Judith Santopietro, "La suma de los círculos"

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Por Judith Santopietro


Se descubrió solo, en aquella acera tendida entre su casa y el mundo, con la cara dibujada en sesgo, igual a rostros trazados en un cuadro de Morales. La pelota roja, quizá por guardar la ira de los golpes, remolineaba hacia el muro calizo y se comía un trozo de pintura en cada rebote.

El niño no entendía la multiplicación del tiempo: hombres y mujeres en raíz, vida y muerte divididas, ricos intentando ensartar a sus camellos en agujas, pobres con los pies a la intemperie, sus visiones en ondas transparentes, y voces y banquetas recortadas que lo hacían articular un rictus de labios cenizos.

Despertó apenas el amanecer se había tendido sobre el ventanal y atravesó con la mirada el vidrio para ver los cóncavos límites del cielo a pesar de su vacío indefinido; frente a la cúpula del techo, dejó escapar la mañana y su monotonía. El smog cobijaba la ciudad, colándose hasta los pulmones con aquel tufo a mundo apretujado en pares. Olía a urbanidad.

Al levantarse, observó a través del espejo convertido en esfera de cristal, que su cara estaba más inflada, roja, y sus labios amoratados por los golpes contra el piso; sintió desequilibrio en la llanura de cemento, y que sus pasos eran un desliz mudo: casi parecido al rodar de una pelota.




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