Las cuerdas aún vibran en las letras: El Rock Subterráneo en la narrativa urbana actual

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Por Martín Roldán Ruíz



¡¡Ruido para una ciudad muerta!!
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¡¡Ruido para una ciudad muerta!!

En una conversación con el escritor y profesor Miguel Gutiérrez sobre los narradores de estos años, derivamos en la fuerte influencia que tiene la música rock en las obras publicadas desde la década de los noventa hasta la fecha. Una relación que ha dado un matiz especial a las historias, tanto que es una de las características ineludibles a la hora de interpretarlas.

Dicha plática me dejó reflexionando sobre esa relación entre la música en general y la literatura, que realmente no es algo nuevo. Vale mencionar la fuerte influencia del jazz en Julio Cortázar, tanto así que su monumental obra Rayuela es considerada como una gran improvisación de la imaginación, esencia misma del jazz. En ella el Club de la Serpiente, el círculo de amigos del protagonista Horacio Oliveira, se reúne para escuchar a Louis Armstrong, entre otros músicos del mismo género. Más aún, en su cuento El perseguidor, Cortázar nos presenta a Johnny, un saxofonista drogadicto que persigue una idea que va más rápido que su pensamiento. Los entendidos afirman que es una representación de Charlie Parker, el notable saxofonista de jazz, y su habilidad para improvisar con el instrumento, de manera tan imprevista que daba la impresión de estar siempre más allá de lo que estaba tocando.

Esa misma relación con el jazz la adopta también la generación beat. No es gratuito que la traducción de beat sea compás, ritmo. Jack Kerouac da a su novela On the road ese matiz que muchos lo consideran escrita con el estilo bebop del jazz. Por tal motivo, y sin ser músico, Kerouac es considerado heredero de Charlie Parker. Estos ejemplos marcan un atisbo en la adopción de formas, propias de una determinada música, para enriquecer la narrativa.

En cuanto al rock, la relación es más directa con la poesía que con la narrativa. Es sabido que Bob Dylan, cuyo verdadero apellido es Zimmerman, adopta su seudónimo en homenaje al poeta Dylan Thomas. La historia registra cuando Allen Ginsberg y Peter Orlowsky dieron una conferencia en la Universidad de Nueva York en 1971 a la que el cantautor asistió de manera anónima. En la noche se acercaría al departamento que tenían los beatniks en el Greenwich Village y tocaría blues en una guitarra, mientras Ginsberg improvisaba poemas. De esa performance nacería un disco que sería producido por John Lennon.

El mismo Jim Morrison, de The Doors, había incursionado en la poesía antes de ser parte de esa grandiosa banda. Incluso su partida hacia París, donde fallecería en 1971, fue para iniciar una carrera de poeta alejado de la fama de rockstar.

En nuestro país la poesía de los setenta guarda esa herencia de la música rock. Óscar Málaga, en “Poema para Jack Kerouac”, cita a la banda peruana Los Saicos: “Ha muerto el gato mayor, ha muerto el gato mayor”. Los de Hora Cero consideraron el rock como parte fundamental de su poética. En los inicios de los ochenta, el grupo Kloaka continuaría esa relación incluyendo a bandas en sus recitales. Esas presentaciones de rock y poesía serían fundamentales para el surgimiento del rock subterráneo. Pero, muy aparte de estas cercanías, lo que nos interesa es cómo una música en particular, en este caso el rock, determina la atmósfera, la dinámica o la estructura de una novela o de un cuento. En el mismo sentido que relacionan a Rayuela con el jazz o como On the road, que fue escrita con una particular prosa bebop.

