Marcelo Leonart

De La Siega, la enciclopedia libre.

Crías


1

“Ratones. El departamento se está llenando de ratones”, me dijo esa noche Delia despertándose, la mitad de la cabeza en un sueño o eso creía yo, ella aún medio confundida, desvariando. Desde mi trinchera de la cama, la vi sin espantarme. Una silueta a mi lado, que se tomaba la cabeza. Una sombra desnuda que no podía deshacerse del puto calor del verano y de nuestra cercanía debajo de las sábanas. Una mancha negra que despedía un perfume agrio, a sudor y humedad, y que ahora parecía debatirse entre el asco y el miedo. “Ratones”, repitió Delia entre dientes, más para sí que para advertirme, y el tonito que ocupaba podía leerse como un lamento mucho más categórico. Otra derrota. Ratones. Mierda. Lo único que nos faltaba.

Encendí la lámpara del velador. Delia se tapó la vista. Estuve a punto de decir algo para terminar de espantarle el sueño, pero ella no me dejó. Inspiró profundo como una amenaza y contuvo la respiración: necesitaba limpiar el ambiente de cualquier interferencia para oír ese silencio que no era silencio.

-Mira. Ahí. ¿No escuchas?

No supe detectar desde dónde venía ese ruido. Pero sí lo que era. Un traqueteo de patas y garras escarbando algo, yendo de allá hacia acá, tratando de abrir un agujero donde continuar su camino. Una imagen tierna: un pequeño roedor como de monitos animados haciéndonos compañía. O una imagen monstruosa: una rata de alcantarilla, la cola pelada y los ojos inyectados en sangre, la invasión a nuestra privacidad de una alimaña repugnante.

La inquietud de Delia flotaba junto a mí, irritada, filosa: en cualquier momento podía perder la paciencia y darme un zarpazo.

-¿Es en el clóset?

-No. En el clóset no -respondí-. ¿Estás segura de que no viene de afuera?

Otro segundo de silencio, de oídos atentos, antes de escuchar de nuevo el ruido infame, más claro, más nítido. ¿De dónde venía? Delia aún no se decidía a mirarme. No, no de afuera. ¿Alguna certeza? Sí. De algún lugar amenazante y cercano, en medio de las paredes, equilibrándose entre cañerías y ductos de ventilación, habitando con autoridad y sin contrapeso las maltratadas vísceras del edificio.

-Departamento de mierda -dijo Delia, y yo supuse que no sólo quería que la escuchara: también quería que compartiera su opinión, que nos viéramos un segundo a la cara y nos dijéramos todo lo que teníamos que decirnos sin tapujos, pero también sin vuelta atrás. Departamento de mierda. Sucio, húmedo. Las paredes descascarándose, los tablones del parquet sueltos. Ruido de cañerías y un tufillo a gas dispuesto a envenenarnos lentamente. ¿Habría que llamar a un gásfiter, a un albañil, a un estucador? ¿Valía la pena el esfuerzo de arreglarlo todo? “Esto no da para más”, podríamos decir de repente, ella o yo. “No me soportas, no te soporto. A la mierda. Que se derrumbe el edificio entero y con nosotros adentro. No me interesa salvar nada.”

-Espera un poco -dije. Agucé el oído-. Ahí. Escucha. ¿No es en la otra pieza?

No era tan tarde. Faltaban unas cuatro horas para que amaneciera y había que hacer algo para al menos dormir un poco. Al día siguiente estaba el trabajo y soportarse, todo sería peor con el cansancio acumulado, con la cabeza abombada por la falta de sueño. Me levanté. Fui a la cocina por una escoba. La ridiculez de ir torpemente armado y en pelotas a la lucha contra un enemigo en miniatura. Encendí la luz y pateé la puerta. La otra pieza. Mi escritorio. Mi olor a humedad. Mis hongos trepando por las paredes. Mis manuscritos eternos amarillándose irremediablemente. Mi cama de soltero y su colcha manchada, la única opción de escape para las noches de hielo inevitable. Mi lugar. “Aparécete por aquí, ratón de la conchadetumadre”, pensé. La escoba firme en mi mano. “Aparécete y te reviento tus sesos de rata asquerosa en el suelo.”

La voz de Delia me interrogó desde nuestra habitación.

