M. Aguéiev: novela rusa, cocaína y delirio

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Por Carlos Castro Sajami



Si se llega a un punto determinado,
ya no hay regreso posible.
Hay que alcanzar ese punto.

Franz Kafka



Ánton Chéjov (1860-1904) pertenece al abandono de una época y al inicio de una nueva. Por ello, sus personajes son el eclipse del héroe, el cual ya no será la representación de vitalidad y pasión realizada por los escritores románticos. Por este motivo, Marina Tsvietáieva rechazaba su literatura y a sus personajes. Además, la incomunicación es un rasgo tangible en todos ellos. Nos basta recordar el relato Tristeza de 1886. El cochero Iona Potápov acaba de perder a su hijo y su único deseo es tener a alguien a quien contárselo. Ello es imposible dentro de la vorágine llamada San Petesburgo y entre los individuos que andan solos consigo mismos, en una invernal tarde, que se mueve, con el personaje, hacia la noche. El resultado de este mudo drama es la conversación final mantenida con su caballo. Cabe mencionar, más allá del siempre logrado tono y estructuración del relato, las representaciones notables de la ciudad moderna y el andar perdido de sus habitantes.

Ese mismo espacio cobrará la importancia de un personaje principal en la novela Petesburgo de Andrei Bély (1880-1934) publicada en 1916. Con ella, la modernidad, típica de la vanguardia, es parte de la narrativa rusa, hasta el punto de ser comparada al tratamiento dado por Joyce a Dublín en el Ulysses, por Döblin a Berlín en Berlin Alexanderplatz y por Dos Passos a Nueva York en Manhattan Transfer. Asimismo, los protagonistas, que llevan sus vacíos por las calles de las urbes modernas, poseen un desasosiego y una serie de ausencias no consumadas en un fin último o definitivo, sino en múltiples posibilidades mostradas en un lenguaje renovado.

Si bien esta nueva generación de narradores se vio marcada enriquecedoramente por el cambio de vida y percepciones del siglo XX, también lo estuvo por la asfixiante censura a la que fueron sometidos numerosos artistas por el gobierno soviético. Entre las víctimas se encuentran Evgueni Zamiatin (1884-1937), el cual logró sobrevivir gracias a la suerte de obtener el permiso para partir hacia París en 1931; Boris Pilniak (1894-1938), que fue objeto de una campaña de difamación en 1929 por la censura y, posteriormente, en 1937, fue arrestado y enviado a uno de los campos de concentración estalinistas, en donde desapareció; Mijaíl Bulgakov (1891-1940), conocido por su desesperación por salir de Rusia hacia Europa, lo cual nunca logró[1]. En estas líneas, Bulgakov es importante por un relato suyo titulado Morfina, en el cual se narra la degradación de un doctor por su adicción a la morfina. El personaje utiliza esta droga para escapar de la atmósfera sofocante de la alejada zona rural en donde ejerce como médico. De esta manera, lo interesante en esta narración es la búsqueda mediante la droga.

Este tema será desarrollado con mayor libertad e ingenio por M. Aguéiev en Novela con cocaína. Fuera de los logros del texto literario la figura del autor produjo una inquietud atractiva por varias décadas desde su aparición. En la década de los años treinta, llegó un misterioso sobre, procedente de Cosntantinopla y firmado por M. Aguéiev, a la redacción de la revista Cifras, dirigida por emigrados rusos asentados en París, que publicó el texto (titulado, en un primer momento, Relato con cocaína) a través de entregas. El desconocimiento e invisibilidad del autor dejaron perplejos a los críticos, pues la obra poseía gran calidad literaria. El reconocido crítico Merezhkovski comparó el lenguaje y las imágenes de Aguéiev a las de Bunin, y la destreza en la construcción del relato a la maestría de Sirin (seudónimo utilizado por Nabokov, en ese entonces). El texto llega a ser publicado en forma completa en 1936 por una editorial parisina. Esto hubiese sido imposible en el régimen estalinista, debido a la temática abordada por este autor.

