Los Alumbrados: manifiesto y poemas.

De La Siega, la enciclopedia libre.

Por Manuel Becerra, Inés Parra y Gustavo Alatorre

Tabla de contenidos

Manifiesto

¿Qué lugar es adecuado para la poesía en este tiempo? ¿Hay lugar en este mundo para tales cosas? ¿En la academia, acaso? ¿En los círculos literarios o en los grupos cerrados y de apadrinamiento poético? ¿Con las mafias literarias que se dedican a repartirse las becas y los premios otorgados a la mejor -esto último dicho con todo el cinismo del mundo- muestra poética? Si consideramos todo esto, pocos lugares le sobran a la poesía.

Mas nos han dejado el arrabal, la vida misma, íntima, donde el rapto poético no tiene más fin que la conciliación con la propia vida y la muerte. Donde no hay necesidad de reconocimientos o premios, pero sí una necesidad de ser continuadores de una literatura, de una voz, de una tradición. Los Alumbrados creemos en eso que se ha perdido en este tiempo: ser un vate. Un vate con todo lo que significa la palabra. No hay otro lugar en este mundo para nosotros que serlo con verdadera seriedad y ética. Cada uno de nosotros, en su lugar, y desde su refugio, ha creado una poética y una voz que desde las primeras líneas se siente diferente y se percibe distinta a lo que se está escribiendo, a lo que se está premiando. Un trabajo hecho desde el arrabal, en algunos casos, y desde la locura, pero todos ellos con algo en común: el Alumbramiento. Cada uno de nosotros ha madurado su trabajo bajo el amparo que da el silencio, un silencio tan necesario en este mundo lleno de ruido y de reflectores culturales, cada uno de nosotros ha creado su cántico.

La muestra que acompaña estas palabras es básicamente de tres de los cinco integrantes, los otros dos son pintores. Manuel Becerra, alumbrado de 21 años capaz de escribir en perfectos sonetos o en alguna otra forma poética de los siglos de oro lo que acontece en este tiempo. La segunda es Inés Parra, fémina oficinista, quien es muestra fiel de lo distinto que es nuestra poética con respecto a lo que se está escribiendo. Por último, agrego algo mío, trabajo que tendrán tiempo de revisarlo y juzgarlo como ustedes crean que se debe hacer.

Sin más que agregar, más que un abrazo afectuoso desde este lado del mar, le entrego una muestra de Los Alumbrados.


Gustavo Alatorre

Manuel Becerra


                               De Cantata castrati



Canción a oscuras

El invierno me ha dejado ciego.

El perfume del verso me lleva...

Me lleva de la mano su perfume

Por este corredor sin Dios ni lámparas,

De mármoles enfermos y gastados.

Voy caminando los tablones viejos.

El verso desgarbado, menstruando,

Me lleva de su mano de fantasma.

¿Por quién es llevado él en el pasillo?

A veces él no advierte el escalón

Ni el muro enfrente ni la puerta en llamas.

De repente me pierdo, me derrumbo.

Ahora sigo, camino desgarbado,

Menstruando el ruido del relámpago,

Guiado por la luz y una voz

En este corredor de enfermos mármoles,

Donde sigo el camino que me dicen,

Donde no advierto el escalón y el muro

Ni la puerta ni el incendio,

Donde llevo de la mano a un hombre


Al que el invierno ha dejado ciego.






Soneto infierno

Grítame, arcángel, tu palabra dime

Desde el abismo donde estás; la edad,

La forma del poema, la verdad

De las cosas; lo infame y lo sublime.


¿En este cuarto qué es lo que redime?

¿La musa, el genio o es la voluntad?

¿Sirve de algo cargar la tempestad

y ser poeta o animal que gime?


Grítame, viento, si de la ceniza

Algo habrá de nosotros, si en la muerte

Fiel la palabra quedará enterrada


Con nuestros cuerpos. ¿Quedará la brisa

Del recuerdo? ¿O el sutil olvido inerte

Nos dará muerte, solos y sin nada?






Venus ebria

Esta mujer, que no conozco, es mía.

