Leonardo Boscarin

De La Siega, la enciclopedia libre.

Marion

Perteneciente al libro "Cinco rosas en salmuera".


Cuando mi cuarta novela se puso de moda, las demás, que habían pasado inadvertidas, también comenzaron a venderse, así que me encontré de la noche a la mañana con un suceso inesperado entre las manos. Decidí entonces dejar a mi familia, que se había convertido en un obstáculo, y arrendar un pequeño departamento en el centro, a pocos pasos del Barrio de los Artistas, del que quería estar lejos, pero no tanto como para no poder visitarlo.

Estaba ansioso por saber que cosas me tenía preparada mi nueva vida, aunque de vez en cuando echaba de menos la casa familiar, especialmente en las noches en que no conseguía escribir nada y en la televisión daban sólo seriales que no entendía, porque no me había preocupado de seguir los capítulos anteriores.

Adoraba la tranquilidad de mi pequeño departamento pero me faltaban los almuerzos en familia, la lectura del diario después del café, los combates cuerpo a cuerpo con mi perro, que me dejaban la ropa en condiciones tan desastrosas, que mi mujer tenía que lavármela de nuevo, cuando hacía apenas algunos minutos que me la había planchado.

Una cosa tan sencilla y vulgar como los eructos, las competencias que teníamos con mi hijo después de cada comida, me hacían añorar mi casa de un modo exagerado. Cuando al atardecer, sentado frente a la máquina de escribir, tragaba aire para combatir mi nostalgia, el sonido de mi eructo se perdía entre las paredes del departamento, recordándome que estaba solo.

En esos momentos de desorientación, con esa libertad recientemente adquirida que me apretaba el pecho, esperaba encontrar en las calles aventuras que me hicieran sentir más vivo. Pero aterrizaba siempre en el mismo lugar, el Café de los Artistas, donde una noche conocí a Marión.

Al igual que ella, todos los que frecuentaban ese café eran artistas: pintores, actores, escritores y directores de cine, que sin embargo tenían que vender su alma a la televisión y a la publicidad porque sus obras, escasas, o bien incomprendidas, no les permitían una vida muy digna.

Yo, en cambio, nunca había trabajado para una agencia publicitaria, pues vivía holgadamente gracias a una herencia familiar. Mi padre, en efecto, se había convertido en un magnate gracias a una fábrica de elásticos, hasta que un ataque al corazón se lo llevó a mejor vida.

Sin embargo, desde esa especie de trono en el que me encontraba, el dorado trono del éxito, lograba comprender muy bien al resto de los artistas, que por el sólo hecho de haber abandonado las certezas de una vida conformista, tenían que padecer una existencia miserable. Dormitando en el suelo de sus habitaciones decoradas de musgo y de cadáveres de zancudos, comiendo siempre galletas rancias y queso laminado, viviendo siempre en una constante bacanal, era normal que no pudieran expresar su talento como es debido.

Pero quizás hablo de más, y si me hubiera encontrado en una situación similar, no hubiera dudado en vender mi alma a alguna agencia de publicidad, donde, por algunas frasecitas breves e ingeniosas, se gana lo suficiente como para decirle adiós a la miseria.

Por eso les tenía a todos los parroquianos una suerte de compasión, por eso mi éxito me hacía sentir tan incómodo, como si se me notara a lo lejos que las cosas me habían salido siempre con demasiada facilidad.

A menudo lograba ubicar un lugar en un rincón apenas iluminado, si bien en el Café de los Artistas era inútil intentar aislarse, porque existía la pésima costumbre de que las mesas no se podían acaparar. Esa noche, la noche en que conocí a Marión, me encontraba tranquilo bebiendo una copa de vino cuando ella y una amiga se sentaron repentinamente a mi mesa. Habían tenido que dejarle el puesto a un grupo numeroso, que venía al café a festejar el término de la grabación de un comercial de productos para bebés. La empresa había obsequiado una bolsa de pañales y una crema para las coceduras a todos los participantes del equipo, sin distinción, desde los actores a los técnicos. Sin embargo, todos los cargaban con algo de vergüenza, escondiéndolos disimuladamente debajo de las mesas o dejándolos abandonados a su suerte sobre el mostrador, como si no los necesitaran.

Pero se veía desde lejos que sí los necesitaban: estaban todos casados. La vida publicitaria, la cama siempre tibia y el sueldo suculento, les habían hecho olvidar la importancia de su propia libertad. Sin haber tenido tiempo para pensarlo, se habían encontrado casados y con hijos, obligados a aceptar un regalo tan incómodo como una bolsa de pañales y una crema para las coceduras.

-Buenas, soy Marión.

-Y yo Elena.

-Buenas -respondí.

Era un comportamiento habitual, y no un repentino exceso de educación, que los compañeros forzados de mesa se presentaran al sentarse. Luego, como sucedió esa noche y como sucedía siempre, todo solía proseguir como al principio: mientras su amiga continuó escuchándola con expresión aletargada, Marión siguió bebiendo cerveza y enroscándose la punta de los cabellos. Su rostro pálido, marcado por un grueso lunar sobre la boca de labios afilados, me llamó la atención de inmediato.