-¿Y? ¿Hay algo?

Recorrí con la vista el espacio, de izquierda a derecha por el piso, siguiendo los guardapolvos deshechos y atiborrados de cables, fijándome especialmente en los rincones oscuros y cubiertos con altos de diarios. Iba a decir eso: “No, aquí no hay nada”. Iba a decir: “Tranquila, Delia, ya no se escucha nada, ¿no crees que mejor nos olvidamos de todo?” Pero cuando ya estaba decidido, lo vi aparecer. Detrás de los diarios y mi maletín, dando pasitos cortos. Avanzando hacia mí. Como si fuera tímido y no se decidiera aún a presentarse.

Ratón de la conchadetumadre. Bola de pelos duros y sebosos. Cabecita alerta ¿para qué? ¿Para arrancarse por el agujero en el concreto que lo había escupido hasta ahí? ¿Para atacar, si era necesario: un salto intempestivo y sus dientecitos roedores alcanzándome la entrepierna? Ratón de la conchadetumadre. Ojos negros y profundos. Patas desnudas y engarradas. Un solo escobazo y su perturbadora existencia convertida en un amasijo de cartílagos y sangre. Y mis ganas de vomitar. Y la amenaza latente, porque con uno de los suyos muerto, la venganza de la especie no se haría esperar. Delia me lo había dicho. “El departamento se está llenando de ratones”. ¿De dónde había sacado eso? ¿Los había escuchado a todos? ¿Acaso debía armarme de paciencia y terminar a escobazos con todos ellos? ¿Acaso debía mantenerme en guardia para defender ese espacio que era nuestro? ¿Valía la pena? ¿De verdad valía la pena?

El ratón y yo. Frente a frente. Con la mirada parecíamos tantear nuestras fortalezas y debilidades, como si quisiéramos conocernos o esperar el momento propicio para la emboscada final. Pero también decirnos cosas, establecer claramente cada uno de nuestros argumentos para provocar en el contrincante la deseable retirada, sin heridos ni huesos rotos. Mírame, este lugar es mío, soy más grande que tú, tienes todas las de perder. Tengo mucha rabia acumulada, ratón culiao, y si no sales ahora por donde entraste, la voy a descargar contra ti. ¿Así que eso quieres hacer? Me das risa. ¿Y por qué te doy risa? Piénsalo: me puedes matar a mí, pero ahora mismo, bajo tus pies, hay decenas de crías sin pelo, ciegas pero resistentes, y mamando leche de una rata gorda y cariñosa a la espera del momento para también salir. No te creo. ¿No me crees? ¿De verdad no me crees? En un par de semanas nos multiplicamos. Nos gusta culiar y parir para volver a culiar y parir. Nacemos para eso. Yo no importo, importan los que vienen. Así sobrevivimos. ¿Y tú? ¿Cómo sobrevives tú?

Me quedé sin respuesta. Iba a ensayar alguna, pero la voz de Delia me distrajo de nuestra conversación.

-¿Por qué te quedaste callado? ¿No hay... nada?

Estuve a punto de abrir la boca y responder. Sólo cuando retrocedí un paso y choqué con sus senos calientes, me di cuenta de que Delia no estaba en la cama. Estaba a mis espaldas. Me tomó de la cintura, como cubriendo su desnudez con mi cuerpo ante la presencia de un extraño. No dejó que me moviera. Sólo girando la cabeza pude ver su mentón apoyado en mi hombro y su vista fija en una tabla suelta del parquet, en el epicentro de mi pieza: el ratón escarbaba entre la madera podrida, llevándose trocitos a la boca que después escupía, hasta que consiguió levantar el listón completo, dejando a la vista un pedazo de radier irregular y polvoriento. El ratón parecía haber empezado con lo suyo, el piso lucía como un rompecabezas que alguien se ha decidido a desarmar.

-No, nada -dije a destiempo.

-Nada -repitió Delia con la vista fija en la rata inmunda-. Qué bueno. Nada. Me lo imaginé entonces. Sueño de mierda. Sueño de mierda... -y partió de nuevo rumbo a la cama.