Tabla de contenidos

Algunos antecedentes peruanos

Para ubicarnos sobre el particular, en la narrativa peruana, podemos tomar como antecedente el cuento “El trompo”, de José Diez Canseco. En dicho cuento se da una cadencia y una atmósfera de vals criollo. Desde el segundo párrafo el autor se vale del recurso musical para inducirnos un ambiente: “Esta tarde se parecía a la tarde del vals sentimental y huachafo que, hace muchos años, cantaban los currutacos de las tiorbas: ¡La tarde era triste, la nieve caía!...”. La historia de un niño callejero que se hace hombre, en la metáfora del juego del trompo. “Mujeres con quiñes, como si fueran trompos... ¡Ni de vainas!”, le dice el padre cuando larga de la casa a la mujer traicionera, como preparando a su hijo, sin intuir, que más tarde perdería el juguete que le había deparado tanto orgullo. La pérdida de algo querido es el tema común en los valses cantados en las peñas de antaño. Igualmente los cuentos y, sobre todo, la novela Los geniecillos dominicales de Julio Ramón Ribeyro remiten a un bolero anónimo, inédito y etéreo que está sonando en el ambiente, en las historias, en la sordidez existencial de los personajes. Y eso le da mayor contundencia a la hora de adentrarnos en esa Lima, cincuentera y decadente que Ribeyro nos quiere mostrar. A diferencia de Diez Canseco, el autor de Los gallinazos sin plumas logra magistralmente ese ambiente sin nombrar ninguna canción. De esto se puede deducir que, si los gustos por la música de cierta época es lo que determina a los autores para ambientar atmósferas en sus obras, es comprensible que el rock haya tenido fuerte influencia entre los narradores actuales. Revisemos entonces.

Las primeras menciones al rock en la literatura peruana podrían ser en las novelas de Vargas Llosa. Pero son pequeñas menciones, porque son otros ritmos los que dominan el gusto de sus personajes, como lo hace notar en Conversación en la catedral, cuando el pequeño Santiago Zavala se reúne con Popeye Arévalo y le preguntan a la empleada, de nombre Amalia, si sabe bailar valses, boleros o huarachas.

Sin embargo, el escritor que usa el término rock para ambientar o darle una atmósfera gamberra, de rebeldes sin causa, de pandilla moderna y desbocada hacia una Lima que ha ido cambiando en relación a la anterior generación, es Oswaldo Reynoso en su libro Los inocentes. El término rocanrolero está puesto como un sello generacional que brinda un matiz nuevo a sus personajes. Esto marca inmediata distancia con personajes de novelas que hablan de la misma ciudad y quizás de las mismas calles. ¿Término más acorde con el “mundo nuevo” dentro de una Lima distinta? Así lo apunta José María Arguedas en el texto que publicó el diario El Comercio en octubre de 1961, sobre Los inocentes. Pero dentro de estos cuentos no existe una fuerte presencia de la música rock. Quizás la mención a Nat King Cole, y su canción Only You, sea lo más cercano, musicalmente, con el rock and roll de esos años. Ninguno de los personajes de Los inocentes escucha este ritmo. La guaracha Marina o los boleros de la fiesta de Juanita en el cuento “Colorete”, o el personaje Natkingkong, que tocaba los gemelos en una orquesta llamada Los Tropicales, obviamente de ritmos caribeños, nos hacen deducir cuáles eran los gustos musicales de la época. Esto nos consigna que la Lima de Los inocentes no estaba dentro de una cultura netamente rockera. Entonces, lo rocanrolero en Los inocentes tiene otra acepción; es sinónimo de pandillero, de pirañita, de barra brava, si lo queremos comparar con la Lima del siglo XXI. El rocanrolerismo, como refleja Reynoso, estaba más visto como un fenómeno social cercano a la delincuencia. Por eso no es extraño que Manuel Escorza rebautizara los cuentos de Reynoso, para la colección Populibros Peruanos, como Lima en rock. Pero si en Los inocentes había rocanroleros sin serlo musicalmente, desde los años noventa, jóvenes fuertemente influenciados por Oswaldo Reynoso se lanzaron a publicar sus historias llenas de ese ritmo que es considerado el folklore urbano del siglo XX.

Lado A (No están todos los que son, pero son)

Abarcar en este artículo toda la narrativa peruana con una fuerte presencia del rock no es mi propósito, porque, valgan verdades, no he leído a todos. Por eso me centraré en cuatro novelas que para mí tienen ese espíritu de su tiempo, tal como Reynoso dio a sus personajes, cuando los denominó rocanroleros. Pero con la diferencia de que en estas novelas los personajes son musicalmente rockeros. Y, no sólo eso, también sus autores son rocanrófilos, y en algún momento tomaron los instrumentos para tocar en una banda.

