Nona Fernández

De La Siega, la enciclopedia libre.

De la novela "Av 10 de Julio Huamachuco"

Extracto de la tercera parte de la novela que aparecerá próximamente en Chile.


I

Los muertos viven. Mi furgón es una prueba de eso. He rearmado su esqueleto a punta de voluntad rastreando cada una de sus piezas como un buitre. He olfateado la carroña y he volado en busca de sus huesos por armadurías, talleres mecánicos, tiendas de repuestos, cementerios de autos, comisarías, casas de remate. Este espejo es la última pieza que le falta. Hace mucho que quería comprarlo, pero como no tenía la plata, me conformaba con sólo mirar desde el otro lado de la vitrina del Palacio del Repuesto. Durante meses estuvo colgado ahí. Por suerte nadie se interesó en él. Era de una micro de recorrido que hace un par de años se dio vuelta camino a la costa. El chofer pituteaba los fines de semana llevando hogares de menores a la playa. Los niños iban felices cantando una canción tonta cuando la rueda lateral izquierda se desprendió de su eje y en menos de un segundo la micro se volcó. De los cuarenta y cuatro niños que viajaban murieron dieciocho. Diecisiete por los golpes del impacto y uno por infarto. En la carretera construyeron una animita a la que sus familiares acuden hasta el día de hoy. En el lugar pueden verse juguetes de todas las especies. Pelotas, muñecas barbies, peluches, payasos. Un remolino plástico que gira con el viento. Algunos transeúntes se persignan cuando pasan frente al altar de colores y otros hasta se detienen a encender una vela. De la micro no se pudo rescatar mucho salvo el espejo lateral derecho. La pieza fue robada de la décima comisaría de San Antonio y siguiendo un camino oscuro fue a dar al Palacio del Repuesto. Aquí se exhibió en la fachada un buen tiempo hasta que ahora lo compro y me lo envuelven en una hoja de papel de diario del día de ayer.

Hoy es la última vez que piso este barrio de repuestos. Ha sido tanto el tiempo que he pasado recorriendo estas calles buscando las piezas que necesitaba, que nunca pensé que llegaría este momento. Todos los días me bajé de la 567 en la esquina de Diez de Julio Huamachuco con Madrid y caminé cincuenta y tres pasos hasta llegar al Palacio del Repuesto. Aquí me detuve tantas veces a mirar la fachada. Manubrios, antenas, tuercas de todos los tamaños, gomas, metales. Un sector importante del Palacio del Repuesto está destinado a los parachoques. Otro a los focos. Los hay de color naranjo, rojo, amarillo y blanco. Los focos son los repuestos que más salen. Lo sé porque a veces deben vender hasta los que se encuentran en la fachada a modo de exhibición. Los repuestos del Palacio del Repuesto son innumerables. Si alguien ha quebrado un espejo, si le han robado las tapas de las ruedas, los parabrisas, los parlantes de la radio, la antena, si ha chocado un foco, abollado una puerta, si ha hecho mierda el tapabarro, en El Palacio del Repuesto, y si no es allí, en cualquier casa de Diez de Julio Huamachuco encontrará el accesorio que necesita. La Casa de la Citrola, El Reino del Tapabarro, El Rincón de la Tuerca, el Castillo del Espejo. Trece cuadras y media destinadas a entregar un repuesto tan bueno como la pieza que se perdió.

Una vez soñé con este lugar. Me encontraba en una calle larga llena de espejos. Cada espejo era ofrecido insistentemente por un vendedor. Los llevaban en las manos y los mostraban una y otra vez. Yo no quería comprar ninguno, pero era tanto lo que hinchaban que parecía que sólo podía librarme de ellos si me llevaba cualquiera. Compre uno, caserita, no se va a arrepentir, éstos son nuevos, le pueden durar mucho tiempo sin quebrarse, una buena elección la puede salvar de siete años de mala suerte.

