Minerva Cuevas y los problemas del arte político.

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Por Agustín Cócola


Minerva Cuevas nace en ciudad de México en 1975, en donde vive actualmente. En un primer momento se interesa por estudios literarios, aunque finalmente entra en la Escuela Nacional de Bellas Artes en 1993.

En el invierno de 1998, en una estancia en New York, le llama la atención un poster en el metro colocado para advertir a los usuarios sobre la peligrosidad de dicho transporte si uno se queda dormido en el trayecto. La idea de Cuevas fue distribuir por los andenes bolsitas con pastillas de cafeína como si se tratase de una generosidad de la propia administración del metro.

Esta “acción” le da la idea de una práctica artística pensada para el “bien público”. Al mismo tiempo, buscaría que su obra reflejase su disconformidad y su lucha contra el tipo de relaciones de intercambio del sistema capitalista. Con estos objetivos surge en abril de 1998 la corporación-empresa “Mejor Vida Corp” (MVC) que, compuesta por ella misma, tuvo su cede hasta Abril de 2003, en la torre Latinoamericana de Ciudad de México, uno de los primeros rascacielos de las grandes corporaciones del país.

Manteniendo la imagen simbólica de una empresa privada, ofrece a través de su página web (www.irational.org/mvc) servicios y productos de forma gratuita, actos de generosidad que intentan satisfacer demandas de la población en contradicción con las relaciones comerciales actuales.

Sus productos y servicios vienen presentados como una compilación que intentan resolver pequeñas necesidades de la vida cotidiana. Se dedica a colocar en sitios estratégicos bolsitas con “semillas mágicas”, sugiriendo una forma agraria de hacer dinero. Reparte billetes de metro en horas punta en las colas de las paradas. Se ofrece como voluntaria para hacer servicios de limpieza en edificios públicos y en los andenes del metro o escribe cartas a los iletrados que lo necesiten. Todos estos servicios y productos pueden solicitarse en su dirección de internet, pero, además, reparte billetes de lotería, extiende cartas de recomendación para puestos de trabajo con el logotipo de la corporación, distribuye códigos de barras falsos para determinados productos a menor precio, estampa carnets de estudiantes para que sus poseedores obtengan descuentos y, preocupada por el miedo de los ciudadanos, también ofrece pequeños aerosoles de gases lacrimógenos para defensa personal. Por último, con la, al menos extraña, intención de ofrecer servicios de seguridad ha intentado alistarse en la Policía Judicial Federal, solicitud que le fue denegada ya que sólo admiten hombres. Por lo visto no habrá que preocuparse. Estamos salvados.

Paralela a la actividad que conlleva MVC, Minerva Cuevas participa en campañas y actos anticapitalistas. Autodefinida como activista, acude a manifestaciones del movimiento antiglobalización o similares realizando protestas creativas. De esta manera, se viste de patito feo simbolizando el papel que cumplen los países del tercer mundo o del cerdito del libretón del banco BBVA, al mismo tiempo que va repartiendo panfletos o portando una pancarta.

Ante esta descripción muchos de ustedes pueden preguntarse por qué, entonces, se le considera una artista. La respuesta es muy sencilla al ser, en última instancia, la única posible. Es decir, poco a poco ha conseguido ir entrando en la institución que la justifica: el museo, aprovechándose de que hoy día cualquier objeto o cosa es susceptible de ser estetizada y, por lo tanto, musealizada. De esta manera consigue diferenciarse de los simples activistas.

Minerva Cuevas obtuvo su consagración como artista mexicana cuando en el verano del 2000 el Museo Rufino Tamayo de Ciudad de México le dedicó una exposición individual para que presente su corporación MVC. Posteriormente ha participado en numerosas exposiciones, de las cuales, en España, han sido cinco, la última de ellas en Madrid en el Segundo Encuentro de Arte Experimental Mad’03 el pasado mes de Noviembre. En el último año ha conseguido darse a conocer a un nivel más internacional participando, entre otras exposiciones, en la Bienal de Ljubljana (Eslovenia) y en el Salón de Refuseés de la pasada Bienal de Venecia.

