María Elena Solórzano

De La Siega, la enciclopedia libre.

Eva en extravío

Disfruto la pulpa de manzana,
el rojo mancha mis dedos y sus dedos.
Ella quiere que conozca de duraznos,
de nísperos y frutas tropicales.

Mis ojos la siguen,
se acuesta junto a mí:
el calor me llega de su seno.

Perfumada Eva en extravío,
su mano como hoja de marrubio
en el biombo de bambú se posa,
dibuja anacondas y bromelias.

Sin Ella no florecen los ciruelos
ni el agua gira en el molino


Chispa en zozobra, salmo de luz.
Acunada en su pecho
la claridad golpea.

Transpira diamantes el enebro,
anfibios en mi piel.










Miedo agazapado

El miedo, agazapado atrás de los naranjos.

Me abrazo al tronco de la higuera.
Veo los ojos en el fondo de la hornaza.

Me siguen dos tizones.

Guiños, fulgores frente a mí.
Un latigazo en mi retina,
mi rostro lame el miedo.

Esas pupilas todavía me persiguen.










Regreso a casa

Regreso a casa:
luz de arena la ilumina;
lirio, soledad,
pantano donde flotan los presagios.

Mis muertos me acompañan.

Me encuentro con la niña
-sus muñecas de trapo, las esferas.

En el patio repleto de geranios
se aman las torcaces.

Por el postigo la niña espía
la liturgia de la vida.










Hija de la luna

Los albinos claman a la Luna,
los panderos resuenan.
Alguien canta.
Mis sueños me vuelcan al vacío.

Las lagartijas duermen en las grietas.
El mantra de la noche tejen las arañas.

Hija de la Luna soy
(la sangre escurre entre mis piernas).

Mi yermo corazón escapa de mi pecho.
Entierro una astilla entre mis uñas. Grito.
Retuerzo mi lengua.
No hay palabras.

Me miro en el espejo:
la misma marca de mi madre
en medio de mi vientre.










Luna negra

En mi cuarto hay una Luna negra.

En las paredes se revela tu figura,
tus manos con zumo de amapola
extienden sus dedos y me tocan.

En mi cuarto hay Luna negra.

Para que tú me estalles en el alba
unjo con sábila mis muslos y caderas.




© María Elena Solórzano (Derechos reservados. Ver Aviso Legal).

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