Literatura femenina

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Por Teresa Dovalpage



A Odette Alonso


Durante años viví encerrada en un mundo falsísimo, de tinta y de papel. Un universo mentiroso, de carátulas con colores vivos como los de los cuentos infantiles. Y finales felices, casi siempre. O al menos, sentimentales y esperanzadores. Oh.

Sí, hasta hace cinco días estaba convencida de que la llamada “literatura femenina” era el mejor tipo de ficción que se había escrito desde que Virginia Woolf dijo aquello del cuarto propio. Muy firmemente creía yo que las mujeres estábamos bien encaminadas, que ya teníamos un cuartico, o un ático en el peor de los casos. “Femíneo nido iluminado por las fulguraciones del cromosoma X en unión solidaria”, escribí en un poema tan cutre que hasta me da ahora ganas de vomitar.

Todo fue muy sencillo, nenas, pero habría podido ser complicado. Por complicado se entiende que ahora podría estar yo ahora en la cárcel y con un par de muertos encima. Y sin embargo estoy aquí. Sentada tranquilamente a la mesa de un Starbucks y tomándome un espresso doble con mis dos amigas del alma. Un cuadro típico de la literatura femenina, específicamente de la llamada chica lit.

La verdad por delante (que la mentira viene corriendo atrás, como decía mi abuela): la “literatura femenina”, así, entre comillas, tiene un montón de detractores. Y de defensores también, se entiende. Pero no se asusten. No me voy a poner a explicarles qué diablos es la ginocrítica de Elaine Showalter porque capaz que ustedes se levanten y me dejen con la palabra en la boca, mi espresso en la mano y el cuento que les quiero hacer en un bolsillo. A fin de cuentas, no vinimos aquí a hablar de teorías literarias, sino a desayunar. Y a compartir un chisme, o una historia de amor venida a menos. Ya ustedes me dirán.

El chisme es de tarros pegaos, desde luego, de cuernos pintados con más colores que el arco iris. Porque ya las dos saben que boté al Zángano. Sí, queridísimas. Lo mandé de vuelta a Miami con una patada por el trasero. Todavía debe de estar volando. Pero para saber cómo fue la cosa, y qué tienen que ver los cuernos con la literatura femenina, se necesita una introducción. Así que óiganme.

Calma, Yalexia. Ya sé que tú también tienes problemas, que viniste a descargar penas porque tu maridiño te botó. Mujer, bastante aguante tuvo. Hablando de tarros, los que le pegaste al pobre Sean lo hacían parecer un alce siberiano, pero con un poquito más de cornamenta. Ahora querrás que nosotras te ayudemos a resolver el brete. No faltaba más, cuenta con nuestra ayuda. Porque para eso estamos las amigas. Para apoyarnos (y agallinarnos, según suele decir Raquelita, aquí presente) las unas a las otras.

Por supuesto que tu situación es más desesperada que la mía, Yalexia. Lo cierto es que yo estoy encantada por haberme librado de un peso muerto. Al Zángano no le pusimos (bueno, le puso Raquelita, siempre tan imaginativa con eso de los nombres) el Zángano por gusto. Se lo pusimos porque desde que llegó de Cuba no ha trabajado más que los siete meses que mediaron entre el día feliz de su llegada a la Florida y el día infeliz (para mí, claro) en que nos conocimos. A partir de aquel nueve de enero el muy fresco se dijo “aquí me cayó el maná” y no volvió a mover un dedo.

Fue culpa mía. De nuevo cito a Raquelita: “A los hombres, si les enseñas mucho el culo, te dan la patada por el mero centro del mismo”. ¿No es así, azteca? Y yo no te hice caso. ¿Sabes por qué? Dice un viejo refrán que dos tetas halan más que una carreta. Pero ése es un refrán sumamente sexista. Pues ¿quién se ha puesto a analizar el tiro de un par de cojones y de una picha bien parada?

