Lina Meruane

De La Siega, la enciclopedia libre.

Fruta Podrida

Fragmento de la segunda parte de la novela que aparecerá en Noviembre con el Fondo de Cultura Economica.


En medio de los frutales, el gran Galpón techado de zinc.

Otra vez a ese lugar se dirige mi hermana, otra vez tras desembuchar el desayuno y también el almuerzo. Balanceándose se aleja, y agarrándose la panza a ganarse el fruto nuestro de cada día.

La Mayor desaparece tras la alambrada del Galpón. Los perros la saludan a ladridos.

Sobre su escritorio suena un teléfono y ella alcanza el auricular: al otro lado de la línea la voz del Ingeniero le da los buenos días. Llamaba para asegurarse de que llegó temprano y sin contratiempos. Los teletipos han informado de la nueva plaga. ¿Ya se había enterado? Hay campos enteros por el suelo.

La Mayor se remueve en su silla, se le contrae la panza. Esta es una emergencia que podría acabar con la fruta. Y con los tractores y sus operarios. Con las temporeras al menos una temporada: ellas están siempre en la cuerda floja. Su puesto de trabajo y la Empresa completa estarán en riesgo si las acciones en la Bolsa se derrumban.

La Mayor contesta a todo con su sí Señor, claro Señor, por supuesto. Y en cuanto el Señor Ingeniero pone el punto final al informe matutino, ella se seca la frente con un trozo de papel. Soplándose las mechas alcanza la última edición del pesado manual. Su dedo ensalivado va buscando la página, saltándose las letras; bajando por la EME sus ojos encuentran la pena capital en el listado de las pestes.

MOSCA DE LA FRUTA, drosophila melanogaster.

Mosca africana más pequeña que la doméstica. Más fértil. Más estilizada. Su cabeza más chica que la de un fósforo. La Mayor no sabe nada sobre esta diminuta pero peligrosa plaga. Este insecto se alimenta de la pulpa acelerando su oxidación y manchando la cáscara. Inserta sus larvas dentro de manzanas, ciruelas, uvas que la nutren. Y ahí crecen sus criaturas mientras van pudriendo la fruta, para abandonarla luego, y reiniciar el ataque.

En los frutos de pepa viajan, exclama, ¡malditas moscas cosmopolitas!: en nuestra mercancía de exportación y en el postre de los turistas. Pero la voladora tiene puntos vulnerables y la Mayor clava ahí sus alfileres: investiga qué método será más eficiente, si las pegajosas trampas con incentivos sexuales, si la esterilización total de los machos, si las poderosas mezclas de veneno almacenado en su subterráneo.

La Mayor toma nota, cierra su manual de golpe. Regará el campo de pesticida, aniquilará a la mosca. A cómo dé lugar va a deshacerse de ella, se dice triunfal a medida que desciende por los escalones, con cuidado, deteniéndose cada tres, cada cinco peldaños para recuperar el aliento.

Le pesa la cabeza, pero más el cuerpo.

Avanza con pasos cortos pero firmes, cubriéndose la nariz para no marearse con el olor penetrante de la fruta que satura el aire del Galpón; la Mayor en su uniforme camuflándose entre cientos de temporeras de gris, temporeras enguantadas y también enmascaradas que van colocando una manzana y después otra, un racimo tras otro, en bandejas de cartón. Es una épica hormiguera la laboriosa y extenuante faena de las temporeras, piensa mi extenuada hermana dejándolas atrás, dando un paso y después otro hasta que ese verdoso espectro que es la Mayor se materializa en el subterráneo y recobra el color. Respira hondo.

Ha llegado ante la desdibujada calavera a tiza, ante la puerta con candado. Pero la cancerbera tiene las llaves a mano. El asistente las toma de su mano y le abre.

Dentro se pasea entre los tambores que almacenan la desolación en estado líquido.

La Mayor va leyendo las etiquetas de los químicos que aniquilarán las futuras y presentes plagas. Los hongos de los troncos. Las malezas que estrangulan las raíces de los árboles. Los guarenes nadadores de los canales de regadío. Todos deben ser destruidos por ella para que la fruta engorde, para que los duraznos peludos y pelados, y también los damascos crezcan perfectos, para que apenas amarilleando en la rama cada una de las frutas sea arrebatada de su ciclo, manoseada, interrumpida su maduración, transportada a los galpones, medida, pesada, desinfectada, verificada en un exhaustivo control de calidad, envuelta en papel por la fría caricia de látex de las temporeras. Desde su ventana la Mayor incluso vigila que la fruta sea correctamente colocada en los cajones de madera y vaya avanzando por la cinta hasta que la cosecha desabrida se pierda en los enormes contenedores que también desaparecerán cuando se cierren las compuertas de los camiones. Viajarán a baja temperatura, le generarán beneficios a la compañía exportadora. Y atrás quedará sólo la fruta caída, la fruta picada por los pájaros o mordida hasta el hueso por implacables gusanos.

