Pablo Toro

De La Siega, la enciclopedia libre.

Fiestas

Del libro "Vendaval".


Selina Holmes me ha llamado por la mañana desde un hotel en Bellavista, diciéndome que Roberto se encontraba enfermo, que hablaba sin parar de una supuesta fiesta que podían ser dos fiestas o algo así. Desde hace un par de meses, cuando él abandonó la actuación, han estado viviendo en hoteles y residenciales del centro. Sé que cuando me llaman (cuando ella me llama) es porque necesitan ayuda, por que ellos saben o al menos creen que soy un buen tipo y uno de los pocos admiradores que van quedando del trabajo de Roberto. Saben, además, que soy el único conocedor del secreto de ambos, los estragos confusos del amor maldito y las consecuencias. He ido por la tarde al hotel y Selina no exageraba. Roberto está recostado sobre un sillón, cubierto con algunas mantas descocidas y con la cara empapada en sudor. Se ve enfermo. Selina Holmes lleva un vestido verde que la hace verse más rellena, inflada, como si su cuerpo estuviera rebalsándose de líquido por dentro. En alguna época, pensé, estuve enamorado de esa mujer. Esa rubia de contornos afilados que se parecía a Lily Taylor y que ahora parecía un saco lleno de agua pestilente. Miré a Roberto. Por debajo de las mantas se tocaba el chongo.

- José García Mendoza. Los viejos hábitos no mueren- ha dicho Roberto a modo de saludo, cambiando su posición en el sillón y sentándose con las piernas cruzadas y la espalda recta. El olor entre ácido y a comida en descomposición de la pieza, las mantas corroídas con las que se tapa Roberto, el aspecto moribundo de Selina Holmes encapsulada en el vestido verde, me han bastado para entender la miseria en la que viven. Selina me ha ofrecido un vasito de pisco y yo he prendido un Red Apple mirando a Roberto. Se ha despojado de las mantas y ahora tiene el torso desnudo. Su chongo parece vibrar, cada cierto rato se mueve de manera violenta y juguetona, pero no como si fuera Roberto quien lo mueve sino que parecía un reflejo, como si una extraña voluntad imperceptible se apoderara de esa pequeña masa indefinida e informe que se adhería a su torso.

- No te veía desde el homenaje en Buenos Aires- le he dicho a Roberto- Eso fue hace cuatro meses.

- Es que te fuiste- me ha contestado con algo de irritación y con su voz profunda, ronca, impensada para la fragilidad de su cuerpo- Aún no sabes lo de las fiestas, José, fiestas que podrían ser eventos aislados, pero que no lo son . Y esa última película que hice, por la que todavía no me han pagado. Ya ves que soy un desastre.

El olor a comida en descomposición se hizo más agudo, pareció materializarse en mi boca y me dio algo parecido a una arcada.

- ¿Cómo dejaste que no te pagaran?- le he preguntado, y de inmediato me arrepentí de hacerlo, porque algo así no se le puede preguntar a Roberto sin sentirse culpable de inmediato, y después me he imaginado el set de una filmación improvisada en un departamento de Buenos Aires, donde tres o cuatro mujeres desnudas y venidas a menos tratan de buscar nuevas y creativas formas de utilizar el chongo de Roberto, aquel muñón erotizante, formas que vayan de acuerdo a los gustos del mercado actual, mientras el director, los camarógrafos e iluminadores observan con desencanto aquella búsqueda que tantas veces habían perseguido y que ya no les provocaba casi nada.

- Ya sabes como son los argentinos- ha dicho Roberto- Como todo el resto, nomás. Fetichistas secretos que te adoran y después se van sin pagarte y no tienen idea de la magnitud de las fiestas, la fiesta del jueves y la fiesta del sábado, naturalmente.

- No ha parado con eso de las fiestas- ha dicho Selina Holmes- No sé qué son las fiestas. No me lo quiere decir.

Se ha generado un silencio incómodo. El olor a comida en descomposición es ahora un poco más leve y he prendido otro Red Apple para aplacarlo aún más. Le he ofrecido uno a Roberto y los dos nos quedamos fumando un momento en silencio, en el menos cómplice de los silencios, mientras Selina Holmes se sirve otro vasito de pisco en la cocina.

