Miguel Ildefonso

De La Siega, la enciclopedia libre.




NYC

Ay de ti,
tu sonido desde el Brooklyn Bridge
para alimentar a las ratas domesticadas de tu corazón.

Entonces de las gotas que hacía salpicar el Rímac
salían raperos a soliviantar las luces de Manhattan.

& las luces lloraban por la muerte de la Estatua,
yo mientras tanto vivía en el segundo piso
del New York Inn en la 8va Av.

& mi alma se rehusaba a cumplir con el mandato de la mar
que es volver a la página del amor.

El mapa que compré a 4 dólares me llevaba a la Stigia de Caronte
junto a los negros que pescaban llaves oxidadas / aves muertas /
tiempos sembrados de látigos...
era así hasta que caía la lluvia

& ellos se iban refunfuñando sus viejos nombres;
yo los miraba desde el fondo del Hudson
verde que te quiero verde
entre el musgo de las anclas,

-así como el lenguaje brilla en su antigüedad-
aferrado a una nube silente en el Brooklyn Bridge.

& ella la verde Estatua también se lamentaba por brindar su áurea
a los turistas que releían la Guía de Teléfonos,
& no entendían estas páginas que las nubes dejaban
en los tristes, en los nostálgicos, en los impuros...

(-de qué te quejas, hijo.
Madre, a ella se la llevó el Hudson.
-hijo fue por tu bien.)

Era entonces cuando yo vivía condenado a esperar a la Libertad,
el anhelo como un mal hijo hacía podrir la cimiente.
Navíos que llegaban
primero veían la Estatua.
El arte atrás: arte & utilidad de Amerika a la vez.
Basta la estadística para convertir a la Estatua en un adorno,
un símbolo inconcluso.

Entonces, bajo todos estos restos de poder,
yo entro al Eyes,
allí Paola baila desnuda
más bella que la verde Estatua,
ella viene de Fresno,
el arte está más vivo en ella que en Grecia:

                            el arte es el susurro de las almas de Nueva York,
                            el arte es la zona zero,
                            un hueco / invisibilidad de la catástrofe,
                            el concepto del arte en negativo o a la luz infrarroja
                            crea la utilidad del arte,
                            sólo la idea perdura en los disquects,
                            así como la destrucción sólo es una ilusión.

Yo, te dije, buscaba un teléfono,
Bajé a los puentes negros del Hudson & te vi,
te dejaron con la Estatua en el filo del Brooklyn,
tu corazón gitano en las aguas del sudor de Dios;
pero cuánto vale tu corazón, Federico?
(dijo unos sesenta dólares está bien)
Cuando cayeron las torres de Andalucía,
tu pandilla de raperos corrió a la orilla del río,
un espectro de Harlem desembocó como tus lágrimas,
descendió al subway como versos secretos que van a sus sepulcros:

                            ah los edificios de Nueva York!
                            Las ratas del Hudson,
                            las nubes sin destierro,
                            comían el pasto!

Mientras yo dormía en la sombra de un árbol del Central Park(*).

& veía el Hudson que desembocaba en el Rímac,
& yo llevaba una cámara para que me crean los televidentes,

& tu herida, Federico, que borraba desiertos, pirámides sin misterio,

                            entre los números & los rastros.


(*)Estaba tirado en mi sepulcro pensando en ella.
El desierto se calcinaba arriba de mi tumba rosada.
Yo la soñaba en los Santoslugares,
en su “Cámara de las Lágrimas”.
Toma esta flor, le dije, no me la rechaces;
tómala, no me preguntes por qué ni para qué;
así es el desierto, no tiene nombre.










