo se apoderó de su cuerpo. Pero entonces se apretó fuerte el nudo del delantal y se puso a batir los huevos con ímpetu (como si la descarga de energía contribuyera a ahuyentar los pensamientos) para preparar la tortilla de patatas que tanto le gustaba a Miguel. Estaba a punto de regresar de jugar en el parque.

Más tarde, cuando el aroma de la tortilla invadía toda la casa y Miguel ya estaba sentado en la mesa con su servilleta anudada al cuello esperando su plato, llegó Juan. Consigo llevaba la cara malhumorada de siempre. Para María ya siempre había tenido esa cara porque no se podía acordar de cuándo había tenido otra, ni de si algún día le habían brillado los ojos, como al nieto de la señora Providencia. Durante la cena sólo habló Miguel de las cosas del colegio, de las capitales de los países, porque ya se las sabía todas y había decidido que algún día viajaría por todo el mundo e iría marcando con una crucecita en un mapa todas las que visitara. Cuando el niño se acabó el vaso de leche, María lo mandó a dormir ante la indiferencia del padre que no había abierto la boca durante toda la cena. Una vez solos, Juan le dijo a María que tenía que traerse a su madre a vivir con ellos. Que le había escrito su hermano diciéndole que ellos ya la habían cuidado bastante desde que se había enfermado y que ahora les tocaba descansar un poco. María tuvo la tentación de decir que no quería eso, que quizás se podía buscar otra solución, pero ante la amenaza de romper lo que podía ser una noche tranquila, sin peleas ni golpes, calló y le preguntó a Juan cuándo la traerían.

A la mañana siguiente, tras dejar al niño en la escuela, María decidió volver a la casa rodeando el pueblo para pasear y tomar el aire sin entretenerse demasiado. Muy a menudo pensaba que ese espacio abierto por donde el aire circulaba libremente y mecía las esbeltas espigas de los trigales era como una cárcel para ella. Le gustaba sentarse en un pedrusco grande que había por ahí y ofrecerle su rostro al sol para que la acariciara. Era recurrente el pensamiento de cómo podría huir de allí con su hijo si kilómetros de campos a la redonda la separaban de cualquier lugar. Tenía los ojos cerrados y, enfrascada como estaba en sus cosas, no se dio cuenta de la presencia de alguien hasta que no estuvo muy cerca. María abrió los ojos alertada por un sexto sentido y distinguió una figura. Sus ojos intentaban acostumbrarse de nuevo a la luz cegadora del sol. A los pocos segundos pudo ver que se trataba del mismo hombre que conducía el coche el día antes, quien la había invitado amablemente a acercarla al pueblo, el nieto heredero de la difunta Providencia. Ese día también supo que se llamaba Ángel.

Ángel nunca antes había pisado ese pueblo ni esas tierras. Su madre, la hija de la recién difunta, se casó con un señor de capital que no soportaba el pueblo y solamente ella, sin marido ni hijo, había regresado alguna vez para ver a su madre. María, a quien no le costó tanto como otras veces perder la timidez, quizás por la confianza que le inspiraba Ángel, le contó cosas del pueblo, incluso historias de su familia que ni él conocía, le contó también de cuando ella era pequeña y al salir de la escuela corría por esos mismos campos en donde ahora conversaban. Y a partir de esa mañana los encuentros, primero casi casuales, después ya esperados, se fueron sucediendo durante unos días para compartir palabras, hasta que él un día le dijo que tenía que regresar a la ciudad. Se fue con la promesa de volver pronto, según le dijo, para volver a ver y charlar con la mujer más hermosa que jamás había conocido. Y María volvió a desearlo, con más intensidad aún.

Los primeros días que la suegra estuvo en casa, Juan se comportó. Apenas le hacía caso a su madre, que estaba totalmente ausente del mundo, al menos de éste, pero eso a María le daba igual aunque significara cargar sola con el trabajo que suponía cuidar de ella, porque se conformaba con que, por el hecho de tener allí a su madre, Juan no se atreviera a hacer nada que pudiera incomodarla; tal vez porque incluso hasta le quedaba algo de vergüenza. Aunque fuera poca. Ese sosiego duró lo que tardó en hacerse cotidiana la presencia de la precoz anciana. Un día, a la hora del almuerzo, Juan dijo que esa noche llegaría más tarde de lo habitual, que un compañero le había invitado a tomarse unos vinos después del trabajo pero que cenaría al llegar a casa, que le esperaran. A María se le encogieron los pulmones y se quedó sin aliento. El corazón se le aceleró y se le dilataron los intestinos sólo de imaginar lo que podía pasar si regresaba borracho, como tantas otras veces. Se fue al baño, se pasó la toalla por la frente y el cuello para secar el sudor frío que le había supurado de repente por todo el cuerpo, e intentó recuperar la respiración.

