Luis López-Aliaga

De La Siega, la enciclopedia libre.

Sécame


Le doblé el brazo por la espalda y la conduje pegando mis muslos a su culo. Ella soltó un quejido leve, como si se aclarara la garganta. Con la mano que tenía libre la tomé por la cintura y le dije al oído que se estuviera quieta, que no se le ocurriera abrir la boca. Luego me quedé respirando en su oreja. Hacía mucho calor y sentí en la lengua el sabor salado de su transpiración. Puta, le dije, y cerré la puerta con el pie, sin darme vuelta. El golpe seco me sobresaltó más de la cuenta. Escupí sobre el piso, tratando de librarme de ese desagradable gusto a salmuera. La pieza tenía las cortinas cerradas y la cama era sólo una sombra que se delineaba en la penumbra. Una ráfaga de olor a cloro entró por mis narices. Estaba nervioso y su frialdad me ponía loco. Quería golpearla. Que supiera que de mí no se reiría. Aunque quizás ella también estaba nerviosa. Me duele, me dijo finalmente, tranquilízate un poco. Cierra el hocico, le dije yo, y le mordí la oreja. Volvió a quejarse, ahora con más fuerza. En respuesta junté saliva en la punta de la lengua y escupí de nuevo sobre el piso. Sabía que no debía mostrarme débil. La empujé con fuerza sobre la cama y luego, sin darme vuelta, encendí la luz tanteando la pared con la mano. Ella estaba boca abajo, con el vestido hasta la cintura. Sus muslos eran gordos, blancos, llenos de unas manchas que se esparcían como pequeños islotes colorados. Unas gotitas brillaban sobre los pliegues de sus rodillas. Luego de un rato se ordenó el vestido y giró para mirarme. No parecía asustada y quise golpearla por eso. Aunque sólo atiné a esquivarle la mirada y a tirarle el teléfono sobre de la cama. Llámalo, le dije, y dile que necesito la plata en una hora, que no quiero ningún atado, que si llama a los tiras te mato.

Todos comentaban que el Ruso ya lo había hecho, que lo había copiado de la televisión argentina y que ahora estaba en Europa. Cuando pregunté si no sería mejor con la esposa, que los niños traen demasiados problemas, se rieron en mi cara. Cállate, pendejo, me dijo el Loco Mario. Cállate y aprende. Entonces decidí actuar solo. Quería casarme con la Daniela, estaba esperando un hijo y no quería que se saliera del colegio. La elección no fue sencilla. Descarté a varias porque siempre andaban acompañadas y hablaban todo el rato, nunca paraban de hablar. Ésta, en cambio, andaba sola. Su casa tenía unas rejas negras que no dejaban ver hacia el interior y en la calle había poco movimiento y muchos árboles donde esconderse. Después de las ocho de la mañana se iba un auto, el del marido, y luego salía el suyo. A él nunca alcanzaba a verlo de regreso, tenía que irme antes que dejaran de pasar los buses para mi casa. Ella, en cambio, volvía a la hora de almuerzo y se quedaba el resto del día dentro. Los martes y los jueves, sin embargo, salía a las siete de la tarde y volvía cerca de las diez. Usaba unos lentes oscuros que mantenía sobre la cabeza, como un cintillo. Ropa suelta, zapatos con tacos. La maniobra era rápida y estúpida: después de sacar el auto y antes de que el portón eléctrico se cerrara por completo, ella se bajaba, corría algunos pasos y lanzaba algo hacia el antejardín. Los tacos picoteaban sobre el pavimento. Luego volvía caminando. Siempre lo mismo, hasta el día en que salí detrás del árbol. En el trayecto, sin embargo, me entraron las dudas. El calor me tenía atontado. Con la puerta del auto abierta, ella pareció dudar si avanzar o dejarme el paso. Su boca esbozó una mueca, una estúpida sonrisa de cortesía. Entonces le metí el fierro en las costillas y le dije que se subiera, que si gritaba le abría las tripas de un balazo. En la esquina casi choqué con un furgón escolar que apareció de improviso. Tranquilízate, me dijo ella, o de ésta no salimos vivos. Cállate y escucha, le dije yo y le expliqué de qué se trataba todo. Ella no puso reparos. Aunque sugirió que bajara el monto, que así el asunto se solucionaría más rápido. El auto era una delicia, suave, con aire acondicionado. Cuando salimos a la carretera ya estaba más tranquilo. Lo había estudiado todo. Nada podía fallarme. El motel se llamaba “Ensueño”.