Comprobé con sorpresa que hablaban de Los Perros de Cemento, mi hasta hace poco ignorada opera prima, que había permanecido tanto tiempo bajo los estantes, cubierta por los libros del momento, lista para emprender un viaje sin regreso a los hornos crematorios, que las casas editoriales habían implementado para evitar los gastos de bodegaje producto de una nueva crisis nacional de la lectura.

Cuando describía alguna escena, Marión hablaba de ella como sólo los buenos lectores saben hacerlo, confundiendo a tal punto los roles, que por un momento me fue difícil saber si era ella o yo quien había escrito el libro. Mantenía los ojos abiertos por varios segundos y se quedaba así, congelada por un instante, para luego agitar los hombros en una contracción inesperada. Entonces venía la calma, los labios que se prolongaban lánguidamente hasta el vaso de cerveza y el cuello que se desplazaba apenas sobre su eje, lo justo y necesario para comprobar el efecto de sus palabras espiando a través del velo de sus cabellos.

Aunque escucharla hablar de mi libro ignorando que yo era su autor me producía un delicioso placer, me mantuve en silencio, simulando que no me interesaba, ocultando detrás del vaso la sonrisa que sus estudiados gestos me provocaban.

Pero toda mi complacencia se derrumbó de improviso cuando, destacándose de su discurso, escuché una frase que me hizo perder la compostura: dándose importancia, masticando cada palabra y levantando el tono de la voz para que todos pudieran escucharla, Marión pronunció claramente el nombre de Melchor Santamaría. ¡Según Marión Los Perros de Cemento había sido escrito por Melchor Santamaría!

Intenté contenerme, pero un hilo de vino rojo como la envidia se me escapó entre los labios, resbalándome por el mentón hasta el cuello de la camisa. Para disfrazar mi torpeza, me reí entonces de un modo tan desfachatado y pedante, que todos los parroquianos volvieron la cabeza para ver quien era el autor de esa carcajada.

-Ja -chillé fuera de mí -. Los Perros de Cemento. Ja. Melchor Santamaría.

-¿Y a ti que te pasa, idiota? -me preguntó Marión con las mejillas encendidas, comprendiendo que toda su intimidad estaba en juego y que quizás nunca más podría volver a pisar el Café de los Artistas, al menos no con esa seguridad que le permitía tomar cerveza y enroscarse la punta de los cabellos a la vez.

-Ja -logré decir entre risas, nublados los ojos por la euforia -. Tienes al autor de Los Perros de Cemento sentado en frente de ti y puedo asegurarte -aquí hice una pausa que acentuó mi autoridad -que mis padres nunca me hubieran bautizado con un nombre tan ridículo.

Una carcajada general, más pedante que la mía, coronó mi afirmación. Todos allí parecían saber una cosa tan obvia como esa y emitiendo gorgojeantes sonidos dentro de los vasos, pronunciaron su humillante sentencia.

Por su parte, consciente de que había cometido una equivocación inaceptable, confundiendo al autor de su libro favorito delante de su verdadero creador, Marión enmudeció, mirándome de un modo tan terrible, que tuve que bajar la vista hasta mis zapatos.

Al día siguiente, maldiciendo el insomnio de la noche anterior, encontré un pequeño sobre debajo de la puerta. En una hermosa tarjeta de papel reciclado, sellada por una estrella dorada y escrita de su puño y letra, Marión me proponía que nos reuniéramos en la puerta del Café de los Artistas, justo a mediodía. Del otro lado, en cambio, estaba escrita la siguiente frase:


UN LIBRO NO VALE POR SU AUTOR,
SI NO QUE POR SU CONTENIDO.
Marión


Masajeándome el cuello con una sonrisa desconcertada, apoyé la tarjeta sobre la mesa del teléfono y la olvidé. Pero cuando faltaban algunos minutos para el mediodía, me vestí sin ducharme y me dirigí hacia nuestra cita. Me parecía extraño, atrevido incluso, que ella quisiera verme luego de mi comportamiento, pero supuse que quizás era una persona que no se tomaba las cosas muy en serio y sólo quería hacer las paces.

Pero me equivocaba. A medida que me acercaba al café, disminuí instintivamente la velocidad de mis pasos. La calle estaba vacía, los negocios cerrados, solamente una vieja sacudía una alfombra fuera de una ventana. Entonces comprendí que Marión se había vengado de mí: era domingo, el día más silencioso de la semana, el día en que el café y toda la ciudad cerraban sus puertas y todo parecía más triste; los edificios, los autos, los tarros de la basura, inmóviles y cansados como cuando se cubren los muebles con una sábana para evitar que se deterioren.