Yo miré al ratón una vez más. ¿Tenía más cosas que decirle? No importaba, porque él ya no estaba dispuesto a escucharme. Sólo lo vi tomando con sus dos patas engarradas la tabla podrida del parquet. Se la llevó a su boca, que me imaginé con un aliento ácido, como si se estuviera comiendo un sándwich.

Apagué la luz y cerré la puerta. Un tironcito de más para que la lengua de la cerradura calzara y nadie desde adentro pudiera sólo empujar de ella para salir. Cuando llegué a la pieza, Delia me esperaba debajo de las sábanas. Supuse que estaría durmiendo, pero escuché que me llamaba.

-Ven -me dijo, ofreciéndome lo que siempre había sido mi lado de la cama.

Debieron ser cinco minutos de silencio. O de los pasitos del ratón hijo de rata buscando otra tabla suelta. Si tuviéramos un crío, pensé, en la noche escucharíamos sus ruidos así. Un crujido y nuestros oídos atentos para escudriñar lo que le estuviera pasando. ¿Tienes sed? ¿Soñaste feo? ¿Quieres pipí? Los pasitos del ratón hijo de rata por la pieza y luego el mismo ruido duplicándose. Dos ratones hijos de rata apoderándose del espacio de al lado. Hey, mira lo que encontré aquí. Vengan todos. ¿Era posible imaginar un tercer ratón hijo de rata asomándose detrás de las paredes y la puerta cerrada? Delia suspiró. El departamento se está llenando de ratones. Su frase como una profecía. A la mierda, que se derrumbe todo, que se desarme todo.

Pero Delia me tomó por sopresa cuando me abrazó con sus muslos y me inyectó su aliento en la boca.

-Mierda, estoy muy caliente. ¿Por qué no culiamos?

-¿Qué?

Delia se restregó los ojos. Su respiración era un susurro, como si no quisiera despertar a alguien. Estoy seguro que desde la otra pieza escuché un chillido.

-Dejémonos de huevadas. ¿Por qué no tenemos un hijo?

No había que pensarlo demasiado. Cuando terminamos, sentí que había eyaculado dentro de ella semen y rabia. Calentura y frustración. Algo para sobrevivir a esa rata asquerosa. Un hijo.


2

Varios meses después, tuve un sueño enrarecido, líquido. Las ventanas del departamento eran como las ventanas de un acuario. Afuera se veía la ciudad camuflada entre los árboles y completamente sumergida bajo el agua, la enorme casa de atrás como un barco hundido y extrañamente habitado, el patio de luz que a nosotros sólo nos oscurecía como un pozo para abastecer a los sedientos, y todo visto bajo un filtro medio celeste y medio verde, con sombras que se movían a un ritmo apacible y acuoso, pero a la larga mareador. ¿Qué mierda podía pensar de eso? En el sueño apenas estaba sorprendido. “Así que al fin pasó algo grande”, pensaba. En el mundo. En mi vida. Una catástrofe, un cataclismo, un diluvio de la puta madre y pese a todo el edificio había sobrevivido. Y no sólo eso. Dentro de él, Delia y yo (porque en el sueño lo pensaba así, Delia y yo, imposible pensarnos por separado) podíamos hacer una vida tan normal como la que habíamos llevado hasta ahora. Normal, sí. Pero encerrados, sin posibilidad de abrir la puerta siquiera, porque de hacerlo todo el torrente terminaría por inmiscuirse para hundirnos y ahogarnos. Normal, sí. Tanto que me daban ganas de encender un cigarrillo y fumarlo tranquilamente mientras disfrutaba de nuestra situación y el paisaje. Nada que hacer en el mundo de afuera. Todas las necesidades cubiertas ahí adentro. Qué importaba el mundo si estábamos los dos, porque solo ni cagando, qué infierno de mierda, en qué prisión más asfixiante se transformaría todo si ella no estuviera. ¿Había valido la pena arreglarlo todo? Sí, había valido. Aunque el mundo entero se hubiera inundado. Aunque nosotros fuéramos los únicos sobrevivientes (nosotros y no una miserable rata asquerosa) que podíamos continuar nuestra vida porque nos habíamos dado una oportunidad. Tal vez por eso me extrañaba tanto cuando me daban ganas de encender un cigarrillo y, pese a mis esfuerzos, no lo conseguía. Un encendedor de metal, uno de plástico, una caja de fósforos y ni la más mínima chispa. En el sueño, ese simple hecho me preocupaba. “Algo está pasando”, me decía, y eso era lo grave, la falta de chispa, la falta de fuego, no la certeza de una ciudad entera sumergida más allá de las paredes. Instantáneamente decidía ir donde Delia. Resultaba urgente y necesario preguntarle a ella qué era lo que ocurría: estaba seguro, o más bien deseaba -necesitaba- que ella tuviera una respuesta.