Una vez descrita su actividad como artista-activista, veamos cuál es su discurso, qué cosas dice acerca de su trabajo. Así, en una entrevista con motivo de la Bienal de Ljubljana (www.amsterdam.nettime.org/List-Archives/nettime-l-0107/msg00160.html) Minerva Cuevas dice: “siento que MVC es un proyecto parásito que usa el museo (…). No creo que la galería sea un espacio fuera del mundo real. Las galerías y los museos son instituciones con sus propias políticas también, y tú puedes intentar usarlas e interferir sus estructuras”. “Creo en la Corporación como un proyecto político además de un proyecto artístico”. “Pienso MVC en términos de activismo social, pero estoy usando medios e instituciones del contexto artístico”.

Al mismo tiempo, en su propia página web dice: “MVC parte más de una serie de cuestionamientos a procesos económicos establecidos que de afirmaciones concretas, rechazando la idea de la producción artística para la mercantilización. Cada uno de los productos distribuidos por MVC son reproducibles y consumibles. Rechazamos incluso la idea de reliquias para suplir la falta de un objeto venerable. No existe el objeto o la firma del artista. En realidad se han dado muy pocas ocasiones en las que MVC se refiera a ella en términos artísticos, creemos que no nos corresponde ubicarnos en un contexto artístico a nosotros mismos, si es que esto deba darse en algún momento”.

«Cuestionamiento a procesos económicos»; «rechazando la idea de la producción artística para la mercantilización»; «creemos que no nos corresponde ubicarnos en un contexto artístico»; «siento que MVC es un proyecto parásito que usa el museo». Pero dejemos los comentarios para más adelante y atendamos ahora a otra cuestión: ¿De qué vive Minerva Cuevas?

MVC vende playeras con su logotipo a 15 dólares o carteles “de edición limitada” con los que participó en la Séptima Bienal de La Habana en el 2000 a 20 dólares. Sin embargo, lo más “significativo”, aunque cada cual puede usar el adjetivo que le plazca, es que vende obras de arte a través de una galería dedicada a la venta y promoción de artistas jóvenes en internet (www.transmag.org/editions/) por el valor de 750 dólares. Su obra se titula “Orange, Blue and Green”, siendo de “edición limitada y acompañada de certificado de autenticidad”. Además, en dicha página puede leerse: “con la adquisición del kit Orange, Blue and Green recibirás un email con la subscripción a las noticias e invitaciones de eventos de MVC”. Se trata de tres bolas de plexiglás con documentos de la corporación y camisetas de la misma.

Cada uno puede sacar sus propias conclusiones, aunque las contradicciones son más que evidentes. O Minerva Cuevas simplemente no es capaz de aplicar su propio discurso o nos está engañando. Yo me inclino hacia la primera opción, ya que es una tarea prácticamente imposible para todo “intelectual de izquierdas” que quiere ser un “proyecto parásito” frente al sistema. Hay que ser conscientes que una cosa es reflexionar y tomar una posición contraria a cómo funciona el mundo y otra cosa es afirmar que se vive fuera de ese mundo, o al menos, “interfiriendo sus estructuras”. No se puede decir que se “rechaza la idea de la producción artística para la mercantilización”, intentándonos hacer creer que su vida se reduce a su activismo cuando luego uno descubre que vive vendiendo sus propias obras. Bajo este punto de vista deberíamos cuestionarnos cuál es la verdadera finalidad de MVC, ya que, visto así, pareciera que es un montaje izquierdoso -con lo bien que eso queda-, con el fin de llegar a pertenecer al mundo del arte y así ganarse la vida. En otras palabras, la única función que desempeña la corporación es reproducir el sistema con lo que en teoría dice haber creado para combatirlo.

