Lucía M. de Block, "Mare Liberum"

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(Redirigido desde Mare Liberum)

Por Lucía M. de Block



I

Ese día Paulino despertó agitado. Soñó con Jerónimo, el hermano muerto, quien siguiendo el sendero de su madre, se suicidó. Él no creía en los que volvían de la muerte, pero ese sueño lo hizo sentir menos solo.

Enrolló sus viejas cobijas y se vistió. Los ruidos otra vez lo turbaron, de nuevo amanecieron con él. No sabía de dónde llegaban ni por dónde se iban, sólo brotaban como el murmullo de una muchedumbre lejana y se acercaban hasta explotar a su alrededor, enloqueciéndolo todo. En la vieja hornilla calentó el café; con el agua helada de la pileta, se lavó. En el interior del barco azul y blanco atracado en la dársena, buscó en la bolsa de estraza alguna fruta para desollar con cuidado. Entre amargos tragos de café y dulces capullos de mandarina, intentaba ignorar los ruidos. Sus ojos descubrieron los recortes de periódico amarillento y algunas fotografías sepia que no tenían ningún significado; se esforzó por descifrar el motivo de aquella galería sujeta a la pared con clavos y corcholatas, pero en el intento se deformaba su forma original. Cuando empezó a clarear, se caló el quepí azul y fue al embarcadero. Esa mañana se prestaba para navegar.

Él mismo lavó la cubierta azul del San Pedro y con esmero limpió el casco y las escotillas; se daba cuenta que los escaramujos cubrían la quilla, pronto tendría que carenar su embarcación; eso sería después, en la época de temporales, cuando permanecía en tierra. Con mirada de experto revisó el barco de proa a popa y por último verificó todos sus instrumentos de navegación. Contra el pantalón, restregó la carátula estrellada de la brújula y acompañado de los ruidos que lo inquietaban cada vez más, levó el ancla, para internarse en la inmensidad del mar.


Paulino no necesitaba consultar las decrépitas cartas de navegación, conocía las rutas de memoria. Cuando las sombras se alargaban con timidez sobre la cubierta, atracó en el muelle, donde los estibadores le reservaban su carga desde el día anterior. Al ver la pila de cajas, mentalmente calculó el cubicaje de la mercancía y casi de inmediato empezó con los quehaceres de estiba; se daba cuenta que aquella mañana, la precisión se le escapaba entre los dedos.

Convencido que la carga de sus infinitos años lo volvía torpe y derrengado, fondeó al San Pedro cerca del muelle y a babor, se sentó a meditar en el justo momento que, entre los gritos y sonidos que lo rodeaban, identificó el nítido llanto de Bernarda, la plañidera que tantas veces viajó de polizonte en las bodegas del barco; buscó en todos los rincones, sin hallarla. Extendió el catalejo y sin censura, oteó el horizonte. De pronto, los pequeños ojos, el suave aleteo de la boca roja de Liviana se asomaron del otro lado del catalejo y prosiguieron su veloz vuelo hasta la arboladura, donde se perdió entre masteleros, velas y perchas.

Paulino buscó con desesperación a Liviana con su disfraz de ángel, rodeada de una espesura verde, frondosa y jaspeada, pero en su lugar, sólo el hombre que usaba el uniforme de la marina noruega se cuadró a manera de saludo. Después de tanto tiempo de buscar ese momento extraviado, por fin halló la última mirada que él vio antes de zarpar a ese viaje que todavía no terminaba. Bamboleándose con el suave cabeceo del barco, abrazó sus piernas y esperó que su mujer apareciera de nuevo para decirle que no volvería a abandonarla jamás.

El estrépito a su alrededor lo obligó a navegar de nuevo; sabía que Liviana no se acercaría con la barahúnda; (¡Por Dios, Bernarda!, ¡cállate y calla a los tuyos!).