Raquelita, resultaste profeta. Al llegar a Albuquerque, cuando el Zángano vio una casa puesta y mujer con trabajo —ésa soy yo— decidió que iba a tomarse un tiempito a fin de descubrir su verdadera vocación y encontrarse a sí mismo. Parece que estaba muy perdido el pobre, porque en los meses que pasamos juntos no encontró ni a su sombra. Lo que sí encontró fue un gimnasio Gold, en el que solía pasarse de tres a cuatro horas todos los días, levantando pesas y echando músculo. “Todo esto es pa’ ti, mami”, me aseguraba el descarado, golpeándose los pectorales. “Pa’ que lo goces tú solita.”

Mientras tanto, una servidora no tenía mucho tiempo para gozar. Seguía trabajando a tiempo completo y estudiando para acabar el doctorado. Y hasta cocinando. Porque hay dos cosas que el Zángano no soporta: una es cocinar y la otra es que le toquen las nalguitas. A lo mejor trabajar es la tercera, que por sabida se calla. La zanganería es parte de su identidad.


Por cierto, ¿saben que la identidad femenina se construye con el apoyo de las amistades, en la literatura light? Los personajes son por lo general mujeres que se reúnen, como nosotras, una vez por semana (consultar El club de las chicas temerarias, de Alisa Valdez Rodríguez o Lo que una chica quiere, de Liz Maverick) para intercambiar chismes y tomar un café. O que deciden pasar un tiempo juntas (El albergue de las mujeres tristes, de Marcela Serrano) para lamerse las heridas y descubrir otra ruta a seguir.

Marcela Serrano... yo adoro a esa chilena. O la adoraba. Ahora, no sé. Mi tesis de doctorado se llama Mujeres de Marcela. Trata sobre la dependencia entre los personajes femeninos de El albergue..., en el ambiente cerrado de la isla de Chiloe. Y sobre la amistad, firme como las araucarias, de Blanca, Sofía y Victoria en Para que no me olvides. Analizo la forma en que estas mujeres encuentran, en el reflejo y con el auxilio de las amigas, su propia identidad.

Es una injusticia, pensaba yo, que a ese tipo de novelas la llamen literatura light, chica lit, historias para amas de casa y un montón de majaderías. Sólo porque casi siempre tienen un final feliz, o cuando se muere alguien —como Blanca en Para que no me olvides— es porque ya no queda más remedio. Por eso decidí ir a aquella conferencia de la Asociación de Lenguas Modernas en Chicago la semana pasada. Para defender a la mal llamada, en mi concepto, literatura light.

Yalexia, paciencia. No me estoy explayando en boberías académicas. Estoy tratando de hacer coherente mi historia. Pide un latte y tómatelo, haz el favor, para que te tranquilices. ¿Que no tienes dinero? Bueno, hija, ahora que Sean te puso de patitas en la calle, tendrás que empezar a ganártelo por tus medios. No, trabajar no mata a nadie, te lo digo por experiencia. Yo lo hago desde que cumplí dieciocho años y estoy viva y coleando. Pero tú... desde que saliste de Cuba no volviste a mover un dedo. Igual que el Zángano.

Ahora que me doy cuenta, ustedes se parecen bastante... Incluso en el nombre, que el de los dos empieza con y: Yalexia y Yoanel. Por eso les llaman a ustedes “la generación y”. Deberían llamarles “la generación jota”, porque salieron más jodidos que el cará.

Vaya, aquí tienes un latte grande. No me des las gracias, para eso somos amigas. Y tampoco te ofendas por mi franqueza. Si no te estoy diciendo mantenida ni haragana. ¿Verdad, Raquelita, que Yalexia no es nada de eso? Además, es mi compatriota. Bueno, yo nací en Miami, pero de padres cubanos. Y Yalexia, como el Zángano, es del mismo corazón de Centro Habana. No sé cómo te sientas tú, Raquelita, una hija de Morelia en medio de tanta cubanidad alborotada. Como cucaracha en baile de gallinas, supongo.

Yalexia, ya sé que la gente dice que si tú fuiste jinetera allá en Cuba, que si tuviste un montón de querindangos extranjeros antes de atrapar a Sean... Lo mismo que el Zángano, que hay quien lo acusó de pinguero y de que se iba a casar conmigo para que le pagara las cuentas. “¿Así que te buscaste una vieja rica?”, le oí decir a un socio suyo, una noche en que nos fuimos de pachanga a una discoteca de la Calle Ocho. Pero como yo no me considero vieja, aunque sea cinco años mayor que él, ni mucho menos rica —ojalá—, pues no me di por aludida.

