Pedro Lemebel

De La Siega, la enciclopedia libre.

Querida Liz


Quizás, porque en semana santa reponen tus películas del hollywood dorado, especialmente Cleopatra, donde apareces divina entrando a Roma en un altar tirado por cuatro mil esclavos. Es posible que sea por esta visión que me atrevo a escribirte, sin saber si esta carta será leída por el violeta de tus ojos. Y mas aún, conociendo tu apretada agenda, me permito sumarme a la gran cantidad de sidosos que te escriben para solicitarte algo. Tal vez un rizo de tu pelo, un autógrafo, una blonda de tu enagua. No sé, cualquier cosa que me permita morir sabiendo que tú recibiste el mensaje. El caso es que yo no quiero morir, ni recibir un autógrafo impreso, ni siquiera una foto tuya con Mongomery Cliff en “El árbol de la vida”. Nada de eso, solamente una esmeralda de tu corona de Cleopatra que usaste en la película, que, según supe, eran verdaderas. Tan autenticas, tan finas, que una sola podría alargarme la vida por unos años más con el último tratamiento.

No quiero presionarte con lágrimas de maricocodrilo moribundo, tampoco despojarte de algo tan querido. Quizás, liberarte de esas gemas que cargan la maldición faraónica y, a la larga, traen mala suerte, incitan a los ladrones a saquear tu casa. Y no es broma. ¿Tú recuerdas lo de Sharon Tate? No fue nada de gracioso. Además, los pelambres del ambiente, las víboras diciendo que las joyas se te pierden en las arrugas. Que ya no te queda cuello con tanta zarandaja. Que una reina debe ser sobria, que a tu edad el esplendor de los zafiros compite con la celulitis. En fin, habiendo tanto niño hambriento en Africa, tú te paseas de alhaja en alhaja por los salones. Que dejaste turnio al Papa con tanto brillo. Que los cheques para la causa AIDS, que tú regalas con tanta devoción, se quedan enredados en los dedos que trafican la plaga. Y dicen, fijaté Liz, que tu piedad es pura pantalla, nada más que promoción. Como el símbolo de la campaña. Esa cintita roja que lo maricas pobres la usamos de plástico, seguro que fabricadas en Taiwán. Y las ricas se la mandan a hacer de oro y con rubíes, que más parece una horca el lacito ese. Un detector para saber quién tiene el premio, tú sabes, la gente es tan peladora. Hasta han dicho que tú estás contagiada, por eso la baja de peso. Basta mirar las fotos de hace algunos años, no había modelito que te entrara. Y ahora, tanto amor por los homosexuales sidosos. Tanto cariño por ese Jackson, el Cristo pop que canta “Dejad que los niños vengan a mí”. Mira, tú, de dónde tanta adhesión. Tanto amor con los maricas, como la Liza Minelli, la Bárbara Streisand y la Madonna. Todas esas estrellas que amamantan a las locas como perritos regalones. Como si las maricas fueran adornos de uso coqueto. Como si fueran la joya del Nilo o el último fulgor de una Atlántida sumergida. Mira, tú, y sin embargo con las lesbianas ni pío. Cuando debiera ser al revés dicen ellas. Primero la solidaridad de género por casa. Hasta les tienen un apodo en Nueva York a las ricas y famosas que andan para arriba y para abajo con sus modistos, maquilladores y peluqueros.

Yo creo Liz que es pura pica, nada más que envidia. Además, los colas tenemos corazón de estrella y alma de platino, por eso la cercanía. Por eso la confianza que tengo contigo para pedirte este favor. Si es que tú quieres, si no te importa mucho. Te estaré eternamente agrade-sida. Acuérdate, una esmeralda chiquitita, chiquitita, de pocos kilates, que no se note mucho cuando la saquen de la corona. Total, tú tienes esas turquesas para mirar que opacan cualquier destello. Yo soy de Chile, mándamela a la dirección del remitente. Tú no conoces este país, dicen que somos los mejores del continente, que hay mucha, mucha plata, pero no se ve por ningún lado.

Tu admirador, for ever.



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Y todo empezó la semana anterior, en el apuro por llenar este espacio, me decidí a reponer una crónica añeja sobre un enfermo de sida que le pide una joya a Liz Taylor para su tratamiento. Como en semana santa no se trabaja, solamente le hice algunas correcciones técnicas sobre el VIH, como que ahora nadie habla de AZT, si no de triterapia, además de otros afeites estéticos, y salió publicada con un lindo dibujo descriptivo.