Larguémonos

Hola, Jack, viejo amigo, te dedico esta noche
triste del 2001, no sé qué fecha es hoy,
sé que es lunes del mes de Setiembre,
mi canción de estos días de inicios de invierno es:
Apuesta por el rock and roll,
cantada por Bunbury,
hace días que el fondo del mar es el pico del cielo,
un lugar para oler las flores
que van naciendo con la muerte
de las cenizas del desierto.
Bajo el volumen de la música
oigo de milagro la sirena de un patrullero,
sonido familiar, música de Lima
de esta hora de la noche.
“No hay amanecer en esta ciudad”,
dice esta canción podrida de licor
en Amor transformada.
Te vi, Jack, por Stanton,
ebrio, arrastrando constelaciones,
ladrando sobre la luna,
te vi, bailando esto de Bunbury:
“perdí mi apuesta por el rock and roll”.
El paraíso nunca es para el corazón.
El paraíso nunca dura más que el abandono.
No, Jack, no pudo ir peor,
pero llegaste a la playa inexistente,
una muchacha en la noche desnudando la noche,
dejando frías las estrellas y más pálida la luna.
Hace tiempo que no reías, te dice la muchacha,
y te invita a sentarte en la arena tibia.
Hay luces a lo lejos y todo su cuerpo
es la suma de todos los caminos recorridos.
Porque el cuerpo de ella es el camino
no recorrido: plusvalía (diría Pound).
Porque el cuerpo de ella
es el mar del fondo de tu borrachera.
Sí, hace tiempo no escribes nada nuevo.
Todas esas cosas de amar
las guardas en el frish como una primavera.
Por Adán, por César, por Arthur, por Neil,
y por la ruta sin retorno de tu último tren.
No sé si una vida encaja en un cuerpo,
en una sola vida.
No sé si dos corazones es un alma,
o mil almas es un corazón.
No sé si dos ojos ven igual que quinientas bocas.
No sé si la estrella envidia a su reflejo,
o si la luna odia al sol.
El viento ahora es fuerte por Schuster.
Aquella noche en que viste el infierno
fue también la noche en que amaste.
Todo acabará con las mismas palabras
que empezaste a decir.
Después de la muerte habrán
otras palabras que la poesía ignora.
Ningún licor te emborracha.
Ningún sueño podrá despertar a la vigilia.
El mundo real ya no existe.
El fin de tu historia es el inicio de una historia fantástica,
donde los mares son espejos helados de estrellas muertas.
Hacer el amor será pisar la luna con los versos de Dante,
o cruzar el Stigia con la última línea de Homero,
o trepar un tren con las vocales de Rimbaud,
u orinar en la Plaza Mayor
con el poema XXXI de Trilce.
Dónde estás en este momento, Jack, en qué cantina
de México.
Dionisio y Apolo están en esta tinta que fluye
como alcohol y sangre.
Ser libre es escapar de los puntos de vista.
Escucha: Kansas conecta con Main,
y tu corazón conecta a una noche
en que la cocina de tu hogar ardía.
Madre, aquí estoy, no he muerto.
Madre, yes son, estoy aquí escribiendo, nada más.
Aquí estoy soñando entre los sueños de tanta gente
que no quiere despertar de su pesadilla.
Desde aquí veo algo del soñado
Paraíso Perdido de Milton.
Te veo en un bar, Jack, fuera del mundo,
fuera de tus libros, solo con tu alma.
Tú paseabas por Hollywood, con barba de tres días,
y con una botella de cerveza.
Una mujer aparece, es la misma mujer de la playa inexistente,
pero esta vez te dice para hacer el amor.
Cada instante es el cementerio de alguna palabra.
En qué cantina estás, Jack,
a cuántos kilómetros de este papel.
Perdiste la Apuesta por el rock and roll.
Y yo gané el silencio.