Viene conmigo desde el bar Portales,

Tiene el cuerpo de Venus y los ojos

De una luz ebria que me deja ciego.

Un Metro lleno de fantasmas lleva

Nuestros cuerpos ceñidos y sedientos.


Buscamos una habitación, Señor,

Ladramos a las puertas de tu edén.

Buscamos una habitación, Señor,

Unas sábanas húmedas de frío

Donde poder quemar el alma en vela.

No volveremos a saber de nadie.

Mañana cada quien se irá aún ardiendo

Entre estas calles frías de noviembre






Cuadros para lesbia

                               Para Martha M.


I

Una cantina oscura en este cuadro,

Costillas de humo en los labios de los ebrios,

Una garganta en llamas

En la canción que suena al fondo.


Lesbia, de mi abrazo, desordenando la luz

en la cantina oscura de este cuadro.



II

Aquí estás, Lesbia,

Con la lluvia enredada en el cabello,

Con tu piel retocada de durazno,

Con tus besos de vino y aguardiente.

Te llevo en el oído

Como una tempestad en la madrugada,


Y escucho tu corazón de laúd.



III

Nadie conoce nuestros rostros.

Al entrar a este hotel caerá la lluvia,

El mar caminará por estas calles,

El agua irá subiendo a las ventanas,

Irá saltando a los amantes.

Nosotros en la habitación del tercer piso

Haremos el amor en sábanas ajenas,

Y el agua seguirá trepando

por las paredes de este hotel.


Después de que esta ciudad se ahogue

Nuevos amantes entrarán.


Abramos las ventanas:

Dejémosles el mar internado en las sábanas.



IV

Heme aquí para ti, querida Lesbia,

Desnudo e inerme al filo de tus ojos,

Con el cabello muy desordenado

Por un viento más tétrico y más frío,

Por un viento que viene del abismo

Y rezuma en las venas, Lesbia mía.

Embriagado de ti, de luz de ti,

Aquí estoy bajo tu palabra hermosa

Como bajo la lluvia o bajo el rayo

Con mis latidos de guitarra enferma,

De tambores que cantan para adentro.

Aquí estoy lleno de tu voz, de ti,

Huracanado y lánguido de ti,

Ciego, hambriento de ti, mujer, de ti,

En este abismo tuyo, en este incendio

Que desordena el mar y el viento frío


Es él quien desordena mis cabellos:

El abismo,


            El abismo, Lesbia mía.



V

¡Qué voz la tuya que me arrastra lento

al desvarío hermoso que me engendra!

¡Qué canción, Lesbia mía, la que hacendar

todo mi amor, mi sombra y mi tormento!


¿Quién? ¿Qué locura, qué animal, qué dios

te dio el rostro en las llamas de la gloria,

ese cuerpo que enferma la memoria,

esos ojos, esa alma, y esa voz


y heme aquí preguntando sin respuesta,

viendo tu amor enfermo amarme atroz.

¿De dónde, Lesbia, tanta, tanta escoria


y belleza inefable tan funesta?

¿Quién? ¿Qué locura, qué animal, qué dios

te dio el rostro en las llamas de la gloria?






Beatriz


I

Ahora pienso en tu nombre

Y de tu nombre se multiplican las moscas.

Salen de la boca verde de las botellas,

Se aparean

Y desovan al aire

Porque ciego se descompone el aire.

Pienso en tu nombre

Y se revuelven estos ángeles rumiantes

Posados en el hambre

De reproducir de los espejos.

Se desata tanto aleteo ebrio,

La acendrada respiración de las larvas,

La música enferma de las horas,

El primer movimiento

De los élitros inmaculados

Perdiéndose en el laberinto del oído.



Inés Parra



                               De Pequeña sonámbula

Traía en la mirada el cansancio de los muertos,
La sed de los condenados.
Se vio sin lengua,
No volvería a gemir en las ventanas del abismo...


No comerás de mi lengua la palabra tumba,

No pasarás entre el nudo del suicida.

El silencio será la jaula exacta de tu bestia.

