Noches blancas

De La Siega, la enciclopedia libre.

Por Cristian Jara Alvarado



También en Lima con plata puedes ser “tú”. El exceso de las noches terquea con el deseo y ya nada tiene freno, todo se acelera y el daño es nada, se fuma en todas partes, pero se jala más. Nunca es bastante ni tarde, siempre hay un amanecer escondido para que estalle el próximo misil. La noche con su melancolía erguida culmina, y aunque todos hacen como que se van, el amanecer en las calles con sus taxis y micros pide, el mediodía resacoso pide porque el corazón exige. Puedes fumar en la playa, arrastrándote en la orilla, y después, aplastar tu nariz y aspirarte cualquier pared, incluso la de tu cuarto; premio consuelo cuando lo poquito que te quedaba se lo terminó tu mejor amigo.

—Hay fiesta y tres cuerazos. Tú déjamelo a mí ―aseguró Manolo―. Está pura la coca, cristalina, alita de mosca. ¿A qué hora?

Esta vez es distinto.

—¡Ven ya, hijo de puta! —insistió Santiago.

Esta noche promete.

Cuando cae la tarde y es sábado, a Santiago Antúnez le pica la nariz, pero desde que dos policías lo pillaron en el baño del Juanitos con un gramo entre las manos se resiste a inhalar así nomás. Y es que la gracia le costó 500 dólares, que, maldiciéndose, desembolsó nervioso. Desde entonces sólo si Manolo lo llama para picarle la nariz dice que el tiempo es nada y se traiciona el alma y entonces en vez de arrepentirse lo celebra. Manolo no se resiste. Se cuida poco. Lo que en otros es asumido como culpa en él es nada. Tiene ojos sabios y complexión de faquir. Con un cigarro entre las manos, después de comer, atisba la tarde desde la ventana de su casa. Alza la cabeza hacia las nubes. Está más cerca del cielo que de Miraflores.


Arrojó el cigarrillo por la ventana. Antes pasó por Breña. Ahí, en un callejón que apestaba a alcantarilla recogió el cargamento justo para unos cuantos petardos para la noche. Desde casa de Santiago contactó a Rufino, que, además de servir en cualquier parte, la vendía limpia, alita de mosca que seca la garganta. Y es que en el Perú puede que ataque la crisis pero se jala rico. Hay coca para todos. ¡Muchachos no se amontonen!

Antes de poner en marcha el coche y evitar el desmoronamiento, Santiago, con sus manos de alfiler, lamió en silencio un misil por las esquinas. Él, cuando fuma, presiona fuerte el volante de su coche. Si nadie le conversa enmudece, reflexivo escucha Cure, Peter Gabriel. Es la música que hasta ahora le place escuchar drogado. Ver distraídamente las calles de Magdalena mientras el sol intenta cerca de las seis ahogarse en la panza del mar es otro placer para él. Decidido a sacarle ventaja a la voz de Robert Smith, de Javier Prado rompió en dirección al zanjón y chillaron los neumáticos como loros enjaulados. Manolo, acordándose de Kurly, empezó a sudar. A medida que el coche aceleraba, no conseguía librarse del día en que después de saltar una rampa con su Kawasaki Ninja, Kurly se rompió el cóccix. Que redujera un poco la velocidad, suplicaba Manolo y se estacionaron en una esquina. Con el motor rugiente, del móvil, Santiago se puso en contacto con Marquiño; otra bala perdida o más bien una joya, cuya reputación ha aumentado después de ganar el campeonato nacional de tabla. Conquistar a Loreta, sin embargo, fue también un triunfo para Marquiño. Se la tiró sin condón, en la orilla del mar: “Soy virgen, Marquiño.” “No te va a doler.” “Me duele un poco.” “Abrázate fuerte.” En Lima, se tira rico también.

—Estoy vivo de milagro, carajo —dice Marquiño, que está al teléfono—. Se le había partido la tabla y por poco se le cae en la cabeza. De haber sido así, a lo mejor ni la contaba.