Debí sospecharlo por lo que me costaba caminar, del living al pasillo y del pasillo a nuestra pieza. Un esfuerzo para avanzar un paso o dos, como si el aire fuese diez, quince veces más denso. La sorpresa no era encontrarse con Delia en la cama. La sorpresa era ver la cama despegada del suelo, un poco de lado, y con Delia sentada a lo indio, las piernas abiertas, sus pechos inmensos y llenos de leche, y su guata enorme y lisa, su ombligo como un ojo mirándome a mí y mirándose hacia adentro, mucho más alerta pero también mucho más entregada. La sorpresa era ver que el aire espeso no era aire espeso sino agua, y que si las ventanas del departamento eran las ventanas de un acuario, era porque nosotros estábamos dentro de él, rodeados de peso, condenados a vivir sin oxígeno y en ese estado tan risible, como de cámara lenta.

“¿Qué es lo que pasa?”, le preguntaba a Delia, las ondas de mi voz haciendo dibujos en el agua antes de llegar a su oído. “No sé”, me respondía ella. “¿Nos hundimos?” Pero la cama no se hundía, se elevaba. Era yo el que tenía mis pies pegados en el parquet, era yo el que empezaba a ver cómo Delia me miraba cada vez desde más arriba. Entonces me daba cuenta: protegido por su sombra, enmarcado por el espacio que la cama flotadora dejaba a la vista, un ratón. ¿Era el mismo de hace meses? No, no podía ser el mismo. Al día siguiente de esa noche de mierda había partido a una ferretería y había esparcido por todo mi escritorio el mejor veneno. En el sueño me acordaba de eso. “Se asfixian y se secan”, me había dicho el ferretero. “Les llevan esa comida a sus crías y todos se mueren en familia.” No, no podía ser el mismo: ese ratón insolente no había muerto de un escobazo, pero había tenido otra muerte, más plural y sofisticada. ¿Qué tenía entonces de distinto? ¿Podía darme cuenta? “Un ratón”, dije en voz alta, y quería que Delia me escuchara y lo viera, que se asomara desde su cama en las alturas. “No, un ratón no”, me dijo ella, sin asomarse. “Una rata.” “¿Cómo sabes?”, pregunté. “Mírala a los ojos. Está preñada.”

Y yo veía sus ojos negros que me asentían, que no me confirmaban nada con palabras, pero que se atrevían a reflejarme, ella y yo a ras de piso, y Delia flotando, elevándose ella misma de la cama, sus manos y sus pies buscando algo de qué agarrarse y su cara asustada. “El niño, el niño”, me decía, y así, flotando dentro de su propio líquido, sin siquiera haberlo visto a la cara, era tan poco lo que yo podía hacer. Pensé que Delia se estrellaría contra la ventana. Pensé que la presión del agua la llevaría hasta allá como un torbellino y que la fuerza de la corriente la expulsaría repentinamente de la pieza, del departamento, de mi vida. “Ayúdame que voy a parir”, me decía una voz. Y yo no reconocía la voz de Delia. Lo que veía era a una rata gorda, a punto de reventar, que no podía hacer otra cosa que mirarme con ojos suplicantes.

Desperté mojado, bañado en una transpiración ácida, que me ardía. ¿Afuera hacía tanto calor? No, imposible. Estábamos en abril, el otoño ya auguraba un invierno seco, pero frío, nada de diluvios, la amenaza era el congelamiento, la gente ya hablaba de eso en la calle, y yo pese a todo sofocándome. ¿Tenía fiebre? ¿Me estaba enfermando? ¿Estaba un poco más que nervioso por lo esperado e inevitable que estaba a punto de pasar? A mi lado, el espacio de Delia vacío. A mi alrededor la pieza oscura, y sólo más allá de la puerta la evidencia de una luz encendida. Me levanté y fui hasta ella como quien sigue un reflejo al final de un túnel.