II

Como todos los miércoles, apareció a las ocho de la mañana. Por la calle de piedra, empujaba el estruendoso carromato forrado de latas de pepsi cola pulcramente unidas por las esquinas con corcholatas y clavos. Siempre me sorprendió su habilidad para manipular el carro de dos llantas y lustrosa manivela, me parecía que a pesar de los ostentosos quiebres que realizaba al momento de dar vuelta, esa pericia no correspondía a un hombre de su edad. En ocasiones, llegué a pensar que se veía prematuramente avejentado debido a su piel arrugada por el sol; sin embargo, la pelusa blanca que brotaba por debajo de la anticuada gorra de fieltro azul, negaba tal suposición. Alguna cosa íntima, que no descubrí sino hasta más tarde, me obligaba a buscar justificaciones para seguir los pasos de aquel anciano. Durante cierto tiempo pensé que la espalda ligeramente encorvada se debía al pesado trabajo de cargar todos los enseres que transportaba; lo veía acarrear los bultos y de inmediato evaluaba el peso, confirmando la certeza de mi teoría. También me aferré a su extraña manera de caminar, siempre ligeramente inclinada hacia delante, de pasos vacilantes pero obstinados, como si el suelo se deshiciera en ondulaciones. Me repetía que ese andar no correspondía a un longevo, pero pronto supe que la estéril justificación de su edad, sólo representaba el menor desafío que ese hombre me provocó.

Al contemplar su marcha, descubrí que eran los primeros pasos ajenos que se me revelaban sin violencia, con una cierta dignidad que yo desconocía. Admití que si pudiera caminar, trataría de proveer a cada paso de la misma importancia; andaría como él, en busca de un sueño.

En mi pequeño mundo, anestesiado por las sumisas reiteraciones de la rutina, donde las esporádicas visitas de una hija que me detesta, la lectura del periódico y el paso de ese hombre justificaban el interminable eco del reloj, la impuntualidad se convirtió en parte de mis desórdenes; cada vez que lo esperé detrás de mi ventana del segundo piso, agradecí esa disciplina ejercida con indulgencia; sólo a los que practicamos la inanimada y tiesa rutina de esperar, nos gratifica la exactitud del tiempo. Al principio, se trataba de una silenciosa morbosidad para encontrar cause a mi furia acumulada, de satisfacer la insana costumbre de formular crueles comparaciones de mis incapacidades, pero después de deducir que ambos deambulábamos por la vida aferrados a mecanismos rodantes, encontré el consuelo de saber que además de mí, existía otra persona incapaz de salir libremente de su mundo; entonces, el hábito matutino de calentar mi cuerpo frente a la ventana y entretener mi culpa recreando el asesinato de una familia de inocentes (llantas rechinando, luces enceguecedoras, estallido de láminas...) adquirió un nuevo y denodado matiz.


III

“Hoy fue un buen día”, dijo el hombre rollizo que pesaba cada paca de cartón y periódico y garabateaba en una libreta, “Se va a llevar un buen dinerito, pesamos más de ochenta kilos”. Paulino agradeció mientras guardaba el dinero en la bolsa de su camisa. Decidió regresar navegando cerca de la costa; pasaría al mercado por un poco de fruta y a comprar unas veladoras, por si acaso Liviana llegaba por la noche. Al llegar, invitaría a Bernarda una taza de café con la esperanza de que dejara de gimotear. Esperarían juntos a Liviana.

En el camino pensó en su mujer por tantos años perdida y embarneció su anhelo de convencerla de permanecer juntos y, de una vez, borrar ese gesto apesadumbrado con el que se despidió de él en el muelle. A pesar de los años que le entumecían los recuerdos, aún recordaba el sabor salado de su piel y el molde tan familiar de sus abrazos. Pensó que las dos mujeres y él navegarían juntos todas las mañanas. Bernarda, ¿lloraba por la ausencia de Liviana? ¿Dónde ha estado todos estos años? ¿Todavía le gustaban las manzanas? Quizá, su mujer pudiera explicarle los significados de las fotografías y así, armar su memoria con los pedazos de olvidos enmohecidos por el tiempo. ¿Por qué se disfrazaba de niña? ¿Quiénes son los rostros de la pared? ¿Cómo interpretar ese barco encallado en la playa? Paulino miró la vastedad que lo rodeaba y tuvo la impresión de contar con la clave que dotarían de significación a las ambigüedades que flotaban sin sentido, supo que con la presencia de Liviana, las dudas caerían contradichas por la verdad.