—¡Drogadicto! Eso te pasa por fumar. Anda a mi casa. Hay hierba y a lo mejor cloro, alita de mosca. La fiesta es hoy y son tres hembrotas, Manolo las conoció en Punta Hermosa. Así que no se te ocurra morirte, ¡drogadicto!


Esta vez se trata de un Zepellin. No es grande como un misil pero es mucho más consistente y robusto que un petardo. Santiago los arma con el papel de una escuálida biblia que carga por si las moscas en el maletero del coche. Sólo le quedan versículos de Hechos de los apóstoles. El mensaje de Rufino recibido en el móvil es otro hecho, el más preciso de un Judas Iscariote: Hago servicio hasta la media noche, dejar mensaje de cuánto, fijar hora y lugar. Manolo después de conocer el contenido del mensaje mira a Santiago y, como quien arroja una botella al mar, contesta. Cien dólares es la cantidad del alivio. Con la sangre marihuaneada caen a la alfombra persa de la sala. Por la radio Janis Joplin canta Summertime en Woodstock treinta años atrás. Santiago enciende un Camel, se incorpora y llama a Pizza Hut: “una Hawaiana, por favor”, dice. De su bolsillo y después de frotar el terciopelo con las manos Manolo rescata un pequeñísimo petardo. De pie, sin más, lo enciende y con valentía le da una, dos, tres, cuatro, cinco profundas caladas y Santiago se lo arrancha para atosigarse más. “Ya no quiero”, dice con los ojos en llamas. Tambaleándose, después de meterse un chicle globo en la boca elige una canción de Pink Floyd de treinta y cinco años atrás. Ya han apagado las luces cuando empieza a sudar frío. Su corazón es una lavadora centrifugando. Le tiritan los dientes. Los pómulos son de hielo, lo mismo que su nariz y las manos. Suena el timbre. “¡Santis!, abre”, grita alguien desde la calle. “Soy Lucía”. Con cautela, Manolo atisba por la mirilla de la puerta. La imagina desnuda para él, envueltos los dos en la alfombra, como orugas en un mismo capuchón. De sólo pensarlo se le yergue la verga como una zanahoria y aun cuando está a punto de ceder a su carnoso deseo, le inquieta la súbita palidez de Santiago. Recuerda que en casa de Loreta, a Marquiño le sucedió igual. Recuperarse es cuestión de tiempo. Cansada de tocar, Lucía se marcha. Manolo prefiere el silencio, la ve alejándose hasta hacerse pequeñita en la distancia y pensando, pensando, pensando se masturba en el baño. Inmediatamente después de llegar la pizza se presenta Marquiño. Tragan con hambre africano en el salón de la casa. Con los ojos en el vacío mastican como angurrientos cerdos. Dejan todo hecho un asco. Eructan los tres y, con un grasiento misil Scud entre las manos, juegan ruleta china, que consiste en aguantar el humo hasta un próximo turno. La comida les sienta fatal. Pasan de las once y ni un rastro de Rufino. La necesidad les disuelve el habla.

En Barranco, a fin de reconocer los gestos que identifican a los dealers, Manolo desciende del coche y empieza a intercambiar miradas. Una batida policial ha barrido con esos inmundos personajes que pueblan la calle Pasos de gestos decisivos y salvadores. Se le revela un niño de facciones ancianas.

―Habla, ¿cuánto? ―le pregunta después de informarle de la noticia.

Manolo se siente por fin a salvo. Otro sábado más, piensa. Tiene pena del niño, pero se trata de esas penas que fácil se olvidan. Un niño, qué más da.

—Dame uno de veinte —exige.

Detrás de un ladrillo roto que conforma la fachada de una desvencijada casa y sólo después de recibir el billete y comprobar la autenticidad, el niño extrae una bolsa con infinitos papelitos blancos como los premios otorgados en fiestas infantiles. Manolo jala primero. A Marquiño le resulta escasa cantidad, toda una estafa en cuanto a precio-calidad. No obstante, acerca la narizota y barre con la parte que le corresponde, ayudándose del dedo pulgar se cubre aliviado el orificio derecho y respira profundo. Santiago apaga el coche y se gira para servirse y se queda con el papel, le da rabia haber pagado por tan poco. Intranquilos y con las pupilas dilatadas se sientan en un bar para ahogarse en cerveza. Como sea necesitan llenar el vacío de esa maldita ansiedad que los hace treparse por las paredes. Contactar a ese niño anciano y comprarle toda la bolsa o parte, en todo caso, es un último recurso. Así que Manolo vuelve a marcar el móvil de Rufino. “Vamos a Miguel Dasso”, propone Marquiño, y hasta se ofrece, en vista de que nadie coge el teléfono, negociar con un conocido de la playa. “Al quinto tono”, una voz contesta.