Señora tragedia,

Señora lamento,

Esconde las flores lloronas que escurren de tus piernas,

Esconde esa carta firmada por mi polvo.


No me verás hueso herido entre las astillas de tu corazón,

No me verás lluvia en el desolado paisaje de los que penan.

Señora miedo,

reza de lejos la letanía del infierno,

Llama a tus fieles perras,

Es hora de que abandonen las paredes,

Es hora de que dejen libre al espejo.


No me verás llorando entre amapolas,

No me verás tumbada entre claveles.

Ruega, para que me abandonen las hienas,

Ruega, para que no le prenda fuego a tu sombra,

Señora tragedia,

Escapa hacia las ruinas del olvido,

Ahí la tumba,

Ahí el manzano que alimentará a tus bestias.



*

Una de ellas, una de ellas, una de mis cartas,
Te llevará la noticia: he muerto.
Sólo así reanudaremos nuestra correspondencia.


Perder la razón en las ojeras

De un hospital moribundo,

Perder el vientre entre mujeres

Que dan a luz a estrellas ciegas,

Perder la cabeza en la habitación

Donde Dios habla secretamente con la muerte.


¿Te has olvidado de mí, señor?

Si fuiste tú quien sembró esta flor

Que no se atrevió a nombrarte.


Que paren de llorar las paredes,

Que los árboles ya no canten la canción de lluvia.

Me duele la sangre,

El espinado esqueleto de mi amor.

Que venga la enfermera

Y pinte mis labios de locura.


En estos pasillos se habla de cicatrices,

En esta blancura sólo vive la mancha de la ausencia.

Ángeles púrpura detienen mis piernas,

Quiero irme,

Quiero ver de nuevo el triste rostro de sol.


¿A qué hora comenzaron a llorar los árboles?

¿Quién los ha dejado entrar por la ventana?


Perder la razón delirando entre fantasmas,

Llamando a mi madre,

Blasfemando diminutos cadáveres,

Llenando el hueco de mi vientre

Con amarillas amapolas

Para que me dejen salir,

Para que me dejen de nuevo jugar

Al amor,

A la dama triste del hospital

Atada en una cama.



*

Ella es un espejo que al llegar la noche

Corre en busca de un rostro.

Ella sueña que en su vientre juegan muñecas,

Mueve con sus lágrimas la cuna del hijo que nunca estuvo.


Ella lleva bestias en su herida,

Les incendia la boca a los fantasmas,

Destroza las lunas con lo bruma de su diente.


Ella en su desesperación deshuesa flores,

Dibuja ángeles en los labios de las sombras.


Ella ama a los manzanos que crecen de sus ojos,

Abre la luz,

                         Ahoga al miedo.

                                    Ella es un espejo,

El astillado rostro en que se mira la muerte.



*

Ya no soy ni seré la calavera azul de tu tristeza,

No seré ese puñado de llorones huesos

Que locos arden por las calles de la rabia.


Seré, compañero, aquella que hilvana la sombra

A cuanto ángel pasa y blasfema por tus ojos,

Esa que en la tormenta junta nubes

Para mover las barcas del olvido.


No seré la sonámbula,

La que asesina espejos,

La que carga en sus labios los blanquísimos

Suspiros de una necia muerte.


Ya no soy ni seré el esqueleto roto,

La mordida justa de un corazón ladrante.


(En algún lugar, no lejano al abismo,

Suenan las notas de odio

Que me enseñaste para ahuyentar la sombra).



*

Aquí estoy con mi calavera de siempre

Y mis dudas rutinarias peinadas por la herrumbre.

Con mis huesos ya lejanos

Y las espinas apunto de volar.


Estoy con mi gemela manera

De no entender la noche,

Con mi profunda garra atada

                                                A nubes y peldaños,

Y la memoria tuerta por las mariposas.


No dejo de estar aunque tu hueco deje suelta a la fiera,

Y mi sombra duerma

En el florido cadáver de tus cartas.