Novela con cocaína se divide en cuatro partes y la narración en primera persona posee un tono confesional; además, el relato se presenta como los escritos realizados por el héroe y mediante los cuales cuenta su vida y experiencias: “Pero apenas escritas estas palabras, me imagino con suma claridad la sonrisa despreciativa en el rostro de quien encuentre estos tristes recuerdos[2]” (183). No se encuentra ninguna presunción mimética de la realidad, puesto que la conciencia del personaje filtra lo visto y el entorno, lo que será maximizado por los delirios del adicto. Afirma el personaje sobre la percepción de la realidad:

Tras largos días y largas noches pasados en la habitación de Yag bajo el efecto de la cocaína, empecé a pensar que lo más importante para el hombre no son los acontecimientos que rodean su vida, sino el reflejo de éstos en su conciencia. Los acontecimientos pueden cambiar, pero mientras ese cambio no se refleje en su conciencia, la transformación es nula, absolutamente insignificante. Así, por ejemplo, un hombre que se enorgullece de su fortuna, sigue sintiéndose rico mientras no sabe que el banco en el que conserva su capital ha quebrado. Así, un hombre que tiene un hijo, no deja de sentirse padre hasta que se entera de que el niño ha sido atropellado y está ya muerto. De ese modo, el hombre vive no los acontecimientos del mundo exterior, sino el reflejo de éstos en su propia conciencia (220).

Sin embargo, lo más resaltante de la obra es la aplicación del revés de la novela de aprendizaje o bildungsroman, pues la narración gira en torno al trayecto de crecimiento y formación de identidad del protagonista Vadim Maslennikov. A diferencia de su forma clásica, al modo del Wilhem Meister de Goethe o el Enrique de Ofterdingen de Novalis, Aguéiev no entrega al lector un héroe que parte de una búsqueda ritual. Maslennikov no posee arraigo religioso o familiar alguno, ya que su mirada es cínica al huir de cualquier sistematización hipócrita o falaz (cristiana o nacionalista) que le dé algún sentido a su existencia: la formación parte la nulidad o vacío completo. Por lo tanto, la necesidad de Vadim por romper cualquier lazo con su madre, el único elemento que lo relaciona con una vida normal y estancada, se hace tangible desde las primeras páginas:

Una mujer tan vieja debía comprender que su vestimenta me cubría de vergüenza… la veía comer su sopa, la veía levantar su cuchara con una mano temblorosa y verter la mitad en el plato, miraba sus pequeñas mejillas amarillentas, su nariz que enrojecía por el calor de la sopa, veía como, después de cada cucharada, se relamía la grasa con su lengua blanquecina, y la odiaba con un odio ardiente… con una mueca de repugnancia, como si fuera a vomitar enseguida, y nuestras miradas –la mía, fría y rencorosa; la suya, cálida, amante y como dirigida hacia el interior- se encontraron y se fundieron.” (20)

De esta manera, el revés de Aguéiev es notado por el cinismo y el humor negro de la voz del protagonista, lo que lo acerca a la abyección y no a la sublimación.

Otra de las características del molde del bildungsroman en Novela con cocaína es la iniciación en los ámbitos de la escuela, la elección de oficio y el erotismo. Todas estas etapas se encuentran en el testimonio de Vadim Maslennikov. En la primera sección, Burkevitz se ha negado, el anti-héroe cuenta las experiencias escolares y la relacióncon los camaradas adolescentes. Por supuesto, cualquier reforzamiento de los valores religiosos y nacionalistas es rechazado por el personaje. Respecto de la elección de oficio, luego de acabar la escuela, Vadim canaliza su mirada hacia un modelo de vida errante y de experimentación, como una especie de Bartleby crapuloso. El andar constante por los bulevares de Moscú propiciará sus aventuras amorosas, en donde, al principio y luego parodia, cualquier idea burguesa de unión o relación amorosa. Ello hasta el punto de acostarse con una joven con plena conciencia de ser portador de la sífilis. No obstante, la madurez amorosa del personaje se presenta en la segunda sección, Sonia. Nuevamente, se niega, a través de la parodia del amor ritual, cualquier intento de pureza que se torna inútil e imposible, dado que Sonia es una mujer casada y mayor que Vadim, el cual no es capaz de asumir el rol del amante enamorado para revitalizar a esta mujer:

