Luis Fernando Chueca

De La Siega, la enciclopedia libre.






De Contemplación de los cuerpos.

(Lima: Estruendomudo, 2005)


Primera muerte

“Entra”, me dicen. El cuarto luce pulcro, el Cristo colgado en la pared, las cortinas cerradas. En la cama está mi abuelo. Imagino -a falta de precisión en el recuerdo- sus ojos cerrados. Los míos también porque he comenzado a llorar. Me abrazo a su cuerpo, lo acaricio, beso su rostro. Rezo: que no sea él el muerto sino yo. Pero suena en mis oídos la ley que ordena que los hijos entierran a sus padres y a los padres de sus padres. No puedo imaginar cuántas veces tendré que ver quebrado este principio.

Mi abuela sigue de pie junto a la cama. No dice nada pero sus manos tiemblan como si hubiera sostenido un peso mayor que el de sus fuerzas. Alguien habla con la agencia funeraria.

Salgo de la habitación con una marca que tambalea mis doce años. El desfile ha comenzado.










TODAS ESTAS MUERTES las llevo escritas en el cuerpo

Todas grabadas a fuego como heridas      tenuemente
dibujadas
o crecidas cual verrugas sin que apenas
me dé cuenta

Muertes
tatuadas con azufre o alcanfor en un único campo
de hermosas flores negras

que me habita

y que intuyo            o que no intuyo
en la voz azulina de la mosca
que aletea a mi costado

Todas muertes acechantes
como reflejos inflamados
de mí mismo

frágiles insignias cosidas a mi piel
      pálpito agudo
que se anuncia con la paciencia de una erupción latente
      amenazante

Cicatrices trazadas con destreza
de cuchillo










Documental

Un video narra las horas finales de Pompeya en el año 79 dC. Explica el arqueólogo que el motivo de la muerte de sus habitantes no fue la lava del Vesubio sobre los cuerpos, sino el contacto de estos con una temperatura superior a los 500 grados. “La coloración rojiza hallada en algunos cráneos es una particular incógnita. Podría ser el cerebro que comenzó a desbordarse previamente a la explosión. El calor fue tan intenso que puso a hervir el cerebro antes de estallar”, anota fríamente.

Ensayo esa misma frialdad documental en este poema y añado, sobre acontecimientos más cercanos: “Lo que quedaba de los cuerpos fue entregado a los familiares en cajas de leche Gloria. Poco antes se hallaron, enterrados, camino a Cieneguilla, restos de un maxilar superior y cinco dientes, el cráneo de una mujer con un agujero de bala, retazos de un pantalón calcinado y un juego de llaves, que permitió identificar a las víctimas y seguir la pista de los cuerpos embolsados”. O transcribo, en un nuevo giro, el comentario de un marino que explica que, a diferencia del Ejército, en su arma a los detenidos “los matan desnudos para que no los reconozcan, ni sortijas ni aretes, ni zapatos ni ropa interior. Y las prendas las queman”.

Ni un asíndeton he tenido que inventarme. Tampoco imágenes o la contraposición.

Me pregunto si hay algo que aumentar en este poema.










Díptico (2)

El hombre muestra su muñón y exhibe sus medallas. “¿Tú qué hiciste?”, le pregunta a la reportera. “¿Qué hacían todos mientras yo perdía mi pierna a nombre de la patria?”, insiste con orgullo marcial e ineludible.

Yo no puedo enseñar alguna herida calada hasta los huesos. Apenas una cicatriz que una tijera dejó en mi pierna como recuerdo de un estúpido accidente. Los muñones los soñaba obsesivo a los doce años. Cuando también imaginaba que se me caían los dientes o extraviaba los zapatos. Nada más.

“¿Dónde estábamos nosotros durante el reino de la muerte?”, recupera mi atención la impostada conductora del programa. Yo desconfío de los heroísmos militares y apago el televisor. No me interesan las medallas ni muñones ni recuerdos fantasmales que me impidan mirarme la cara siquiera en el espejo. Estuve estos años haciendo el amor con mi mujer y lavando los piecitos de mi hija. Y escribí estos poemas. También reí, grité, tuve trabajo. E hice otras cosas, y alguna incluso dejó su huella al rojo vivo. Pero no veo razón para contarlas.