Nunca olvido que mi lluvia es muy bestia

Y que anda

Entre el sueño y la garra,

Haciendo eco en tu niebla.



*

Dime, amado, ¿por qué las fotografías callan?,

¿Por qué el viento del norte en sus labios?.

Dime, amado, ¿por qué el retrato del espejo canta?


Clamo y lloro para que sean las fotografías las que se enfermen,

Y sufran esta angustia de niebla que llevo en el rostro.


Alguien le robó la voz a tus besos,

Acuchilló mi sombra mientras dormía.

Dime amado, ¿por qué no despierto?.



*

A los que no duermen se les llenan

Los ojos de sonámbulos girasoles,

Tulipanes enloquecidos les devoran los sueños,

La sombra.

Soles extraños les queman el esqueleto,

                                                El miedo.


Lo terrible de la luz

                        Crece bajo sus párpados.



Gustavo Alatorre



                               De Guardar el infierno


La muerte se muda al cielo


II

En el asceterio de tus ojos has rezado, burlona,

Envenenando esta palabra monje con tu gemido.

Mas he tumbado tu muerte a risotadas

Y ahora seria me contemplas

Con la complicidad del muerto;

Tendida, con la respiración de péndulo de tu infancia,

Sobre la cama casta, la virginal almohada,

Con la impureza de tu ángel malo

Gimiéndome en el rostro.


Tu muerte

es como cerrar los ojos, burlona,

Como palpar a tientas la blancura de un sepulcro

                 Y encontrarte,

Distraída, alba y grácil,

Como una flor de sol entre la peste del pantano.


Descubrirte hermosa, burlona,

Esa es tu verdadera muerte.



III

Berceo, graciosa,

Hubiera mentádote

La madre, o llorado en largas risas de cinismo

Sobre la cópula más fría

Que hoy me ofreces.


Pero aqueste calavera,

Aqueste beato del medio siglo que te silencia,

No haya en decidir

Entre la esfinge progenitora

O el feroz portazo.


Tus flores, mi loca,

                 ¡Tus flores!

Quemadas sobre la mesa de la tarde,

Son para mí el orgasmo y la cadencia,

Lo polvo

De lo humano que me sobra,

Lo bestia del olvido

                 En que se pudren

Los amantes.



VI

Cien veces traída a mi cama

Y tu cintura es la misma.

Veces y veces caída etérea,

Ciclónicamente mordida

Bajo la falda de la belleza.


Viva y gachí,

Virgen por este mundo que te mordía los huesos,

Que te deseaba alegre en la composición aérea de la carne,

Con la lujuria de ese niño que se robó el infierno

                                  De tus ojos, mi loca,

Recordada ahora por esta hembra que me seduce,

Que sin tener tu aliento me arrebata,

Me tumba a sus adentros con melodiosa risa;

Brama y sudor de cierto espejo,

De habitaciones horrorizadas

Por la ternura de esta virgen que para otro,

Dulce recuerdo de su lascivia,

No bailará el infierno con su cabeza.


Gachí, hermosa traída a mi cama

Por el gemido de estas piernas,

Por estos labios convalecientes de reina herida

Que habrán abierto mi locura en esta noche,

                                       graciosa,

                                  Junto a tu puerta,

Junto a la dulce manera de irte olvidando

                 De nosotros,

Muerta mía.



XI

¡Ya entrabas al bar, y eras hermosa!

De la cintura a los ojos recién paridos.

Reina entre los muertos,

Nos dejabas el párpado herido y la videncia seca:

Seco el cabello de Rimbaud,

Secos los ojos de mi Velarde.


Lascivia de dos piernas eras, mi muerte, en ese entonces,

Aérea por lo terreno de morderte la nuca,

De hacerte mía en la fricción del aire,

                                                   Silenciosa,

Locura doncella, noche sobre esas tardes

En que dejabas la lujuria sentada

En la caricia de tus ebrios.


Locos mordíamos lo ardoroso de tu pelo,

La sed de entrarnos, muriendo, a tus esquinas,

A tu manera fantasma de irte largando,

                                                   Soñolienta,

Ebria de las tempestades,

A maldecirnos, con la rabia de tus días.