Esa tarde se apresuró en cocinar. Cuando el niño llegó de la escuela hizo los deberes con él y le dio la cena antes de lo normal. En el vaso de leche con cacao le puso unas gotas de la infusión de los sueños para que se quedara bien dormido y no se despertara si había ruido. Cuando lo metió en la cama, le dio las buenas noches con un beso en la frente y salió de la habitación rezando para que se durmiera pronto. Diez minutos más tarde volvió a entrar. Miguel se había dormido mientras miraba el atlas del mundo y el libro se le había quedado abierto encima del pecho. María se lo retiró muy despacio y lo dejó en la mesilla de noche. Dio las gracias a un dios en quien ya no creía, apagó la lucecita con la que siempre se dormía Miguel, y al salir cerró la puerta con mucho cuidado.


Una semana más tarde María recibió una carta de su hermana Ana, que le escribía desde el convento. Iría a pasar unos días con ellos. Por aquel entonces María empezaba a recuperarse aunque todavía tenía la cara amoratada, el brazo roto y dolor en todos los músculos del cuerpo. Su hermana había sabido del estado de ella y había pedido un permiso para ir a cuidarla. El médico del ambulatorio le había advertido a María que las escaleras eran más peligrosas de lo que la gente cree, que hay que ir con cuidado y que había tenido suerte porque según cómo no lo habría contado. A María le asustó la imagen de no poder contarlo, de verse muerta y no poder contar que su marido era un perro, que la maltrataba y la violaba cuando le venía en gana pero que ella no podía hacer nada porque tenía un hijo y no tenía ni dónde ni cómo irse. Porque un día, buscando auxilio en voz baja y de rodillas, le había insinuado al párroco esas vejaciones e incluso le había mostrado los morados de los brazos que ocultaba usando siempre manga larga, y éste le respondió que todas las parejas pasan momentos difíciles y que hay que aguantar, hija mía, porque de esa manera se fortalece el amor y porque Dios, ese dios en que María ya no creía, premia a los que se sacrifican.

La llegada de Ana fue como un bálsamo. Se hizo cargo de todas las cosas de la casa y pasaba muchos ratos charlando con su hermana, recordando cuando eran niñas. Ana siempre había sido la intrépida y María la apocada. Una vez hasta se habían escapado de casa porque Ana quería vivir la experiencia de pasar una noche solas en el bosque. Lo preparó todo y sin que nadie se enterara, pasaron la noche más terrorífica de sus vidas a la intemperie, sólo con un par de mantas y los pijamas de felpa, que allí afuera parecían no abrigar en absoluto.

Un día, mientras Ana peinaba a María porque a ella no le alcanzaba el brazo, le dijo que un hombre muy agradable le había preguntado por ella en la calle y le había comentado que esos últimos días el campo estaba especialmente bonito y que parecía que al día siguiente iba a llover un poco en la mañana, lo justo para humedecer los campos, pero que más tarde seguro que saldría el sol. A María le dio un vuelco el corazón y sin decir nada decidió que al día siguiente iría a buscar huevos frescos a la granja.

El encuentro con Ángel fue más balsámico todavía. Había vuelto a pasar unos días más; no se decidía entre vender la casa o arreglarla para usarla de veraneo. María le dijo que para veranear era mejor la playa, y entonces Ángel le acarició la mejilla que ya casi no estaba morada y le dijo que le pidiera lo que quisiera, que él haría cualquier cosa por ella.

Al regresar con los huevos, María se encontró a Ana sentada en la cocina. Tenía los codos apoyados en la mesa y con las manos se cubría los labios, como si rezara pero sin rezar. Al ver a su hermana se levantó y se le acercó para decirle que quería hablarle de algo. Entonces las dos hermanas se sentaron y Ana le contó que en los bosques cercanos al convento vivía una mujer de quien las malas lenguas decían que practicaba la brujería. Ana la había conocido en una de sus escapadas al bosque y había entablado amistad con ella. Desde hacía tiempo charlaban y reían durante horas de cualquier cosa. Obviamente no era ninguna bruja sólo una mujer a quien le gustaba vivir en soledad, alimentándose y sanándose con lo que la naturaleza le ofrecía. A Ana le fascinaba la sabiduría de esa mujer, que tanto conocía las propiedades y los secretos de las plantas y las flores, y cada vez que iba a visitarla le preparaba mezclas de distintos aromas y sabores con las que Ana preparaba deliciosas infusiones para las hermanas en las largas tardes de frío en el convento. Las hermanas siempre le preguntaban qué llevaban esas infusiones que tan bien sabían pero Ana siempre decía que eso era un secreto.