La humedad en el ambiente calaba sus articulaciones, como un presentimiento cargado de lluvia.


IV

A pesar de todo, está amaneciendo. Poco a poco salgo de las cavernas de la noche para encontrarme con un firmamento de antifaz apelmazado y negro. Comprendo la afinidad de ésta mañana y otros días de lluvia: el hombre no aparecerá.

Me pregunto cómo es que el viejo adivinaba el momento preciso en que reventaría el aguacero. Todas las veces que escuché a deshoras el carromato aprendí a considerarlo un barómetro ambulante que con sus arpegios, anunciaba la proximidad de la tormenta; entonces, resguardaba mis depresiones diluvianas entre libros y sorbos de café negro con un toque de tequila almendrado. Sucedió una tarde: anticipadamente, el hombre regresó con la pila de periódicos y cartón; permanecí delante de la ventana para descubrir el motivo de esa alteración a la rutina, de la ruptura del protocolo de volver con el carro vacío; como respuesta, una fina llovizna salpicaba la imagen del hombre que empequeñeció calle abajo. La ciudad se humedecía y sus hipnóticos charcos revivieron el amago de otra media tarde plomiza en la que di mi último paso, justo antes de subir al coche (patinando incontrolable, el camión de frente, las piezas retorcidas... los cuerpos sin zapatos...); otra tarde que ya no tiene remedio. Como si se tratara de un descubrimiento a destiempo, rechacé el panorama del otro lado de la ventana, pero las llantas delanteras de mi silla se atascaron con los flecos del tapete verde. Carmela estaba en la iglesia, arreglando algún asunto que no me interesaba; intenté zafarme con mis propios medios, primero con movimientos torpes y luego desesperados, hasta quedar inmovilizada por una muralla de muebles y los pliegues y enredijos del tapete; entonces, me entregué de lleno a la frustración que me provocaba el cautiverio en medio de la sala.

Lo que encontró Carmela fue algo más lisiado que mis piernas colgando como badajos, más rancio que la conciencia de lo inútil. En medio de la ceremonial penumbra de la noche, la miré como un animal lastimado; ella regresó la mirada como si yo fuera uno más de los objetos tirados en medio del caos. Nos medimos en el intrínseco juego de tiranías, omisiones y culpas que nos mantiene ocupadas; tácitamente, decidimos ensimismar nuestros silencios. Sin embargo, el interés por las premoniciones del indigente de gorra azul, no se contagiaron de indiferencia.

“Hoy es jueves”, dijo Carmela después de muchos días de silencio. Yo no la miré, sólo alcé los hombros. “Es jueves, el día que voy a la iglesia a dar catecismo.” Estaba de pie, ahí, en el lugar donde estuvo el tapete verde y después una planta frondosa y jaspeada; con el gesto de mi boca le recordé que los asuntos religiosos no me interesaban “No voy a ir, hoy no voy a salir, quiero que lo sepa” levanté los hombros y seguí leyendo el periódico, enseguida pensé que echaría de menos la charla por la que me enteraba de los pormenores de la vida de allá afuera; no sería sino hasta la siguiente semana cuando me enteraría si la vecina logró encontrar a su perro perdido. Sin embargo, comprendí que con esa penitencia me declaró la paz; para Carmela era necesario pagar sus culpas a través de las visitas a la iglesia, la catequesis y el histérico manoseo del rosario; quizá, eran las únicas formas que encontraba de expiar la culpa por cuidar de quien ejecutó a su propia familia luego de dejar en la clase de ballet a su hija mayor; quizá, ese era el único pecado que se atrevía a cometer y por ello, cada jueves se ponía el disfraz de mujer piadosa y así, lograba permanecer en mi casa después de veintiocho años.