Un repentino ataque de melancolía me hizo pensar en volver a casa. Estaba emprendiendo la retirada cuando distinguí un trozo de papel atado delicadamente a la puerta del café con un lazo de color rosado. Me acerqué y lo arranqué disimuladamente, luego de cerciorarme de que nadie me espiaba. ERRAR ES HUMANO, decía, y abajo en un ángulo, escrito con la caligrafía de una artista: Marión.

Me guardé el papel en el bolsillo y me sentí muy mal. Mi carcajada, mi pedante aclaración de la noche anterior, que entonces me habían salido de un modo tan espontáneo, me parecían ahora las penosas manifestaciones de un estúpido.

Ensimismado como estaba en esas cavilaciones, no había notado que detrás mío el rumor que hacía la vieja con la alfombra se había silenciado, y que un coro de risitas agudas y gorjeantes salía de las ventanas entreabiertas. Cuando me giré todo enmudeció, y las ventanas se cerraron rápido y ordenadamente, como una hilera de piezas de dominó que se derrumban.

Volví a mi casa confundido, sospechando que quizás Marión estaba loca. ¿Cómo podía una situación tan insignificante hacerle maquinar algo tan estúpido? ¿No bastaba con que no me dirigiera más la palabra para demostrarme su enojo, como suelen hacer todas las personas que se ofenden?

Dos días después ya me había olvidado de todo. Me sentía renovado y dispuesto a iniciar por fin mi nueva novela, que el editor me pedía con insistencia. Pero alguien tocó la puerta, interrumpiendo la tranquilidad que para mí es sagrada y que una vez rota es tan difícil de recuperar. Era el cartero quien, siempre con ese rictus en la cara como si tuviera necesidad de ir al baño, me entregó un pequeño paquete. Le pagué lo que le debía y le cerré la puerta en las narices.

Pasándolo alternativamente de mano en mano, como se acostumbra hacer para tantear el peso de un objeto, me pregunté que cosa podía contener. Le quité el envoltorio protector y descubrí que era una simple cajita de cartón, envuelta en un delgado papel de color rosado. ¿Chocolates? Pensé, y apoyando la punta de la nariz intenté confirmar mi teoría. Pero la cajita no olía a chocolate, olía sólo a perfume, un perfume denso y dulzón de esos que algunas prostitutas se aplican bajo los sobacos, cuando descubren que han olvidado bañarse y que la falta de aseo las puede hacer perder clientes.

¿Quién podía tener tan mal gusto para enviarme ese tipo de olores? Le quité el envoltorio y me encontré con una pequeña bolsita de plástico, que contenía una substancia de color oscuro, amoldada a la forma de la cajita. En uno de los bordes encontré una minúscula tarjeta que decía:


TODO LO QUE NO TE ELEVA TE REBAJA.
Marión


Comprendí con espanto que Marión me había enviado una bolsita con sus excrementos y que sólo por un repentino ataque de vergüenza, o quizás sólo para que el cartero no se percatara, había tenido la delicadeza de perfumarlos. Consternado, arrojé la cajita en el basurero y comencé a dar vueltas a la habitación como un león encerrado.

Ahora no tenía ninguna duda de que Marión era una desequilibrada, víctima de la obsesión por las frases que seguramente su trabajo de redactora publicitaria le debía haber provocado. Pero lo que más me sorprendía era el significado de esos mensajes. ¿Es que aparte de torturarme, Marión pretendía educarme, enseñarme alguna clase de moral que me permitiera comprenderla?

Decidí dirigirme al café de inmediato, para ponerle punto final a una situación tan absurda y desagradable que, lo sabía, podría arruinar mi vida en un momento en que esta parecía haber despegado definitivamente. Si era necesario, la tomaría de los cabellos y la arrastraría por el suelo del Café de los Artistas hasta que me diera una explicación de su desagradable comportamiento.

Pero a medida que avanzaba hacia el café mi rabia se iba temperando y me parecía horrible pensar en una cosa así, aún después de todo lo que ella me había hecho. ¿Qué sentido tiene vengarse de las personas que nos ofenden, si utilizando sus mismos medios terminaremos por convertirnos en una de ellas?

En mi familia nunca nadie podría haber maquinado algo semejante. Si nos enojábamos, si alguien se ofendía con el otro y lanzaba un grito de protesta, corríamos a encerrarnos a nuestras habitaciones hasta que la rabia se nos pasaba. Luego, después de algunas horas, salíamos de la pieza sonriéndonos en silencio, y golpeándonos los hombros suavemente.

Recordando aquellos tiempos me entristecí, y llegué al Café de los Artistas manso como un perro, olvidando por completo todo lo que Marión me había hecho. Me acercaba a la puerta, cuando alguien que apareció detrás de una cabina telefónica me golpeó la cabeza con un objeto contundente, haciéndome perder el conocimiento.

Cuando desperté, sumergido en medio de una náusea tremenda, estaba recostado sobre una especie de camilla que olía a desinfectante, lo que extrañamente me hizo sentir un poco más tranquilo, creyendo tal vez que lo peor había pasado y que me encontraba ya en el hospital.

Pero no era así.