Pero eso será después.

En este instante crucial la Mayor se esmera: manda abrir los grandes tambores y lanza lejos la prescrita mascarilla. Arremangándose el uniforme, revuelve con su vara de madera los sedimentos químicos apozados en el fondo. El remolino despliega sus tóxicos olores mientras la Mayor cierra los ojos y se vuelve toda nariz, toda ella una enorme y sensible nariz que aspira para cerciorarse de que las etiquetas correspondan al contenido de los tambores. Su absorbente órgano (el verdadero cerebro de mi hermana) se expande, se hincha de sangre, y minutos más tarde se encoge, analiza, decide cuántos cucharones de este recipiente y de ese otro serán necesarios para la pócima.

Ya, dice la voz repentinamente gangosa de la Mayor, que se levanta con un dedo la punta de la nariz exhibiendo el oscuro interior. Sus ayudantes cierran nerviosamente los tambores, limpian y guardan los cucharones sin mirarla a los ojos, sólo oyendo esa voz profunda que da las últimas instrucciones.


Ya, dice, en cuanto franquea nuestra puerta con su llavero todavía entre los dedos; ya volví, anuncia levantando un poco su tono nasal por sobre la voz sin cuerpo de la radio encendida sobre la mesa. Levanto los ojos del cuaderno y la miro, la examino: mi hermana trae la nariz inflamada por el trabajo. Su garganta irritada por los venenos.

Se detiene en el medio de la sala y olfatea, husmea desconcertada.

Se dirige a mi boca: que la abra de inmediato. Que saque bien la lengua y le dé el aliento. Su nariz se me mete dentro, rastrea los vestigios adosados a mis encías. Y no hay cómo engañarla: de nada ha valido que me escobillara con fuerza los dientes, que me enjuagara e hiciera gárgaras.

Da un paso atrás, indignada.

Golpea con el puño la mesa.

Apestas a mermelada. A pan con mucha mantequilla y demasiada mermelada. ¿Crees que me engañas porque estás en los huesos? ¿Crees que no sé que toda esa azúcar te desnutre, que acorta tus posibilidades y apura tu muerte? ¡Estás malgastando mi trabajo!

Y mi hermana se desploma sobre la silla, rendida, con los brazos desmayados. No sé si llora de rabia, de tristeza, o simplemente de cansancio. Yo no me canso de sus ojos repentinamente oscuros, de su respiración agitada, tengo una energía infinita para la resistencia y la desidia. Esa hermana que se moja los labios con la punta de la lengua y suspira no contempla la posibilidad de que me niegue a sus cuidados, que me niegue a la inmortalidad, que prefiera una libertad de corto plazo.

La libertad de los suicidas, dice María poniéndose seria.

El ocio improductivo de los indolentes, dice como si estuviera leyendo en voz alta alguna página de la enciclopedia que decora su oficina.

Se ha vuelto más irascible y rotunda con los años, más impaciente, más obsesiva con la vigilancia y las horas de trabajo. La Mayor hace chirriar sus muelas cuando duerme.

En qué momento acepté hacerme cargo, murmura cuando sabe que la oigo.

En qué momento, y para qué todo este trabajo por salvar vidas.

No me dejaré vencer por ti ni por nadie, ¿me oyes, Zoila?


