Navidades radioactivas de 1985

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Por Martín Roldán Ruíz


La verdad que siempre me parecieron insoportables los villancicos. Sobre todo cuando la cantan esos chibolos empalagosos de Los Toribianitos, ¡¡¡ajjj!!! Qué fea mierda, la verdad. Sopa le dieron al niño, no se la quiso tomar… Putamadre, hasta me daban ganas de decirle, al niño, tómatela de una buena vez, carajo, antes de que te la quite el pirañita que está viendo cómo se la va a tomar San José. Por eso y harto de soportar el tuki tuki tukituki de mi burrito sabanero voy camino de Belén, me fui a un tono dark que había organizado el Tino en su casa, una nochebuena de 1985.

Ese Tino era la cagada, lo que se dice un reverendo lucrador. Como en Breña no había donde ir a tonear con música wave o punk, aprovechaba el amplio garaje de su casa para montar fiestas negras donde vendía trago barato, yerba y hasta pastillas para los más quemados. No le importaba si eran sus amigos. Igual te entregaba la merca con un ¡Destrúyete! que sonaba a premonición. La No Helden no existía todavía, e ir hasta el Nirvana, el Bix Pix o la No Disco era una huevada por el precio de la entrada y el consumo mínimo, si es que no podías meter un trago caleta. Además, a esas discotecas iba puro pituco huevón que se creía muy Robert Smith, aparte de las flacas que se alucinaban estar en otra; pero, en el fondo, buscaban lo mismo de cuando iban a un tono pacharacón<i>; o sea, un <i>gil que les pague los tragos y hasta las drogas, a lo cual ellas corresponderían con un chape o hasta con una encamada. Como decía la canción de Voz Propia: Fiestas negras, fiestas burguesas, fiestas repletas de pura mierda, ya sabíamos cómo eran. Por eso cuando la gente se pasó la voz de que el Tino iba a hacer esa fiesta oscurona, y que iba a vender ese trago hastalculo (cañazo con colorante de piña) a unos cuantos intis, pues nadie lo dudó.

La cosa empezó desde más o menos las diez de la noche. Poco a poco iban llegando la gente darki del Nivel 14 de Pueblo Libre, los niuweys de La Movida de Breña y algunos zopilotones de San Borja que un par de años después crearían una especie de colectivo llamado Arcadia. Todos vestidos de negro y con sus peinados explosión, muy a lo Depeche Mode, muy a lo The Cure. Algunos se delineaban los ojos, según ellos para verse más seductores, más cabros se les veía diría yo. Sobre todo los que se blanqueaban con polvos y se pintaban ligeramente los labios. En fin, yo con mi mancha de subtes ya estábamos presentes a esa hora para chupar y destruirnos, porque nunca bailábamos. Nos drogábamos y nos emborrachábamos esperando que pusieran por allí algo de Sex Pistols, Exploited o Eskorbuto, para armar un pogo. Ése era nuestro vacilón.

Habíamos llegado avanzados en tragos y yerba, así que no íbamos a consumir más que de nuestra provisión. Por eso el Tino nunca se nos acercó. También que podía irse a la mierda, porque lo único que buscábamos era olvidar todo, en una noche que había pasado a ser insoportable, y no sólo por los villancicos, sino también por todo lo que significaba: un ser querido extraviado, un juguete olvidado, una cena ausente, un cariño esquivo o el pavo mal horneado.

Sí pues, allí estábamos, en medio de danzas depre y ritmos góticos: Sister of Mercy, Siouxsie and The Banshees, Bauhaus. Techno industrial: DAF, Front 242. Pop español: Alaska y los Pegamoides, Aviador DRO, La Mode. No se podía negar que el Tino tenía buena música. Algunos mal hablados decían que se la conseguía Giuseppe, un zopilotón a quien se paraba tirando.