Descansaba sobre mis espaldas, con los ojos vendados, las manos atadas detrás de la nuca y el torso descubierto: me habían sacado la camisa pero extrañamente no habían tocado mi reloj. Desde algún lugar de la sala se irradió un sonido mixto, mecánico y eléctrico a la vez, que me recordó el minúsculo taladro que utilizan los dentistas para sus intervenciones. Escuché algunos murmullos, ásperos y decididos, y luego otros, agudos y gangosos, como los de un eunuco. Una mano fría y delicada se apoyó sobre mi estómago, y luego de comprobar que la superficie de la piel era la adecuada, se retiró muy lentamente, como si quisiera aprovechar ese fugaz instante para acariciarme los vellos que me decoraban el ombligo.

Segundos después, un delgado bisturí, o mejor dicho una aguja que giraba enloquecida, comenzó a perforarme el estómago. Intenté gritar pero descubrí que tenía la boca inmovilizada, bloqueada por una bola de espuma, los labios sellados con cinta adhesiva. El dolor era tremendo, cien veces peor que el que puede provocar un dentista, y supuse que iban a matarme extrayéndome las vísceras, inspirados en la horrenda práctica de los antiguos samurais. Estrechando los pulgares con fuerza y pensando en todas las cosas que me quedaban por hacer en la vida, me preparé para el fin.

Cuando el dolor se hizo insoportable, y aún con la boca sellada mis quejidos lograban filtrarse fuera de mi boca, un susurro detuvo el trabajo de mi verdugo, para así dejarme reposar unos minutos. Entonces, cuando el horrible sonido de la aguja se reanudó, comprendí que no querían matarme. Sólo tenía que resistir otro poco más y todo habría terminado.

Efectivamente, luego de algunos segundos la aguja se detuvo, y cuando hube recuperado el aliento, mis verdugos me ayudaron a levantarme. Primero liberaron mi boca y mis manos, luego me secaron el sudor que me mojaba la cara con un pañuelo empapado de alcohol. Por qué por qué por qué, pregunté varias veces, pero no obtuve ninguna respuesta: dándome unos golpecitos en los codos, me indicaron que levantara los brazos para que pudiera ponerme la camisa.

Apoyándome una mano en cada hombro, me sacaron al exterior con gentileza, guiándome hasta el portamaletas del auto. Pude reconocer que volvíamos a la ciudad porque el asfalto se hacía más suave y el vehículo se detenía y volvía a partir una y otra vez. Debíamos de estar en medio de un atochamiento, en una calle del centro, no muy lejos de mi casa.

En efecto, al rato noté que el auto se detenía definitivamente.

Luego de sacarme del portamaletas, me acompañaron a la puerta del edificio donde vivía. Entonces me desataron las manos y escaparon desordenadamente, golpeando los tacos de sus zapatos sobre el pavimento.

Estaba vivo, tal como lo había previsto. Me quité la venda de los ojos y subí las escaleras con dificultad, porque todo mi cuerpo estaba contraído, como los músculos de los caballos de un carrusel.

Entré a mi departamento y, como si la piel se me cayera a pedazos, me fui quitando lentamente la ropa hasta llegar a la tina del baño, donde me introduje con un gemido liberador.

El agua tibia no había cubierto todavía mi cuerpo cuando descubrí que mis secuestradores no habían cumplido solamente una burda sesión de torturas. Tatuadas en espiral alrededor de mi ombligo, pude leer las siguientes palabras:


EL HOMBRE ES EL UNICO ANIMAL
QUE TROPIEZA TRES VECES
CON LA MISMA PIEDRA
Marión


No tenía claro si con esta frase ella pretendía reivindicar su humano derecho a equivocarse, o simplemente se burlaba de mi inocencia, que me había hecho caer justamente tres veces en sus delirantes trampas.

Salí del baño más tranquilo, o sólo aturdido quizás, y mientras me tomaba un café comencé a maquinar mi venganza. Sentía que de otra manera esta historia nunca tendría fin, que sus locuras se multiplicarían al infinito si yo no hacía algo por detenerlas.

Dos semanas después, olvidando todos mis ideas acerca de la convivencia y la tolerancia, secuestré a Marión mientras se dirigía a almorzar, luego de una agotadora jornada en la agencia donde trabajaba como redactora publicitaria. La introduje en un baúl que había preparado especialmente para la ocasión, amortiguando el interior con una delicada tela, y me la llevé en dirección a la playa, al puerto de Valparaíso.

Me había hecho asesorar por un amigo que, aunque aún no se había titulado de ingeniero, parecía tener óptimos conocimientos sobre el tema. Gastando la mitad de mis ahorros construimos un pequeño submarino en forma de huevo, del cual, una vez adentro, Marión jamás volvería a salir. Un rudimentario aparato, de los más económicos que pudimos encontrar en el mercado, y que combinaba un equipo de reanimación y un dispositivo endovenoso, le permitiría respirar y alimentarse.