—¿Aló? —dice Manolo sujetando el móvil con ambas manos.

—Lugar y hora —contesta la voz.

―¡Señor Rufino! ¿Se acuerda de mí? Nos conocimos en…

―Lugar y hora —insiste Rufino.

Aquel hombre tosco de mediana edad, quieto con una bolsa de tienda en las manos en el lugar indicado, tiene que ser el compinche de Rufino. En dirección a él, Manolo, después de cerrar la puerta del coche, y con el billete de cien apretujado entre las manos, se juega el pellejo. Ninguno de los dos tiene la conciencia clara como para mirarse a los ojos, aquel sujeto tiene uñas largas, como alas de mosca. Es un negocio breve. A vista y paciencia de los transeúntes que caminan apurados, pues las piezas mayores y menores del juego prohibido saben que el miedo, en situaciones así, más bien es un veneno. Dentro del coche y después de que Santiago vuelve a acelerar, los tres son dominados por un vocabulario infantil recuperado de intensas jornadas camino a la escuela, hace ocho años atrás. En esa piedra de coca que pasa de mano en mano está la razón de su existencia. Aun sin estar fría se asemeja a una piedra de hielo. Los tres son anestesiados por ese inmediato sablazo que les traspasa el cerebro. Es como un puñete en el tiempo que les imposibilita tragar saliva. En el cielo que esta vez Manolo ve más distante que de la ventana de su casa, las estrellas advierten una ahumada mañana de calor. “Está limpia”, dice Marquiño, convencido y con la boca terca. El verano apenas empieza. Para despejarse, al día siguiente correrán como salvajes al mar. En una gasolinera Santiago detiene el coche, con el dedo índice que se le mueve solo, indica que le llenen el tanque. Además de cervezas, compra ron Bacardí, coca cola y una bolsa de hielos. Por mutuo acuerdo mandan al carajo la fiesta y a esas tres hembritas. Ya encontrarán ocasión para verlas. No son las mejores, ninguna llega a serlo, siempre hay otra, como las noches blancas. Dispuestos a darlo todo se enrumban al kilómetro 43, ahí los fines de semana las “armadas” son de campeonato. La música hace respirar las ventanas. El cloro empieza a descender como una riada por la garganta. Un hilo fino y amargo que se agradece. Hablan de sus cosas, de los planes futuros y del día en que por fin decidirán dejar la coca, pero de momento son tres bombas de tiempo listas para estallar en el cielo de esa velocidad bestia que los incendia, tres paracaidistas extraviados en la nada, convencidos de que no se sentirán como perros desorientados después del efecto porque hay coca de sobra. Más que ganarle a Robert Smith, Santiago opta por dejarlo atrás, muy lejos, verlo pequeño e insignificante, a ese cantante que nunca llegaría a ser una verdadera Cura, como los otros autos que, detrás de ellos, viajan al sur. Con las manos temblorosas, Marquiño se abrocha el cinturón. Sujeta una tarjeta más dura para peinar bien la coca, empieza a relatar lentamente cómo se cayó y se quebró su tabla en mitad del mar. Sueña convertirse en el mejor tablista del mundo y esa noche lo soñó más. Manolo no le teme a la velocidad. Se fija en los brazos de Santiago rígidos al volante, como dos maderas indestructibles. Le invade la curiosidad por preguntarle acerca de la tal Lucía pero se contiene y, cuando recibe la MasterCard, con aquella media piedra empieza a disparar a su abollado interior. Uno tras otro, escucha el raspa y raspa de su insaciable nariz, por ambos orificios como túneles sin salida, en silencio y una vez más, como una máquina que nadie puede parar.




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