En esa conversación con el profesor Miguel Gutiérrez, no podíamos desligar a las novelas, tocadas en la charla, de la música que las acompañaba. Estas novelas se centraban en aquellas que trataban los años de la violencia política. Y, cosa curiosa, todas guardaban relación con el rock subterráneo, movimiento que es considerado el empuje necesario para que las tendencias modernas del rock, a partir del punk, se hayan instalado en nuestro país. Y, por la forma como se forjó y desarrolló, en el contexto violento de los años ochenta, reflejan de manera dramática la guerra interna, la crisis social y económica que les tocó vivir, en su música, estética y temática. Estas novelas son Al final de la calle de Óscar Malca, Nuestros años salvajes de Carlos Torres Rotondo, Incendiar la ciudad de Julio Durán y La ciudad de los culpables de Rafael Inocente.

¿Cuál es el motivo que me lleva a mencionar estas novelas únicamente en relación al rock, si sabemos que hay muchas más? Pues que los autores fueron músicos de rock subterráneo, o subtes, y que ese tipo de rock tiene fuerte presencia en la atmósfera y en la estructura de sus novelas.

Aunque Óscar Malca no participó como músico, su presencia sería fundamental dentro del movimiento subterráneo. Por ejemplo, en julio de 1986 publicó en el número 05 de la revista El Zorro de Abajo un artículo llamado “¿Quién le teme a los rockeros subterráneos?”, donde defiende a los subtes de los ataques de la sociedad limeña. Firmaría ese artículo con su habitual seudónimo de Sigfrido Letal. Su importancia se debe también a su labor como editor de los fanzines Macho Cabrío, Luz Negra, Alternativa Subterránea. O, desde mucho antes, como miembro del grupo poético Kloaka, en cuyos recitales tocaría la banda Kola Rock del recordado Edgard Barraza (Kilowatt) y los primeros Leuzemia. Aparte que Al final de la calle inaugura tópicos valiosos en relación a la música moderna en la narrativa.

La novela en video-clip: Óscar Malca y "Al final de la calle"

Oscar Malca, Al final de la calle (portada).jpg
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Oscar Malca
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Oscar Malca

Desde su aparición en 1993, Al final de la calle (El Santo Oficio) retoma el tema de la collera de barrio ya tratado en Los inocentes, pero en sus páginas se respira algo más, pues inaugura un nuevo componente que bien pudo haber sido iniciado por Oswaldo Reynoso: la inclusión fuerte de la música rock como una especie de personaje que tiene vida propia o que matiza las historias narradas. No obstante, y como apuntamos antes, la Lima de los años en que fueron publicados los cuentos de Reynoso no estaban dentro de una cultura fuertemente rockera. Cosa que sí sucede con la ciudad capital que Óscar Malca representa en su novela.

En el primer capítulo titulado “Tengo un pasajero”, se nos presenta un M tratando de relajarse con un cigarro de marihuana mientras escucha a Joy Division. Los que conocemos la música del grupo de Manchester podemos imaginar la atmósfera oscura y esquizofrénica que los acordes y la voz depresiva de Ian Curtis están suscitando en M. Pero aunque no hayamos escuchado a esa banda, nos podemos imaginar lo que está sonando en el ambiente por la misma descripción que hace el narrador de ese momento en el personaje: “Una bruma oscura y aceitosa le descendía al cuerpo desde el cerebro, mientras los densos acordes de la música de Joy Division se acoplaban a su respiración. Un canto opaco y lastimero, desmañado, lo conducía por sus vastos océanos mentales”.

Malca, ha declarado que configuró su novela depurando lo que para él no tuviera acción. Si bien poseen distinta velocidad, cada capítulo tiene la música adecuada para imaginarnos mejor la escena. Por ejemplo, en el capítulo de la violación de la chica, el gordo Rubén sube el volumen de la radio donde está sonando Guns N’ Roses, grupo cercano al heavy metal, violento, distorsionado y tremendamente acelerado. Una canción violenta para una situación violenta.