Delia estaba ahí, de espaldas. Su figura apenas un poco más ancha de lo habitual: desde ese ángulo nadie habría podido suponer nada. Nadie excepto quien hubiera conocido el basural que había sido mi escritorio, porque en ese caso las preguntas tenían que surgir tan naturalmente. ¿Por qué ese color tan claro en las paredes? ¿Por qué de pronto todo tan luminoso? Delia y yo. Nubes blancas rodeándonos. Un cielo de dibujos animados, ridículo y optimista. Un lugar pulcro y limpio desde donde partir de cero. ¿Borrón y cuenta nueva? No, porque en eso estábamos de acuerdo: nuestra vida era lo que era, sin borradores, desde el principio -y esto era un nuevo principio- teníamos que hacernos cargo de todo, como si fuera una versión final.

Delia alzó la mano y apenas tocó un móvil sobre la cuna de madera. Una pequeña órbita de planetas de peluche se estremeció en ese universo en miniatura. El dedo de Delia como el culpable de un nuevo big-bang.

-¿Qué tienes? -pregunté-. ¿Estás bien?

Quise acercarme a ella, pero algo no me dejó. Sentí que interrumpiría algo. Delia inspiró profundo como una advertencia y contuvo la respiración: necesitaba limpiar el ambiente de cualquier ruido molesto para oír ese silencio que olía a calma y augurio.

-Si me llega a pasar algo...

Ahora sí que me acerqué. La tomé de la cintura. Observé que su piel sobre el ombligo se hundía.

-No seas tonta -la calmé-. No te va a pasar nada.

-Si me llega a pasar algo. Ahora o después...

Delia no terminó la frase. Yo sólo sentí mis pies mojados. Cuando vi el suelo, no me fijé en el parquet restaurado, cada tabla bien puesta y pegada en su lugar. Sólo me fijé en la poza de agua que Delia y yo estábamos pisando, una inundación a escala para nuestros pies sobre la tierra.


3

En las noches es así: o caigo fulminado por el cansancio, exhausto y apaleado, o me mantengo en una vigilia endeble, atento a cualquier ruido, atontado por un hilo de pensamientos que no se corta ni dirijo. Alguien me lo había advertido. La mañana siguiente del nacimiento de Bruno, salí del departamento rumbo a la clínica con la sensación de que él y Delia me iban a dejar solo. Pasé a una tienda de flores, compré un par de rosas rojas y, en una librería, una pequeña tarjeta: un fondo oscuro y la fotografía de un pie muy pequeño. La mujer que me atendió era vieja, tenía experiencia. Me miró con una sonrisa. ¿Complicidad o se estaba burlando de mí? Me preguntó si iba a tener un hijo. “Acaba de nacer”, le contesté. “Entonces prepárese, que ya no va a dormir nunca más”. “Mientras sea chico”, acoté. “No. Hasta que sea viejo. Usted y él. Uno cierra los ojos y sueña. A ratos largos y a ratos cortos. Pero nunca más es lo mismo.”

A veces me confundo. Creo estar muy desvelado, me emputezco por mi falta de sueño, maldigo la hora en que entré a esa librería oscura y me encontré con esa vieja de mal agüero, y entonces escucho los gritos de Bruno desde la pieza de al lado, llamándome, insistiendo, cada vez a un volumen más alto para llamar mi atención y remecerme, porque debo llevar minutos ignorándolo, sumergido en mi propia inconsciencia. Otra veces creo estar dormido profundamente, la desconexión total como un estado idílico y deseado, pero basta un gruñido tenue, una palabra somnolienta y balbuceada desde su cuna para que yo me alerte. ¿Se despertará? Ojalá que no. Descansa, hijo, déjame descansar. ¿Y si me llama? Papá, agua. Papá, jugo. Papá, ven.

