Para Eduardo Chirinos

De La Siega, la enciclopedia libre.

El acto de ver con el oído: una apología a los lobos, ruiseñores, ballenas y a todas las miradas sin dueño.


Eduardo es el primer poeta peruano que gana el prestigioso premio “Generación del 27”, y sí, es el segundo poeta hispanoamericano en obtenerlo. En la poesía casi nunca existe la palabra “suerte”, uno inventa significados y significantes para esa palabra casi vacía. Eduardo es un personaje curioso: sabe dibujar muy bien y que aunque no parezca, es dueño de una envidiable sencillez. Lo conocí “Bajo el techo de la ballena” cuando tenía 16 años, es decir, hace muchísimos años. Por entonces, no sabía quién era ese señor que hablaba de la ceremonia secreta entre Ludo y Eros, viví algún tiempo enclaustrada en las alas negras de la noche esperando el movimiento, el “ritmo primordial” para ver cómo del huevo de plata, que es la luna, nace Eros y contempla fragmentos de Venus en el mar, preludios incompletos y anecdotarios mágicos.

Cuando la vereda por la que andaba se cruzó con las “Nueve miradas sin dueño” todo fue diferente, yo estudiaba literatura y citaba fragmentos de algunas páginas, conversaba sobre temas complicadísimos y simpáticos como el de la literatura como un desenterramiento, y poco a poco los años sumaron veintisiete y “El humo de incendios lejanos” me permitió ver a lo lejos las señales que en ese momento, yo, particularmente, necesitaba ver. Encontré a Eduardo luego de 10 años de lecturas y reconocimientos unipersonales para generar una polifonía llena de colores y de imágenes, de alguna forma, él también me conocía, así que nunca fuimos extraños del todo. Su padre fue militar y su madre, ama de casa, se casó con Eduardo-padre, y junto a él construyeron un hogar y una casa sin libros, libre de ataduras y críticas, un espacio en el Eduardo Chirinos, escritor, hijo, pudo crear su propia biblioteca. Con sus ojos color agua de mar en verano, su voz parece sonreír aún –o sobre todo- “Cuando el lobo está” y me cuenta que el lobo no tiene un nombre propio, sino que representa esos fantasmas que nunca se fueron, ese muro que se cae para que uno sea grande y que nos demuestra que detrás de éste solo están los mismos fantasmas, los mismos nombres.

La intensidad de Lima se ve por ejemplo, en la distribución espacial de algunos lugares, en el hecho de que el manicomio Larco Herrera exista frente al puericultorio Pérez Araníbar, donde muchos niños sin padres se toman de las manos y cantan como plegaria o juego “juguemos en el bosque…mientras el lobo no está…”, por entonces, cuando el escritor era niño, aquella era una avenida de ida, no había posibilidad de vuelta. ¿Eso era Lima? ¿La casa del lobo? Lleva 16 años en EEUU y no ha producido nada en inglés, publica en Perú, en México o Madrid, es curioso encontrar de pronto un adulto que con seguridad y dudas, exclama –en voz baja- que él también sabe construir diferentes versiones de sí mismo. Y qué es el arte si no es eso: un juego en el que somos capaces de aceptar ser otros.

