Marcelo Simonetti

De La Siega, la enciclopedia libre.

Queremos tanto a Julio

Cuento publicado en "El abanico de Madame Czechowska" (2001).


Esa tarde, Mercedes me había dicho que fuera a su casa. «Negro, tengo una yerba que me trajeron de Neuquén. Vení a matear conmigo», decía el papelito que deslizó por debajo de la puerta. Me acuerdo que era domingo y que llovía con crueldad. Que en el recibo de su casa había tirado aserrín y que en el perchero de la entrada colgaba un sobretodo largo, inmenso, verde. De aquella escena, en el pueblito de Bolívar, han pasado más de cincuenta años y los detalles siguen estando frescos en mi memoria. No es casualidad: ese día conocí a Julio, a Julio Cortázar.

Si he de ser riguroso, hacía tiempo que sabía de su nombre y de su figura alargada. Habíamos hecho la primaria en el mismo colegio, allá en Banfield. Era un chico raro, al menos para mí que me desvivía detrás de una pelota y soñaba con transformarme algún día en el nueve de Boca. Julio era circunspecto, enfermizo y en los recreos leía Veinte mil leguas de viaje submarino. Algunos se reían de él porque en vez de decir martes decía magtes; en vez de arte, agte. Venía de Francia y no hubo artimaña que lo librara de esa herencia. Ni siquiera el paso de los años sirvió de remedio. Esa tarde de lluvia y mate en Bolívar, Julio hizo una apología de las escalegas y elaboró toda una teoría respecto de qué sería del mundo sin las togtugas.


No recuerdo si fue ese día. Quizá haya sido el domingo en que Julio nos leyó uno de sus poemas. Lo cierto es que una tarde, cuando Mercedes calentaba agua en la cocina, le dije lo que pensaba de nuestro amigo: «Creo que estamos en frente de un tremendo poeta». Ella no dijo nada. Se quedó en silencio, acariciando a Tom, el gato de angora que tenía entre sus brazos. Recién una vez que el agua hirvió se atrevió a decir: «Sin duda». La casa de Mercedes, en esos días, no solo era el hogar de la inquieta profesora de inglés del Colegio Nacional de Bolívar. Había gatos, conejos, patos y un par de ardillas que se instalaban en la frutera de la mesa de comedor a alimentarse de manzanas y nueces. Las tardes de domingo la fauna animal se enriquecía con la visita de personajes como el historiador Arnoldo Butroi, Berta Leguizamo, profesora de pintura, o Pepón, el músico. De toda la gente que se dio cita en esa casa de paredes verde olivo y piso de madera, hubo dos nombres a los que nunca desatendí, de los que tengo los mejores recuerdos y con quienes intenté, en la medida de lo posible, permanecer en contacto una vez que dejaron Bolívar para hacer sus verdaderas vidas. Uno fue Julio Cortázar. El otro, Manfred Numann.

Para cuando Cortázar se apareció por el pueblo, Numann completaba su cuarto año como inquilino en la pensión de los Montero. Enviaba mensualmente reportes a Dinamarca acerca de unas investigaciones arqueológicas que realizaba un grupo de paleontólogos de la Universidad de Frederiksberg en la Patagonia. De eso vivía, aunque su pasión era la misma que la de Julio: la literatura. Pequeño, rubio, levemente contrahecho, se paseaba por las calles de Bolívar tomando nota de cuestiones anodinas: el número de adoquines que había sobre la calle Balcarce; los segundos de retraso con los que las campanadas de la iglesia anunciaban el mediodía; las formas de las nubes que cubrían el cielo al amanecer. Recuerdo como si fuera ayer el cuaderno de apuntes de tapas azules, el dulce aroma que despedía su pipa, los rayados que hacía en los árboles del pueblo.