Los médicos le aseguran a María que mi desobediencia es provocada por un gen hereditario. La desobediencia es otra enfermedad congénita, también irremediable. Se lo confirman en el hospital cuando me lleva para quejarse: los camilleros lo dicen, las asistentas sociales lo repiten, el Enfermero asiente con la cabeza y sonríe dándole la razón a toda la junta de médicos: los locales y los visitantes. El Director General revisa sus libros con sus ojos hundidos en los lentes y hace pasar a los especialistas que acaban de llegar con sus maletines de cuero y sus enormes maletas llenas de materiales desechados en el hospital del Norte. Estos médicos son de diversos países pero todos hablan una misma lengua: el idioma del corte y la confección donde la intrincada dicción parece coser las palabras con un solo hilo que yo no sé desenredar del todo. Entre ellos, en esa lengua de distintos acentos, discuten mi caso. Y todos asienten mientras el Cirujano General nos traduce: ningún científico ha aislado todavía el factor causante de mi mal y de mi indisciplina, nadie trae informes positivos del procedimiento quirúrgico prometido: el transplante de páncreas ha sido descartado y ahora se está estudiando la posibilidad de injertar sólo un pedazo, el islote donde anidan las células productoras de insulina, o incluso aislar y transplantar simplemente las células por separado. Pero es todo muy complicado y difícil todavía, habrá que seguir esperando… Esperando y colaborando cada uno a su modo con la medicina, enfatiza el Médico fijando sus ojos grises en mi hermana. No dice nada sobre las impredecibles marejadas de las hormonas sexuales femeninas que aparecen con el desarrollo y empeoran la situación, no dicen una sola palabra sobre nuevas tecnologías que podrían facilitar mi cuidado. Da por hecho que yo no tengo remedio, y eso me consuela.

Sólo quiero que las visitas al hospital se terminen, que esta obsesión se acabe: que me dejen de verdad tranquila.


Cualquier tarde reconozco el sobre azul de los exámenes bajo la puerta. Viene del laboratorio, sellado, pero sé que revela las altas cifras de azúcar en mi sangre. Mi cuerpo es una fruta ya madura: pese a la delgadez que provoca mi extrema dulzura, estoy aumentando bajo la ropa, me redondeo por todos lados. Está creciéndome pelo en lugares inesperados y de mí ahora surgen líquidos extraños.

No soy, nunca seré, la hermana desabrida y perfecta que la Mayor quisiera. Escucho sus pasos en la entrada.

Ya estoy bajo las sábanas cuando ella entra: hinchada, malhumorada, cargando sus dolores en la espalda (la mosca de la fruta zumba en su cabeza).

La luz se enciende.

El tiempo parece detenido dentro de sus pulmones hasta que rasga el sobre y su mano se apoya sobre la silla. Profundas arrugas se dibujan entre sus cejas. Sé que una rabia instantánea le incendia la cara. Su mechón le cae lacio sobre la frente mientras prepara la comida. Pero no me llama. Yo espero que diga algo pero no dice nada. Acuesta los cubiertos sobre su plato vacío y sólo entonces se acerca hasta la puerta de mi pieza. Deja caer la hoja del laboratorio sobre mi cama.

Zoila, dice su voz amarga.

María, contesta la mía con la misma fuerza.

Eso es todo, esta noche. Este diálogo esquelético es suficiente para marcar la distancia entre nosotras. Mi hermana y yo vivimos en trincheras opuestas de este campo de infinita producción y reproducción. Ella concentra sus esfuerzos en el plan aéreo contra la peste; yo intento boicotearla. Industriosamente ella siembra, fertiliza, pare y negocia; yo empiezo a planear el modo de desarticular toda su empresa. Se ha empeñado en mandar fruta sana a la empresa importadora dirigida en el Norte por mi Padre, y yo imagino que me infiltro, gangrenada, en esa tierra suya siempre prometida.

Zoila, repite mi hermana: su Zoila se estrella como un pájaro incauto en la ventana.

María, contesto yo sin inmutarme.

Zoila, ¿por qué me estás haciendo esto?

Y yo sonrío en silencio, me río de ella a carcajadas, en la oscuridad.


En su voz, indignada, mal dormida, exhausta, apenas resignada pero ya casi indiferente, hay un sonido a monedas desperdiciadas. ¿Qué va a decirle a mi Padre si algo me sucede? ¿Cómo va a justificar su fracaso ante la mosca? ¿Cómo va a explicarle que ha fracasado en mi cuidado?

La Mayor vive aterrada de no poder rendir cuentas ante sus superiores: sea el Médico y su junta extranjera, sea el Ingeniero en su oficina, sea mi Padre en el otro continente. La Mayor duda: ¿y si sus planes no funcionan? ¿Si fallan sus cálculos? ¿Qué hará si yo no alcanzo a llegar en condiciones al transplante o si algo sale mal con su donación de criaturas? ¿Le alcanzaría todo ese dinero ahorrado para salvarse, para largarse a un lugar apartado, lejos de todo este tierral, de sus moscas y de sus inminentes tragedias? Porque ese el problema más urgente, ahora, la mosca africana que en su desplazamiento pudiera haber mutado, afilado las mandíbulas, generado resistencia a los pesticidas e inoculado sus larvas en la cosecha sin que ella se diera cuenta...

Ay de mí si los supermercados devuelven la fruta.