Ahora lo estoy escuchando. No parece irritado. Deben ser más de las tres de la mañana y me llama con una voz tan entera, tan despierta, que me asusto. Con terror recuerdo su último desvelo, su risa que no tenía ni la más mínima intención de distinguir la madrugada del día, y Delia y yo turnándonos por horas larguísimas, yendo desde nuestra cama a su cuna, exasperados y enternecidos de su buen humor y sus ganas de jugar hasta que finalmente se durmió cuando clareaba y ya teníamos que levantarnos, qué noche, qué día de mierda se avecinaba. ¿Qué es lo que querrá ahora? ¿Que le pase un libro? ¿Que le ponga una película? ¿Que me quede con él, yo tendido al lado suyo, mis pies encogidos y agarrotados mientras él busca de nuevo el sueño tomándome la mano con fuerza?

Voy hacia su pieza. Tengo los pies helados. No quiero encender la luz. No quiero hablarle mucho. Es mi táctica, que tiene tantos éxitos como fracasos: tal vez si me pongo a su lado, tal vez si él me siente cerca, acompañándolo, se quede más tranquilo y se vuelva a dormir. Tal vez me sirva a mí. Tal vez ha llegado la hora de que me devuelva la mano y deba recostarme junto a él, decirle “cariño” y sentir cómo en el medio del sueño él hace el esfuerzo de sus tres años y con sus dedos en miniatura empieza a acariciarme la cara. Mierda, cómo me calmaría. Cuando voy llegando junto a él, sin embargo, cuando mis ojos ya se han acostumbrado a la falta de luz y puedo distinguir las formas que me rodean, lo veo ahí, sentado en la cama, restregándose los ojos, sacudiéndose la pesadez o un mal sueño, pero pese a todo sereno. Yo sólo me estremezco por el aire frío que se me cuela por la espalda. Llego hasta él y sólo puedo pensar en la mariconada malparida que significa el completo vacío en el que ha quedado mi cama.

-¿Qué pasa, hijo? -me traiciono, mi voz demasiado alta, dando pie a una conversación-. A dormir, a dormir.

-¿Y la mamá?

No quiero cerrar los ojos. La figura de Bruno cada vez se me hace más nítida en medio de la oscuridad, como si algo presente le diera su propio reflejo. Inspiro profundo como una maldición a nuestra puta suerte y contengo el aliento: necesito limpiar nuestras vidas de cualquier crujido amenazante, aunque tenga la certeza de que lo peor ya nos ha ocurrido. Ahí estamos, Bruno y yo, esta noche y el resto de nuestras vidas, bañados de polvo y abriéndonos paso entre los escombros, condenados a siempre estar saliendo de debajo de un derrumbe, siempre sobreviviendo a algo de lo que no todos pueden sobrevivir.

-¿Y la mamá? -repite Bruno.

Y yo en un segundo descargo toda la respiración y la rabia y la frustración y la calentura y las ganas de mandarlo todo a la mierda. Pero no, a la mierda no, porque Bruno está ahí. Lo abrazo sin dramatismo. Me gusta sentir sus huesos compactos, su instinto de cachorro apegándose a mí porque me reconoce, porque sabe que lo contengo, lo protejo. Si estoy cerca, nada malo le pasará, me digo. Y sé que eso no es cierto. Ni siquiera lo expreso como un deseo. Lo expreso como una promesa que ya no cumplí, como una culpa que no es culpa y que los dos estaremos obligados a cargar. Me impregno de ese olor ácido que sale de su cuello: si pudiera, lo llevaría para siempre conmigo.

Y es él, Bruno, antes que yo, quien lo percibe primero. Se despega de mi cuerpo y siento que soy yo el que queda desvalido. Hijo, no me hagas esto, abrázame, no quiero que tú también me dejes solo, ésa también sería una mariconada tremenda. Pone una cara de sorpresa que debería hacerme reír. Lo que sucede le da susto (después de todo, no se despega totalmente de mí), pero él lo relativiza con humor, qué alivio que lo tenga, a pesar de que se despierte a las tres de la mañana para preguntar por su mamá.

-¿Qué es eso? -dice y no me indica nada.

El silencio no es silencio. Deberíamos estar solos, pero no estamos solos. Es un ruido y pienso en el asco y el miedo. Pienso en sobrevivir. ¿Patas engarradas avanzando por el parquet? Ratón de la conchadetumadre. Con mi hijo no. Tengo rabia contra el mundo, tengo rabia contra Delia, tengo rabia contra todo y quiero descargarla de una buena vez. “No te muevas de aquí”, le digo a Bruno, y él me obedece porque soy su padre y porque el padre tiene la razón, pero debe notar mi inquietud, mis huevas hinchadas, mis ojos llorosos y las aletas de mi nariz palpitando porque me dan ganas de llorar, y un papá no llora, no así de descontrolado como lo estoy haciendo ahora, tienes que ser fuerte, ser su apoyo, por la mierda, si algo me llega a pasar, y Bruno no deja de obedecerme, pero ya no le interesa saber qué es el ruido, porque hay una pregunta anterior que yo he dejado sin respuesta.

