Pespuntes de río

De La Siega, la enciclopedia libre.

Por Fernando Clemot



A menudo la carretera, como el río, se le dibujaba como un pespunte largo que le unía a vidas ajenas, parte de un amplio zurcido cuyos límites desconocía, quizá porque se comportaban el agua y el asfalto como viajeros, con sus cambios y sus leyes, hasta con sus propias heridas. Y al pensar así imaginaba sobre todo la carretera, que era lo que mejor conocía; desconfiaba de su seno liso, y como en el río adivinaba cicatrices, unas restañadas y otras todavía abiertas, las veía a cada instante, quedaban allí para recordarle que reventaron la piel del asfalto como podrían haberlo hecho con la suya.

Había aprendido a recelar de cada pliegue del camino, como de la vida, allí volcó una cuba y torció el quitamiedos, un poco más allá está parcheado de tanto subir camiones pesados y a la derecha hay un reguero de arena de los volquetes en el que se marca una frenada... Cambiaban las vías, sí, se mutaban como camaleones, acechaban con sordina para traicionarle en cualquier revuelta. Como ahora que el sol caía frontal de mediodía sobre la vertical del asfalto y lo volvía claro como un cuajarón de leche, no distinguía entonces ni señales ni líneas, el alquitrán se licuaba para apelmazarse en los márgenes, buscando el arcén y allí mezclaba su pelaje negro entre mirtos y zarzas que escondían retrovisores y ballestas rotas. Pero sólo duraba aquella siesta del asfalto unas horas, al atardecer su color se apaga y resaltan las líneas como la costura de una herida... desaparece luego todo y de madrugada aquel lomo brillaba resbaladizo como la piel de una serpiente... Todo se esconde y queda falseado, los viajeros tienen una memoria muy corta pero el camino te sigue hablando, te pide que lo observes sin prisa para que te cuente su historia, como aquellos amortiguadores negros, huesos ahumados que hablaban de tragedias antiguas como naufragios, y más, en los márgenes de los túneles brillan cristales rotos como vetas de rocío, son el alumbre de viejos dolores de los que sólo queda su eco leve y chispeante.

Luego estaba la literatura, lo que queda a los lados del camino, como los florones y ramos que adornan donde alguien murió. Son esas historias de bares de carretera luces que acotan peligros, balizas que recuerdan al viajero que un cambio de rasante puede esconder tras él una celada como cualquier mochilero un cuchillo. De éstas últimas había oído contar de cualquier pelaje, abuelos que vagan por la continua de noche, de espaldas a las luces, locos que te echan el freno de mano, putas tan fuertes como estibadores que te retuercen el cuello tras hacerte el servicio... Si hubiese tenido conciencia debería haber subido a nadie pero había algo de aquella mirada, un soplo de pesar tal vez, y por eso paró en la mediana. Aquella chica que dejaba la bolsa en la puerta de la estación necesitaba ayuda, tenía miedo como él, así lo sentía.

- ¿Dónde vas?

- Más arriba, a cuarenta kilómetros, a una de las casas que hay cerca del río. ¿Va hacia el puerto?

Y asintió mientras le ayudaba a subir la bolsa. Creyó palpar algún cachivache pesado en el bolsillo lateral, tal vez un secador o un botecito de laca, pero inconscientemente brotó la imagen de una pistola. Volvió la vista con recelo hacia la joven y topó con una mirada cansada, color ceniza y esquisto, mitad madera, mitad perla; no podía esperar nada malo de aquella frágil presencia. Dejó el maletón atrás y se apretó contra uno de los rincones de la cabina, temerosa, como una avecilla herida que se aplasta contra los hierros de la jaula, la mirada encogida entre su cuerpo breve de niña.