Ay de mis negocios, de mi destino, ay…

Ahora se pasea por la casa hablando sola, repitiendo una y otra vez su desasosiego en una letanía. Cajones de fruta gangrenada por la mosca… Cajones a la basura… ¡Cajones y más cajones de mercancía podrida! No nos quedaría más que repartir la mala cosecha, entre los trabajadores del puerto, entre los camioneros, entre las temporeras, entre los peones que ralean un porcentaje de la fruta para que la demás crezca más grande… Maldita mosca, murmura, encerrándose en el baño; habrá que repartir toda esa fruta dañada entre los muertos de hambre, porque a ésos todo les sirve, no le hacen asco a nada… ¿Pero, y yo?, ¿qué haré yo?, se pregunta mirándose al espejo, yo, yo, arrancándose con la pinza un pelo largo que despunta en su nariz, ay yo, yo, que haré, dice, con la voz en un ay.

Creo que va a callarse, pero no, va retrocediendo desde el inquietante presente de la peste hacia el pasado, hacia la silenciada hambre de su infancia, a la vergüenza de los vestidos viejos y los calcetines rotos en la escuela, hacia sus frustrados planes de estudiar medicina en una gran Universidad y de ganar dinero, porque yo nunca lo tuve, porque en el campo nuestra madre no ganaba un peso, no hubo un centavo hasta que se dejó caer el importador extranjero que te engendró, y entonces sí, sisea mi hermana ante el espejo, entonces sí tuve al menos un aval para sacar mi título en la escuela nocturna, en la más prestigiosa de toda ciudad, ¿y el diploma?, ¿dónde puse el maldito diploma?, acá está, dice olvidándose de mí, sí Señor, ¿lo ve?, con sus grandes letras góticas y firmado por el Rector, por supuesto tendría que enmarcarlo, colgarlo en la pared, acá, qué bien se ve en la oficina Señor ¿no le parece?, colgarlo orgullosa de todo el esfuerzo económico y de la deuda con el extranjero…, deuda que de por vida, mientras viva Zoila, seguiré pagando, pagando además todo ese dinero que le pedí por adelantado para poner la casa, los muebles de la sala, la radio a casetes y la aspiradora y el refrigerador blanco, sí, no íbamos a tener menos que las temporeras o que mi propia madre...

María se queda pensando acariciándose el ombligo levantado. Se huele el dedo, y Señor, ha sido difícil, ha habido que solventar los desafíos domésticos con algún otro dinero que me cae… anualmente…, dice María poniéndose un poco colorada ante el espejo mientras se masajea la cintura. Ay, ese dinero que era para el transplante pero ya no será, no creo que sea así como van las cosas, pero quedará para la nueva casa, la de cemento que algún día voy a comprarme, por supuesto Señor, precisamente, ya lo tengo calculado, una casa de ladrillos y cemento, con un flamante refrigerador importado, de dos puertas, de esos que hacen cubos de hielos y que no necesitan ser descongelados, y un televisor a colores porque no, no es lo mismo ver películas en blanco y negro. Cueste lo que cueste, sí, aunque me salga un ojo de la cara y la mitad del otro, ay, ya lo sé Señor, y sonríe. Y así se queda, un momento mirándose sin saber que yo la espío, hasta que empiezan a desencadenarse los relojes, y mi hermana vuelve a activarse, retoma el hilo de sus preocupaciones contingentes.

Maldita mosca africana, susurra abriéndose el uniforme, desnudando sus pesados pezones inflamados mientras mis ojos observan que un pezón es puntiagudo y el otro es más grueso, más oscuro, cubierto de granos; maldita mosca del África, repite sentándose en la taza y meando un largo chorro. ¿Serán africanas todas las pestes del mundo?, suspira, y se limpia de adelante atrás antes de subirse el cierre. Habría que acabar con África, dice, a nadie le hace falta ese continente.

Mi hermana abre uno de sus frascos y se traga su tableta de calcio. Después se traga un montón de vitaminas sin agua. Tiene que haber un modo de resolver esto, cuanto antes, dice mi hermana con la boca seca. Esa es mi responsabilidad, yo decido cuánto de este pesticida y cuánto del otro en los aviones y en el aire, yo soy quien mueve con las dos manos, con hasta el último músculo de la espalda, la pesada maquinaria del campo; la que da trabajo soy, y la que provee los supermercados al otro lado del océano, en todos los continentes. En estas manos recae toda la responsabilidad económica y moral; en estas manos, en cada dedo y cada falange… No puedo fallar, murmura María y por fin tira la cadena.




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