El hombre lloró como un pendejo. Me rogó que no la tocara, que ella era lo más importante en su vida, que me daría hasta el último peso, pero que necesitaba tiempo. Volví a pasarle el teléfono. Ella le dijo que estuviera tranquilo, que todo iba a salir bien, que me hiciera caso. Me molestó de nuevo su actitud, tirada ahí en la cama como si conversara con una amiga o con un hijo que no quiere comerse la comida. Debemos tener paciencia, me dijo y dejó el teléfono sobre la cama. Luego me dijo viste, hubiese sido mejor pedir menos. ¿Y tú quién mierda te crees que eres?, grité, aquí el que decide soy yo, limítate a seguir mis instrucciones. Dime, dijo ella, mirándome a los ojos. Primero que nada, apaga ese teléfono, le dije. Ella obedeció y se sentó a un costado de la cama. El vestido se le volvió a subir y dejó una porción de muslo al descubierto. Se cubrió rápido. Está bien, ¿y ahora qué? preguntó. Primero que nada, cállate, le dije, no digas una sola palabra más, no puedo pensar si estás hablando todo el rato. ¿Y puedo entrar al baño por lo menos? dijo, de aquí a mañana no tendremos noticias y no sacamos nada con mirarnos las caras toda la noche. La tomé del pelo y la arrastré por el borde de la cama: te dije que te callaras ¿o no? Un nuevo tirón y quedó de rodillas sobre la alfombra: ahora haz lo que quieras, pero no te hagas la viva conmigo. Yo lo único que quiero es que todo salga bien ¿o te crees que aquí estoy muy a gusto? dijo. Luego se puso de pie. Voy a ducharme, dijo, este calor me está matando. Ya no hacía calor, el aire acondicionado de la pieza funcionaba perfecto. Caminó hasta el baño, cerró la puerta y abrió la ducha. Dejé pasar algunos segundos y entonces salté sobre la puerta y la abrí con un golpe de karate: ella estaba ya sin el vestido, mostrando unas lonjas gruesas de carne que le colgaban entre el borde superior del calzón y el comienzo de los sostenes. Cruzó los brazos sobre el pecho. ¿Crees que te vas a reír de mí, vieja zorra? Pásame el celular de inmediato. Ella indicó con los labios hacia la habitación. El teléfono estaba aún sobre la cama. Date vuelta, le dije, y la empujé sobre el lavamanos. Ella apoyó la punta de los dedos en el borde de loza y abrió ligeramente las piernas. Miré su cara pintarrajeada en el espejo: tenía los ojos cerrados y desde los bordes le nacían unos surcos profundos que terminaban sobre la sien. Detrás de los brazos le colgaban dos bolsas de piel manchadas por las pecas. Recorrí la superficie de su ropa interior, buscando un arma imposible. Un leve golpe de corriente me pinchó la yema de los dedos. Tomé el vestido del piso y lo sacudí en el aire. Ella abrió los ojos y me miró a través del espejo. Me puse a revisar el baño, incómodo. Ahora dejas la puerta abierta, le grité antes de salir, si no quieres que te parta la cabeza.

Terminó de desnudarse y entró rápido a la ducha. Yo apagué la luz de la pieza y me quedé vigilando. Había dejado la cortina abierta, aunque se cargó sobre un rincón, mostrando sólo la espalda blanca y el culo grueso, lleno de estrías, bordeado por un hipotético traje de baño. Entonces, mientras el agua le escurría por la espalda, descubrí una cicatriz que cortaba su piel por detrás del hombro. Un trazo recto, preciso, sobrepuesto a las marcas del sostén. No pude evitar acercarme. Desde el umbral de la puerta me di cuenta de que la cicatriz no era tan certera como parecía. Pequeños relieves marcaban todo el recorrido y al final se extinguía en una pequeña curva hacia el costado. Ella realizó entonces un leve movimiento con su pierna y pude ver cómo el agua mezclada con champú se le quedaba atrapada en la espesa mata de pelo naranjo que cubría su sexo. De pronto cortó el agua de la ducha e instintivamente retrocedí algunos pasos. Me di vuelta, encendí la lámpara del velador y comencé a revisar su teléfono. Tenía cinco llamadas perdidas, todas del mismo número. Cuando volví a mirar hacia el baño ella había apagado la luz y su silueta apenas se veía iluminada por el reflejo de la lámpara. No creas que no tengo miedo, dijo, parada frente al espejo, mientras se pasaba una toalla por la espalda. Todos lo demostramos de distinta manera, eso es todo. Algunos lloran, otros gritan o rezan o llaman a la mamá. Yo pienso en cosas buenas. ¿Sabes en lo que estaba pensado ahora? En mis vacaciones. Dentro de una semana me voy a sur. Y pensaba en la chimenea encendida, miraba el lago moverse suavemente, el volcán allá al fondo con el cráter oculto detrás de una nube. Estoy tratando de que todo salga bien ¿entiendes? Se quedó en silencio, como si de verdad esperara una respuesta. Ahora sacudía las dos manos con la toalla sobre su cabeza. Su cuerpo era una mancha gruesa y oscura estampada sobre los azulejos del baño. Quiero que tengas esa plata, siguió, y quiero irme de vacaciones al lago. ¿Te cuento algo? Allá puedo permanecer durante días mirando el agua, sin hacer nada, sin hablar con nadie. Claro que después llega mi hermana y se queda unos días conmigo, ella, su marido y sus cuatro hijos. Yo no tengo hijos, dijo, y se quedó en silencio. Luego amarró la toalla sobre el pecho y encendió la luz del baño. Tendrás esa plata, dijo, tendrás esa plata y podrás hacer lo que quieras con ella. Yo pensé en la Daniela, en llevarla de paseo a un lago. Tú también tienes miedo ¿verdad? preguntó y me buscó con los ojos. Yo miré el televisor apagado sobre mi cabeza. Haz como yo, dijo, piensa en algo hermoso. Intenté hacerlo, pero no se me ocurrió nada. Aunque de pronto, no sé por qué, se me vino a la cabeza la imagen de la espuma que se quedaba atascada en esa mata pelirroja. Y entonces caminé hacia el baño y me paré delante de ella. ¿Qué pasa? preguntó. Alargué el brazo y de un tirón le saqué la toalla y la dejé caer al suelo. Sus tetas grandes y rojizas se expandieron sobre sus costillas y se quedaron temblando un rato. Aún estoy mojada, dijo. Yo me quedé ahí, sin moverme, respirando agitado. Tranquilo, dijo ella y se agachó a recoger la toalla. Luego dijo: sécame. Y repitió: sécame.