Parada en el medio de la calle me paseaba mirando los ejemplares. Los había de todos los precios y tamaños. Podía ver mi cara reflejada en cada uno de ellos. Distintas versiones de mí misma. Una Greta grande a cincomil pesos. Una más chica a dosmil. Una bien económica a quinientos.

De pronto el rostro de una niña me llamó desde un espejo. Era un espejo retrovisor que se encontraba en las manos de un tipo moreno. El tipo lo ofrecía con entusiasmo, pero no fue por eso que me acerqué. Al primer vistazo pensé que la niña era mi hija. Es que era una niña chica, de unos cinco o seis años, y con una voz que me sonaba familiar. El espejo desde donde me llamaba era pequeño y el rostro de la criatura se perdía un poco en el vidrio. Una vez cerca, me di cuenta de que no era mi hija. Se parecía a alguien, pero no lograba saber a quién. Movía sus manitos del otro lado pidiendo que la tomara. Llévame contigo, me dijo. Yo le pregunté al vendedor el valor del espejo en el que estaba la criatura y el tipo moreno me respondió que costaba cincomil. Le reclamé que era muy caro, pero el tipo sentenció que el precio era inamovible. Usted no paga por el espejo, caserita, usted paga por lo que ve en él.

Yo no quise pelear más y dispuesta a comprarlo busqué en mi bolsillo algo de plata mientras la niña me miraba desde el otro lado con la nariz pegada al vidrio. Me registré por completo, segura de tener un billete escondido en algún lado, pero por más intentos que hice, no encontré nada. Es el colmo que ni para un sueño me alcance, pensé, y me acerqué a la niña para explicarle. No podré llevarte conmigo porque no tengo plata, le dije. La niña no respondió nada, pero hizo un puchero tímido que casi me mató de tristeza. Esto es sólo un sueño, le dije. Es cosa de esperar un poco, de aguantar un rato más y todo se habrá acabado.

Siempre que sueño pienso eso, que los sueños son sólo sueños y que hay que resistir hasta que terminen. Pero la niña, que no sabía ni de sueños ni de esperas, se echó a llorar mientras me miraba triste desde el otro lado del espejo. Yo quería consolarla, tocarla, hacerle entender que no era para tanto el problema, pero el vidrio helado no me lo permitía. Ella escribió con su dedo índice una frase en el espejo: ¿Dónde estoy? ¿Hay alguien allá afuera? ¿Alguien me puede sacar de aquí?

El llanto de la niña me acompañó hasta que desperté temprano por la mañana. Ese mismo día me levanté y tomé por primera vez la 567 para bajarme en la esquina de Diez de Julio Huamachuco con Madrid. Desde entonces no ha pasado un solo día sin que yo no pise estas calles de repuestos buscando su carita en algún espejo del barrio.

La última noche que estuve con mi hija la hice dormir con un cuento. Era esa historia del par de hermanos que se pierden en el bosque. Para no olvidar el camino a casa lanzan migas de pan a medida que caminan, pero los pájaros se las comen y los niños pierden toda orientación. Se quedan encerrados entre los árboles sin saber cómo volver a su casa, sin tener idea de cómo salir del bosque. A menudo imagino a mi hija buscando esas migas de pan. Yo misma las he buscado. He recorrido todas las calles, todas las tiendas, he golpeado todas las puertas, me he dado contra todas las paredes tratando de hallar alguna de ellas hasta que lo logré. Fue aquí afuera, al frente del Palacio del Repuesto. Venía caminando por la vereda, había estado dando vueltas sin rumbo cuando lo vi colgando de un alambre en la vitrina junto a otras piezas. Era un manubrio. Un manubrio mediano, más grande que el de un auto, más bien como el de un furgón de pasajeros, como el de un transporte escolar. Lo vi escondido, camuflándose entre el resto de las cosas, tratando de pasar inadvertido, pero sus intentos no sirvieron de nada, porque verlo y reconocerlo fueron una misma cosa.