Eduardo, quien aún no había producido su primera obra “Cuadernos de Horacio Morell” (1981) pasaba mucho tiempo recordando –posiblemente- con inconciencia y harto trabajo en el colegio, la “pre” y la universidad, la importancia del sonido y de su ausencia, pero lo importante en la historia no es la ausencia necesariamente, sino las formas de hallazgo que atraviesan como estigmas o recuerdos lo que en palabras puede ser algo importante. Nuestro personaje, el autor de “Mientras el lobo está”, selecciona trozos de música y comienza la búsqueda de las palabras, porque las palabras, como nos dice, son reclamadas por esa música, por ese tono. Finalmente, si tenemos suerte, encontraremos una idea. Los poemas, me repite -me repite varias veces- no se escriben con ideas. Entonces en mi mente aparece la figura de un pez regordete e incapaz de cerrar los ojos, no sé si es una idea o es una sensación salada del tono que necesita palabras. Yo no tengo la escritura en las manos, “No tengo ruiseñores en los dedos” y sin embargo; reconozco que conocerlo, aquella tarde, fue una de las mejores cosas que pudieron sucederme. El prólogo aquí escrito, es absolutamente provisional, como la poesía finalmente, estamos en proceso de búsqueda y no de corrección. Para este momento, en el que no sé qué hora es en Missoula o en Bilbao, toda la admiración y el cariño que siento por Eduardo se ven entrelazados por el mismo camino que no es el de las lecturas o el del punto de reunión de siempre, en Dasso, no quiero encontrar el equilibrio en la formalidad de un discurso académico para alguien, y para algo que excede todo tipo de voz. La voz de un crítico, a la que puedo imitar por años de estudio y práctica me hace seleccionar sus poemas, seleccionar su bibliografía, revisar sus traducciones, preguntarle infinitas veces, infinitas cosas y me hace perseguir la forma como expresa con sus manos un silencio y la tiranía de los sentidos.

No sé si los demás poetas jóvenes, por ejemplo, entienden lo que significa esto, el hecho de que nuestra poesía conserve aún bastiones en el mundo dispersos y listos para abrir los ojos y mostrar el poder de su mirada. Eduardo, gran lector de Vallejo y Apollinaire, de Pessoa y Kavafis, finalmente, por supuesto, también de Cernuda, me responde a tantas preguntas adelantándome que todas ellas son provisorias, claro, entonces armo un breve rompecabezas y antes de terminar de preguntarle algo importante, algo muy importante, (cosa de ruiseñores y del mal tiempo en Europa, de la impotencia ante el paso del tiempo y de la pulsera en la muñeca de la niña que tenía a su mamá en cielo: esa niña, su primer amor) me dice, como si él mismo fuese un lobo o un emisario: “Un poema nos gusta porque nos plagia” (Ortega y Gasset), entonces, nuevamente, sí: la frase tiene su propia respuesta y somos incapaces de darle la contraria, de pasar las hojas simplemente. Las hojas que él escribe son como las del otoño, naturales y no pasan por una cuestión de voluntad sino de naturaleza.

Una lluvia de luces amarillas cae y se cuelan palabras entre los ojos. Somos valientes e inmorales y por eso, este premio, que se queda chico, esta brevísima forma de agradecerte por todo lo que me has enseñado, por todo lo que aunque no quieras, he aprendido y porque sin ti, hasta el día de hoy tendría 16 años y no sabría nadar hacia un lugar donde el agua no me enturbie los ojos. Gracias Eduardo por ganar un premio que como me dijiste, en sí mismo no dice nada, pero que finalmente abre puertas, ventanas y grita en diferentes idiomas la mejor forma de hacer poesía: viviéndola.


Aquí en Lima, es verano. 2010.
(Andrea Cabel)


CINCO INÉDITOS de Eduardo Chirinos.

Breve antología de Eduardo Chirinos.

Publicaciones de Eduardo Chirinos.

Sobre "Humo de incendios lejanos".

Húmo de incendios lejanos, el más reciente libro del poeta peruano Eduardo Chirinos, fue publicado en México por la Universidad Autónoma de Nuevo León en 2009 y presentado en Lima en Junio del mismo año. A continuación, publicamos los textos que fueron leídos en dicha presentación por Andrea Cabel y Jorge Frisancho; completamos el acercamiento al libro de poemas con una reflexión que sobre éste hace Jorge Solís Arenanzas.

Nadie me enseñó a perder un deseo: Una aproximación a la imagen en "Humo de incendios lejanos". // Andrea Cabel

La poesía no sirve para nada: a propósito del libro “Humo de incendios lejanos” de Eduardo Chirinos. // Jorge Frisancho

La escritura como encubrimiento: una reflexión sobre la poesía de Eduardo Chirinos y "Humo de incendios lejanos". // Jorge Solís Arenazas





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