Melisa Machado

De La Siega, la enciclopedia libre.



De El lodo de la estirpe (Artefacto, 2005).






Así la amada entre el mujeraje:
totum vanitas:
vanitat.

Afiladamente reina:
niña pura salvia, puro ajonjolí.

Allá merluza regia:
regis, regina:
vanidad.





I.
Supe reinar en la tierra como gata distraída que mira de reojo a su amo encantado.
Tenía las orejas alertas y mis nombres eran varios: biaiam fafanta molusco.
Como de un panal salían las vocales de mi casta
y varias otras habían que ni olvido ni recuerdo,
porque largas fueron las horas del amor.
También aprendí a esconder palabras como si fuesen piedras.
Y las furias mordían mi corazón, convertían mi cuerpo en tallo,
sacudían mi aliento hasta dejarme insomne.
"Raza de felinos sin sueño. A ellos perteneces", dijo el vengador.
Y mi cuerpo desolado es ahora un inmenso sitio donde nada cae ni se agota.
Aunque tenga ante mí al de los pies bellos e indefensos.
no cortes, no resistas, no temas
Soy sólo edad: arena y tierra en caldo de hechicera
no pises, no pruebes, no gires
Anúdate el ceño con el filo del relámpago. Cíñete la cintura con tu último sudor.
Échate el destino encima, rueda las monedas.
Aunque uses los gestos impropios del que quiere nombrar el fuego
y sólo humo sale de su boca.






II.
Yo remaría contigo hermano,
vuelta sobre tí sin muertos ni manzanas.
Con dedos de niño y migajas de pan
volcaría tu cuerpo sobre tierra blanda.
No habría oleada de piedra,
sólo tu piel lustrosa como lomo de perro
y las brillantes fauces mojadas.
El musgo de mi aliento crecería a tus pies
mullidas hebras,
sólido tapiz para tu nuez.






III.
Cubriré mis pies con aceite,
me despojaré de ornamentos.
Quizás te asombre el cuerpo liso,
el corazón demasiado poblado.
Y cuando desanude las telas
verás echado a mis pies al cachorro más amable:
escudillas donde entibiarse las manos.






IV.
Si hay falta en mí seré despedida. Si no, descansaré bajo su fuerza:
mi boca abierta a sus maneras.
Y hallaremos placer.
El hombre será honrado en gran número en mi presencia.
Acaso hallaré el rugido y el perdón. Quizás sólo un sorbo de agua fresca.
Y serán los tiempos del júbilo.
Porque hombres hay afectos a frutos acuosos.
Hombres deseosos de clavar la lengua en el higo más lechoso,
capaces de descansar sobre ramas de guaco.
Los mismos que anudan sus camisas con huesos de aceitunas,
luego de triturar la carne verde y pastosa de la oliva.
Los que encuentran placer en el sonido de sus voces:
timbres graves como agua atrapada en las rocas.
Hombres capaces de avistar a dios,
hombres que hacen viajes y cargan con su culpa y su pecado.

Y están los que dicen:
"alivia mi peso con tu ausencia, aparta de mí ese cofre,
déjalo donde mi vista no llegue,
donde mi nariz no huela".

Sin embargo piensan en el cuerpo y recogen piedras
porque en mineral convierten las promesas de la amada.






V.
El era imperialmente macho
y a cada nalga le daba su guijarro.
Los dientes veloces rompían los breteles,
tiraban las migajas.
"Esta boca es para roerte mejor", decía.
-El cortejo era gentil y decadente-
Las manos derramaban mieles
lánguidas, erráticas
Y si parecía poco, qué?
Como cachorros recién bañados
claros, sedosos
emergimos

las enaguas levantadas por el agua.






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