Hubo varias tardes de domingo en las que Numann y Cortázar coincidieron. Aquello era un lujo y Mercedes no tenía problema alguno en desalojar a sus animales, especialmente a los conejos, que a Numann le provocaban una tos alérgica. Si Numann llegaba con su clarinete, la tarde se diluía a ritmo de jazz y Julio no tenía inconveniente en seguir a Numann, golpeando sus manos contra los muslos. Mercedes no tardaba en contagiarse y, tomándose los bordes del vestido, ensayaba unos pasos al centro de la sala que provocaban en Julio una carcajada mayor, la que, inevitablemente, era seguida por la risotada de Numann. Ambos estaban conectados por una sensibilidad muy especial. Mercedes decía que eran dos gotas de agua, aunque Numann terminara bostezando cada vez que Julio comenzaba a hablar de boxeo y contaba la tarde en que Justo Suárez, de un certero uppercut, tiró a su rival fuera del ring.

Guardo un recuerdo entrañable de esas tardes y pienso que varios de los que tuvimos la suerte de pasar por el living de la casa de la calle Roma también lo conservan. Julio lo ha demostrado dejando en varios de sus cuentos la huella de esos días. No tengo dudas de que Carta a una señorita en París remite a la alergia de Numann. Y que Circe es también una evocación a la maldita manía que se apoderaba del escritor-clarinetista- paleontólogo cada vez que se llevaba un bocado a la boca. «¿Y qué tal si alguien ha puesto una cucaracha dentro del pastel?», decía, mientras examinaba minuciosamente el alfajor o lo que fuera.

El día en que Julio publicó su libro de poemas, Presencia, nos juntamos en casa de Mercedes para celebrar. Los profesores del Colegio Nacional de Bolívar se encargaron de la fiesta. Compraron vino y carne como si se tratara de una orgía romana. Yo llevé unos discos de Armstrong que me había conseguido y Julio leyó un par de sonetos con las ardillas encaramadas en su cabeza. Hay algunas frases que todavía me resuenan: «Y el lago ya no es lago, sino halago». Pequeñas estructuras que esa noche quedaron flotando en el aire, como el humo del cigarrillo, como un rayo de luz.

La reunión se alargó hasta la madrugada del otro día. Quedábamos unos pocos, desparramados por el suelo. Mercedes tenía la cabeza apoyada sobre el abdomen de Julio. Arnoldo Butroi trataba de convencernos a todos de su parecido con Rodolfo Valentino. Y Tom, el gato, se paseaba por el living hurgando entre las copas los restos de vino.

A alguien se le ocurrió que Numann leyera uno de sus textos. Numann se resistió como pudo. Dijo algo así como que la noche era demasiado breve para abrirse paso entre los elogios ajenos. Que él no era la estrella de la jornada. Que prefería mantenerse en el anonimato. Mercedes le insistió, se le acurrucó contra el pecho y le dijo que lo hiciera por ella. A los pocos minutos, Numann daba lectura a un relato extraño que se titulaba Instrucciones para mirarse en el espejo y saber quién se esconde detrás nuestro: ¿Abel o Caín? Recuerdo que era un escrito breve que finalizaba con una pregunta a la que ninguno pudo dar respuesta: «¿Y qué es lo que preferirían descubrir: que tras aquella imagen que se dibuja en el espejo está Abel o Caín?».

Vinieron nuevos días, otras semanas, varios meses. Sin darnos mucha cuenta nos hallamos una mañana despidiendo a Julio en la estación. Llovía y él debió apelar a su pañuelo para limpiar el vapor que iba cubriendo el vidrio del autobús. Agitaba su mano con suavidad, mientras las lágrimas que se le escapaban a Mercedes se confundían con el agua que caía del cielo.

Esa escena se repitió algunos meses después, cuando Numann y su maleta de falsa piel de cocodrilo dejaron Bolívar. Las investigaciones en la Patagonia habían finalizado y él debía trasladarse a Buenos Aires a la espera de instrucciones. Cuando el autobús se perdió entre los cerros, tuve la certeza de que la historia entre Mercedes, Julio y Numann, no terminaba ahí, que el destino se encargaría, a través de algún artificio, de volverlos a juntar.

Las cartas no tardaron en llegar desde Chivilcoy y Buenos Aires. Hablaban de nostalgias, de afectos mantenidos, del recuerdo como argucia para acercar la felicidad. Mercedes me leyó alguna de las cartas y, cada vez que elegía un párrafo al azar, se me hacía difícil saber quién era el remitente. Había reservado una caja de zapatos roja para las cartas de Julio, y otra verde para las de Numann. Quizá era una artimaña para evitar confusiones, porque ella misma se encargaba de recalcar, no más poner punto final a la lectura de alguna de las misivas: «¿Cierto que son como dos gotas de agua?».

