Orlando Mazeyra, "Los peligros del betún", "Padres de ficción" y otros cuentos de "Urgente: necesito un retazo de felicidad."

De La Siega, la enciclopedia libre.

Por Orlando Mazeyra


Los peligros del betún.

Tengo miedo de embetunar mis zapatos, soy muy torpe como mi padre (a él no lo conozco, pero eso es lo que me repite mi mamá cuando hago algo mal, o sea, casi siempre). Si yo pudiera, desaparecería mis zapatos, porque cada vez que intento lustrarlos, algo malo pasa, y termino con las medias grasientas, manchadas. Y, así trate de ocultárselo, mi madre parece bruja: siempre me descubre. Me da dos cachetadas antes de perseguirme con el chicote. Ahí no acaba todo: cuando regreso de la escuela, me castiga haciendo lavar mis medias y también la ropa de todos... A veces pienso que me gustaría ser como Fabricio, el limpiabotas de la plazuela que hay a media cuadra de mi quinta... sus medias son viejitas, pero son las más limpias del mundo. Además, él no va a la escuela y, lo mejor de todo, tampoco tiene mamá.






Padres de ficción.

Nunca falla, es una insana costumbre. Los domingos amanecen de la mano de los líos caseros: para mi padre siempre hay algo que buscar, siempre hay algo que se le pierde: las llaves del auto, los recibos de la luz o el periódico de ayer. El entiende que la culpable de sus extravíos siempre será mi madre, "porque no se puede estar quieta. Ella coge todo, ella rompe todo: es una maniática de la limpieza".

"¡Despertar en esta casa es como levantarse en el infierno!", me dice mi madre, casi vociferando, mientras busca algo debajo de mi cama. El silencio de mi padre vaticina una respuesta que tiene que estar a la altura de las circunstancias: "Y dormir con tu madre es como dormir con el diablo"… Así son ellos, parecen seres irreales, salidos de una ficción. ¡Quién los entiende! Y luego se ofenden cuando –como ahora– los incluyo en mis historias.






La Talega.

Ese anciano de mirada perdida siempre camina arrastrando una pesada talega color cereza. Los cuentistas del vecindario dicen que adentro lleva tres enormes espejos. Dos de ellos ya están rotos: el primero lo rompió cuando descubrió su primera arruga; y el segundo fue a parar al suelo cuando contempló su primera cana. El tercer espejo sigue intacto. Algunos arguyen que su avanzada ceguera le impide dar cuenta del último espejo. Yo creo que se romperá cuando esté cara a cara con la Muerte.






Rotito.

¡Ajá! Todos le dicen “Rotito”. Y ya sabía que ibas a pensar eso, pero no pues, nada que ver… no es porque sea chileno: Rotito es un cholazo, es más peruano que la papa. Marcial una vez me dijo que le pusieron esa chapa porque está roto… Yo no le creo, pero él dice que su papá lleva años violándolo. Antes pataleaba, gritaba y lloraba, todo el barrio lo escuchaba; en cambio, ahora, como que ya se acostumbró, ya no siente nada de dolor porque está completamente roto, abierto. Debe ser mentira porque a mí todavía me duele, me duele más que la primera vez… además, yo no creo que exista otro hombre tan malo y perverso como mi papá, ¿no es cierto, mamá? ¿O acaso tú crees que cuando yo deje de gemir desesperado, todos en el barrio dirán que ya estoy roto? No, mamá, no te pongas a llorar. ¡Te juro que yo todavía no estoy roto! Si quieres se lo preguntas a mi papá.


De Urgente: necesito un retazo de felicidad.



© Orlando Mazeyra (Derechos reservados. Ver Aviso Legal).

Volver a Número 13: Abril 2007