Pero después me puse a analizar. Para alguien que venga de Cuba, un americano de clase media es rico. Lo mismo pasa contigo y Sean, Yalexia, ¿no? Por cierto, también él es mayor que tú. ¿Cuánto te lleva, doce años? Pero cuando el hombre es el más viejo, nadie dice ni ji… Bueno, a lo que iba: a que tú y el Zángano tienen algunas cosas en común. Los dos son nacidos en Cuba, jóvenes, parranderos y están peleados a muerte con el trabajo físico. Por eso me extrañaba que no se pudieran ver ni en pintura. Él decía que te detestaba. Y tú tampoco parecías soportarlo, ¿verdad?

Vuelvo a mi historia. Gracias por llamarme al orden, Raquelita. El sábado pasado estaba yo en el aeropuerto a las siete y media de la mañana, esperando el avión de Chicago para participar en la dichosa conferencia sobre literatura light. Iba armada como quien va a la guerra, con una batería de argumentos nucleares para demostrar que de ligera y simple, esa literatura no tiene nada. Que es real como la vida misma, y contada en la voz chispeante y a la vez sibilina de la mujer.

A las ocho anunciaron que el vuelo saldría con retraso. Fui a preguntar y me dijeron que, con suerte, volaríamos a las diez y cuarenta. Y yo que ni había desayunado, no fuera a perder el avión. Luego, la comida de los aeropuertos, además de cara, es malísima.

Me senté en un banquito. Respiré cinco veces por la boca. Traté de relajarme y busqué mi ponencia para leerla una vez más, a ver si se me ocurría alguna buena idea que agregarle. Me interesaba especialmente el personaje de Blanca, la rubita pituca de Para que no me olvides. ¿Por qué no se rebelaba? ¿Por qué aguantaba la indiferencia del marido, las malacrianzas del hijo, los entrometimientos de la hermana y hasta la impotencia del amante? Oye, porque tener un querido al que no se le sube la bandera en el asta... ¡Por favor!


Hablando de astas y banderas, la del Zángano había empezado a tener problemas también. Últimamente no se le paraba ni aunque le tocasen el himno nacional en son de diana. ¡Y a los treinta y un años nada menos! Quiso que le comprara Viagra pero ahí me planté y le dije que no, con lo caras que son esas pastillitas. El asunto me molestaba un poco, pues pensaba que a lo mejor yo... vaya... no le gustaba mucho, ¿entienden?

Pero él juraba que se moría por mí. Que su problema era que en Cuba no había carne y él nunca se alimentó bien. (Claro que si eso fuera cierto, todos los vegetarianos serían entonces impotentes.) Mientras tanto yo, para consolarme, me entretenía analizando la personalidad de Blanca y escribiendo sandeces sobre la debilidad psicológica y la baja autoestima del personaje... No hay peor ciego que el que no quiere ver.

Raquelita, no me mires tú con esos ojazos. Ya sé que me advertiste que tuviera cuidado con el Zángano. Me duele decírtelo ahora pero sí, amiga mía, tenías la boca llena de razón. Y menos mal que no llegamos a casarnos. Si no, quién quita que hoy estuviera yo pagándole pensión de divorciado. Quién quita. Por él no iba a quedar.


Yalexia, deja la cuchara tranquila. Vas a romper el vaso y se te va a ensuciar el traje Prada. ¿No es Prada? Ah, de Versace. Bueno, yo no entiendo de marcas. No todo el mundo se puede dar el lujo de comprar ropa de diseñadores. Dichosa tú. Y no te quejes tanto; bastante tiempo te duró la dulce vida al lado de Sean…

Ya, ya sigo. Ay, mujeres, qué chismosotas son. Empecé a registrar mi cartera buscando la ponencia, hasta que me di cuenta de que la había dejado olvidada en la mesa del comedor. En realidad no hubiera sido un problema tan grave porque casi me sé de memoria lo que dice, como que está tomada de mi tesis. Pero tenía más de dos horas frente a mí. Horas más vacías que mi panza, que ya me empezaba a sonar. Y se me ocurrió regresar a casa, recoger el manuscrito, comer algo y volver.