CONTEMPLACIÓN DE LOS CUERPOS
Visiones nebulosas y constantes
transcritas en una lengua que no se deshilvana
aunque debiera
ni masca su carne hasta el espanto

Y entonces cómo escribir si el hálito de vida
se adelgaza violentamente
cómo no perder la voz o hundirme
en la locura
cómo pretender que la armonía reorganice la existencia
si el verbo exacto es solo engaño ante la muerte
montada sobre el lomo


sin embargo aspira la certeza de los póstumos latidos
dibuja sobre tu piel las marcas de los cuerpos contemplados
y   canta   canta   canta
que el canto redime del horror
y de la fría voz de la impaciencia

acaricia el pecho desgarrado
            el cuerpo canceroso
            el agujero en el omóplato
como al desvelo de un sexo que se hunde sobre otro
en la más extrema perfección

golpea      rasga      desentierra

o arráncate los labios

pero canta








De Ritos funerarios.

(Lima: Editorial Colmillo Blanco, 1998)


LOS OJOS DE MADRE siguen cubiertos.
A su lado Brac y Tod, oscura y tumefacta la
memoria:

            Seis semanas de vigilia,
            todos señalan con tristeza la sombra de la luna.


Los ojos de madre yacen encima de la tierra:
cubiertos y amarillos nos niegan su última
palabra. Brac y Tod
y todos los otros herederos subimos
y bajamos la montaña,
acumulamos polvo y sangre a nuestro lado.
Pero la búsqueda es inútil,
el árbol verdadero
prometido por nuestros antepasados
ha sido pisoteado por las bestias.

Los ojos de madre se descubren. Están cansados;
sus lágrimas estériles
han secado nuestros campos.
La antigua luz de su mirada
nos ha perseguido hasta el escarnio.

Los ojos de madre, sus pupilas,
aumentan nuestro miedo.

Brac y Tod han dejado de buscar entre sus huesos:

            Volteen la mirada y
            síganse en caminos
            circulares;
            repítanse las voces las voces y dancen; sin detenerse, bajo
            la luz oscura, dancen,


Que los ojos de madre han perdido su fulgor
y nosotros no podremos encontrarlo.










Retrato de Taboga (ii)

Taboga descansa en el reverso de la navaja; su cuerpo
resbala por el filo ardiente,
turbio,
de esa forma inverosímil
de ese urgente grito
que repele toda apariencia de armonía.

Descansa
y su figura se arruma, se hace
nudo, ovillo, núcleo, nuez; y nuevamente
extiende su volumen.

Taboga disfruta del filo despreciable del cuchillo,
del bruto extremo que hinca y aprisiona,
del dolor que seduce
mientras suavemente perfora los costados y
encanta con su sonido agudo,
nervio, sordo,
que engaña como un sueño
romo y repetido.

Su figura se expande nuevamente
y cubre los extremos de la
hoja:
            el anverso
            y el reverso
de la desesperación.

Taboga se acerca al borde del abismo,
del minúsculo abismo donde todo desaparece y deja de existir,
donde toda fuerza se abandona entumecida
y ya no queda nada de lo que sostenerse.

Nada
ni el mismo abismo al que se arroja.










díptico de la rémora y el navegante (inédito)


el navegante

Tu cuerpo se adhiere a la carena y detiene
el progreso de mi nave.
No importa si cruzamos aguas claras o mares endiablados,
igual si es conveniente o perjudica, tu fuerza
                        limita mis intentos o
                        los de cualquiera de nosotros.

¿Cómo logras, tan pequeño,
demorar el tiempo y dilatar la distancia
                                                que separa al hombre de su afán?

Rémora te llamas,
y el nombre, así lo dicen, está impreso en lo esencial.
R   é   m   o   r   a  , pronuncio y
hasta mi hablar se vuelve
balbuceo
cuando tu esmerado oficio me rodea.

Mis viajes ahora ya no acaban.
La vista se me enturbia y oscurece.

Rémora me intuyo entonces yo también
aletargado ser que no termina.





la rémora

La demora no es mi oficio, ni separar al hombre de sus ansias
fundamento de mi filosofía;
lo mío es deslizarme entre las aguas y el vacío
                                                                        y acomodarme,
calmo, en los cálidos tablones que me acogen.

La tarda ruta es mi provecho, no mi ley.

                                                            Yo me valgo, solamente,
de tu aletargado movimiento.

Si buscas razón a tu paciencia exagerada,
a la morosidad de tus acciones
o a la lenta progresión de tus palabras
mira, pues, al centro de tu ánima, que no está fuera de ti.

Echenis es mi nombre, rémora no.
Esta palabra es apenas vana explicación; ilusión de quienes
pretenden endilgarme las culpas de sus actos.

¿Qué puedo saber yo de tus temores?
¿En qué me corresponde el congelado fuego que te impide el movimiento?

Echenis soy, la rémora está en ti.








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