- No me pagaron y ya está- ha dicho Roberto- Algún tipo estará usando la plata que me pertenecía, y creerá que con eso ha ganado una especie de batalla en la que gana el menos distraído ¿no es así? ¿No es así como se miden actualmente las batallas? Lo importante seria decidir qué hacer con las fiestas, José. Asistir. La primera. La segunda.

- ¿Necesitas dinero, Roberto?

- No nos queda casi nada- ha dicho Selina Holmes, apurada.

- García Mendoza. Los viejos hábitos no mueren- ha dicho Roberto riendo- Estamos bien José. No te preocupes por ella. Estoy feliz de que hayas venido.

Selina Holmes ha mirado a Roberto con un odio que se parece a la resignación. No por haber rechazado el dinero, ya que Selina sabe que yo igual voy a entregarle unos billetes antes de irme del hotel, sino por algo que parece más antiguo, como si Selina le estuviera echando en cara a Roberto el estado en el que se encuentra, la fealdad que le acecha, esa gordura hecha de agua pestilente que le había arrebatado la belleza.

- ¿Y no han tratado de buscar al que los estafó?- he preguntado.

- Hemos estado averiguando- ha dicho Selina- Raúl y su mujer ofrecieron su ayuda y sus contactos. Pero no han sabido nada aún.

- No es que existan esas fiestas – ha interrumpido Roberto- no estoy hablando de fiestas reales sino de fiestas que son un símbolo. Que son un adjetivo y un símbolo. Ésta otra no entiende nada de esas cosas - Selina lo ha mirado con odio-resignación y después se ha marchado a la cocina-, no le interesan, cree que la vida y la muerte no tienen nada que ver con las fiestas José, pero tú entiendes de símbolos y de adjetivos, tú entiendes de estas cosas incluso mejor que yo.

Roberto se ha tomado el chongo con la mano derecha y lo ha apretado con fuerza. En la cocina se escuchaban los tacos de Selina Holmes repicando en el piso, un olor amargo a Nescafé ha inundado el departamento mediante ráfagas sucesivas. Para alguien que ignore la devoción y respeto inmaculado de Roberto por su brazo truncado, esa forma de apretarlo y rasparlo con las uñas no podía ser sino una señal de rabia y de frustración. En otras ocasiones lo ha tratado de quemar, lo ha pinchado con agujas y lo ha hundido en agua hirviendo. Una vez, y esto me da un poco de vergüenza decirlo, lo ayudé a meter el chongo en un...

Pero yo sabía o al menos creía que las emociones de Roberto eran otras, que no eran ni siquiera emociones, eran mecanismos automáticos y obsesivos de cuidado, de orgullo y de resignación.

- Yo no sé nada de las fiestas, Roberto. Podrías contarme.

Me he quedado un par de horas más en el hotel, hablando de las fiestas y recordando con Roberto algunos de sus grandes éxitos, La caja de Pandora, Mancos, Day of Mutilation, el hardcore en www.Theamputeelove.com y La Casa de los niños ortopédicos, que había sido dirigida por nuestro amigo Raúl y que era para mi gusto la cumbre de Roberto, su epítome actoral, la obra por la que su nombre iba a perdurar para siempre en alguna forma de historiografía.

Dos días después he recibido una carta de Raúl. Me informa que no ha podido encontrar a los argentinos y tampoco la plata de Roberto. Me dice que ha hecho todo lo posible. Me dice que lo siente mucho, como si disculparse ante mí fuera lo mismo que disculparse ante Roberto. Me dice que estará en Paris filmando una película. Raúl ha hecho decenas de películas, algunas de gran éxito, ha adaptado a Proust y a Lafourcade, ha dirigido a John Malkovich y a Catherine Deneuve, pero son sus películas no publicadas (fantasmas, les llama Raúl), aquellas en las que Roberto es el protagonista y las historias bordean lo tolerable, las que hacen de Raúl (Raoul) un verdadero genio. Un genio de la dirección de películas como Alex Von Lisperger, como Lucila Keats, como Jimmy Solomon Sachs, los tres absolutos maestros de la violencia secreta, según mi opinión aparentemente especializada, pero yo soy sólo un abogado que disfruta del arte más o menos radical.

