Maria Victoria Dentice

De La Siega, la enciclopedia libre.

Cuidado

Esta vendada (la vida) y no puedo salir. Es como una sala de espejos con cientos de nombres grabados y todos son míos (y todos los glandes son míos) ¿Quién me sentencia a muerte? Yo.

Me siento, pulso mis lágrimas hacia adentro, pero no responden. Pronto la lluvia dejará de traerle miedo a la tarde y limpiará mi cráneo un bebé. MIEDO. (Pensar luego lo que esta palabra no puede decir).

¡Oh! el invierno. El invierno nos trajo el infierno. Casa de muñecas mis vientres rotos, se nace en invierno pero se muere mejor en primavera.

Me masturbo recordando el color del cielo como lo teñías de blanco la noche que te matabas. Otra vez hay una fuga en la sangre, señor. Una cara. ¡Tantos rostros míos! y el mío rostro quemado sin nacer.










Cadáveres a su medida

Anoche camine por mi cara como si fuera la ultima calle del mundo. Sobre mis ojos se olvidaron el cadáver de un perro que hacía diez años se había olvidado de dormir.
No se le puede decir nada del dolor a alguien que no sabe que existes.
Camino a oscuras por los ladrillos de la pared, camino uno a uno a los niños que por orgasmo dejé sin padre. Esto es lo que nos queda niños: una memoria que habla, una memoria que tiembla.
Debajo de mi cama hay una puerta que me lleva al corazón de un muerto.
Y vos nada mas querés ir al último lugar del mundo que es un agujero desgarrado que te come los huesos desde el día de tu nacimiento.




De “Los años vendados”, Ediciones Baobab, 2006.










Talasemia o anemia mediterránea
Ya no soy joven.

Ya no acuso a mi soledad
ni desprendo ecos de sus rasgos.
Se ha estancado mi sangre
en el ojo de un sauce
contra el cauce de un río
que de memorias fue herido al nacer.

Me han desterrado el cuerpo.

Me han destronado
de mi la esperanza,
Tan lejos he quedado.

Mi corazón no sabe.










Lo de arriba tiene que quedar arriba
Como si enterráramos el cuerpo de la poesía
En el aire.
Tuvimos que aprender a desgarrar
los bordes del silencio y sus manos.
Cuando los muertos no despertaron,
Salimos a buscar a Dios.










Del libro, aún inédito, “Los Amantes del cementerio”.




© María Victoria Dentice (Derechos reservados. Ver Aviso Legal).

Volver a Número 12: Febrero 2007