Unos días antes de venirse al pueblo, Ana la había ido a visitar y le había hablado de su hermana, de su sobrino, a quien tantas ganas tenía de ver, y también de su cuñado. Le contó que los iría a visitar unos días y le pidió si le podía preparar unas hierbas para que María mejorara. La mujer se ofreció sin dudar; se dirigió a la cocina, donde tenía mil frascos con todas las hierbas que habitaban esos bosques, y le empezó explicar a Ana las propiedades concretas y los efectos de la mezcla que, minuciosamente y con mucho esmero, ya iba preparando. Ana le dijo a María que esas hierbas eran lo que había traído, y que para que funcionaran había que tomarlas muy de a poco, cada día la dosis exacta, para que el cuerpo las asimilara bien. Su amiga le había dicho que en una semana notaría algo. María sonrió y le agradeció a su hermana el interés y la molestia que se había tomado su amiga pero le recordó que ella no soportaba las infusiones, que le causaban arcadas, y que seguro que lo bueno que le podían hacer quedaba contrarrestado con ese malestar que le provocaba tomárselas. Ana la miró entonces fijamente a los ojos y le insistió sigilosamente en que esas hierbas le iban a hacer mucho, mucho bien, pero que no era ella quien se las tenía que tomar…

Esa misma noche, María despertó a Miguel después de que todos ya se hubieran dormido. Le dijo que no se asustara, y le contó que un amigo suyo le iba a llevar de viaje con su coche a conocer la capital, la primera capital que podría marcar en su mapa, y que tenían que salir ya, de noche, porque estaba muy lejos. Que se vistiera rápido y sin hacer ruido para no despertar a la abuela porque su amigo ya le estaba esperando. Miguel se vistió deprisa, se puso las gafitas de pasta azul y cogió su atlas. Su madre le dijo que en unos días ella también viajaría y que entonces se reuniría con ellos. El pequeño Miguel se subió al coche de Ángel emocionado, y María suspiró al ver también ese brillo en los ojos de su hijo. Durante lo que quedó de la noche las dos hermanas rezaron juntas a ese dios de quien María ya no quería saber nada.

A partir del día siguiente María empezó a preparar las infusiones con la dosis justa de hierbas y poca agua que mezclaba con el café que preparaba para Juan cada mañana. Estaba segura de que él no notaría ninguna diferencia porque hacía tiempo que el alcohol le había matado las papilas gustativas. Los primeros efectos ya fueron positivos: Juan llegó a casa con la misma cara de siempre pero sin ganas de pelear, y al segundo día ya no quiso cenar y se acostó mucho antes que las tres mujeres. Su madre le dio las buenas noches con una sonrisa lejana al verle subir las escaleras. Ni se inmutó por el hecho de que no cenara o porque su comportamiento fuese extraño. Tampoco se había dado cuenta de que no veía a su nieto desde hacía días. Miró a las dos mujeres y también les sonrió. Luego se fue a sentar a la mesa, se ató la servilleta al cuello y se quedó esperando su cena agarrando la cuchara con la mano derecha y mirando a ninguna parte. Desde que había llegado a esa casa no había pronunciado ni una sola palabra.

Al día siguiente de que Miguel se marchara María había ido a la escuela a decir que lo había mandado unos días a la capital con una prima suya porque ella no se encontraba muy bien. La maestra no pudo evitar fijarse las sombras oscuras que todavía tenía María en la cara, y le respondió que le parecía muy buena idea. También le dijo presionándole suavemente el brazo que si podía hacer algo por ella no dudara en pedírselo. Y María se lo agradeció. A Juan casi no había hecho falta decirle nada de la ausencia del niño porque cuando no lo veía tampoco preguntaba por él, pero Ana, por si acaso, le había dicho que se había resfriado y que era mejor que hiciera unos días de cama. A ella no se atrevía a contradecirla.

Al quinto día Juan ya no se levantó de la cama. María llamó al médico, que llegó antes del almuerzo. Juan estaba pálido, le costaba respirar y sudaba frío. Cuando el doctor terminó de explorarlo le hizo un gesto a María para que saliera de la habitación. Entonces Juan le pidió casi agonizando a María que trajera un vaso de vino a lo que el doctor asintió. Ya fuera de la habitación, el facultativo le dijo que no había nada que hacer, que el alcohol había acabado con él y que era cuestión de horas así que le podía dar todo el vino que le pidiera. Al marcharse, pidió a las mujeres que le avisaran cuando llegara el momento.

La mañana siguiente amaneció soleada. Nada más levantarse de la cama, María abrió las ventanas de su habitación para que entrara la luz y el aire fresco. Luego fue a la habitación de su suegra para prepararle la ropa. La mujer estaba en la cama, muy quieta, tapada hasta la barbilla y con los ojos abiertos como platos mirando al techo. Cuando vio a María le sonrió y acto seguido volvió a mirar hacia el mismo lugar. María sacó la ropa que tenía que ponerse del armario y se la dejó encima de la cama. Regresó a su cuarto y empezó a vestirse. Se puso una blusa negra, una falda también negra y unos zapatos de tacón, también negros, incluso algo elegantes. Eran los únicos que tenía. No se imaginaba que más tarde iba a llover.


© Teresa Muñoz (Derechos reservados. Ver Aviso Legal)

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