Sentí náuseas. Era él. Todavía traía puesta esa calcomanía desteñida que alguna vez mi hija llevó de regalo una mañana y pegó en su centro, en el lugar de la bocina. I love Chile, decía. De golpe sentí las voces de los niños, sus gritos destemplados desde los asientos de atrás, la música estridente de la radio que seguramente Luis, el conductor, ponía a todo volumen para no escuchar las peleas infantiles y así poder manejar tranquilo. Vi ese manubrio y sentí que las piernas se me doblaban. Comencé a sudar helado. Creí que me desmayaba, el suelo se movía de un lado a otro. ¿Le pasa algo, señora? Me dijo un tipo que ofrecía limpia parabrisas en la calle, y yo le contesté que no, que estaba bien, que era sólo un mareo, que iba a detenerme un rato y ya estaba. Otro que vendía espejos me ofreció agua, un asiento, algo de comer, pero a punta de negativas los ahuyenté a los dos. Me mantuve quieta en la vereda afirmada de un poste de luz. Respiré profundo mientras leía una y otra vez ese I love Chile que colgaba de un alambre.

En cuanto me recuperé entré a la tienda y pedí que me lo envolvieran. Pagué con un cheque y luego de caminar sin rumbo me metí a un local. Me senté en la barra a tomar cerveza, a fumar y a mirarlo durante horas. Estaba ahí, conmigo, era él. Había sobrevivido a la hecatombe.

Cuando le comenté mi idea a Max, mi marido, él creyó que estaba loca. Me miró desconcertado como quien mira a un niño o a un desequilibrado mental.

-¿Me estás hueveando?

-No.

Él se tomó un trago de lo que tenía en el vaso. Probablemente whisky o ron o pisco, a estas alturas ya no recuerdo bien. Y luego respiró profundo tratando de calmarse, estoy segura.

-¿Y para qué quieres rearmar el furgón?

-No lo sé.

-¿Cómo que no sabes? Si me sales con semejante pelotudez por lo menos puedes tratar de justificarte, ¿no crees?

-Es que no tengo razones, sólo quiero hacerlo.

Max se tomó otro trago. Luego se puso de pie y caminó de un lado a otro.

-¿Te tomaste tus pastillas? -preguntó.

-Creo que sí.

-¿Creo que sí?

-Sí.

-¿Quieres que llamemos a la doctora?

-No.

Max dejó su vaso y tomó el teléfono.

-Vamos a llamarla. No debimos salirnos de la terapia, no debimos cagarnos con eso.

Mientras Max esperaba una respuesta del otro lado, puse el manubrio sobre la mesa del comedor y lo saqué de la bolsa plástica en la que estaba.

-Mira lo que encontré -dije.

Max lo vio y colgó el teléfono de golpe. Vi su cara contrayéndose en una mueca extraña. La barbilla le tiritaba casi imperceptiblemente.

-¿Qué es eso?

-Tú sabes lo que es.

-¿Y es...? ¿Es?

Yo asentí con la cabeza. Max se acercó lentamente sin dejar de mirarlo. Seguro que los niños y sus risas y sus gritos también le penaron en ese momento.

-¿De... dónde lo sacaste?

-De una tienda de Diez de Julio. El Palacio del Repuesto, se llama.

-¿Pero cómo llegó ahí?

-No sé.

Max hizo el intento de tomarlo, pero antes de que sus dedos lo tocaran se arrepintió, como si el manubrio pudiera haber dado un salto para atacarlo. Max volvió al teléfono de un solo movimiento.

-Voy a llamar a la doctora.

-No quiero a la doctora.

-Me importa una hueva, la voy a llamar igual.

-¡No quiero doctoras, ni pastillas, ni terapias! ¡Sólo quiero rearmar ese furgón! ¿Te cuesta tanto entenderlo?

