Rafael Anselmi, "La luz por los barrotes"

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Por Rafael Anselmi



- ¿Sabe doctora? Aquí hace mucho frío, más que afuera. ¿Sabe por qué? Aquí se han olvidado de todo, viven como real este mundo, aunque quizá sea real, no sé, pero no hay calor. Usted misma, si se viera, tiene los ojos fríos, los labios rígidos; aquí hace un frío mortal.

- ¿Te parece? ¿Hace cuanto estás aquí?

- Mucho tiempo ¿Sabe? Pero yo no estoy loco. Sí, usted y yo sabemos que no estoy loco... ¿Pero si salgo de aquí, a donde iría, qué haría? No tengo trabajo ni posibilidad de encontrarlo. Antes tenía ¿Sabe? Pero querían uniformarme, anularme. ¿Era ilógico, sabe? Todos con terno y corbata en pleno verano. Querían crear un mundo al margen de la realidad, se cagan en la realidad. ¿Sabe? Yo estoy bien, estoy sano. Pero si salgo ¿A dónde voy?

- Podrías ir a tu casa...

- Mi casa es... era más fría que esto. Las ventanas también tenían rejas, eso era bueno, como aquí ¿Sabe? ¿Se ha fijado?


El sol casi siempre brillante de esa ciudad que había visto pasar sus juveniles sueños de pintor lo vio engancharse y ser aceptado, soportado y luego arrojado a un hospital.


- Me he fijado, sí ¿Te molesta?

- Claro que no me molesta... no sea idiota ¿Se hace la idiota para acercarse? Recuerde que a mí me han traído por loco, no por idiota, pero usted ya lo sabe, yo no estoy loco... ¿Ve como entra la luz aquí? - dijo, mientras señalaba las ventanas de la sala que servía de consultorio y que, cruzadas por dos gruesos barrotes, dejaban entrar tan solo una luz con sombras.

- ¿Qué pasa con la luz?

- Esos barrotes cortan la luz, dejan pasar sólo una luz presa, cautiva, una luz como fracturada. Eso es triste ¿Sabe? Pero es mejor así, la luz directa, ésa que se mueve por sus calles, me mataría, por eso prefiero estar aquí.

- Pero este lugar es para locos, como tú les dices.

- Claro, pero ya le dije, afuera no tengo nada que hacer, aquí hablo con usted y con los otros ¿Sabe? El otro día un tipo me dijo algo muy curioso: "Un hombre se vuelve loco cuando tiene mucha energía y no tiene talento; se desespera, no encuentra su camino, no encuentra la salida y se escapa hacia adentro.”


Una mosca revolotea sobre una mujer desparramada por el suelo, no es la misma de ayer, pero la mujer sí y el lugar también. La mujer levanta la mirada y tal vez envidia a esa mosca que pronto morirá y morirá libre y morirá mosca o quizá, la envidia porque simplemente morirá pronto.


- ¿Tú pintabas, no?

- ¡Ay! Que astuta la doctora. Sí, yo pintaba, pero dejé de pintar no por falta de talento, sino porque no valía la pena pintar para que esa gente viera lo que hacía ¿Sabe? Si continuara pintando tendría que ocultarlo todo, ellos no se merecen ver, no están acostumbrados, no saben.

- Ya, ya te entiendo...

- Sabe que no, pero no me importa, de todas maneras me entretiene hablar con usted.

- Sí, bueno, pero ya será otro día, por ahora el tiempo se acabó.

- Bueno.


Luego de las horas de oscuridad, interrumpida por sordos quejidos, una tenue luz luchará para iluminar las habitaciones. La luz eléctrica dejará de ser necesaria en los pasadizos siempre viejos, siempre sucios. Los pacientes despertarán del sueño común para entrar en otro más profundo. Los médicos y enfermeras pronto dejarán fuera sus vidas y ganarán su sueldo por nueve o diez horas de trabajo. Una mosca volverá a revolotear y una mirada la volverá a envidiar sin sospechar que era otra a la que envidiaba ayer.


- ¿Sabes que hay doctores que piensan que ya debes salir?

- Lo suponía. Ya le he dicho que nunca estuve loco. Pero igual no puedo salir ¿Sabe? No podría soportar la luz completa, no podría. Además ¿A dónde iría?

- Eso ya lo hablamos...

- Hablar no es entenderse... usted sabe que no puedo salir. ¿Para qué le he explicado tantas veces? Parece que aunque hemos hablado horas, usted no ha entendido nada.

- Yo no decido las cosas.

- ¿Entonces para qué mierda le explico a usted? Lléveme con alguien importante.

- ¿Quizá para que tú las entiendas?

- ¿Qué?

- Hablas quizá para entenderte...

- Yo entiendo, sino no podría explicarle. ¿No se da cuenta? Entiendo que afuera no tengo nada que hacer, que tratarían de volver a uniformarme, que no me dejarían ser, tendría que fingir ser alguien para que al final nadie me tome en cuenta. Aquí estoy protegido de todos ellos. ¿Ellos me encerraron, no? Entonces aquí me quedo y todos contentos.