En el artículo “Permiso para escribir” de Martín Paredes y Ricardo Zavaleta, publicado en el número 134 de la revista Quehacer, se apunta lo siguiente sobre Al final de la calle: “Esta manera de narrar está más emparentada con la estética del video-clip. Como en la música, era una literatura de garage”.

Imaginémonos que cada capítulo de Al final de la calle es una canción con su respectivo video-clip de un álbum conceptual de rock. Por tal motivo el agregado musical se repite en casi todos los capítulos, con bandas como New Order, Soft Cell, Midnigth Oil, Siouxsie and the Banshees. En la memorable golpiza a M en el baño de una discoteca, lo que está sonando es la banda de techno pop, Depeche Mode. Pareciera que las patadas y puñetes van y vienen siguiendo el sincopado golpe de la caja de sonidos de los Depeche. O en la conversación con la adolescente, en la azotea de su casa, no pudo haber mejor cortina musical que The Smiths, con la canción Cemetry Gates.

Pero no todo es rock, porque el sonido de la calle, al menos en esta Lima de todos los colores, va bien representada con las salsas de Oscar D’León, de Lavoe, o con el epígrafe de la cumbia de Los Mirlos “Eres bien bonita pero mentirosa engañas a los hombres, siempre con mentiras, mentirosa, mentirosa”, que marca de antemano lo que va a suceder en el capítulo “Sobre Ruedas”, el cual consta de cuatro historias dentro de un microbus, lugar común de una Lima provinciana. Una canción que nos recuerda la música que siempre escuchamos los que viajamos en ese transporte público.

Esta especie de musicalización de lo narrado, o este soundtrack, para ir más acorde con la gran afición de Malca por el cine, es algo que a mi modesto entender es uno de los grandes aportes de esta novela a la literatura que vendría después.

Los que leímos Al final de la calle en esos años nos dimos cuenta de que no sólo podíamos leer historias próximas a los que crecimos en la urbe, sino que también podíamos leer, en ellas, la presencia de la música y de las bandas con las cuales habíamos crecido. Por tal motivo, se nos hacían más cercanos los espacios, las situaciones narradas y la identificación con los personajes.

Pese a la importante participación de Malca dentro del rock subterráneo, Al final de la calle no es la novela subte, como se le consideró en un principio. Recuerdo una conversación que tuve con el autor en 1996 —a raíz de una entrevista para un curso de periodismo que tenía la urgencia de aprobar—, en donde él mismo no consideraba a su novela, ni a su personaje M, como subterráneos. M era rockero, pero no era un subte. Muy aparte de las menciones a Leuzemia y a Daniel F, Malca no va más allá. No hay la fuerte presencia de las demás bandas subterráneas. Lo que abunda son bandas de corte new wave que M baila y escucha junto a sus amigos, en fiestas, discotecas o chupetas. Salvo Lou Reed y David Bowie que son de otro lote, la música de Al final de la calle es netamente pop y new wave.

Pero muy aparte de esto, Al final de la calle aporta la inclusión de estilos modernos de la música rock en la narrativa peruana, y de alguna forma eso lo relaciona con las tres novelas que revisaremos a continuación.

Una canción descreída en cuatro capítulos: Carlos Torres Rotondo y "Nuestros años salvajes"

Carlos Torres Rotondo, Nuestros años salvajes (portada)
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Carlos Torres Rotondo, Nuestros años salvajes (portada)
Carlos Torres Rotondo
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Carlos Torres Rotondo

En 1986, el movimiento subterráneo tuvo un cisma por motivos raciales y de “clase”, por llamarlo de alguna forma. Las bandas subtes, con sus seguidores provenientes de barrios populosos, no toleraban el discurso de bandas provenientes de barrios residenciales y de clase media. La procedencia barrial, el color de la piel y la clase social fueron motivo, entonces, para que bandas como G-3, Deskontrol o Kaos General fueran cuestionadas. Equivocados o no, eso fue lo que sucedió.