En aquélla temporada de chubascos y silencios, deduje que la tragedia de ese hombre estaba tan unida a la lluvia, como la mía (vidrios rotos sobre el asfalto mojado, fierros retorcidos, emanaciones de gasolina...); por eso comprendí que huyera de la composición maligna de cada gota, que como advertencia convertía los recuerdos en alucinaciones dolorosas.


V

Paulino acarició a Caracolejo que volvía retrasado de sus aventuras por el mercado; de patas cortas y orejas desbravadas, el perro bermejo sacudió el agua de su lomo y se echó a dormir. Bernarda no contestaba a las preguntas de Paulino, pero irreverente, dejaba ver su sombra desde el escondite. Volcadas en una esquina, encontró las luces de situación del San Pedro e intentó recordar cómo pudo navegar sin ellas; los bordes quebrados le recordaron su inutilidad. Le parecía que la habitación había aumentado de tamaño durante su ausencia. Con sus imágenes de fuego, la luz de las veladoras penetraba por las grietas verdinegras de la pared. Las fotografías y recortes de periódico colgaban inofensivas, aguardando por un secreto extraviado. La brújula, el perol, el canto de la mesa, todo parecía mutilado por el tiempo. Recordó una sonrisa aleteada y roja, y en su rostro se dibujó una mueca que empequeñecía aún más sus ojos; recordó el bosquejo de rasgos infantiles, nebuloso entre las arrugas: Liviana.

Al compás de las goteras, los lamentos que escuchaba Paulino reverberaban con sus ecos, ennegreciendo el silencio. No sabía qué hacer ni qué esperaba; los ruidos le provocaban sobresalto, el vértigo y el dolor de cabeza no le permitían concentrarse; una corazonada ambigua latía débilmente. Con la navaja, forjó un holán desigual de corteza de manzana verde y de vez en vez, miraba debajo de los faroles donde se repetía el orvallo. Disponiéndose para arrullar la duermevela de Paulino, las sombras se alojaban en los rincones.


VI

Desde temprano, la rutina del jueves estuvo corrompida. Lo primero que noté fue que al carromato le faltaban los extraños botes cercenados, rojo a la izquierda, verde a la derecha, que a cada ostentoso giro se ladeaban con algún mecanismo invisible, y durante horas, estuvo hundido en sí mismo, ajeno a todo (a la precisión de sus costumbres, a la ausencia del perro, al carromato repleto de cajas de cartón apiladas con descuido, a la mujer con la mano enyesada que lloraba en la banca del parque). Permaneció así, con los instintos adulterados. Extendió su catalejo y me miró aturdido. Fue un breve vistazo que me desconcertó y me obligó a esconderme detrás de la exhuberancia de la planta que Carmela colocó junto a la ventana. Permanecí fiel a mi liturgia de no meditar sino hasta que el hombre empequeñecía calle abajo; me mantuve atenta a la búsqueda del elemento, al parecer importante, perdido en el aire o la copa de los árboles. Miré al hombre, paulatinamente, vencerse por el abatimiento.

Ahora sé que el encuentro de nuestras miradas, fue producto de la casualidad o del error.

Me sorprendió que como respuesta al saludo militar que siempre le dispensaba el empleado de la panadería, apenas movió la cabeza; por lo general correspondía con solemnidad marcial. También se olvidó del hábito de bruñir la brújula, esa que confundí con un reloj de bolsillo. El día relucía con un tono irreal. Al mirar detenidamente, noté las agujetas desatadas, una barba incipiente que revestía de niebla el rostro atezado; esos detalles me revelaron que el día estaría dotado de incertidumbre y sorpresa, pero nunca imaginé que rebasara mis expectativas.