Me incliné y rocé ligeramente sus labios. Y quizás era precisamente así, con esta inhumana pureza, con esta gozosa disposición que causa un dolor tan precioso, de darlo todo –el corazón, el alma, la vida-, como unos mártires resecos, espantosos y asexuados aproximaban antaño sus labios a los íconos. “Querido, dijo lastimeramente Sonia, retirando sus labios y acercándolos de nuevo –pequeño- querido mío -¿me amas, verdad?- dilo.” Intensamente, yo buscaba en mí aquellas palabras que iba a decir, que estaba obligado a decir inmediatamente. Pero las palabras no estaban en mí.” (104)

Las dos últimas secciones de la novela, Cocaína y Pensamientos, están dedicadas a representar la iniciación en la cocaína y las diversas sensaciones producidas por la misma en Vadim Maslennikov. Este giróvago urbano ha hallado la vía para obtener la sensación de felicidad y la innovación de M. Aguéiev radica en la descripción casi médica de cómo actúa la cocaína en la mente y organismo del personaje[3]. En este sentido, la adicción es exploración a través del delirio: las nociones de tiempo, espacio y realidad se trastocan; es decir, cualquier parámetro establecido para la existencia del sujeto se renueva bajo los efectos de la cocaína:

En la calle, con Mik, solo los primeros pasos fueron difíciles, pero después todo en mí marchó por vibraciones, los pies empezaron a avanzar impulsados por descargas eléctricas, y una irritación sorda crece locamente, locamente, cuando un transeúnte se cruza conmigo. En cuanto a mi paso, eso está lejos de mi voluntad… En la nuca, tengo la sensación de un encogimiento, como si se soldara. Los ojos entornados como cuando se camina por la calle y uno está atormentado por el temor de tropezar con algo puntiagudo. Ni el guiño repetido de los ojos, ni la visión clara de los objetos alivian… Estoy sentado en un sillón. Mi cabeza está tan tensa que me da la impresión de oscilar. Mi cuerpo está frío, paralizado y como separado de la cabeza; para sentir las piernas o el brazo, debo moverlos. Hay gente a mi alrededor. Mucha, mucha gente. Pero no es una alucinación: veo a estas personas no en el exterior, sino en el interior de mí mismo. Hay ahí universitarios, universitarios y otros, pero todos un poco curiosos: contrahechos, tuertos, sin nariz, melenudos, barbudos. “¡Ah, profesor!, grita en éxtasis una universitaria (el profesor soy yo). La muchacha tiene un solo ojo, y tiende los brazos hacia mí desde lejos. (169-171)

Y es que podemos hallar semejanza, en tanto vía de exploración, entre Maslennikov y las voces poéticas de San Juan de la Cruz, el cual concibe un acercamiento a lo divino en su poesía. En ambos existe el delirio. Sin embargo, mientras en el poeta español el delirio se traspasa al lenguaje logrando trastocarlo; en Novela con cocaína, solamente es descrito mediante las sensaciones del personaje, que es realizado por el mismo protagonista desde un punto temporal posterior y con una escritura lúcida, por lo que el lenguaje, en términos de Gilles Deleuze, no delira.

Finalmente, la novela de M. Aguéiev muestra el tratamiento novelístico de un tema que solo había sido tocado por las experimentaciones de poetas decadentistas y se torna participante del linaje de Thomas de Quincey y sus Confesiones de un opiómano. Hubo que esperar hasta la década de los sesenta para retomar la temática de la adicción en la literatura como medio de redención hacia un sentido fuera de los parámetros estancados y degradantes de la realidad.


Notas

[1] Para ahondar en el tema de la censura impuesta por el gobierno estalinista a los artistas revisar la genial y espeluznante investigación, dividida en tres volúmenes, de Vitali Shentalinski: Esclavos de la libertad, Denuncia contra Sócrates y Crimen sin castigo (Galaxia Gutenberg).

[2] A lo largo de este escrito citaré la siguiente edición: Aguéev, M. Novela con cocaína. Barcelona: Seix Barral, 1984. Trad. de Rosa María Bassols. Circula una segunda edición en castellano realizada por Alba Editorial en 2001.

[3] En consecuencia, encontramos en M. Aguéiev a un precursor de los posteriores beatniks norteamericanos.




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