Para cuando ocurrió lo de la publicación de Bruja, Numann parecía ir perdiendo la carrera epistolar, porque eran las palabras de Julio las que llegaban con mayor frecuencia a la oficina de correos de Bolívar. Sin embargo, en ninguna de ellas hizo mención al acuerdo con Numann. Bruja apareció en una publicación bonaerense en 1944 y la crítica alabó a Julio Cortázar, la nueva promesa de las letras argentinas.

Siempre me llamó la atención que aquel cuento no fuera incluido en ninguno de sus volúmenes posteriores. La explicación estaba en una de las últimas cartas enviadas por Numann a Mercedes: «Ya sabes de mi temor abisal a la escena pública. Sabes cuánto me cuesta desnudar mi espíritu. Prefiero la trastienda. El parapeto. La guarida. Julio me ha hecho un gran favor al publicar bajo su nombre Bruja. De otro modo no me hubiera atrevido. ¿De qué puede servir que tu nombre aparezca en el escaparate de las librerías o en lasrevistas literarias? ¿Qué se puede obtener más allá de vanidad y una ración de falsa gloria?».

Nunca pude olvidarme de ese incidente toda vez que hace algunos años llegó hasta mí una crítica del francés Jean Andreu en el que decía, a propósito de Paula, la protagonista de Bruja: «La bruja Paula rechaza a sus pretendientes regulares, lo mismo que la Irene de Casa tomada; Paula, como la Delia de Circe, pero con menos maldad, inventa mágicamente toda clase de bombones. Paula se inventa también un novio comodín, lo mismo que la Alina Reyes de Lejana se casa con el pobre de Luis María. Se pueden multiplicar los ejemplos de semejantes recurrencias entre Bruja y los relatos venideros, con sopas repelentes, insectos, niños que están sin estar del todo, tíos cómplices, cosas raras de puertas celestiales, de puertas cerradas».

Las tardes de domingo en Bolívar nunca volvieron a ser las mismas. Había mate, lluvia en la ventana e incluso una radio que entregaba noticias de Europa y el mundo. Pero nada volvió a ser igual. La casa evidenciaba esa tristeza, la añoranza de un tiempo mejor, de la fiesta. La humedad crecía por las esquinas y ya no había conejos, ni ardillas que juguetearan encima de la mesa. Solo Tom, viejo y amargado, esperando la muerte encima de un cojín al que se le arrancaba el algodón por un agujero.

A veces ocurría que una carta fechada en París hacia que el tiempo retrocediera y que el rostro de Mercedes se iluminara. Eran pequeños salvavidas que nos enviaba Julio o Numann. Recuerdo que Mercedes llevaba esa carta consigo donde fuera y estuviese en el autobús, sentada en la plaza, en la mitad de una clase, la sacaba y la leía por enésima vez.

Cuando apareció Bestiario aquello fue una locura. Porque no más saber que los seis ejemplares destinados a la librería de don Chito habían llegado, Mercedes salió corriendo, casi en bombachas, para adquirir todos los libros. Dormía con ellos y no hubo tarde de domingo en que no repasáramos uno de sus cuentos, intentando adivinar qué había querido decir con la frase tal o la anécdota cual. ¿Cuántas veces habremos leído Circe o Cefalea o Carta a una señorita en París?

Tratamos de retomar el contacto con Julio, porque de Numann no habíamos tenido noticias. Nos respondió una vez contándonos que seguía trabajando en nuevos cuentos. Que estaba sorprendido del éxito de Bestiario. Y, al pasar, que Numann estaba viviendo con él.

Mercedes le enviaba a Julio y a Numann cartas perfumadas, cartas con las hojas del nogal que había en la plaza, cartas con los pelos de Tom. No hubo respuestas. Yo traté de soslayar la tristeza que asomaba a la cara de Mercedes con alguna noticia que aparecía en los diarios locales o en alguna revista literaria en la que hacían referencia a Julio. Si se publicaba alguno de sus libros tanto mejor. Porque bastaba leer cualquier cuento para advertir las referencias a la época en que Julio compartió con nosotros en Bolívar. «Ves, ves como no nos ha olvidado», le decía.