Ante esta situación dichas bandas deciden organizar sus conciertos en una casa de la avenida San Martín en Barranco. La famosa Jato Hardcore. Carlos Torres Rotondo era un adolescente cuando comenzó a asistir a dichos conciertos, para luego pasar a ser un activista de lo que el movimiento hardcore proponía. Organizó conciertos y cantó en la banda llamada Enemigo Público. “Una banda malísima que ya nadie recuerda, pero que me brindó la experiencia de cantar en un escenario”, como él mismo nos cuenta.

Las experiencias vividas en esa época lo llevaron a escribir la novela Nuestros años salvajes, publicada por Alfaguara en el 2001. Dicha novela cuenta la historia de un grupo de amigos de clase media que se oponen a la imposición de valores falsos, a identidades que no sienten como suyas. La escuela, la familia, el entorno amical son cuestionados con el descreímiento del outsider. Solamente en la música hardcore y en un camino que los va llevando hacia la autodestrucción, encuentran ese escape a una realidad brutal, como sucedió en la década de los ochenta.

Bien, la estructura de esta novela es bastante interesante. Haciéndonos recordar a Si una noche de invierno un viajero, de Italo Calvino, Torres Rotondo escribe cuatro novelas cortas con un estilo distinto que hablan de un solo tema, precisamente de los años salvajes del título.

A decir del autor: el primer capítulo titulado El sueño del trepador de muros es una novela de aprendizaje, está escrita en primera persona y tiene una prosa bastante poética. La búsqueda de la nada está escrita en segunda persona, con un yo desdoblado y enmarcado en las historias de horror. Las últimas fiestas del mañana está escrita en tercera persona y es realista, más flaubertiana. La cuarta y última: Reunión (Voces) es más coral, varias voces hablando sobre un todo. Según el autor es más experimental, influencia del cine vanguardista.

¿Entonces qué relación hay con el rock? Las aceleradas historias tienen el marco de bandas de hardcore punk. El primer capítulo nos introduce de frente a un concierto en el Hueko de Santa Beatriz: “Comienza el primer grupo y con su sonido frenético y airado nace el pogo, cuchillo que quiebra las aguas del espejo gris de nuestras vidas. Empujones, risas, la música atronadora reflejada por las paredes convierte el lugar en un útero eléctrico”. Ese “útero eléctrico” es el concierto donde se desahuevan los personajes y salen de allí siendo otros, vueltos a nacer, con una visión distinta de todo lo conocido e impuesto hasta ese momento. El inicio de una vida acelerada, donde el no sentirse parte de nada que los rodea va de acuerdo con la velocidad anfetamínica de bandas hardcore punk como Suicidal Tendencies, D.R.I. (Dirty Rotten Imbeciles), Minor Threat. O del más crudo grindcore o del metal más brutal. Si en algo había que creer, era lo que decían las canciones que escuchaban. Nuestros años salvajes tiene música acelerada para unos jóvenes que sienten como suya esa filosofía del vive al límite y muere joven. Del preferimos la combustión rápida a la oxidación. Todo pasa veloz como una canción del primer disco de los Suicidal Tendencies.

Y si la novela de Malca tiene esa estructura del video-clip. A decir de Carlos Torres Rotondo, su obra está configurada como una banda que está tocando un tema común. Cada capítulo es distinto, como los instrumentos básicos de una banda de hardcore: Voz, guitarra, bajo y batería. Todos tocando a la vez, de manera sincronizada, un único sonido, el gran tema de los tiempos violentos, de la inflación, de los valores perdidos, de la crisis general de finales de los ochenta. Ante la pregunta sobre qué música sería la que toca esa banda llamada Nuestros años salvajes, el autor responde: “Básicamente una fusión de punk y rock crudo”.

Torres Rotondo no se ha desligado de la música y ha publicado Demoler (Revuelta 2009), una historia novelada del rock peruano desde 1957 hasta 1975. Las cuerdas siguen vibrando a través de las letras.