Arrancó el hombre, y con marchas cortas y rotundas dejó atrás el pueblo. Volvía la carretera a pegarse al cauce del río, andaban a contracorriente y la fuerza del agua parecía levantar racimos de plata en su seno. El hombre observó como por descuido a su acompañante; quizá no era tan joven como había pensado en un primer momento, había eso sí, algo de infantil en su talle breve, en una falda que no escondía unas piernas frágiles. Las recogió y las puso a un lado en el asiento, cabían. Arreciaba una brisa de pubertad en su gesto, como en su pecho apenas mecido. Cambió a fondo y enfiló la recta con la directa. Se estrechaba el valle y apenas dejaba sitio para la carretera y una fronda estirada de abedules y sauces. Sólo entreveía el rostro de la joven deslucido en el reflejo del cristal, la mirada absorta, yerma, hincada en aquel margen que se llenaba de sombras a cada momento.

- ¿Ha oído la historia de la niña?

El hombre la rescataba de un pensamiento profundo, la envolvía una placenta sonámbula, tan pegajosa que le costó desembarazarse de ella antes de volver la cara.

- ¿Qué niña?

- Fue un poco más arriba... el río parece tranquilo pero esconde el peligro, hay pozas en las que cabría una casa entera. Una desgracia... en un claro como aquél, diez años antes, le había arrancado el primer beso y unas pocas semanas después hicieron el amor, cara a cara, lentamente, ella encima, como le había pedido.

- ¡Tápate, cariño! Se empieza a notar un poco de frío...

Él cabecea casi sin mirarla pero ella insiste.

-¿No tardaremos en marcharnos, verdad? Me da miedo que la nena se constipe.