Y fue precisamente Giuseppe, con su grupo de amigos, quienes se pegaron a nosotros, apenas llegaron. Bueno, como pusieron el trago los dejamos acollerarse. Yo lo alucinaba porque estaba vestido con un pantalón de cuero que seguro le estaba sancochando el culo, por el calor de diciembre. Tenía toda la pinta del cantante de Dead or Alive. Para mí su presencia me parecía un chiste, porque uno de nuestros pasatiempos era ir por la avenida Arequipa a chapar a cualquiera de esos travestis solitarios y meterle harto golpe lo más rápido posible, antes de que llegara su mancha de cabros minifalderos a defenderlo. Y no por homofóbicos sino por pura joda. Ya después aparecerían los matacabros que Sergio Galarza describiría muy bien en uno de sus cuentos.

Pero, bueno, entre ellos había una flaca que no sabíamos si era o no era. Lo único cierto es que era fea. Aunque su toque darki, su ceñido vestido negro y su mirada de vampira la hacían atractiva. Pero, igual, entre tanta yerba, pepas y ron basura, nos dio igual y comenzamos a hacer un chongazo en plena fiesta. Sobre todo cuando el Tino anunció, como a las once de la noche, una exclusiva de su cassetera: “Hey pastrulos, acá tengo el disco Navidades Radioactivas… ¡Feliz Navidad y disfruten su nochemala, hijos de la bomba de neutrones!

Y de tanto trago y yerba, ya no nos importó si ponían a los Adicts o a Último Resorte. Nos pusimos a bailar con los zopilotones y con la flaca que se llamaba Paola, según recuerdo. Como no sabíamos, ¿o no podíamos?, llevar el ritmo, bailamos como si fuera un merengue El nacimiento de la Industria de Aviador DRO. Igual fue con Tu único fan de Seguridad Social. O con Los pingüinos están helados de PP tan solo. Y el pogazo que se armó con Afunfun afanfan de Siniestro Total. (PP tan solo se hizo conocido en España con el tema: Quiero ser guitarra de Siniestro Total)

El Navidades Radioactivas la estaba haciendo linda en la fiesta. A pocos minutos de las doce, la fiesta ya iba con todo. Nuestra yerba y nuestras pepas eran repartidas como pedazos de panetón en chocolatada. Y ya no nos importaba si en cada bailada o pogueada, un zopilotón trataba de agarrarnos la pieza o de acariciarnos solapadamente. Dentro de una especie de trance psicodélico, las imágenes se alternaban una y otra vez sin saber quién era quién. Daba igual la verdad. Al menos para mí porque para suerte mía y envidia del Xanti, Paola se había pegado como lapa a mi persona.

Sin hablar, con esa sonrisa tonta de las que están estonazas sin saber el motivo, seguía mi balanceo torpe de borracho y pepeado. Si yo me detenía ella se detenía, si yo me movía ella me seguía. A veces le preguntaba cualquier estupidez de principiante seductor y ella respondía con algunas palabras torpes que ni siquiera podía escuchar, por la música y los cuetes que nos hacían saber que las doce de la noche, la Navidad del niño Jesús, estaban a pocos minutos de llegar.

Y cuando Los Camaleones empezaron a sonar con Noche de paz, noche en Vietnam, nadie depone las armas… empezamos a hacer el conteo regresivo esperando que llegaran las doce y también la guerra nuclear. Que algún loco yanqui o algún quemado soviético apretaran el botón de una buena vez y que todo se fuera a la mierda. Al menos borrachos, fumados y pepeados no nos íbamos a dar cuenta de nada. Eso es lo que pensábamos. Porque después del 10, 9, 8, 7, 6, 5, 4, 3, 2, 1… nada explotó. Pero, eso sí, todas las luces de la ciudad se apagaron en medio del reventar de miles de cuetecillos y uno que otro petardo maoísta en alguna dependencia del gobierno. No teníamos a Yuri Andropov ni a Ronald Reagan en el Perú, pero sí a Abimael Guzmán, quien nos dio un apagón total como regalo de Navidad.

¡La cagada y ahora qué hacemos sin música y sin luces! Nos dijimos. Pues esperar, nada más, mientras le comprábamos a Tino ese cañazo con colorante de piña, que vendía más barato que una gaseosa mediana. Nos sentamos en el piso de un rincón en medio de la oscuridad. De tanto en tanto éramos alumbrados por los encendedores y por un par de velas que con las justas nos mostraba sombras de nosotros mismos. Y de tanto aburrirme por no hacer nada más que hablar y fumar, tomé de la mano a Paola y me la llevé a un apartado donde todas las parejas iban, para desatar sus bajos instintos.