¿Que por qué no le pedí al Zángano que me llevara la ponencia al aeropuerto? Pues porque todavía no tiene licencia de conducción. La última vez que sacó el carro se fue derecho contra un poste de luz y me hizo trizas uno de los espejos laterales. Y luego, ¿qué tal si se aparecía con un papel equivocado? Él de literatura no entiende mucho. Ni de nada. En Cuba era ingeniero agrónomo, según dice. Pero aquí no puede ejercer porque no le dejaron llevarse el título de su país. ¿En Cuba no le dan el diploma a la gente en cuanto se gradúa, Yalexia? Ah, verdad, que tú no fuiste a la universidad...

Tampoco lo llamé para avisarle que iba a regresar porque el señorito se levanta tardísimo. No contesta el teléfono antes de las once de la mañana ni aunque la llamada sea del espíritu santo. Es que se queda viendo el show de David Letterman hasta las doce, “para practicar el inglés”. No se atreve a buscar trabajo hasta hablarlo bien, dice que para no pasar vergüenza. Como si él supiera lo que es vergüenza. Ja.

En fin, que salí del aeropuerto y enfilé para la autopista. Sí, esto fue el sábado pasado, cerca de las nueve de la mañana. Quédate tranquila, Yalexia. Vaya, ya tiraste el vaso al suelo. ¿No te dije que te ibas a manchar el vestido? Ahí tienes.

Pero ¿adónde se ha ido esta mujer tan rápido? ¿Al baño? Con ese traje tan fino es mejor que no intente quitarle la mancha con agua. Vale más que lo lleve a la tintorería enseguida porque si no…

No, Raquelita, no puedo seguir. Vamos a esperar por Yalexia. Éste es un chisme para compartirlo entre amigas. Y eso somos nosotras: las tres mosqueteras. ¿Sabes algo que critican mucho de la literatura femenina? Pues que idealiza las relaciones entre mujeres. Fíjate, en casi ninguna novela light aparecen dos amigas peleándose. Discutiendo sí, pero siempre terminan reconciliándose con lágrimas y promesas de estar al pie del cañón una para la otra cuando se necesite. Y la que es vanidosa o tonta, al final recapacita. Y la golpeada decide dejar al marido abusador. Y la holgazana, buscarse un trabajo.

Sí, eso es lo que tendrá que hacer Yalexia ahora. Porque Sean no va a pasarle ni un centavo. Pobre hombre. Mira que zumbarse a Cuba para ir de pesquería a la Marina Hemingway, pasarse un mes allí y regresar con esta mujercita. Lo que pescó fue una merluza ciguata. O a lo mejor él fue el pescado, ¿no?

Yalexia se demora. ¿Quieres ir a buscarla? Aquí te espero. Tráela aunque sea por las greñas. Fumando espero al hombre que yo quiero. Tras los cristales de alegres ventanales. Y mientras fumo, mi vida no consumo... Está bueno eso para un anuncio contra el tabaquismo. Mi vida consumo. Y el Zángano que fuma como una chimenea. Ojalá le dé cáncer en los pulmones... Es lo menos que le deseo.

Ahí viene Raquelita. ¿Yalexia no estaba en el baño? Ah, se habrá ido corriendo a la tintorería. Imagínate, con lo que vale un traje de Versace cualquiera come cuatro meses. A lo mejor lo vende en eBay. Claro, mujer, claro que te termino el cuento. Para que no te quedes con la curiosidad. Nadie tiene más derecho que tú a saber el final de esta historia. Porque si te hubiera hecho caso, mi cuento no habría tenido principio ni final.

El final es sencillo, puro realismo decimonónico al estilo de Zola. Llegué a casa y vi un carro frente a la cochera. Un carro que me pareció conocido. Un BMW gris. El de Yalexia. Lo primero que pensé, inocente que es una, fue que el Zángano había tenido un accidente o algún problema grave. Y aunque mal se llevaran, ¿a quién iba a llamar en caso de emergencia sino a una compatriota?