Sí. Le costaba. Es que hace mucho que ni él ni yo éramos los mismos. Después de la hecatombe que nos sacudió mutamos la piel como una culebra y el resultado era ese par en el que nos habíamos transformado. Max se hacía el duro, no hablaba nunca de la niña y cada vez que yo la mencionaba me hacía callar y salía rápido con cualquier cosa. Que buscara pega, que tirara currículums, que la plata, que las cuentas, que no iba a mantenerme de por vida. Huevadas, puras huevadas. Como si encontrar pega fuera muy fácil. Cuando creí que podía retomar mi trabajo, lo hice. Fui al colegio, entré a la sala de clases, caminé por el pasillo de bancos hasta mi escritorio junto al pizarrón, saludé a los niños, como lo hacía siempre, pero cuando empecé a pasar la lista y escuché cada una de sus voces respondiendo a mi llamado, me fui a negro. Quedé paralizada frente a todos, muda y tiesa, mientras sentía cómo se me mojaban los calzones y un hilo de orina me corría por entre las piernas.

-Max, ven a buscarme -le dije por teléfono unos minutos después desde la sala de profesores.

-¿Por qué?

-No me preguntes razones, sólo ven.

-¿Pasó algo?

-Tráeme un par de calzones limpios de la cómoda. Me acabo de mear.

¿De qué sirve una profesora que se mea de pánico cada vez que ve a un niño? Extraño el colegio, las clases y a todos mis colegas, y hasta siento ganas de volver, pero sé que es imposible. La sola idea de enfrentarme a los niños me mata. Todos esos pendejos corriendo de un lado a otro, riéndose o llorando por cualquier cosa.

A menudo sueño con niños. Primero despertaba con el estómago hecho un nudo, pero ahora comprendo que es un sueño, que acabará en algún momento y que no debo angustiarme. Pero eso Max nunca lo entendió. Para él las cosas debían seguir funcionando no importaba el precio. Si estábamos hechos mierda, si teníamos que marearnos de tanta terapia, si debíamos tirarnos de los pelos para levantarnos cada mañana, no importaba, había que hacerlo. Él vivía empastillándose, tomando whisky o pisco o lo que fuera, trabajando como enfermo, corriendo de un lado a otro, inventándose pega, haciendo una y otra pelotudez para mantenerse ocupado. Supongo que era su forma de asumir las cosas.

Una noche llegué tarde de la terapia. Había ido sola. Después de mucho discutirlo decidimos retomarla juntos, pero él no llegó a la sesión. Cuando salí de la consulta me fui a un bar y luego de un par de horas de fumar y tomar cerveza me volví a la casa. Eran cerca de las once. Al entrar vi todo muy oscuro. Su auto estaba estacionado frente a la reja, pero era extraño que no hubiera luces encendidas, o que la televisión o la radio no estuvieran sonando a todo volumen.

Al abrir la puerta un perfume a flor me golpeó la nariz. Era un aroma dulce y agrio que llenaba el espacio. Desde el segundo piso pude ver que se asomaba una luz tenue que no había vislumbrado desde afuera, probablemente la lámpara pequeña de la pieza de la Greta chica. Era raro. Hace mucho que no encendíamos esa luz. Hace mucho que no entrábamos a esa pieza.

-Max, ¿estás ahí? -grité, pero no tuve respuesta.

A tientas me acerqué a la escalera y traté de subir, pero antes de llegar al tercer escalón, pisé un bulto blando. Alguien se quejó desde el suelo. Reconocí ese quejido.

-Levántate, Max.

Encendí la luz de la escalera y lo vi. Estaba tirado en pelotas, con una botella de pisco a medio tomar en una de sus manos. Restos de vómito le manchaban la barba. No pude aguantarme y le pegué una patada en las costillas.

-Levántate.

Max abrió los ojos con dificultad y sonrió tranquilo.

-Llegaste, Greta.

-¿Por qué me hiciste ir sola a esa puta terapia?

Max no escuchaba, tenía la cabeza puesta en otro sitio.

-Te estaba esperando- me dijo-. Te tengo una sorpresa.

A duras penas le entendí lo que hablaba. Lo vi pararse y subir la escalera con dificultad. Cada dos escalones se tropezaba y volvía a ponerse en pie. Se afirmaba de la baranda, de la pared. Finalmente, cuando llegó arriba, me invitó a seguirlo.

-Ven, te va a gustar.