El sonido subte de la realidad: Julio Durán e "Incendiar la ciudad"

Julio Duran, Incendiar la ciudad (portada)
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Julio Duran, Incendiar la ciudad (portada)
Julio Duran
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Julio Duran

Recuerdo una noche de principios de los noventa, cuando mi madre me avisa que habían ido a buscarme. Era Julio Durán junto a su primo Juan charapa, actual baterista de la banda ska Psicosis. Ambos me buscaban para intercambiar discos de grupos hardcore punk. Desde ese día forjaríamos una amistad que se consolidaría en los conciertos y en el gusto por bandas como La Polla Records y Eskorbuto.

Precisamente estas bandas serían las referencias con que el adolescente Julio Durán interpretaría el mundo. “Esos grupos no sólo delinean mi orden de valores. También delinean mi vocación”, nos cuenta. A través de esas canciones se iría desadaptando de la realidad que lo rodeaba, pero que, a la vez, le fascinaba al extremo de ir asimilando todo lo que iba observando: “Dentro de la mancha subte, pasaban cosas que concernían a todo el país, y yo sufría de esa enfermedad literaria que Onetti denomina Literatosis, lo que hace de tu vida una constante novela. Por eso si pasaba algo, lo grababa de forma que podría servir para un libro, una novela. En ese sentido he escrito desde los 15 años, pero en mi cabeza”.

Esa especie de backup le serviría para escribir su novela y publicarla de manera artesanal en el 2002. Las bandas mencionadas le darían la forma en la que debía ser escrita: “Deseaba que esas historias llegaran a la gente, de la misma forma como habían llegado a mí las canciones de La Polla, Eskorbuto, Ratos de Porao o Eutanasia”.

¿Y cómo es esa forma? Al igual que la música de las bandas mencionadas, Incendiar la ciudad está escrita como una canción de rock subte: simple, cruda, directa. Aparte del fuerte contenido político y social, que es la preocupación primordial de El Chibolo, personaje principal y narrador, se trata de una historia ambientada en el centro de Lima y su entorno familiar, con una constante búsqueda de encontrar, como dice la canción de Leuzemia, Un Lugar. Ya sea un lugar en el mundo, en su familia, en la escuela. O en esa misma mancha subte donde encuentra algo distinto y nuevo, la misma que oscila de El Hueko de Santa Beatriz (especie de Casa Okupa) a las calles del jirón Quilka donde habían ido a caer los subtes, a principios de los noventa. Pero, por sobre todo, busca su lugar en el contexto convulsionado de esos años que le habían tocado vivir. Una inquietud que se ve reflejada en una frase de El Chibolo: “Alguna vez quise atrapar la realidad”. Y para eso está El Chusko, una especie de No-guía, de No-maestro, con la cual va aprehendiéndola. Y una realidad que se presenta con el color gris de una canción subte, tan violenta y espasmódica como fue ese tipo de rock. El Chibolo, al igual que el autor, fue encontrando en esas bandas la explicación a lo que sus ojos captaban: “Recuerdo esas tardes del verano del 91 en las que, vestido con mi vergonzoso uniforme escolar, regresaba a mi casa, dejando atrás las primeras fantasías de mi infancia tardía. Mundos inmensos brotaban de esos pasos, al ritmo de mis divagaciones, todas delineadas según los acordes y latidos de Eutanasia, Leuzemia, Narcosis, bandas míticas que ya habían fenecido para cuando yo llegué a la mancha”.

Indiscutiblemente el rock subte va de la mano con esta novela. El contenido social y la forma como está estructurada tienen esa esencia que hacían de las canciones subtes tan efectivas que te hacían cuestionar todo lo que creías, hasta el momento de escucharlas. Igual es la lectura de Incendiar la ciudad, una novela de aprendizaje, publicada a la usanza de las maquetas–demo, esas grabaciones artesanales con que los subtes difundían su música. Algunos lo llaman libro-fanzine por su portada de cartón serigrafiado y por sus páginas fotocopiadas. Esa máxima hazlo por ti mismo del punk tiene en este libro uno de sus productos más honestos.