- No es tan fácil.

- ¿Por qué no? Ellos dicen que estoy loco. Yo sé que no, pero ellos quieren que esté aquí y yo también. Por fin estamos de acuerdo en algo.

- ¿A qué le temes?


Los doctores pasean enfundados en sus batas blancas y hablan de algo, quien sabe de qué, quizá de sus pacientes, quizá de la vida que llevan fuera y que comienza con el atardecer.


- No sé, creo que a la luz. Sí, eso, a la luz completa, no podría soportarla. Usted ha visto cómo es afuera, cómo viven afuera, cómo fingen. Yo no finjo, ni si quiera he fingido estar loco para quedarme, pero afuera todos hieren, todos fingen. Nadie entiende. Yo sé que a usted le pagan por esto, pero al fin lo hace ¿no? Me escucha, además, los otros, como no tienen nada que hacer también me escuchan, no entienden nada ¿Sabe? Están locos, no entienden, pero al menos escuchan.

- ¿Qué tiene que ver la luz?

- Tiene que ver, se ve todo gracias a la luz completa; aquí, si hay algo de lo de fuera, yo no lo sé, porque la luz entra cuarteada y poca, casi muerta.

- Entonces ¿prefieres no ver?

- Lógico doctora. Sé bien que si viera a plena luz no podría soportarlo. Es sólo instinto de conservación ¿quién busca lo que lo daña? Sólo los locos ¿Se da cuenta? Los que quieren sacarme de aquí quieren mi destrucción, se da cuenta lo que son ¿no? Los que me encerraron para destruirme y como no lo lograron, ahora cambian de estrategia ¿Sabe lo que son, no? Esos que mienten, que fingen. ¿Sabe, no?

- Bueno...

- Sí, ya sé, la hora... hasta otro día.


Las oficinas del hospital cobran un poco más de vida, el directorio ha decidido la salida de varios internos mejorados en vista de la urgencia del ingreso de nuevos pacientes. La luz eléctrica auxilia las interminables discusiones sobre los que deben de abandonar la institución. Los pacientes no advierten nada de ese movimiento, siguen con su luz cuarteada, con sus moscas libres para morir, con sus barrotes, con sus sueños que empiezan a ser terribles cuando el día se instalaba.


- ¿Ya te informaron, no? Esta es nuestra última entrevista.

- Sí - dijo, he hizo un largo silencio.

- ¿Qué piensas?

- Salir... ¿Eso quieren, no? Usted, usted tiene la culpa. Usted será responsable. Usted sabe, yo le expliqué. Usted sabe, ellos quizá no entiendan o no les interese, pero usted sabe...

- Yo no decido, te lo he dicho antes...

- Bueno, si es la última, ya podemos acabar.

- ¿No quieres hablar de otra cosa?

- ¿Para qué?


La mañana nublada y el cielo tapado parecen el regalo de alguna benévola divinidad que quisiera protegerlo de esa luz a la que tanto teme. Las calles, la gente, no le dicen nada y guardan silencio.


De pronto, comienza a reconocer tantos sentimientos, tantas actitudes de antes. Una profunda angustia se apodera de él. Un auto casi lo arrolla al cruzar una calle y su mirada asustada recibe como única respuesta un insulto. Un niño lo persigue unos pasos pidiéndole algo. Una mujer lo cruza y casi golpea con cara descompuesta. Palabras que no quieren decir nada salen de un auto.


¿Qué pasa, qué esta ocurriendo? Mira hacia arriba, el cielo comienza a despejarse. Los gritos se multiplican, los insultos aumentan, mil bocinas lo amenazan, mil radios gritan furiosas, mil mujeres lo arrollan. Un niño lo mira desde una esquina con gesto patético. Corre desesperado. ¿Dónde están todos? Parece preguntar ¿dónde la doctora, dónde la loca y su siempre nueva, siempre viva mosca? ¿Dónde los barrotes que amortiguan la luz, dónde las sucias paredes conocidas? ¿Dónde las batas limpísimas que cruzan flotando por los pasillos?


El medio día llega y el sol se abre paso. Corre sin saber por qué.


¿A dónde ir? ¿Cómo deshacerse de tantos niños, bocinas, radios, mujeres llorosas, de tanta luz? ¿Dónde? ¿Cómo? Grita desesperado. ¿Cuál es el camino de vuelta al hospital?


Ve que el parque, en el que desde hace unos segundos se encuentra, llega a su fin. Un puente, un alto puente marca el final. Mira fijamente la baranda, el fierro corroído, el aire despejado. Siente que la luz comienza a dañarle con más fuerza. Recuerda a la doctora, recuerda las rejas del hospital y corre ansioso. Las barandas del puente le recuerdan los barrotes de sus ventanas y al saltar parece sentir que el sol, ahora a sus espaldas, le molesta mucho menos.




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