Subí la escalera. Por cada paso que ascendía el perfume a flor se tornaba más fuerte. Max se detuvo en el marco de la puerta de la niña. Efectivamente era su lámpara la que estaba encendida. Una vez que él llegó me extendió la mano para que lo acompañara. Su sombra se hizo larga y oscura ahí en el suelo del pasillo. Yo no lo toqué, pero di el par de pasos necesarios para detenerme a su lado y ver lo que vi.

La pieza de mi hija estaba ocupada. En el suelo, sobre la alfombra azul estampada con los tres ositos, había un montón de ramos de violetas deshojados. En la cama, profundamente dormida y tapada con las colchas amarillas y las sábanas floreadas que alguna vez compré en una tienda infantil, había una niña. Debía tener unos doce años, quizás un poco más, o menos, no lo sé. Era rubia y crespa como mi hija y tenía algo así como un herpes en la comisura de la boca. Una especie de plaqueta rojiza con un grupo de pequeñas ampollas que de seguro debía picarle mucho cuando estaba despierta.

-Dime si no es igual -me dijo Max.

Nos quedamos en silencio durante un largo rato. Sólo la respiración de la niña llenaba el espacio. Yo no sabía qué pensar, ni qué decir, ni qué hacer. Me mantuve quieta, mirando concentrada a esa pequeña intrusa, observándola muda y con respeto como quien le reza a un muerto joven. Luego de un rato Max se acercó a la cama y se sentó junto a ella. Le tomó una de las manos con cuidado y me miró con una complicidad que me dio asco.

-¡Suéltala! -le dije.

De golpe se me armó el cuadro de lo que había ocurrido. Era clarísimo.

-Que la sueltes, te digo.

Max de noche, manejando en el auto. Max algo borracho, no tanto como ahora, pero sí con un par de tragos en el cuerpo, los suficientes como para olvidar la culpa de una terapia no asistida. Max mareado, fumando, deambulando sin destino fijo. Max deteniéndose en la luz roja de alguna esquina, seguro una esquina céntrica, algo como Avenida Suecia con la Costanera, donde alguna pendeja le ofrece un ramo de flores por un par de monedas, específicamente un ramo de violetas. Max mirándola fijamente. Sus ojos, su pelo crespo, el herpes de su boca. Max hipnotizado, con una mezcla de hambre, sed y ganas. Max abriendo el vidrio, tirándole a la niña su tufo vinagre y preguntando los precios, pidiéndole un ramo para él, o tal vez todos los ramos a cambio de que lo siga, de que lo acompañe en el auto. Y la niña dudando, sacando cuentas, viendo si es rentable, hablando de precios, sumando con sus dedos, hasta que después de un par de luces rojas y algunos bocinazos del resto de los autos, la chica accede a seguirlo a cambio de que le compré todas sus flores y le pague un poco más.

Max llegando con la niña a la casa. Abriendo la reja y la puerta con dificultad. Los dos entrando con los ramos de flores. Max ofreciéndole un trago, o quizás un vaso de jugo o de leche o un plato de comida, o quizás nada, sólo haciendo las cosas rápido, sin mayores trámites. Max sacándole la ropa, bajándole los calzones, tomándola de las caderas, apretando sus nalgas. Max soltándose el cinturón, abriendo el cierre de sus pantalones, lamiéndole los pechos diminutos.

-Sal de esta pieza, Max. No la toques.

Max revolcándose con la pendeja en la alfombra. Manoseándola torpe, borracho, con olor a trago y vómito. La niña haciendo lo suyo, resistiendo por plata o por hambre o por lo que sea, pero manteniéndose firme a cada embestida de la lengua traposa de Max. O quizás no, putita de mierda, quizás disfrutando de la saliva vinagre, de las manos ásperas, del sudor de este lobo viejo. Y luego el cansancio y el sueño y Max tomándola dormida y llevándola por las escaleras hasta la pieza de arriba. Max acostándola en la cama, arropándola y dejándole las flores en el suelo como quien deja una ofrenda en una lápida. Max encendiendo la luz baja de la pieza para que en la noche la niña pueda ver el camino al baño o a nuestro dormitorio y no se caiga o se pegue con algún mueble. Max besándola en la frente y saliendo y bajando y emborrachándose y vomitando hasta caer en pelotas en la escalera.

