Luis M. Hermoza, "Cuerpos infantiles" y "Un poema casi desencajado."

De La Siega, la enciclopedia libre.

Por Luis M. Hermoza


I.

Cuerpo de embudo.

Niño embudo.

No llames tanto ni grites

que todos están dormidos;

ya nos dejaron solos.

Hasta la penosa sombra se ha perdido

en toda esta inmensa sombra.

No te pares detrás de las puertas a esperar,

ni me busques con tus brazos levantados.

Niño embudo,

es mejor que duermas.

Pero cuenta buques pero con cuidado.

Recuerda que el tigre aún duerme detrás tuyo

y el lobo aúlla tus palabras

lejos

siempre

a estas mismas horas.



III.

                                                a Rocío Burga


Siete y treinta

que el día como un cono

que los dibujos que dejaste sobre mi pared

tan temprano.

Tu cuerpo transparente que camina que corre

que ríe a un lado en el desierto de mi rodilla;

y tal vez de mi rodilla.

Caza mariposas

tu sombra desnuda

o la catarata que ordena las palabras

que hablan de cualquier cosa

menos de ti,

porque eso son cosas de adultos,

de adultos lanzados de los puentes en línea.

En el barranco hay un puente

y una calle

Samuel Márquez

Siete y treinta (Domingo)

ha de estar durmiendo

y su sombra con las mariposas,

su cuerpo vestido de mariposas.



IV.


El niño,

no cualquier niño

sino él, se lamenta.

El niño ojo de horizonte detrás de la ventana.

-Esta ventana no conduce a nada- se dijo cuando niño.

Y mamá que salió con su pierna

a decirme mira lo que hace papá, niño.

Tú no lo entiendes desde luego,

porque aunque no entiendas

sólo quieres mirar por la ventana.

Hace frío.

Todo se ve como antes:

la casa en el tercer piso, risas

de la puerta de mamá para este lado,

para el suyo no lo sé.

Es tarde y no creo que mamá venga.

No solo el frío quiebra los huesos.

Me lo comentas a mí,

niño.



Un poema casi desencajado

Hay veces,

hay voces,

hay vacíos que guardan

y que aguardan.


Hay veces en las voces vacías,

y mujeres que duermen con sus vacíos

y que luego van al mercado al despertarse

y se llevan a los niños a menudo.


Hay mercados vacíos también:

personas inmóviles con sus cuchillos bien afilados,

un poco de vacío para el almuerzo pediría yo,

pero ella pide pescado.


La noche,

la luna, la ventana,

y la ventana que se tragaría la noche

la luna si por mi fuera.

Una ventana vale más que un faro,

y un faro sería más revelador

si en vez de luz

tuviese un grito dando vueltas.

-No se alza la voz en la mesa.

Como todas las noches,

hay que respetar al difunto, pienso.

-¿Me pasarías la lechuga para que todo

esté

perfecto?

Si supieras que ni me gustas, pescado,

que sólo te incrusto el cubierto porque

quieren los grandes, entonces

sentirías más triste tu muerte (supongo)

y la de los tuyos (también lo supongo).

Diría que saliste temprano, a jugar no sé qué cosa,

ni siquiera supiste de la red que te arrastraba,

aunque los que queden griten, tú

ya estabas perdido.


Hubiese sido mejor hacerle caso a tu madre,

¿tú qué crees?

Pero en todo caso, pescado,

no tiene verdadero caso

ahora.



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