Cuando la sacamos del baúl, Marión se comportó con una dignidad que me sorprendió. Aunque al inicio había contraído sus músculos para hacernos más difícil su traslado, apenas comprendió que era yo quien la raptaba, dejó caer los brazos mansamente, aflojando la piernas para que pudiéramos introducirla sin violencia dentro del submarino. Sin embargo, en esta dócil entrega Marión no mostraba un ápice de debilidad, y su resignada expresión parecía negarme el placer de verla sufrir.

La introdujimos en el interior del submarino donde una cinta perpetua reproducía, después de cada una de mis canciones preferidas, una frase monocorde que yo mismo había registrado: LA VENGANZA NUNCA ES BUENA, MATA EL ALMA Y LA ENVENENA. Sabía que sumergida en las profundidades oscuras del océano, circundada por extraños seres nunca antes vistos por el ojo del hombre, Marión sentiría un miedo indescriptible y quería que por lo menos esas canciones la hicieran sentir en compañía. Además, una pequeña máquina fotográfica que colgaba del techo la fotografiaría cada cierto intervalo de tiempo, para que Marión, sin espejos y sin amigos, no olvidara nunca que de ahí en adelante ella era su única compañía.

Arrastramos el artefacto hasta el borde del muelle y, ante una orden silenciosa, mi amigo lo dejó caer. Con un sonido decepcionante, sordo y apenas audible, vimos como el submarino se hundía lentamente, dejando en la superficie una sucia alfombra de espuma.

Un extraño sentimiento de vacío me contrajo la garganta y sin poder controlarme, comencé a llorar. Gruesas lágrimas corrían por mis mejillas, pero gracias la brisa del mar que me despeinaba los cabellos, mi amigo no logró verlas. Para que no sospechara nada, simulé que tenía un resfriado y comencé a sonarme varias veces para así tener la excusa de cubrirme la cara. Entonces le di la espalda y despidiéndome de él con un gruñido, le lancé algunos billetes, indicándole que se volviera a la ciudad en el próximo autobús.

Necesitaba estar solo.

Mientras conducía de regreso a casa perdí completamente la razón, emitiendo gritos atroces, frases sin sentido que sólo conseguían aumentar mi desesperación. Incluso intenté terminar con todo, pasando a propósito a la pista contraria, pero me arrepentía siempre en el momento justo.

La idea de volver a la ciudad se me hacía insoportable, así es que doblé por el primer camino que vi, intentando desaparecer, cancelarme del mundo, como si me sumergiera yo también en las profundidades del mar.

Llegué a un pueblo miserable y arrendé una pieza en una triste pensión, sin preguntar el precio ni el nombre. Desde la mañana a la noche bebía sin cesar, promoviendo una orgía continua en la que los habitantes del pueblo participaron con entusiasmo, pues para ellos todos mis vicios eran una novedad. Buscaba así borrar los pensamientos que tenía enquistados en mi cabeza y que me torturaban el espíritu las veinticuatro horas del día.

¿Si mi amigo, mente brillante pero inexperta, se había equivocado en sus cálculos y ahora el submarino se estaba llenando lentamente de agua? ¿O si la cinta se detenía de improviso y todo quedaba en silencio? ¿Si la cámara se enloquecía y comenzaba a fotografiarla sin cesar? ¿Si se acababa el alimento? ¿O el agua?

Desesperado y arrepentido, pensé en volver al puerto e intentar la búsqueda de Marión, contratando a los buzos de la zona que siempre se quejaban de cesantía. Pero al rato cambié de opinión porque tuve miedo de que la policía sospechara.

Destruido por la tristeza y por la culpa, un día por fin abrí los ojos, abandoné ese pueblo fantasma y volví a la ciudad. Apenas abrí la puerta de mi departamento me desmayé sobre la alfombra y no recuperé el conocimiento hasta el día siguiente. A mi lado, en una imagen desenfocada, pude reconocer la silueta de mi madre, que me acercaba a la boca una cucharada de sopa. No había comido nada en semanas y estaba convertido en un cadáver. No podía levantarme y la vista no me funcionaba.

Con una paciencia sobrecogedora, sin pronunciar ninguna palabra, mi madre me preparó aguas de hierbas y sopas, me lavó el cabello, me masajeó la espalda, me sacó las pelusas del ombligo y me canturreó para que me durmiera.

Cuando por fin recuperé la vista y pude pararme por mis propios medios, mi madre me besó la frente y se despidió de mí. Comenzaba el otoño y delgados rayos de luz rosada se colaban por las ventanas de mi habitación. A lo lejos, flotando en la oscuridad, el submarino de Marión descansaba para siempre en el océano de mi memoria. Su recuerdo aún me conmovía, pero ya no me hacía daño, como si hubiera comprendido finalmente que para cada gran decisión en la vida había que renunciar a algo precioso, que para que un brazo creciera más fuerte, había que arrancarse el otro de raíz.