Camino al hotel me he detenido a comprar Red Apples. Le entregaría la carta de Raúl a Selina Holmes y me iría de ahí lo antes posible, antes de que Roberto pudiera arrastrarme hacia sus desvaríos y envolverme hasta la irritación, hasta no poder salir del asunto de las fiestas. Me he puesto a pensar en los dos, en Roberto y en Selina, todos los años en que los he conocido, desde la niñez, y los recuerdos arrecian con una nitidez inquietante.


.*.*.*.

La madre de Ana Sandoval apoyó el golpe de Estado de Pinochet, en 1973. Años mas tarde, cuando Ana cumplía su primera quincena de vida y hacía sus primeras preguntas con respecto a la política, su madre le respondía que todo se podía tolerar en una sociedad, mijita, menos transgredir los valores de la patria, el amor, la propiedad privada. Cuando escuchaba esas palabras, Ana solía imaginarse un país lleno de militares que eran héroes o que eran pequeños dioses con pistolas. Pero también estaba su padre. Ana solía ver a su padre con la expresión podrida, una expresión no vital, leyendo los matutinos de la época y apagándose de pronto, como una antorcha corroída en una tormenta de arena, y después lo miraba dormir durante horas en el sillón de la salita.

Su hermano mayor, Roberto, nació en los meses posteriores al golpe. Roberto nació con un chongo, es decir, tenía el brazo derecho en perfectas condiciones, pero en el izquierdo solo tenía un chongo, algo así como un dedo mutante que colgaba de su cuerpo y cuya utilidad, en apariencia, era nula. Algunos meses antes del nacimiento de Ana, en 1976, Roberto entro al jardín Infantil. Por supuesto, el primer día fue un desastre. Los otros niños no paraban de reírse del chongo de Roberto, que ya se había desarrollado y adquirido cuerpo y adquirido también algo que podría ser llamado musculatura, pero que definitivamente no eran músculos. Los niños (no podía ser de otra manera) eran extremadamente crueles con Roberto, pero éste, para sorpresa de todos, para sorpresa de muchos en los años venideros, nunca se molestó y nunca se sintió avergonzado de su chongo, más bien todo lo contrario, defendía su chongo cuando alguien criticaba su inutilidad y lo defendía porque sí, porque era suyo, porque hay que defenderlo como se defiende a la patria o como se defiende a la mujer amada, me diría él mismo, años más tarde.

Ana Sandoval nació en 1976. A sus cuatro años, según he podido constatar en fotografías, las marcas distintivas de su belleza ya se habían desarrollado. Su cuello alargado pero no necesariamente largo, sus pómulos secos y un poco rojizos que daban el contorno perfecto a su cara felina, ese pelo rubio y oscuro que era como un cobre decadente pero también como un cobre abstracto, un cobre cercano a la abstracción, que yo vería por primera vez en un clandestino de Providencia, años más tarde. La familia de Ana era feliz, que es sólo una forma de decir que su madre lo era. Ganaba mucho dinero como corredora de propiedades en el barrio alto. La vida resultaba apacible y la situación del país era un orgullo. Su padre, en cambio, no paraba de dormir, y cuando despertaba sólo era para leer los diarios y para discutir temas domésticos con su esposa. Estaba cesante pero no le importaba. Lo que le importaba era dormir, y dormir bien, y dormir mucho, y dormir tranquilo.

- Este Roberto es un muchacho complicado-, solía decir el padre de Ana, las pocas veces en que dejaba de dormir y se decidía a hablarle a su familia. -Roberto es un muchacho peligroso-, dijo una vez, y después se levantó de la mesa para volver a acostarse. Ana solía mirar a su hermano de reojo en las comidas y en los desayunos, al principio de manera inocente y fraternal, pero de a poco se fue dando cuenta de que su atención en esos momentos era principalmente dirigida al chongo de Roberto. Ana sentía una fascinación genuina por ese chongo diminuto. Era como si en ese chongo se concentrara toda la tristeza de un hombre pero también la solución a esa tristeza, me diría años después, es como si en ese chongo se encarnizara la metáfora más viva y despiadada de las limitaciones humanas. Ana no entendía muy bien qué querían decir esas palabras, pero las memorizó todas, y en lo años venideros aquellas palabras volvieron a asomarse muchas veces entre los escombros de su conciencia, como la constante premonición de un desastre.