Es un hecho que la Irene de Casa tomada tiene mucho de Mercedes. Y para cuando apareció Rayuela ambos supimos en quién estaba inspirada La Maga. Reímos mucho con el gíglico, ese neolenguaje que utilizaba Julio en algunos pasajes, porque era un claro homenaje a Numann, de quien Mercedes guardaba un Manual para hacer el amor: «Farúmela, epítela, quediantre su locura tómela con prosufión de las cuanteras, tuarde, broque, amiratado, y en el lúmine de sus purfios, cuando parezca que la údica seldia de limba se abogue, lemante sus brestos, junto a su tricolis, y armuyen tundos, en un trilce aladipo de fresón, samidientos de tanta blamadura, samidechos de tanto esperar».

Todos los días, antes de iniciar mis clases de historia en el Colegio Nacional pasaba por el quiosco de don Carlos. Buceaba en los diarios y en algunas revistas literarias buscando una fotografía en la que apareciera Julio y Numann. Los imaginaba a ambos viajando por la noche parisina, entrando en los cafés, enfrascados en largas tertulias con Sartre y los otros, bebiendo cerveza en las escalinatas de la Sacre Cöeur, seduciendo señoritas sobre el puente de los enamorados. Los veía a ambos escribiendo a cuatro manos, al estilo de Borges y Bioy Casares, dando vida a su propio Bustos Domecq. Podía dibujarlos en el aire: a Numann tocando el clarinete; a Julio haciendo guantes contra su propia sombra, emulando el estilo de Justo Suárez.

Una tarde de domingo en casa de Mercedes yo fantaseaba con la idea de que los cronopios y las famas debían andar todavía dando vueltas por la casa. No cabía otra posibilidad de que Julio hubiese dado cuerpo a esos personajes que recreando la fauna animal que habitó en su momento la casa de la calle Roma. O bien, eran seres que solo Julio podía observar. Julio y su talento demesurado. Julio y esa catarata de imaginación que brotaba de su mirada. Julio y la magia con la que escribía. Mercedes me miró molesta y la cara se le fue transformando de a poco. Se le torció la boca. Y los ojos se le fueron desorbitando lentamente. Se levantó de la silla empuñando sus manos. Por un momento pensé que me iba a golpear. Avanzó hasta la biblioteca y sacó un manuscrito de tapas azules en el que se podía leer: Manual para vivir (1932), por Manfred Numann. Fui leyendo uno a uno los manuales de Numann y debo reconocer que, por ejemplo, Conducta en los velorios fue escrito a la vera de Manual mortuorio. Que el inicio de Instrucciones para dar cuerda al reloj es el mismo de Manual del desespero: «Allá en el fondo está la muerte, pero no tenga miedo». Que el detalle de Instrucciones para subir una escalera es demasiado parecido a Escalada. Que la anécdota del tipo que se arranca el reloj y descubre la huella de unos dientes muy finos en Instrucciones-ejemplo sobre la forma de tener miedo es la misma que inspira Manual del horror. En el texto de Numann abundan personajes muy especiales: los ramiros y los glorias, que, dicho sea de paso, obligan a pensar que los cronopios y los famas fueron hechos a su imagen y semejanza. Lo único que eché en falta en Historias de cronopios y de famas fue Instrucciones para mirarse en el espejo y saber quién se esconde detrás nuestro: ¿Abel o Caín?

El tiempo pasó y nunca perdí la esperanza de ver a Julio abrazado con Numann en las ceremonias en donde se le rindió homenaje o le entregaron algún premio. Incluso cuando regresó a Argentina, esperé ver esa sonrisa torcida apareciendo a espaldas de Julio, o los rubios cabellos desordenados por el viento. Algo de esa presencia mínima que tanto extrañamos con Mercedes. Me cansé de leer las entrevistas que le hacían a Julio, esperando, en vano, que pronunciara el nombre de Manfred Numann. Así ocurrió hasta ayer, cuando, en la mitad de una tarde de lluvias y mate, las radios anunciaron que en París había muerto Julio Cortázar.




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