En la cama me abrió los botones de la camisa y pasó la punta de su lengua por mis tetillas, primero una, con mucha calma, luego la otra, dejando caer un chorro de saliva tibia que rodó por mi pecho. Quiso quitarme la camisa, pero yo le tomé las manos con fuerza y la empujé hacia un costado de la cama. Luego me abrí el cierre del pantalón e intenté masturbarme, rápido, apretando y soltando la mano varias veces. No lograba concentrarme. Apagué la lámpara con la mano que tenía libre y ella se encorvó y comenzó a chupármelo. Cuando ya estaba duro quiso darme un beso, pero la esquivé con el antebrazo. ¿Qué pasa? me preguntó. Chúpamelo más, le dije. Mientras lo hacía, empezó a rasguñarme el pecho con fuerza. La detuve y la subí para besarla. Sus labios estaban resecos y su lengua tenía el sabor de mi sexo. La mordí levemente y ella soltó un quejido. De pronto se puso de rodillas sobre la cama y se dio media vuelta, encaramándose de espalda sobre mi vientre. Apoyando sus manos sobre mis canillas levantó un poco el culo y se dejó caer suave y húmeda sobre mi verga. Soltó un suspiro que luego se convirtió en un jadeo constante que acompañaba sus movimientos, a veces rápidos, a veces lentos. Yo la tomaba por la cintura, apretaba sus carnes sueltas y la dejaba moverse a su antojo. Sus nalgas blandas, esponjosas, rebotaban sobre mis abdominales y provocaban una especie de aplauso. Con las manos comencé a recorrer su espalda, hasta que de pronto sentí la cicatriz. Con el dedo índice la dibujé desde arriba abajo, un angosto país que terminaba a la altura de la clavícula. Estuve a punto de acabar, pero ella se detuvo en el momento preciso. De pronto me pareció que sus jadeos se habían convertido en un llanto contenido, mudo, que se prolongaba por largo rato. Encendí la luz. Su espalda estaba sudada, sus nalgas se desparramaban sobre mí cintura, coloradas, llena de pequeños poros, como la superficie de una piedra pomes. La cicatriz era un trazo rojo y zigzagueante que aún parecía vivo. Ella volvió a moverse, ahora con un ritmo vertiginoso que sólo detuvo después que me escuchó soltar un grito desmedido, como si una bala hubiese atravesado mi cuello. Al rato salió de mí y se tendió en la cama, con los pies apuntando hacia mi cara. Dejó caer la cabeza en un hueco que formó con los brazos cruzados. No sé por qué, pero me puse de rodillas y me acerqué a besar su cicatriz de un extremo a otro. Entonces mi erección volvió a rozar sus nalgas.

A la mañana siguiente el marido me informó que ya tenía todo listo, que sólo faltaba fijar el lugar y la hora. Le dije que estuviera atento, que me comunicaría con él para darle las instrucciones, y que no intentara ninguna estupidez si no quería encontrar a su mujer repartida en pedacitos. Cuando corté, ella se acercó por detrás y me abrazó por el cuello. Sentí sus pezones gruesos y ásperos sobre mi espalda desnuda. Pensé en la Daniela, en el hijo que estaba esperando. Tranquilo, me dijo ella, todo va a salir bien.




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