Roberto no tenía mayor interés en su hermana, y el asunto de su chongo, si bien estaba siempre presente entre sus preocupaciones, no era un drama ni una limitación tan exagerada. Roberto tenía doce años y siempre quería hacer las cosas que su chongo le impedía. Quería nadar, quería tocar batería, quería ser malabarista o boxeador profesional. Ana veía a Roberto como un ser feliz, o más bien como un ser que tenía un sentido mucho más claro de lo que la felicidad podía significar. Ana no se sentía particularmente feliz, ni en ese entonces ni cuando nos conocimos, años mas tarde, en un clandestino de Providencia. Ana se iba a acostar con su hermano mayor en las noches de pesadillas y sensaciones oscuras, para sentir que algo la protegía de ese miedo, de esa fascinación extraña. Una de esas noches, Roberto le confesó que él conocía su futuro, el futuro de ambos, y que el futuro estaba lleno de odio. De odio y de resignación, le dijo. Y después juraron no revelar el secreto. El secreto que ellos saben que yo sé.


.*.*.*.

He llegado al hotel y Roberto se veía igual que hace dos semanas. Enfermo. Con la fiebre que debe estar por los 40 grados. La pieza estaba oscura, una leve luz se filtra por las persianas avejentadas y el humo de un cigarro descansando en el cenicero dibujaba líneas blancas en la atmósfera oscurecida.

- ¿Cómo te has sentido?- le he preguntado- ¿Dónde está Selina?

- García Mendoza-ha dicho Roberto- Los viejos hábitos y las viejas canciones. La fiesta del jueves y la fiesta del sábado.

Me he quedado en silencio, pensando en eso que veo frente a mí, ese hombre perturbado y su muñón absurdo, ese hijo de familia rica que por razones complicadas y remotas terminó así: un ídolo desdichado.

- Hay dos fiestas- ha continuado Roberto- La fiesta del jueves y la fiesta del sábado. A la fiesta del jueves puedes ir o no ir José, puedes ir y pasarlo bien y tirar con alguna niña, o puedes no ir, quedarte en tu casa viendo alguna película o fumando cigarrillos. En realidad no importa. Puedes perderte la fiesta del jueves porque sabes que está la fiesta del sábado. Tienes la certeza de que esa fiesta no puede fallar ¿te das cuenta, José? La vida es la fiesta del jueves y la muerte es la fiesta del sábado. Esa es la única razón por la que nos levantamos. La única razón por la que abrimos los ojos en las mañanas.

He vuelto a preguntarle por Selina cuando una especie de ráfaga conteniendo su olor ha inundado la pieza del hotel. Me doy cuenta que Selina duerme en la pequeña pieza del fondo y traté de evocar su rostro para que me hiciera compañía, una presencia necesaria ante la verborrea alterada de Roberto, que ahora está describiendo la música pertinente a la fiesta del jueves y la ropa necesaria para la fiesta del sábado, pero yo pienso en Selina.

A Selina Holmes la conocí en un clandestino de Providencia, un departamento conocido como Happyland, donde Roberto había hecho algunas performances y yo había asistido como público y crítico. Me la topé en un pasillo y de inmediato noté un parecido asombroso con Lily Taylor, noté que sus ojos parecían bailar, desplazarse con la mirada y después apagarse. Happyland era un departamento dividido en seis ambientes interconectados, donde los espectáculos fetichistas variaban desde el Pregnant hasta el Cum Swapping, pasando por los clásicos S&M y el Bondage, las orgías convencionales y los Gangbang. Presenciar una performance de Roberto valía entre 100 y 150 mil pesos, era sin duda el espectáculo más preciado en Happyland y Selina Holmes, su asistente, su hermana, lo sabía.

- Ella está durmiendo- ha dicho Roberto, como si adivinara que mis pensamientos estaban en ella- Siempre se ha visto más hermosa mientras duerme. Yo así lo prefiero.

- Tienes razón- he respondido, y Roberto tenía razón, porque yo recordaba a la Selina Holmes de aquellos años de juventud, y las horas que pasé mirándola dormir, creyendo que quizás el futuro podría incluir esa belleza devastada. Y pensé en aquella hermosa mujer cayendo en los estragos confusos del amor maldito, y pensé en el secreto. El hermano-amante con chongo y brazo. He prendido un Red Apples y sin despedirme de Roberto he salido de la pieza y del hotel. Las calles de Bellavista estaban vacías. La tarde se disolvía en la oscuridad y el frío hacía tiritar a los perros de la calle.




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