Comencé a escribir una nueva novela y vinieron a entrevistarme, intrigados por mi comportamiento, que se había vuelto de improviso tan reservado y ascético. Terminé mi libro y viajé por todo el país, firmando autógrafos y hablando acerca de mi vida, sin mencionar una sola palabra acerca de Marión. Conduje un programa de televisión y cedí parte de mi sueldo para financiar una biblioteca y un centro juvenil. Me pidieron entonces que me candidateara para alcalde, que tenía la elección en le bolsillo, pero lo rechacé con cortesía. Jóvenes y viejas me ofrecían su cuerpo a cambio de nada con tal de conocerme, de que les revelara ese oscuro secreto que decían que yo ocultaba. Abandoné la carne, comencé a practicar el yoga y a salir menos de noche, optando por beber sólo agua mineral.

Me sentía tranquilo, sin ninguna preocupación, como las hojas secas que el viento arrastraba por las calles. Parecía que las peores cosas del mundo ya me habían sucedido y eso me hacía sentir inmensamente poderoso. Sin embargo, todo eso no era suficiente. Mirando la ciudad desde el balcón de mi casa, parecía que estaba habitada sólo por fantasmas.

Una tarde, mientras observaba las figuras que las grietas de la pintura formaban en el techo, sonó el timbre de la casa. En lugar de encontrar al cartero y su desagradable gesto de constricción, pude ver a un muchacho lleno de espinillas, vestido con una casaca y una boina de plástico, sobre la cual tenía impreso un rayo, símbolo del correo expreso para el cual trabajaba. Su profesionalidad y gentileza me sorprendieron. Luego de pronunciar mi nombre con actitud segura, estiró ágilmente el brazo y me entregó un voluminoso sobre de color amarillo, decorado con estampillas de la República Popular China y con todos los gastos ya pagados. Le di una buena propina y, como era mi costumbre, le cerré la puerta en las narices. Pero él había interpuesto la punta de su zapato bien lustrado en el marco de la puerta.

-Que lo disfrute -me dijo entonces.

-Gracias -le respondí sin comprender.

Abrí el sobre con expectación y antes de llegar a sentarme su contenido se desparramó por el suelo. Eran algunas fotos y un grueso manuscrito, atado con una cinta de seda de color rosado.

Las fotos eran decenas y seguramente Marión las había sacado desmontando la máquina del techo del submarino. Algunas mostraban el fondo del mar iluminado apenas por los ojos de algún pez, o bien por los diminutos faroles que tenía colgados en la espalda; otras, a Marión que se fotografiaba a si misma, alejando la cámara cuanto el escaso espacio de la cabina se lo permitía, con una expresión etérea, casi transparente, que aunque me intrigaba, yo no lograba descifrar.

Repentinamente las fotografías dejaban de tener como marco el fondo del mar y se trasladaban a la cubierta de un barco, de una ballenera, donde con un gesto derrotado, con los labios resecos y los ojos entrecerrados por la luz del sol, Marión se dejaba fotografiar abrazada por un grupo de marineros. Mi corazón latió más rápido cuando supe que estaba viva y que, pese a todo, al final se había divertido, pero a la siguiente fotografía tuve que tragarme mi complacencia.

Completamente desnuda y colgada de uno de los mástiles del barco, Marión soportaba a duras penas el calor del sol y las babosas miradas de los balleneros, que tienen fama de ser los más violentos y sanguinarios de entre todas las clases de tripulantes.

Abrí el manuscrito temblando y pude conocer toda su historia, a partir de aquel siniestro atardecer en que yo y mi amigo la habíamos lanzado al Pacífico, dentro del submarino en forma de huevo.

Descubrí que el manuscrito no era compacto y ordenado como me había parecido en un comienzo, sino que estaba escrito sobre decenas de papeles diferentes; con caligrafías elegantes o bien desesperadas; con lápices de varios colores, sombra de ojos y, hacia el final, con tinta china y decorados cuidadosos.

En las páginas de un pequeño cuaderno que llevaba siempre consigo por si se le ocurría una frase ingeniosa mientras almorzaba, Marión había iniciado su diario de viaje.

La angustia de saber que tenía que resistir de algún modo, porque dentro del submarino nunca moriría, estuvo a punto de hacerla enloquecer. Y quizás lo estuvo, a juzgar por las extrañas anotaciones de las primeras semanas, que yo releía una y otra vez sin lograr comprender nada, aunque me provocaban una fuerte inquietud:

Pejea el pejesapito, solo solito, escameando la salmarina.

En esas noches eternas, sin mañanas ni atardeceres, Marión aulló con todas sus fuerzas para lograr sobrevivir. Fue sólo después de varias horas de escuchar su grito resonar en la cabina del submarino, que por fin logró dormirse.

A la mañana siguiente, o quizás a la noche siguiente, quien puede saberlo, Marión despertó en frente de un pez inmenso “con la espalda pintada de estrías anaranajadas y coronada por una especie de lámpara de neón”. Desmontó entonces la máquina fotográfica del techo del submarino y enfocando cuidadosamente los ojos del pez, lo fotografió. Y así lo hizo con cada cosa que veía moverse al otro lado de la ventanilla. Una masa deforme que huye bajo una roca (un pulpo), o un rayo de luz que estalla en mil pedazos (un banco de peces).