Abrí la puerta. Sin precaución ninguna porque todavía no sospechaba nada. Pero aunque la hubiera abierto de una patada no me habrían escuchado. El estéreo estaba puesto a todo volumen con una canción de salsa cubana. Y había una botella de ron, medio vacía, en la mesa del comedor. Hum.

Entré, ya suspicaz. Y caminé despacio, de puntillas, hasta el cuarto. Y me los encontré, Raquelita, en la cama. En mi cama. A Yalexia y al Zángano, revolcándose con un gusto que ni se enteraron de que yo estaba allí. De que allí estuve, mirando el cuadro que se me metía por los ojos hasta el centro del corazón como un escopetazo.

Tampoco se enteraron de que abrí el closet. Ni de que saqué el fusil que me regaló un tipo con el que viví varios años. Paul se llamaba y era un fanático de las armas de fuego. En el vestíbulo del apartamento que compartíamos había colgado un cartel que decía We don’t call 911. Abajo le puse la traducción, para informar también a los cacos hispanoparlantes: “En esta casa no llamamos a la policía”. Ah, y tenía una colección de pistolas que ni la de una feria de la Asociación Nacional de Rifles. Por suerte Paul y yo terminamos en paz y armonía. Y como me quedé viviendo sola, pues me regaló aquel fusil, aunque me advirtió que no lo usara sino en una necesidad extrema.

Extrema necesidad era la mía. Necesidad de revancha. Una vendetta a la cubana. Sangre, sudor, semen y lágrimas. El fusil estaba cargado. Lo rastrillé. Perfecto. Y me imaginé a los traidores en medio de un charco de sangre que se desleía entre las sábanas. Ah, qué rico. Bángana.

Pero aquélla era una escena de telenovela mal hecha. O un episodio de crónica roja. Vi el cintillo en letras enormes: “Universitaria celosa ultima a balazos al querido y a la amante del mismo”. Y de pronto se hizo la luz en mi desordenado cerebrito. ¿Iba a pasar sin transición de la literatura femenina al folletín barato? No, hombre, no.

Dejé el fusil en su lugar y saqué otra arma que se me antojó menos ofensiva, aunque de similar potencia. Volví al cuarto, donde todavía seguía el show en su apogeo, y le tiré unas cuantas fotos con mi móvil a la pareja enardecida. No, no te voy a contar lo que estaban haciendo porque a mí la pornografía no me va. Baste decir que en unas posiciones que yo ni me imaginaba que existieran, que el Zángano jamás se tomó la molestia de practicar conmigo…

Ipso facto recogí mi ponencia y salí de la casa. Le mandé las fotos a Sean por el móvil. Sin comentarios. Me imagino que pondría a Yalexia en la calle sin más explicaciones. Por eso la muy descarada se apareció aquí hoy, hasta que se olió el final de la historia y salió echando un pie.

¿Qué más pasó? No mucho. Yo me quedé en la esquina hasta que los tórtolos salieron juntos en el BMW de Yalexia. Supongo que iría a llevar a Mr. Universo al gimnasio. Regresé a casa, puse las pocas pertenencias del Zángano en una maleta y las dejé en la acera. En el ínterin, llamé a un cerrajero para que cambiara todas las combinaciones de llavín de la casa. Hasta la vista, baby.

Por supuesto que fui a Chicago, pues no faltaría más. Cuando me llamaron al podio no tuve necesidad de mirar mi ponencia, la que por otra parte ya había tirado a la basura. Los libros mienten, dije con toda mi dignidad de mujer traicionada y de amiga engañada. La literatura femenina son los cuentos de hadas modernos. Cuentos de hadas para adultas estúpidas. Un universo falso, de carátulas con colores vivos como los de los cuentos infantiles. Y finales felices, casi siempre. O al menos, sentimentales y esperanzadores. Tremenda mierda, ¿no crees? Y luego hablen de historias de amor...



* Este relato forma parte de ¡Por culpa de Candela! (Floricanto Press, 2009).


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