Y la verdad, al comienzo, no entendía por qué en todas partes me despedían con miradas compasivas. ¿Ya escribió su último libro? ¿Cuándo sale el próximo?, me paraban en la calle, interrogándome: ¿Cómo ha estado?, y yo diciendo: Bueno, uno nunca está tan bien. Un poco de tos por el cambio de estación. Pero una tos parecida se llevó a un amigo como usted. Y las locas sabemos que la gente siempre tiene un amigo parecido, alegre, artista, igualito a ti. Pero cuando la loca simpática tiene sida, es otra cosa obscura mariposa. Entonces biografía y ficción se confunden en un abrazo ondulante. Por una semana fui portador de sida. Siete días de cargar el escapulario y escuchar el consejo callejero de que me hiciera por milésima vez el examen. Yo caminaba por las calles y no faltaba la loca que de una vereda a otra gritaba: Cuídate Lemebel. ¿Y de qué?, pensaba yo. ¿Qué flaco que estás? me decía alguien por teléfono. Y yo contestando: que sí, un poco, menos panza sin copete. Pero es que estás más delgado, insistían en el metro, en la feria de mi barrio, me daban naranjas; un juguito en la mañana para las defensas, me entregaba cariñosa mi casera. Por mail me llegaron recetas orientales, chamánicas, yaganas, naturistas de baños con caca de mosca verde al amanecer. También gárgaras con flores de pellín, me recomendaba una amiga de Temuco. No está todo perdido, insistían chilenos suecos desde el exilio. Hay que hacer un acto solidario, me sugerían amigos del PC. Y al parecer, nadie quería escuchar las explicaciones de que todo era por un texto imaginario. No me creían, insistiendo que la depre era lo peor. En la esquina de mi antiguo barrio una mujer me entregó unas hierbas, susurrando en mi oído: en ayunas, tres veces a la semana, cura hasta el cáncer. El miércoles al pasar por una vitrina, me encontré tan flaco y pensé que no era solo por la crónica, que tal vez había algo de cierto en esa delgadez repentina. Y sin pensarlo, me fuí a hacer el examen de urgencia. La enfermera, con guantes de látex, etiquetó el tubo de sangre como veneno de víbora. Mañana está el resultado, dijo amable. Cuídese, agregó, antes de que salirera. ¿De qué? le contesté, si no me pican ni los zancudos. Además hace siglos que no tengo mambo. Pero a veces uno tiene el bicho de antes, comentó una loca portadora desde la fila. Y tratando de hermanarse conmigo, me aconsejó: mira, Pedrín, el sida puede darle un sentido a tu vida, tendrías las garantías médicas que tenemos las portadoras. Es casi como volver a nacer, ¿cachay? Me trataba de convencer riendo con su único diente.

Con tanta preocupación, pensé que mi destino estaba trazado por la caca negra de la plaga cachera. Y todo por una crónica, le dije a mi amigo Parra, que se acordaba del texto y me sugirió escribir esta segunda parte. Pero igual anda a buscar el examen, ordenó con el seño fruncido. Entonces, al igual que “el enfermo imaginario”, comencé a sentir los síntomas de ese embarazo virulento. Me dio colitis amarga, fiebre al rojo y deliraba por las noches haciendo mi testamento. Supe en una semana lo que es ser portador y conocí esa piedad siniestra que acompaña todo comentario al pasar. También pensé que la crónica era eso, parece cierta, puede ser cierta, pero no siempre es verdad. No sé si me explico, le dije a Parra que contestó: mejor escríbelo. Puede ser un teorema sobre la crónica y el sida. La verdad y la ficción en un eterno tornasol. Pero, la verdad, amigo, es que yo no tengo sida, le respondí exaltado. No sé, Pedro, además tú has escrito tanto sobre el tema, que tanto va el cántaro al agua...

Y casi arrastrándome, partí al consultorio y me puse en la fila junto a los que esperaban atención. ¿De qué es su examen?, gritó una enfermera con vozarrón de servicio sanitario. Del Sida, dije más fuerte desafiante. Y la fila abrió los ojos y moviendo la cabeza escuché que decían: Es el escritor, esta enfermedad los pone así. Aquí está su examen, cantó la enfermera con el sobre en alto. ¿Lo quiere ver?, repica con las pestañas crespas con alicate. No por favor, no lo resistiría. Ábralo usted si es tan amable, le supliqué en espera de lo peor. Ella, como en un concurso de la tele o en la entrega de los oscar, despegó el sobre con calma teatral, y arremangándose las pestañas, dijo maligna para toda la fila espectante: Siga concursando, Don Pedro. Siga participando.




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