Un día, mientras descansaba plácidamente, una imprevista corriente submarina la desvió de la ruta que llevaba y la acercó a la costa, algunos metros debajo de la Libertad, una ballenera de bandera brasileña que se disponía a zarpar hacia el Oriente.

“Mientras se toman un descanso, los marineros acostumbran a zambullirse semidesnudos en el mar, para cazar moluscos y estrellas marinas, y ver si tienen la suerte de encontrar algún tesoro”.

Uno de ellos, Joao Dos Santos, a quien Marión describía como “el tipo más extraño y horrible que jamás he visto”, debe haber distinguido un reflejo plateado en las profundidades y creyendo que se había hecho millonario, volvió a la superficie a compartir la buena nueva con sus amigos.

Bajaron en grupo los más curiosos y lograron llevar a la cubierta ese extraño objeto, dentro del cual, sin saber lo que le esperaba, dormitaba tranquilamente Marión.

Abrieron con dificultad esa especie de huevo y aunque al comienzo Dos Santos torció la boca al comprender que no se había hecho rico, al rato sonrió como un loco, mostrando los dientes enrojecidos por el escorbuto, al igual que el resto de la tripulación, que le hizo eco al vigía con una una feroz carcajada

Sacaron a Marión del submarino y se la llevaron en andas al centro del barco, debajo del palo mayor, como si se prepararan para un rito esperado hacía siglos. Entre varios le quitaron sus vestidos y mientras Marión intentaba defenderse de los torpes apretones que los marineros le propinaban, alguien detuvo la orgía con un potente grito de orden.

Era el capitán, quien recién se levantaba de la siesta y aún tenía algunas legañas pegadas a los ojos. Bostezó, se peinó los pocos cabellos que el aire marino le había dejado y pidió explicaciones del insólito comportamiento de la tripulación.

Dos Santos le explicó todo y el capitán escuchó en silencio, con atención, con manifiesta curiosidad. En su larga vida de marinero había visto muchas cosas extrañas pero jamás, ni en sus noches más delirantes, hubiera soñado que el mar pudiera esconder huevos de metal con una mujer adentro.

Luego de que Dos Santos terminó su breve relato, el capitán pidió que por favor le hicieran espacio. Inspeccionó el submarino, encontró la cámara fotográfica, y parándose frente a Marión, la fotografió rodeada de toda la tripulación.

Marión comprendió que ese instante era crucial para saber lo que le ocurriría en las próximas horas. En efecto, aduciendo el más alto rango de la embarcación, el capitán le ordenó a todos que bajaran a los camarotes. Sólo se quedaría Dos Santos para sacar algunas fotografías.

Luego del capitán, que volvió a su camarote resollando, vino el resto de la tripulación, veintisiete marineros en total, que sin ningún orden ni jerarquías se aprovecharon en masa de la pobre Marión. Era tanto el tiempo que no veían una mujer, que algunos se habían olvidado hasta de cómo se hacía y los otros marineros que esperaban en la fila tenían que recordárselo.

Al día siguiente, y así durante tres días y tres noches, Marión tuvo que soportar uno a uno a todos los marineros, a quienes ya casi conocía de memoria sólo por sus miembros, delgados o gruesos, opacos o lúcidos, en forma de hongo, de zanahoria o de plátano, blandos como una fruta madura o ásperos como un trozo de cuerda corroída por el viento marino.

Siempre a través del ojo de Dos Santos, que no quería ceder la máquina fotográfica aún a costa de perder su turno, los balleneros documentaron todos sus abusos. Parecía que ese infierno nunca terminaría, pero pasada una semana, algunos tripulantes perdieron progresivamente el interés en el sexo y volvieron a tallar figuras de animales en la base de los mástiles; otros, incluido el capitán, permanecían por horas de pie en la borda de la Libertad, lanzando dulces suspiros a enamoradas sin rostro, que los esperaban desde siempre en un puerto cuya posición en el horizonte ya no recordaban.

Sólo permanecieron activos unos pocos balleneros que, para hacer pasar más rápido las horas de la guardia, seguían aprovechándose de Marión, atada siempre al palo mayor porque el capitán tenía miedo de que intentara suicidarse lanzándose por la borda.

De esos pocos marineros, después de algunas semanas quedó sólo Dos Santos, que prefería definitivamente la fotografía al sexo. No quería aceptar que se había aburrido y obligaba a Marión a realizar toda clase de contorsiones, indicándole que se pusiera de espaldas, imitando el paso del cangrejo, para encuadrar ya no su sexo, sino que su ombligo, el codo o una oreja, cada parte fotografiable de su cuerpo. Fue gracias a él que pude ver las fotos de Marión sobre la cubierta, exhibiendo su cuerpo curtido por el sol, las nalgas encendidas como brasas, jugando esos juegos que ella en la peor de sus perversiones nunca había imaginado, y sin que ninguno de la tripulación moviera un dedo por defenderla.