Sin embargo, las contradicciones van más allá. Por un lado ella reconoce que usa “medios e instituciones del contexto artístico”, y al mismo tiempo dice que “no nos corresponde ubicarnos en un contexto artístico a nosotros mismos, si es que esto deba darse en algún momento”. Vamos a ver si podemos aclararnos. Darse sí se ha dado, y en muchos momentos. Uno no puede decir que “no existe el objeto o la firma del artista” cuando se gana la vida vendiendo obras con el “certificado de autenticidad”. Pero independientemente de estos hechos, desde el momento en que cualquier cosa entra en la institución museo todo se convierte en objetos con firma de los artistas. Los visitantes del museo van en busca de esas “reliquias” que Minerva Cuevas dice rechazar. Y esto es así casi por naturaleza. No hay quien vaya al museo y que no mire la cartela con el nombre del artista, convirtiendo al objeto en un fetiche que no entiende, pero que adora. Cuando Minerva Cuevas estuvo en Castellón en el EACC (Arquitecturas para el Acontecimiento) y expuso un gran mural como si se tratase de una propaganda de Telefónica desvirtuada ya que en vez de MoviStar figuraba ColoniSar (respetando logotipo, tamaño y colores de la empresa real), por mucho que anteriormente había estado en Madrid en la cumbre iberoamericana repartiendo pegatinas con el mismo logotipo, su proyecto activista se desvirtuó completamente al convertirse en obra de arte, es decir, en objeto venerado por una minoría social sin problemas de tipo económico y, además, la ya de por si escasa acción revolucionaria de ir a protestar a una cumbre quedó absorbida por completo desde el momento que entra en una institución que pertenece y reproduce el poder. Pero para entender mejor este mecanismo pongamos otro ejemplo aún más esclarecedor: El Final del Eclipse es una exposición que tuvo lugar en Madrid para dar a conocer a artistas jóvenes latinoamericanos. Minerva Cuevas participó con el proyecto MVC y fue elegida por los patrocinadores para promocionarla en su portal de internet que dedican al net-art, medida utilizada por las grandes empresas para lavar un poco su imagen y parecer así que contribuyen con la cultura. Casualidades o no, el patrocinador de la exposición era Telefónica.

¿Patrocinaría Telefónica a Minerva Cuevas si verdaderamente supondría un peligro para ellos? Evidentemente no. Y es aquí donde cabe hacernos la pregunta fundamental: ¿es posible una actividad que sea a la vez artística y problemática para el poder? ¿Es posible un arte revolucionario? ¿Tiene sentido un “proyecto artístico” que sea también, como pretende Minerva Cuevas, un “proyecto político”?

Podemos adelantar que todas estas cuestiones tienen una respuesta negativa. El arte nunca puede ser revolucionario ya que transforma y asimila todo aquello que toca según su modo de ser estético. Es decir, todo aquello de lo que habla se presenta con una connotación “artística”. La “estetización” de la vida cotidiana es una necesidad del poder que le permite, de un lado, neutralizar la crítica y, por otro, reducir a una dimensión ficticiamente estética las peligrosas tensiones que generan la alienación. De esta manera, lo estético se identifica con el espectáculo y, por lo tanto, todo su potencial subversivo se descarga. Siguiendo este esquema, la actividad de Minerva Cuevas y de todo arte como proyecto político queda absorbido ya que la denuncia es una representación de la verdad que no cambia la realidad, sino que tiende a conservarla desde el momento en que se representa como espectáculo.

El arte que quiere hacer un “cierto discurso”, que quiere provocar, denunciar, combatir, etc, es ya un hecho muerto. El sistema lo neutraliza rápidamente con sus estructuras e instituciones, pero, sobretodo, connotándola socialmente como “arte”. Pero lo más “útil” de este mecanismo es que consigue hacer desaparecer el peligroso sentimiento de la alienación de la vida cotidiana, reduciéndose a un final ficticio. De lo que se trata es de aniquilar la alienación haciéndola espectáculo de si misma.

Por lo tanto, el activismo artístico es por naturaleza contrarevolucionario. Transforma en objeto de consumo la lucha contra la miseria. Convierte un impulso combativo en objeto de disfrute. Como dijo Walter Benjamín, “esta intelligentsia de izquierda radical nada tiene que ver con el movimiento obrero. Es imposible estar más cómodamente instalado en una posición incómoda”.



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