Leonardo Videla

De La Siega, la enciclopedia libre.




De La Economía de los muertos.


ODIO A LAS MUJERES

Odio a las mujeres, y por eso se me cuela el ”ella” de vez en cuando.

Las odio porque desde chico me pareció injusto que a ellas sólo se les exigiera un alma,
            y para mí, en cambio, tener un alma no era suficiente.
Tienes que cultivarla, decía mi papá, prepararla para el olvido
            que todos tus años de práctica y estoicismo no bastarán para mantener a raya.
Y después de esa lección me iba a la piscina con mi hermana y mis primas
            para mostrarles bajo el agua cuánto había aprendido del alma

—pero si era invierno le pedía a Paulina, la menor, que apagara la luz
            porque sólo en la oscuridad crecía el alma, le decía, y mientras
estiraba su mano para saber si yo no le mentía,
            las mayores la alentaban y le juraban que el único
pecado original era la caída del género humano
            en la expresión lata, racional y formulista del poema-tipo-ensayo
y que según Bachofen más les dolería a las mujeres en la medida
            que defrauda la lengua de intuición que se les había prometido.

Y aunque pensé muchas horas sobre la lengua de intuición, aunque leí
            todos sus libros a la caza de un misreading renovador,
nunca entendí bien que estarían diciendo, o si el alma fue el misreading, o si el tema
            no era más que la música orquestal en la antesala de sus cuerpos, esperando
mi hora para que la dentista apoyara el taladro sobre la muela cariada y a punto de caer,
            y la salvara.

Y aunque nunca las entendí, esta idea
            me embriagó como una gran revolución política;
y cuando estaba a punto de imaginarme a los niños con sus almas
            colgándoles de la nariz, y a sus padres y a sus madres y al profesor
hablándoles como a aprendices de ruiseñor,
            ¡plaf!, sonaron las sirenas, sentí la pedrada, se me cayeron las muelas,
y en las noticias las vi haciendo el canto
            cósmico desde el sofá del ministerio,
y en dos palabras tuve miedo.

Las odio porque me embaucaron, a mí, que en un tiempo voté por ellas.










            Además que siempre habíamos aspirado a vivir sobre tu escritorio, entre tus cosas más queridas. Pero llegado el momento, llenos de fidelidades mal entendidas, declinamos ese privilegio, argumentando que era lícito esperar que la modernidad, vuelta tradición, pudiera fundar otra nostalgia y que por lo tanto no era necesario que alguien

                        1-coleccionara nuestros papeles,
                        2-los estirara,
                        3-los ordenara por autor
                        4-y los dejara en el primer cajón,
                                    listos para mañana a las 8,
                        cuando el sol destelle sobre nuestros rostros.


Luego no nos quedó ni el tiempo para una crítica.
Llámalo carisma o como quieras, porque es divertido
que precisamente en tu boca estos nombres
a esta altura no signifiquen demasiado.
Me refiero a que por entonces siempre estaba el alguien
al otro lado, no como el interlocutor ideal que te decía,
pero al menos quedaba la puerta abierta para soltar el lápiz
e irse a hablar de nada. Precisamente
de lo que carece el poema ése que empieza
                                    “hay 15
                        tipos de mujeres etc etc etc”.
Yo diría que como germinación en las estepas,
y esto sólo para aclarar
que me costaba releerlo y celebrarlo
apenas quedaba fechado con un lápiz de verdad.










Quién sabe. El ejemplo que puse antes no es tan bueno
porque podría generalizarse con mucha liviandad.
Pero el tema de la falta de tema vino a preocuparnos desde lejos
como una noticia sin mucho sentido todavía, pero acuciante,
que nos mantiene al borde del sofá esperando
a que su sentido se haga evidente.
Mientras tanto hablar de ti y nada más, contigo,
sin pensar siquiera en la palabra desencanto.
                                    Porque parece que el desencanto no existe.
                                    Porque si existiera
habría que asumir lo mismo de su contrario,
en un mundo aparte y regulado según la ley del mejor postor.
Y preguntarte (ponte tú) el nombre,
o si en serio te interesa este deporte o si no por qué
te vestiste como yo.
O si es chiste y el alguien
siempre estuvo cerca, desde que salimos
del camarín hasta ahora que es el entretiempo
y el pasto crece demasiado rápido y seguro◊
diferirá las palabras apropiadas hasta el segundo tiempo,
cuando el flash desde las butacas nos deslumbre.






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