Sin preámbulo de palabras, nos metimos un beso que pudo ser más explosivo que un coche bomba. Sus manos tocaban todo lo que tenían que tocar y yo abrumado por su entrega, no hice más que dejarme llevar. Paola parecía hasta ese momento una chibola monse, pero bien dice ese dicho cuídame de las aguas mansas que de las bravas me cuido yo. Le dí la razón a los más viejos del barrio, cuando siendo nosotros unos chibolos, nos aconsejaban: las que se hacen las cojudas, las que se hacen del culo estrecho, ésas son las más pendejas y mañosas, ya lo van a ver cuando crezcan. Esa noche ya lo estaba comprobando.

Pero cuando yo quería hacer de las mías, sentía que las manos de Paola no dejaban que la llevara. En un momento no le tomé importancia, pero cuando forcé para poder llegar allí, me dije ¿esta huevona no tenía puesto vestido? Porque lo que sentí, no sólo fue un pantalón de cuero, sino también un bulto muy disimulado allí donde no debía haber nada.

–La conchasumadre, ¿quién eres? –le dije tomándolo con fuerza de los pelos.

–Soy yo, Giuseppe –dijo casi gimiendo.

–¿Y Paola dónde está?

–Se fue con tu amigo Xanti.

–¿Con Xanti?

–Sí.

–¡Por la reputamadre, Xanti conchetumadre!

Salí en medio de la oscuridad tropezándome con la gente que aún bebía sentada en el piso. El pendejo de Xanti se la había llevado a otro lado. En ese apagón total, no le faltarían lugares para pasarla muy bien con ella. Y yo, todo huevón, creía que me había levantado a la flaca cuando lo que me había levantado era al cabro, al zopilotón.

Pero la cosa no quedó allí. Conociendo a Xanti temí que contara cómo fue la cosa. No pasaron muchos días para que todos se enteraran. Yo no me había equivocado. Xanti había maquinado bien haciendo que Paola se sentara para su lado y Giuseppe para el mío. Aparte, le había dicho a éste que yo me lo quería tirar. Por eso no me dijo no, en ningún momento. La huevada fue que pasé a ser la burla de todos por un buen tiempo.

A los pocos meses el Tino hizo otro tono dark. Yo no fui porque seguro iban a estar los zopilotones y seguro Paola. Tampoco fue Xanti. Pensé que sería por lo mismo. No me equivoqué. Los amigos que habían ido me informaron que Paola había estado allí y preguntaba por Xanti. Incluso dejó un teléfono. En plan joda me decían, también, que Giuseppe me había mandado un mensaje: de que extrañaba mis besos… ¡aj!

A Xanti le dieron el recado y el número. No sé si llamó o no, la cosa es que se esfumó sin motivo alguno. Se aparecía rara vez y siempre preguntaba si alguien lo iba a buscar al barrio o a las fiestas. En las que yo estuve nadie lo hizo, aparte que a las fiestas de Tino dejé de ir por obvias razones. Pero al año siguiente un buen día que tocaba Eutanasia en el Hueko de Santa Beatriz, Paola hizo su aparición y él por casualidad estaba con nosotros.

Tomábamos un trago Antitodo cuando la vimos llegar con un bulto en brazos. Al verla nos quedamos helados. Ya frente a nosotros descubrió lo que llevaba y dijo: Hola Xanti, éste es tu hijo… se llama José Jesús, pero lo puedes llamar PP tan solo.

Xanti me miró como buscando una explicación y le dio un ataque de risa, que duró varios minutos. Luego quiso salir corriendo hacia donde lo llevara la culpa. Tuvimos que calmarlo para que pudiera ver al niño y arreglar su situación con Paola. De verlo así, todo estúpido, a ella le brillaron los ojos hasta derramar lágrimas de color negro, por el rímel que le delineaba la mirada. Cuando todo estuvo calmado se fueron conversando hacia la avenida Arequipa, para arreglar su futuro. Un futuro que también conozco, pero ésa ya es otra historia.




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