-Papá, papá... ¿Y la mamá?

Sigo sin contestar, me limpio los mocos, trato de controlar el par de espasmos ridículos que van a quedar pegados en algún lugar del inconsciente de mi hijo. Qué imagen paterna más patética. Pero al menos estoy ahí. Enciendo una luz pequeña, una lámpara con forma de oso. Todo iluminado, el cielo falso en el que estamos, pero en tonos difusos, ideales para conciliar el sueño. ¿Por qué mierda, entonces, estamos despiertos?

Y la veo ahí, tendida en el suelo, justo en el vértice de la cómoda que Delia y yo compramos en las tornerías de Avenida Matta. La veo de medio lado, como durmiendo. Sus bigotes como de caricatura. Sus dientes roedores sobresaliendo de su hocico, dándole personalidad. Sus párpados cerrados y su cola asquerosa y muerta como un trozo de cuerda. La impresión de que no lleva demasiado tiempo ahí, pero también de que ya está secándose. Una rata tan inmóvil. ¿De donde vienen los livianos y putos pasos que escucho?

-Mira -dice Bruno, y me regala una sonrisa extraña y repentina. Una risa superior a mi miedo, a mi asco, a mi sorpresa. Una risa sobreviviente que me alivia, porque no soy yo el que importa, sino el que viene. Y el que viene es él.

Y la sonrisa de Bruno es la tristeza atávica de ese par de cachorros de ratón hijo de rata, que avanzan con sigilo pero decisión hacia ese cuerpo que los contuvo (los veo y no sé por qué estoy tan seguro de eso) y que ahora está condenado a terminar pudriéndose en un basural donde otros cientos de ratas buscarán el alimento, para así poder culiar y parir, porque para eso han venido al mundo, para eso se mantienen ahí. Los veo que llegan a su lado, pequeños e indefensos, uno por la cabeza y el otro por el vientre, y empiezan a lamer un pelaje más grueso y más gastado que el propio. Lo hacen por instinto, supongo. O como un ritual aprendido e inútil, para que la rata madre reaccione y se vaya con ellos a las entrañas del edificio, a contarles un cuento donde ogros humanos ponen veneno para matar a ciudades de ratas y donde un ratoncito valiente como ellos puede matar de miedo al gigante asesino. Pero la historia real la conozco demasiado bien. ¿Cómo contarle ese cuento a Bruno? ¿Cómo decirle que esos ratoncitos no podrán despertar a su mamá?

-Hijo, ¿quieres dormir conmigo? -le pregunto.

Bruno me muestra sus dientes como cuando Delia lo apuntaba con una cámara para sacarle una foto, y me asiente con una alegría que es -para él y para mí- el mejor panorama.

Dejo la luz encendida y me lo llevo en brazos. Lo acuesto a él en el lado caliente de la cama, prefiero yo quedarme en el frío. Cuando apago la luz de mi propio velador, lo último que alcanzo a ver es una foto de Delia, que me resisto a guardar. No se nota aún, pero es de su embarazo. Dos meses de Bruno haciéndose espacio dentro de ella. “Maricona, por qué me hiciste esto”, la culpo, y ella debe estar puteándome a mí, otra de nuestras peleas, no me soportas, no te soporto, ahora a tanta distancia. Lloro como un cabro chico. Lloro como un pendejo.

-No pasa nada, papá -me dice Bruno-. No llore. No pasa nada...

Me doy vuelta y abrazo a mi hijo. Lloro con él, mientras siento que me golpea la espalda con sus manitos en miniatura, consolándome. Qué mierda pensará de mí. Yo sólo sé que mañana voy a comprar un diario para buscar otro sitio donde vivir. El departamento se está llenando de ratones. Y para esas crías huérfanas, la pieza de Bruno siempre será un cementerio.




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