-¡Por la cresta! ¡Sal de aquí, te digo!

Grité tan fuerte que la niña se sacudió entre las sábanas, pero aún así no despertó. Max me miraba con sus ojos idos, como en otra parte, sin reacción ni respuesta. Me abalancé sobré él y lo levanté de la cama. Lo empujé a la pared y ahí se quedó en pelotas, callado, observándome, desafiándome con esa neutralidad silenciosa.

-¿Qué hiciste?

Max no respondió. Yo le pegué en el pecho desnudo. Primero fue un combo certero. Le enterré la argolla de matrimonio en la piel, se la dejé estampada en un rasguño. Después fueron manotazos descontrolados, sin ningún sentido. Lo arañé, le tiré los pelos, se los arranqué. Le di golpes hasta que ya no pude más, hasta que me dolieron las manos, los brazos, el cuerpo entero, y caí de rodillas en la alfombra de los tres osos.

Max me miraba de pie. Quiero creer que sus ojos estaban húmedos, que aguantaba el llanto y la rabia, las ganas de pegarme, gritarme y putearme también, pero la verdad es que no lo sé. Sus ojos casi muertos, como una máquina desconfigurada. Sí recuerdo bien que su pecho estaba herido. Él no lo sentía, estoy segura, se encontraba completamente anestesiado al dolor y ni todos mis rasguños, ni todos mis golpes podrían haberlo hecho reaccionar. Un par de hilos de sangre le caían del pezón derecho. Rodaban por su estómago, por su vientre y por su sexo hasta gotear en el piso en una de las orejas del menor de los ositos.

-Estás ensuciando todo -le dije.

Él miró la mancha roja que dejaba en la alfombra. Yo pensé que no tenía ningún quitamanchas lo suficientemente bueno para deshacerme de eso.

-Perdóname -dijo, y salió de la pieza.

Max fue a nuestro dormitorio y supongo que se vistió porque luego de un rato lo escuché cerrar la puerta de la casa y encender el motor del auto para alejarse por la calle rápidamente. Yo fui al baño y saqué una pomada que guardo hace años en el botiquín. Se la apliqué en el labio a la niña dormida. Es un ungüento para sanar los herpes, o más bien para llevarlos mejor, porque cuando uno ya los tiene metidos en el cuerpo no hay remedio que los cure. Se puede anestesiar un poco la situación y mantenerlos a raya, pero nunca sacárselos de encima. Nunca.

Al día siguiente me fui de la casa. Tomé la poca plata que tenía y me vine a instalar a una pensión de este barrio. Cuando salí, temprano por la mañana, recuerdo que la niña ya no estaba en la cama de mi hija. Se había llevado su ropa, las flores y la pomada para los herpes. La pieza estaba tal cual como antes, porque ella se preocupó de hacer la cama y ordenar un poco. Sólo quedaba de esa noche la mancha de sangre que Max dejó en la alfombra. Recuerdo que la miré aliviada porque ya no iba a tener que limpiarla.

Ha pasado mucho tiempo desde entonces. Pueden ser años, no lo sé. Ahora las cosas son tan distintas. De Max no he sabido mucho, sólo que sigue en la casa, tomando, trabajando y levantando niñitas de la calle. De mí puedo decir que me quedé acá, registrando en la chatarra algo que me pudiera ser útil. Pero ahora todo se acaba. Abandono El Palacio del Repuesto con mi última compra y así me despido de este barrio de tuercas. Me gusta creer que llevo en este espejo a esa niña con la que soñé alguna vez, la que me metió en todo esto, tan parecida a mi Greta chica, tan parecida a esa pendeja de las flores. La imagino feliz, sin llantos, sin herpes, acompañándome risueña.

La niña. Última pieza de mi rompecabezas. Espejo envuelto en una hoja de diario del día de ayer.




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