Pero una noche, mientras fumaba un cigarrillo, el capitán la vio durmiendo colgando de los brazos y decidió liberarla y ocultarla en la bodega, no tanto por hacerle un favor a ella como él creía, sino que por la salud mental de él y la totalidad de la tripulación, que ya no soportaba el comportamiento de Dos Santos.

Cuando luego de tres meses la Libertad llegó al puerto de Bangkok, en Tailandia, una inspección sorpresa de la policía portuaria descubrió en la bodega el cuerpo de Marión que, desnutrida y adormecida como estaba, parecía el cadáver de un delfín, cuya pesca estaba rigurosamente prohibida. Con espanto los agentes descubrieron que era una mujer y que aún estaba viva. Llamaron a una ambulancia y se llevaron detenida a la tripulación completa, la que fue liberada casi de inmediato, a excepción de Dos Santos y del romántico capitán, ya que en la cárcel de Pochmaki no había donde poner un alfiler.

Mientras tanto, Marión se recuperaba lentamente gracias a los cuidados de unos misioneros italianos, que se preocuparon de alimentarla y de ayudarla a superar su trauma, de la cual ella se negaba a hablar, y que sólo logró dominar gracias a la lectura de algunos libros y a la escritura de las páginas que me mandó, y que ahora les estoy contando.

Cuando obtuvo más repuesta, la policía se la llevó a declarar en contra de los reos de la Libertad, que fueron condenados de inmediato a la decapitación pública, a la cual, ante su sorpresa, Marión fue invitada especialmente, sin que sus disculpas fueran aceptadas. Allí fue autorizada a tomar las primeras fotografías que se conozcan de este tipo de ejecuciones. A continuación fue trasladada a un centro de rehabilitación para adolescentes, mientras se hacían los contactos pertinentes con la embajada de Chile. Pero una noche, cuando todas las niñas fueron obligadas a presentarse en pijama ante dos turistas franceses, Marión comprendió que se hallaba en un burdel.

Aunque en un comienzo tuvo miedo, pasadas algunas semanas comenzó a tener compasión de los seres que la visitaban. “Un viejo profesor, por ejemplo, se contenta con morderme los dedos de los pies, luego de haberme arrancado las medias con los dientes; una azafata belga, en cambio, me pidió que le lamiera los pezones imitando el llanto de un bebé, luego de habérselos cubierto con una capa de miel”.

Marión soportaba esas vejaciones con la misma integridad con la cual aceptó que yo la introdujera dentro del submarino: asintiendo, pero sin dar jamás motivos para que alguien disfrutara de su dolor o de su miedo. Escribiendo cada noche en los trozos de papel que podía conseguir, logró exorcizar el fantasma de la locura, llegando siempre a la misma conclusión: “Es aquí, y no en otro lugar, donde tengo que estar. Pasaré yo, y va a pasar también este momento”.

Aprovechando que era la más despierta, la única de las muchachitas que aún tenía algo de brillo en los ojos, los gestores de la casa la destinaron a salir de paseo con los clientes más exclusivos. Fue así que una noche, luego de inmovilizar a un músico japonés con su propia corbata, Marión logró recuperar su libertad.

“Corrí por las calles como si me encontrara dentro de un laberinto. Por fin podría escapar ¿Pero hacia dónde?”

En las afueras de Bangkok encontró un camionero que se dirigía hacia el este. Marión le preguntó si podía sacarla para siempre de ese lugar y el conductor aceptó de buena gana, para luego aprovecharse de ella en la cabina del camión, en cada parada que hacía. Cuando llegaron a China, le abrió la puerta con una sonrisa paternal, le acarició la cabeza y se marchó como si nada.

Allá, luego de desmayarse en frente de un mercado, Marión fue recogida por un viejo llamado Ho Shu Mei, bajo cuya foto escribió: “el último calígrafo de Taipei, que me alimentó y me enseñó a escribir con tinta china”. Arte que Marión aprendió muy bien, a juzgar por las últimas palabras que me escribió, adornadas por hermosos caligramas:

Toda la furia del mundo ha pasado sobre nosotros y es tiempo de que nos rindamos. Ojalá que logres perdonarme tal como yo lo he hecho. Buena suerte en todo. Si mis cálculos no fallan, recibirás este sobre dos días antes de que parta a Hjemslev. Me mantendré en contacto. Lo prometo.

Saludos
Marión


En efecto, dos semanas después me mandó una postal desde Hjemslev, en Finlandia, donde estaba realizando unas fotografías a unos cazadores de focas. Luego me mandó otra desde Goburg, donde le habían ofrecido un trabajo para documentar la restauración de la catedral. Y luego otra desde Saintes Maries de la Mer, desde Bologna, desde Belfast, Sagres, Ljubiana, Tarkev y Salamanca. “Que bien se come aquí” me escribe desde Soros, y en la última, que llegó hace poco más de un mes, “como te gustarían las polacas”.




© Leonardo Boscarin (Derechos reservados. Ver Aviso Legal).

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