Martin Pollack, El muerto en el búnker

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Por Bernadette Konzett


Del libro original(*):
Der Tote im Bunker : Bericht über meinen Vater
Martin Pollack
Vienna: Zsolnay, 2004.


Cuando el historiador, traductor y escritor austriaco Martin Pollack se matriculó en Filología Eslava e Historia de la Europa del Este a finales de los años 60 del siglo pasado, su abuela quedó seriamente inquietada. El desencuentro acabó con la preocupación verbalizada de que el nieto se casara con una mujer polaca o, peor aún, judía, y la consecuente ruptura total iniciada por Pollack. Abuela y nieto no se volverían a ver.

Pollack no comprendió el cuadro completo de la incomodidad de su abuela, nada inusual en la Austria de aquella época, hasta muchos años después, cuando indagaba a fondo en las huellas dejadas por su padre. Un libro llamativo y valiente es testimonio de esta búsqueda de raíces.

El muerto en el búnker comienza en el año 2003 en la parte italiana del puerto de montaña del Brennero. Pollack busca, y encuentra, el búnker en el que su padre fue hallado muerto a tiros 56 años atrás. La confrontación con este lugar es consecuencia de un proceso muchas veces aplazado, en cuyo principio había grandes incógnitas, miedo a ver superadas las peores sospechas, y la convicción de que esta muerte violenta había puesto fin a una vida durante la cual la violencia había ocupado un lugar destacado. En un racconto extendido, Pollack hace al lector partícipe de unas indagaciones que tienen que haberle llevado más allá de sus límites más de una vez.

Afincados en la actual Eslovenia, los bisabuelos y abuelos de Pollack se sentían encomendados a defender su lengua y cultura alemana, minoritarias en aquella franja biliingüe donde convivían con los vecinos de habla eslovena en una tensión compleja y frágil. El ambiente en el que se crió Gerhard Bast, el padre desconocido del autor, era marcado por una ideología germanofílica y racista. El ejercicio, las armas, la caza eran importantes; una foto muestra a un pequeño Gerhard de apenas tres años desafiante junto a un fusil que le iguala en tamaño.

Gerhard pasa sin pena ni gloria de alumno a universitario, se afilia pronto a una de las asociaciones de estudiantes más radicales, se toma muy a pecho una sentida misión de defender una patria reducida y fragmentada tras la Primera Guerra Mundial con lemas patéticos y escabrosos y también con la fuerza de los puños. Antisemita y germanofílico incondicional, se encuentra entre los afiliados austriacos al partido de Hitler más precoces, los nazis ilegales, lo que se traduce en unos años de persecución de intensidad variante, estadía en la cárcel incluida, y luego en mérito. La carrera de Bast en el aparato de las SS comienza días antes de la anexión. Su ascenso por la enloquecida jerarquía de los rangos hoy en día ininteligibles de las SS es vertiginoso. En Yugoslavia participa, camuflado de turista, en el sondeo estratégico para el bombardeo inminente. En Münster, al norte de Alemania, firma órdenes de deportación de judíos. De su estancia en el Cáucaso como jefe de un “comando especial” no queda documentación alguna. Como si hubiera entrado en un túnel oscuro del que no saldría hasta dos meses más tarde, dice su hijo, quien como historiador especializado en esta zona conoce bien la tarea especial de tales comandos: El exterminio de judíos y comunistas. Fusilamientos masivos, furgonetas de gas. De su tiempo al mando de un comando en Polonia está comprobada, entre otros hechos no contrastables, el fusilamiento masivo de rehenes polacos. Su paso por Eslovenia coincide con una huella de sangre.

Paralelamente a esta carrera en la maquinaria del terror se desarrolla el romance con la madre de Pollack. Hijo de una época marcada por un gran silencio intergeneracional, el escritor sólo puede adivinar las circunstancias que llevaron a su madre a dejar a su primer marido, con el que ya tenía dos hijos, por un funcionario del Reich con el que llegó a casarse muy a finales de la guerra. Al poco tiempo la pista de Bast se pierde en la clandestinidad, para morir dos años más tarde en aquel búnker en los Alpes. Más de medio siglo después, Pollack hablará con el hermano del hombre que supuestamente mató a su padre mientras lo llevaba hacia el otro lado de la frontera. Su hermano había sido un hombre decente, explica, usando las mismas palabras que utilizaba Paula Bast al acordarse de su hijo.

La madre de Martin Pollack volvió a casarse con su primer marido. Las motivaciones de ambas partes implicadas en esta decisión quedan difusas. Claro está que la infancia y adolescencia del escritor transcurrieron un hogar cálido y cariñoso, lo cual aplazó su inquietud de saber sobre su padre biológico hasta mucho más adelante, años después de aquella reacción angustiada a la elección de su carrera académica. El resultado es un libro maduro. Sin relativizar el horror o callar su repugnancia, Pollack trata con respeto a personas ideológicamente opuestas, pero emocionalmente cercanas a él, como a sus abuelos, su madre o su padrastro. De esta manera, los intentos de encontrar momentos claves que expliquen tal biografía, los esbozos discretos de escenarios alternativos le quedan particularmente densos, y aporta varias pistas concretas sobre posibles determinantes en la vida de Gerhard Bast.

No obstante, es inevitable que la incógnita persista. El por qué del mal es uno de los grandes temas inagotables, y lo es mucho más aún si el objeto de investigación es el propio padre. Deducir a base de fotos, cartas y documentos espaciados y un tanto arbitrarios la biografía de una persona desconocida, mitificada y cubierta por un manto de silencio a la vez, siempre va a dejar vacíos imposibles de llenar. Una gran parte de los hechos narrados resultarían inimaginables sin los testimonios y documentos que los confirman.

Quizá es por esto que Pollack se haya dotado a sí mismo de un protagonismo bastante reducido. Entre líneas, sin embargo, su presencia es constante y densa. A la medida que avanza la carrera de criminal de guerra del que fuera su padre, los miedos y las tormentas del hijo se hacen cada vez más palpables. Pollack cuenta su gran frustración y posterior alivio al no encontrar ningún documento que haga hincapié a su padre en un archivo determinado. Hace transparente la tentación de creer a su abuela cuando habla de la decencia de su hijo. La ignorancia puede funcionar como consuelo; sin embargo, éste se difumina de golpe cuando el horror trasciende el papel y queda manifiesto en las fotografías de las víctimas eslovenas de Gerhard Bast y sus hombres.

Libro sin duda catártico, El muerto en el búnker trasciende lo personal y da una idea precisa e inquietante del bulto de una herencia plagada de incógnitas que marcó a una generación entera. Este tipo de indagación sigue formando parte del panorama de literatura escrita en alemán, y Martin Pollack se inscribe en esta línea con una obra impresionante.




(*) Existe una traducción al castellano de Frank Schleper: El muerto en el búnker: Informe sobre mi padre. Madrid: El Tercer Nombre, 2005.



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