Afirma con desgana y sigue vagando en sus recuerdos. Diez años... quizás había sido un poco más abajo, no recordaba haber visto aquella casa tan nueva de ventanales opacos... sí que había un puente, y una senda que se perdía en el bosque camino de Aidí. Unas voces agudas le interrumpen; muy cerca del agua juegan su mujer y su hija, claras las dos como una alborada. Su mirada se clava ahora en ella, en Elisa, y le parece imposible que la que fue su fuente de dicha le pueda producir sentimientos tan agrios, que aquel pelo ensortijado de querubín se haya posado en otros cuerpos oscuros, que haya sido mesado por otras manos. Sus ojos siguen aquella figura que creía conocer como la suya y que ahora se agacha junto a su hija. Níveas las dos, inmóviles, como un cuadro de Dante Gabriel Rossetti, cerca del perro de aguas que trajo para Navidad, evoca de nuevo y siente que casi se ahoga, necesito un trabajo, le decía, esta inactividad me va a volver loca, llevo casi cuatro años desde el embarazo, me siento fea e inútil y él dijo que sí, que la comprendía y hasta le ayudó a encontrar aquel bufete de la calle Balmes. Tendría que haber intuido el peligro, maneras refinadas y cenas en Vallvidrera, suelos asépticos de parqué que devolvían la imagen como un espejo, la belleza fría del lujo que enerva al humilde como los mejores opios. Conocía a Recha de oídas y ya le habían avisado que era un donjuan, que todas las secretarias que había tenido en la notaría habían acabado en su apartamento, que por eso le gustaba tanto cambiar de caras... lo comentó con apuro a Elisa pero ella casi se ofende, ¿es que no me conoces?. Pasaron pocas semanas antes de que llegaran las temidas reuniones de trabajo, algún viaje a Madrid, una sensación de vacío en una cena en que coincidieron con los del bufete, chismorreos que le señalaban con el dedo desde la mesa de enfrente pero pensó que no debía hacer caso, que debía intentar olvidar aquello, olvidar a Dafne, se marchó para no volver, el anciano se sentó pegado a la terraza que daba al río, tras sus ventanales opacos, como aquella última tarde, era ridículo, vivían aislados en aquel chalet de la carretera, con el pueblo a cinco kilómetros, apenas había un momento en que no estuvieran juntos. El delirio de los celos empezó como una tos precede a una pulmonía, por un descuido, de una forma estúpida, sólo podía alegar entonces desidia y alguna mirada perdida cuando acababan de hacer el amor, no era ya como en los primeros tiempos, cuando el escándalo parecía sublimar la pasión de sus encuentros, la alumna y el profesor, él cuarenta años mayor que ella... Recordaba cómo miradas morbosas de la gente ante cualquier arrumaco parecían activar en Dafne el deseo... pero con el aislamiento aquello se había aflojado y la locomotora de la sospecha había tomado impulso en el cerebro de Marcio Mart y ahora era muy difícil hacerla parar cuando volaba pendiente abajo... Calló, dejó pasar algún tiempo en silencio pero aquella carcoma seguía anidando en su cerebro, excavando galerías cada vez más profundas que le hacían analizar cada gesto, los escasos momentos que pasaba de más en el pueblo y que antaño agradecía los tamizaba ahora a su vuelta, sabía que estaba comprando, tomándose un café en la plaza, pero aquel sábado no pudo resistir más, hoy te acompañaré al mercado, y Dafne que le miraba extrañada, con aquellas brasas de esquisto, mitad madera mitad perla, ¿no prefieres quedarte?, así tienes más tiempo para acabar el cuadro, y le señaló la copia que estaba haciendo del Nastagio de Botticelli, pero él insistió hasta que bajaron juntos al pueblo. Debía conocer aquella mínima parte de su existencia que se le escondía, quizá allí pudiera encontrar alguna clave, quizá fuera allí, en aquellas mañanas donde encontraba el céfiro frío que helaba su deseo. Aparcaron cerca del río, detrás del mercado. Le costaba seguir su paso, andaban deprisa de un lugar a otro y se sentía Marcio algo avergonzado por fiscalizar de aquella manera sus sencillas rutinas, de una tienda a otra, siempre amable, en todas la conocían y la trataban con familiaridad, hasta entonces nada extraño sólo un chico en la tienda de congelados, pero era demasiado joven, casi un niño al que ella debía doblar en edad. Se notaba cansado y ridículo, más anciano que nunca, le dolía la cabeza y le pidió que antes de volver tomaran un café en los soportales de la plaza. Le temblaban las piernas al sentarse en aquella umbría casi húmeda en que sólo brillaban los asientos y mesas de chapa, ¡otra vez por aquí!, ¡ya te echábamos de menos!, volvió la mirada hacia él y no pudo evitar que un gesto de cólera le envenenara el gesto. Era él, sus pesadillas tenían ya un rostro, limpio y claro, le alargaba la mano y él tardó en reaccionar y ofrecer la suya, he oído hablar mucho de usted, señor Mart, es un placer, extraño tacto aquel, su palma caliente bombeando vida apretando sus dedos, su arrugado legajo de años pulsando aquellas manos ajenas rebosantes de energía, ella parecía feliz mientras buscaba algo en el bolso y observó que los ojos de él no la evitaban, que seguían allí como tantas veces debían haber estado.

- No me has dicho cómo te llamas...

Y ella que seguía ajena, intentando sacar algo del desorden de su bolso.

- Dafne –contestó casi sin levantar la mirada.

Bajo sus cuerpos, separados todavía por un abismo de hielo, temblaba el eje del motor, bajó la ventanilla y deseó sin saberlo que aquella vaharada caliente de la máquina deshiciera el desierto aterido que los distanciaba, que arropara el temblor que la removía de frío y la llevaba contra la puerta de la cabina. El zurcido que recorre la carretera le había premiado con una puntada de suerte, blanco sobre el lienzo negro de su vida. Debía decirle algo, parecía muy tímida, indefensa, como si desconfiara de todo, como él, quizá fueran almas gemelas, dos perros desamparados a los que unía la ruleta rusa de la carretera.

- Es un bonito nombre, muy curioso.