Actualmente, Julio Durán está preparando un libro de cuentos y busca sacar otra edición de su novela. Después de integrar Los Deformales y Sindicato Subterráneo, guitarrea con Los Lanzallamas, con quienes ensaya para sacar pronto un CD.

El rock de una ciudad migrante: Rafael Inocente y "La ciudad de los culpables"

Rafael Inocente, Ciudad de los culpables (portada)
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Rafael Inocente, Ciudad de los culpables (portada)
Rafael Inocente
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Rafael Inocente

Semilla Nociva fue una de esas bandas subtes de las cuales se sabía casi nada, se mencionaba mucho más, y de cuya música se escuchaba poco. Incluso su subterraneidad era casi clandestina dentro de la misma escena subterránea. Sabíamos quiénes la integraban, hasta sabíamos que estaban ensayando, pero nunca los pude ver en vivo. En esa banda marginal dentro de los marginales, participaría Rafael Inocente.

Cuando uno empieza la lectura de La ciudad de los culpables (Zignos 2007) se topa con el inicio de la historia de los personajes. Todos ellos hijos de familias migrantes que por uno u otro motivo han salido de su terruño para establecerse en las zonas marginales de Lima, principalmente las barriadas y los asentamientos humanos. Y, así, entre ese ambiente provinciano con que nos cuentan su drama, nos vamos adentrando en la trasformación cultural que los hijos de estas familias van experimentando. Ya no es la provincia, es la ciudad la que determina esos cambios, en la interacción con otros factores sociales. Y así vemos cómo los huaynos y el folklore de los padres, sin ser negados ni detestados, son reemplazados por la música que suena en la urbe. Principalmente son dos los personajes donde se opera este cambio, Sebastián Estoico y Orlando Zapata.

La rebeldía nata, el desprecio por lo convencional, lo artificial y superficial que la ciudad les ofrece, hacen que estos dos muchachos encuentren en el punk y en el rock subterráneo la música que los va reivindicando, a diferencia de la que difunden las radios. “A pesar de que he aprendido a obturar mis oídos y a ser indiferente a la música de las emisoras de los microbuseros, el reducido espacio de la combi hace insoportable la voz del locutor de radio Panamericana anunciando la más más de la semana”, dice Orlando en uno de los capítulos.

Sebastián y Orlando se conocen en un concierto en lo que fue el centro cultural Magia al final de la avenida Brasil. El primero, proveniente de un barrio popular, comienza a cuestionar a una banda tildándola de pitucos: “Callate pitupunk conchatumadre”. Esto hace que los de la banda aludida lo golpeen. El único que interviene en su defensa es Orlando, tumbando de un botellazo a uno de los agresores. En la confusión logran escapar del concierto. Luego de agradecerle, Sebastián propone ir a tomar unos rones en un añejo bar de Breña. Allí no sólo conversarían sobre las bandas subtes y punks, sino también pondrían un gastado casete en la grabadora del bar. Ante la sorpresa y la refunfuña de los viejos clientes, los boleros de Iván Cruz son reemplazados por bandas como La Polla Records, Los Prisioneros, Narcosis, Eskorbuto. Ése es el inicio de una amistad que va paralela a cada una de sus historias, donde las circunstancias los van empujando de la rebeldía al compromiso y a la acción. Una amistad que acabaría de manera trágica como muchas historias reales de esos años. “El rock fue determinante para encausar esa rebeldía innata que rechazaba una ciudad de gustos importados e impostados”, nos indica el autor.

Parece contradictorio que Inocente identifique la rebeldía de sus personajes con una música nacida en Estados Unidos, y que ha sido tildada de ser la fuente principal de la alienación. Ante esto nos declara: “El rock es un género que nació en rebeldía. Que haya sido bastardeado por los elvis y los maicol es cosa muy distinta. La esencia del rock es la rebeldía y el cuestionamiento”. En boca de sus personajes el rock es sentido de esta manera: “Lo que a mí me gusta es la mezcla; la facilidad del rock para mestizarse con la música propia de cada pueblo que le aloja y dejarse seducir para producir algo nuevo, pero conservando siempre esa esencia de rebeldía y ritmos liberadores”, dice Sebastián. Orlando replica con lo siguiente: “Pero soy más purista; no me disgusta la mezcla bien lograda. Detesto la mezcla bastarda que te exige ahora el mercado”.