XII

La beatitud está en el ojo, graciosa,

Cuando te amo,

Cuando te miro sentada sobre el mármol de la risa

Tejiendo, fría,

El gusanillo de la videncia.


Y qué perforada la caricia y el gemido,

Qué perforadas las manos y esta música

Con que me ensueñas:

Viejo poeta del setenta y nueve airoso, año

También airosos para mi muerte,

Nacida el mismo día que tu garra.


De bares fantasmas eran los recuerdos de tus ojos, graciosa,

Cuando caminabas beata por la aguja de tus ebrios,

Con la flor de la ternura entre los labios

                                                   Ocultos

Llenos de vicio y exterminio para los otros,

Pequeños vates ahogados en la amargura de tu verso.


La beatitud está en el aire, mi bella,

Enfebrecida por el deseo de morderte,

De colgar en tu finura calavera aquestos brazos

                                  Con que te recibo,

                 Mi diosa,

Tejedora de mis ojos.



Cancionero de arrabal

“Yo fui un soldado que durmió en la alcoba
de Cleopatra la reina...”
R. Darío


UNO

Non quizo facer mi castellana

Otro asunto que no sea el de volar

De un cuerpo a otro

Y decir que el mío amor

Le viene absurdo

A tal dilema.


No quiso mi Soberbia,

Mi castilla de piernas andantes y voladoras,

Dadora de ansias mi mujer,

Tener un calavera que rogara con el verso

A su viento, a su manera tan frágil de tumbar la muerte

Y enamorar a tontos

Beatos y cínicos

Poetas.


No quiso, y no dejó,

Por herencia,

Una ciudad que se lumbrara

en las entrañas amorosas,

un caballero de lirio cortado horrorizado por el amor,


                 No quiso, mi mujer.


Dejémosla entonces, videntes,

Dejémosla, pues, volar

Entre la altura de sus ojos,

Sobre el otero

De esta cama.



TRES

Con qué Mozart o Beethoven andarás perdida, mi lesbia,

Ni tan cínico ni tan virtuoso

de aquesto que ya es le mundo.

Ojeroso el día en que te largas

Con esos labios de putilla risueña

Y el decoro

puesto en el violín fermoso de tu cadera.


Qué fémina, qué diosa,

Qué Constanza quedará humillada con tus ojos.

Qué papel de idiota verso quedará ofrendado a tu mirada,

Qué vidente inmerso en el arrabal encontrará su música

Inepta, cursi,

Puesta en otro sitio que no es el yambo.


Elegías habrá, mi lesbia,

Mas esta de podredumbre

Habrá querdado.



CUATRO

Mía serías, Romana,

Si dejaras el tuyo viento de grandeza

Bajo las piernas altas.

Y más cínica te me volvieras y ligera

En el acto sacro de morderte los labios

Cuando caemos a tu espalda

Los que versamos el paso de tu mundo

Por los vientos.


Y cómo me vendría bueno ese tu arreglo

De saberte fermosa

Cuando los años cantan,

Y los oteros son gusanos de tu vuelo.

Cómo no caer bajo tus labios,

Cómo no desear morir en luto

Con la guirnalda

Del tuyo beso, del

Tuyo aliento que me aprisiona

Cuando te marchas.



“Mas luego mis hormigas me negarán su abrazo...”
R. López Velarde

SIETE

Hubiese encontrado mejor Cintia ese poeta

que aquesta calvérica

caderas de ángel que me respira

desde lo alto de la hembra,

pues es la hembra ella misma que se sueña

para sí,

para no perderse en lo gozoso de la muerte.


Y hubiera sido mejor aquella espina.

                                                   Latina

Por lo mármol robado de los griegos,

Y lo albo con que se anda el mundo, ese

Mundo tan ansioso de gemido.


Propersio, calavera,

¡Qué sabemos de fermosas que abandonan!





© Manuel Becerra, Inés Parra y Gustavo Alatorre (Derechos reservados. Ver Aviso Legal)

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