Por el cielo bajo y opalino, resbalaba un sol tímido que no imponía la urgencia de una sombra; el hombre abrazó sus piernas y comenzó a balancearse con el enloquecido tartajeo de un cuerpo que rechaza el extravío de algo misterioso y volátil. La autenticidad del sentimiento que le provocaba la pérdida, reducía sus ojos a pequeñas rendijas insondables. Ahora mismo me siento incapaz de describir sus ojos, sólo recuerdo las manos delgadas, de movimientos lánguidos; la piel flácida de los brazos; los codos percudidos y cenizos, pero no recuerdo su mirada; parece que siempre estuvo escondida detrás de un resquicio lleno de oscuridad.

He olvidado en qué momento dejé de fantasear con la vejez del hombre; cierto día, los diez o quince años de diferencia pesaron demasiado como para relacionarlo con la edad que mi marido tendría entonces; adolezco de imaginación romántica, por lo tanto, no tuve más recursos y abandoné esa pobre fantasía. Entonces, imaginé que alguna adversidad obligaba al viejo a recolectar periódicos y cajas de cartón en la tienda de la esquina y que de forma inverosímil, esas circunstancias nos acercaban. Poco a poco, mi mirada inquisitiva, indiscreta y morbosa se asomó a la integridad de una vida y sin quererlo, me sentí la depositaria de los secretos más íntimos de ese hombre. Consciente de la improbabilidad de que aquel experimento me causara algún daño, me entregué a ello; sin embargo, hoy me parece difícil no encontrarlo al comienzo del día, me pesa no mirar la cotidianidad con los ojos del hombre, esas mismas cosas, al mismo tiempo. Me pregunto qué acontecimiento desentrañó la locura en lo alto de aquel puente.

Hoy me siento vulnerable a la nostalgia. Dentro de mí amaneció algo urgente y físico que pesa más que ayer, como una víscera averiada y repleta de agua.

Con el temor de una mujer de sesenta y tres años, extiendo mi mano y toco una hoja de la planta jaspeada; siento las refinadas venas del dorso y la temperatura. Por primera vez en demasiado tiempo, permito que mis dedos toquen algo vivo... algo que también puede morir entre mis manos.


VII

Un murmullo acrecentado despertó a Paulino. Frente a él, a un lado del colchón, una mancha oscura y densa desdibujaba la cara abotagada Bernarda. La voz lo incitaba a despedirse de Liviana. Paulino dio un salto. De nuevo, Bernarda se alejaba sin contestar sus preguntas y él necesitaba saber a dónde y cuándo se iba Liviana; como si el silencio la dotara de un significado peculiar, siguió a la mujer nebulosa y decidió acompañar a Liviana a dónde fuera; sin importar el destino, se iría con ella. Paulino pasó sin mirar al San Pedro que estaba atracado en el patio de la vivienda, bajo la luz lunar; por las callejas del muelle, persiguió la sombra silenciosa de Bernarda que se perdía y volvía a aparecer en medio del tropel de cuerpos y la oscuridad de la noche húmeda. Con las orejas sobresaltadas y el cuello alargado, Caracolejo lo siguió por las escaleras del puente peatonal, sorteando los pasos mojados y ascendentes de las ocho de la noche; esperó con la pata suspensa mientras Paulino contemplaba las ringleras blancas y rojas flotando ordenadamente, moviéndose a la orden del semáforo; de pronto, le parecieron confusas las luces del puerto. Bernarda y su prole se dejaban ver desde abajo del puente, como señalando un punto en el movedizo vacío del mar. Detrás del vidrio empañado de un automóvil, lentamente apareció Liviana disfrazada de niña; opalina y lacia se alejaba en su embarcación que seguía las luces rojas, rumbo a mar abierto; agitaba sus manos y Paulino imaginó el aletear de la sonrisa roja. En un intento por alcanzarla, fijó su mirada en las pequeñas manos que lo llamaban y desde lo alto del puente, se clavó en la inmensidad del mar.




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