En ese sentido, estos nuevos limeños encuentran en el rock subte el medio para cuestionar una ciudad enferma, un país frustrado que a la larga marcará su sino. Son hijos de la migración forzada por falta de oportunidades, por el abandono secular de la provincia, por las injusticias consentidas por el Estado. En ese nuevo escenario que ya no es el de sus padres, van encontrando una nueva identidad, “la mezcla” que reclaman con la cultura que han encontrado entre las veredas y el asfalto. No desdeñan la tradición de sus padres y su música está presente en varios capítulos, pero ya no son tan puros. Por eso no es gratuito que Mario Estoico, el padre de Sebastián, charanguista de una agrupación folklórica, sea asesinado en circunstancias políticas. Y que su hijo, sin desconocer su pasado, diga: “Hoy no siento pena, mi padre murió en su ley y eso es lo más valioso”. El padre-provincia ha muerto con su llegada a la capital, pero aún valorándolo, sus hijos no serán iguales a él.

La ciudad de los culpables es una novela sobre una Lima que ya se vislumbraba en esa canción de Leuzemia cuya letra dice lo siguiente: “Puedes ser un mártir, un cerdo o una serpiente, no hay libreto ni escenario, Lima es la muerte, siempre será así, el tiempo es tuyo, quédate allí…”.

Lado B: (Conclusiones)

La banda Eutanasia con Mario Tifoidea, luego Silvania y Coco Cielo en la peña Huascarán
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La banda Eutanasia con Mario Tifoidea, luego Silvania y Coco Cielo en la peña Huascarán
La banda Eutanasia en la peña Huascarán
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La banda Eutanasia en la peña Huascarán
Pogo en elhueko
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Pogo en elhueko

1.- La fuerte influencia del rock en la vida de los jóvenes urbanos ha determinado que, al configurar sus novelas, maticen con canciones de determinados grupos atmósferas para que el lector se adentre en la psicología de los personajes, en el ambiente de una ciudad y en el contexto de una época verdaderamente dramática.

2.-. Para innovar la novela se han adoptado recursos de la música jazz, como sucede en Rayuela de Julio Cortázar y en On the road de Jack Kerouack. Pero también han sido tomados del rock por autores peruanos. La estructura de video-clip de Al final de la Calle; los cuatros capítulos-instrumentos de esa novela–banda llamada Nuestros años salvajes; el estilo crudo, directo y sencillo con un fuerte contenido social de esa canción–novela como es Incendiar la ciudad, lo demuestran.

3.- La fuerte presencia de la música rock en las novelas citadas —y en las que por espacio se han dejado de lado en este artículo— es fundamental para entender una Lima que no es la misma de Ribeyro, ni la de Vargas Llosa, ni la de Reynoso.

4.- Carlos Torres Rotondo afirma que cuando piensa en los años ochenta, inmediatamente piensa en la maqueta de Autopsia, de Narcosis, pero nunca en A la droga dile no, del grupo Río, pues para él es un discurso oficial mentiroso que no representó para nada lo que estaba pasando. Rafael Inocente afirma que los años ochenta serían incomprensibles sin esa música que rechazó toda la suciedad impuesta desde arriba. Para Julio Durán el rock subterráneo habló de una de las aristas que fue ese gran monstruo llamado años ochenta, pero no fue lo único. En ese sentido, la presencia de la música subte en estas novelas nos indican, sin lugar a dudas, que es parte importante del soundtrack histórico de esos años.

5.- En estas novelas encontramos representadas la importancia que tuvo el rock subterráneo para muchos jóvenes que crecieron en esos años violentos y de crisis. Todas ellas abarcan parte de los estilos musicales, los años y los escenarios en que se desarrolló lo subte.




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