Emily

Miss Emily descansa bajo el alero de su casa,
tiene ciento & tantos años apenas es una criatura de dios,
nunca ha dejado de regañar a los niños que hacen escándalo
en la vereda / raperitos que bailan sin parar. Ella lee tranquila.
El sol es como un viejo amante, viejo amante de las ratas,
el único que la vio mil veces desnuda en el río Hudson
& en el río de todas las ciudades de su soledad.
Ella era delgada & elegante - la habían soñado mil poetas -
como un lirio arrancado de esos poemas de amor
tristes de pueblos tristes; pero Emily no tiene tristeza
ni es como esas muchachas amargadas de la otra calle
que fingían ser sus amigas,
así como fingían orgasmos cuando llegaban los soldados
(cuando vivían).
Buenos días, Miss Emily,
le saluda el cartero invisible entre los sauces,
el postman jamás se detuvo en la puerta de la pelirroja
                    (entonces ser solterona en un pueblo así
                    era un melodrama),
hasta que esa mañana, emocionado, le entregaría una carta
a la señorita que él amaba - le habían dicho que no la dañara -,
la primera carta, se dijo, en todos esos cuarenta años
trabajando de cartero.
Lo recuerda bien: tocó la puerta, pero nadie respondió;
volvió a tocar una & otra vez esa maldita puerta,
hasta que cansado de insistir, cansado de repetir su nombre,
cansado de caminar, de rumiar su pan sin azúcar,
se marchó.
Los niños raperitos ahora juegan un poco más allá
de la casa de Miss Emily, hacen todo el ruido posible
& de rato en rato vuelven los ojos hacia el espíritu de una ave
que se detiene en una rama del árbol mecido en el viento.
Miss Emily está sentada bajo el alero de su vieja casa,
no espera a nadie, nunca esperó a nadie(*).
Dicen: que ya no hay trabajo para los inmigrantes.










La Virgen Loca. Con Final de Edward Norton

Dolores Alanis O’Connor
velaba por el cuerpo de Dante que se extraviaba por Florencia.
Los punks y los vampiros se atravesaban por el corazón del poeta,
casi un mínimo verso lo mantenía en vilo.
Un sonido cómplice del mar lo rescataba, embarrado ebrio,
hacia su sino desconocido.
Dante sabía que Dolores Alanis O’Connor velaba su destino
como si no existiera otro mundo que el del internet.
Es el S. XXI, decía, no hay ficción, ni es la carta XXI del tarot.
Los vampiros del mar corrían trayendo mensajes funestos de su país,
Oh es el exilio, decía, un frío que recorre estos versos.
Pero cuántas veces Dante perdió su inocencia en las nubes,
en la eclosión del sol, tras la ventana de cualquier cantina,
y la seguía perdiendo hasta con el bostezo de un cuculí.
Podría petrificar su corazón bajo la calamina de su agrietada memoria, un rayo de sol.
Sin embargo, ya no había poesía en Florencia.
Dolores Alanis O’Connor se le presentó en el bar.
Los punks y los vampiros llenaban de sangre y ácido los bosques de humo.
El naualth que se fundía en el humo se convertía en la serpiente
que bailaba en el cuerpo de Dolores, desnuda.
La ciudad de Florencia apestaba,
todos los peces muertos en el mar, todas las aves muertas en el aire.
Y la poesía, como ya se dijo, bajo la tierra agostada de Eliot.
Podría ser que las estrellas aún girasen por ese Amor.
Pero ella se desnudó frente al poeta, porque la angustia
es del ser que ha abandonado su alma, y porque así era su amor.
Tiempo atrás, un niño se había comido el corazón de Dante; entonces ese niño empezó a escribir tercetos en italiano, lengua vulgata, profana,
y con su obra se hizo más niño, porque había alcanzado,
mediante el amor, ese estado anterior a todos los idiomas.
Ah los vampiros y los punks se fueron con el alba,
dejando las mesas manchadas por la verdad poética.
Florencia seguía estallando, pues los anárquicos querían luchar hasta el final.
Dolores Alanis O’Connor yacía en la tina, con los vellos
de sus piernas por afeitar, los senos congelados como icebergs.
En los periódicos sólo se hablaba de la guerra, se hablaba tanto
que parecía tratarse de una guerra muy lejana.
Dante, en su locura, cayó en la esquina, asesinado por la sociedad,
idolatrado por unos cuantos druidas.
Un niño se le acercó, y tras escribir el último terceto, se miró en el espejo
y empezó a decir:
“Al diablo, Beatrice,
le di mi confianza
y ella me apuñaló por la espalda,
me vendió arriba del río Rímac.
Maldita, perra.
Fuck you!
Y al diablo tú, Dante,
lo tenías todo y lo tiras por la borda.
Maldito idiota!”



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