Carlos Yushimito del Valle, "Ojos verdes"

De La Siega, la enciclopedia libre.

(Redirigido desde Ojos verdes)

Por Carlos Yushimito del Valle



Quince minutos después caminaban en la calle.

El bochorno lamía sus sandalias de cuero, y el sonido de los parlantes contagiaba los edificios del centro con una suave euforia tropical.

“El espíritu de la selva”, pensó Kontio, encendidas sus mejillas, satisfecho mientras revoloteaba nerviosamente detrás de Nico.

En sólo pocos minutos habían dejado atrás la calle de tierra nivelada, los escasos edificios de prosperidad polvorosa que cercaban la glorieta del pueblo.

Ahora veían a los vecinos que terminaban por apiñarse en las bancas municipales, a los niños que correteaban sin orden alrededor de una vieja pileta que apenas conservaba sus chorros.

La última oleada de calor que anunciaba la noche inminente se revolvía en la plaza como un perro callejero rascándose contra la tierra seca.

¡Ah!, pensaba Kontio.

Ahora sólo dependerían de su propia fuerza para escapar de los depredadores.

¿No era eso lo que le habían contado que sucedería aquí? ¿Ese símbolo de precaución resaltado en su guía de viajero?

Por último doblaron una esquina sin luz, una calle de austeras covachas.

Y al poco rato sólo la sonrisa invicta de Nico, su dedo señalando la galería comercial, le revelaban en silencio que el lugar prometido estaba por fin delante de ambos.


Cuando alcanzaron la pequeña vitrina de la tienda, Kontio respiró por última vez con una desgastada sonrisa de excitación.


Sí, era eso lo que siempre había deseado mientras admiraba los mapas y las imágenes de aquel país extraviado en la barbarie del hemisferio sur. Viajar al opuesto de lo que representaba su perfecta, segura y siempre aburrida Finlandia. Kontio asintió, convencido de que por fin aquí podría experimentar la aventura que siempre le había faltado a su vida. Sus ojos verdes reflejados en el aparador, y luego una sonrisa que se le estiraba en la cara como una goma lista para disparar, parecieron decirle en voz baja que ahora todo sería diferente.

“¿Afrodisíacos, collares para la señora... guairuros para la buena suerte?”.

Kontio encontró la fuente de aquella voz rodeada de botellas de licor de cacao y monos tallados en ásperas epidermis de coco.

Era una mujer gruesa, de piel irregular y curtida.

En su sonrisa quieta, un diente de oro relumbró con un reflejo sucio, y se apagó de pronto bajo las sombras que le echaban encima los dos visitantes.

“Tengo de todo, amigo. Pregunte sin compromiso”.

Nico movió la cabeza, adelantándose al extranjero con la seguridad del negociador que nunca pierde.

“Para el mister algo más que eso, Adelsa”.

Su mano gorda señaló los cuadros de insectos disecados sobre el aparador de vidrio y la mujer supo de inmediato que no sería una tarde cualquiera. Rebuscó entre sus bolsos con la misma efervescencia que había aprendido a controlar, y al cabo de algunos segundos, sacó un marco cuadrado y una mariposa azul capturada dentro.

“Puede abrirlo si quiere”, lo animó Nico, golpeando el cristal con sus yemas.

La mujer asintió, bajando los ojos.

“Véala”, dijo.

Kontio recogió a la mariposa y rozó la textura de sus alas con una timidez que finalmente terminó por sorprenderlo. Sintió sus escamas azules plegadas contra los dedos, esa fina lámina que parecía irradiar toda la fiebre que contagian los minerales calientes; la afilada sensibilidad que las heladas combustiones del norte habían terminado por acostumbrar a su tacto, pero no a su carácter. Acercándosela a los ojos, Kontio dobló a la pequeña criatura buscando un último tornasol en sus membranas abiertas, y una línea de luz paralela las recorrió de arriba abajo, como si alguien hubiera enrollado unas persianas a plena luz y el día se hubiera materializado, de golpe, frente a sus ojos.

Y fue como si un compacto bloque de hielo se hubiera rajado en dos pedazos perfectos bajo su deslumbramiento.

Acomodó sus anteojos y miró por encima de ellos con atención.

Mirándola, a su vez, Nico pensó que parecía la envoltura de un chocolate puesto en las manos de un niño pequeño.

Los ojos del extranjero destellaron con un verde penetrante.

“Mantzaranchi azul”, confirmó la mujer, suspirando teatralmente. “Difícil de capturar, incluso de ver alguna vez, amigo. Con mucha suerte se le encuentra en las noches. Casi siempre sucede que no. Pero aquí el señor”, sonrió, sentándose en su banquito de mimbre y señalando a Nico, “es el experto en atraparlas. Es el único aquí que sabe sus secretos. Un poco brujo tiene que ser para poder hacerlo, ¿no?”. Chasqueó la lengua: “Después de todo, el alma de las personas dicen que es. Y debe ser cierto eso si todos lo dicen”.

Kontio introdujo la mariposa en el cuadro y lo arrimó contra el aparador.

“Pierde su brillo cuando la disecan y aún así sigue siendo bella”, añadió Nico, rozando el vidrio. “Pero nada se le compara a verlas en libertad”.

Unas joyas con vida, recordó Kontio que había leído en su manual; y, sin dudarlo, preguntó:

“¿Las encontraremos en Mazamari?”

“Eso nunca se sabe, profesor; pero podemos intentarlo, si usted quiere”.


Desde luego que quería.


          * * *


Tres horas después, sólo Nico rebotaba sobre el mototaxi que volvía de regreso. Miró a través del plástico que aleteaba en lo que, de otro modo, hubiera sido una ventanilla: el paisaje vacío del pueblo, su trémula y oscura proximidad al ras del suelo. Tambaleándose en una curva excesivamente ruda, no tardaron en terminar estacionados frente al coliseo y, poco después, en una esquina del hotel Majestic. El motor se mantuvo traqueteando un buen rato, como si fuera el pulmón de un fumador enfermo.

“Ya llegamos”, dijo el conductor, aparcado temporalmente: “España, cuadra cinco. Donde me pidió que lo dejara, señor. ¿Se acuerda?”

Nico deslizó dos monedas por debajo del toldo de la carrocería, y luego saltó al pavimento, sujeto fuertemente de uno de los parantes de la estructura de metal.

“Sí”, dijo, palmeándose los pantalones. “Claro que me acuerdo”.

Echó a caminar hasta el hotel y tocó la puerta.

Demoraron varios minutos en abrir. La luz del vestíbulo se encendió, y la mujer que lo había presentado al forastero salió vestida con un viejo kimono de bayeta.

“¿Y?”, preguntó, cerrándose las solapas. “¿Le conseguiste la mariposa?”

Nico movió la cabeza, de arriba abajo.

En las manos tenía una mariposa verde que parpadeaba como un par de inmensos y asombrados ojos.

“Un almita en pena”, dijo la mujer.

“Sí”, respondió Nico. “Ya encontrará su camino de regreso”.




© Carlos Yushimito del Valle (Derechos reservados. Ver Aviso Legal)

Volver a Número 11: Enero 2007