Y ella quedó en silencio, sin mirar al conductor, ¿qué querrá éste ahora? y perdió su vista en el curso del río, ahora se acercaban tanto que casi sentía su humedad. Tan irregulares los dos, la carretera como una culebra que buscara entrar en el agua, el asfalto también levantado a ratos, con sus dibujos y sus socavones, sus abismos sin alquitranar, pozas abriéndose hacia un fondo como en el que desapareció la niña aquella, la historia que había tratado de contarle el camionero, como si ella no la conociese... Le alertó primero un coche de bomberos que ululando entró casi hasta la orilla del agua, luego el aleteo de curiosos removiendo la hojarasca, ataron un cable de lado a lado del río y amarraron la zódiac. Uno de los hombres braceaba e insistía en que no, que no estaba allí, que la corriente se la tenía que haber llevado un poco más hacia abajo, hacia la curva del río. A lo lejos, sobre un pequeño montículo de uno de los márgenes, los padres llorando, intuyendo ya el desenlace. Estuvo horas mirando desde el balcón hacia el maldito meandro del río. De tanto en tanto volvía la vista hacia Marcio y le parecía mentira que pudiera seguir frente al caballete, copiando aquel repugnante cuadro de Botticelli ¡qué estómago tienes!, y él con el rostro cambiado, rojo, como si lo hubieran pillado robando en un supermercado, esté ahí mirando o no el resultado va a ser el mismo, si estuviera en mi mano poder hacer algo por ella no dudes que lo haría, y ella que sacudió la cabeza como si no entendiera, calló el viejo y la siguió con la mirada mientras ella buscaba algo en la cocina. Los buzos saltaban una y otra vez de la lancha, por lo menos cincuenta veces, arriba y abajo, en un tramo de unos doscientos metros, los voluntarios con largas pértigas paleaban en la encañizada que encorsetaba todo el meandro del río. El chirrido de otra silla la sacó de sus pensamientos; Marcio estaba junto a ella, no quería obligarte, es propia voluntad, no me fuerzas a nada, y se encendió un cigarrillo, estaba sentado del revés, con el respaldo de la silla ciñéndole la barriga, arrojaba el humo con fuerza a través de la ventana abierta. Me ha costado conocerte; no te importa nada, ni yo ni nadie, sólo tú y tu maldito arte, creo que por eso no tienes hijos, ni familia, ni nada que te pueda atar, por lo que puedas preocuparte o sufrir un solo instante... El anciano la observaba sin mover un solo músculo, brillo átono en su mirada mientras expelía ahora el humo por la nariz... Hace tiempo que quiero decirte algo, Elisa, y quiero que me prestes atención, dudó, no, así no, y volvió a mirarla, en la orilla del río, brillaba el rumor de la corriente como si arrastrara espejitos de plata. Más duro; le temblaba todo, lo sé todo, no te hagas la loca, sé que te encuentras con Recha en el Diplomatic, no estás cansada porque sí, eres una farsante y no tienes anemia, vas a desbaratar mi vida y creo que a la larga también la tuya, Dafne, eres muy joven, piénsalo cariño, muy ingenua, ¿o es que crees que ese tipo se iría a vivir contigo y cargaría con una hija?, esa gente no es como nosotros, Elisa, te has equivocado, cariño, y entonces se tapó con las manos la cara; con sus dedos vivos y celosos el hombre, con sus dedos quebrados el viejo, me gustaría decirte tantas cosas y no me sale nada...

Apagó su recuerdo Marcio Mart en la colilla y clavó su mirada en el cuadro que llevaba una semana copiando. Observaba ahora con ojos ajenos, quizá porque no estaba ella, como si fuera la primera vez que lo contemplaba con la certeza de que no volvería. Ocultos entre la arboleda se entreveían los muros ocres de una empalizada y una fortaleza. Debía ser Rávena, pensó el viejo, tal como menciona el Decamerón y aquel mar manso que cerraba una costa baja el Adriático, las playas que colman hoy los alemanes. Se llevó de nuevo la bebida a los labios; no había placer en el trago y no era aquella costa amaestrada lo que atraía su atención... había una carnicería en la arboleda, la misma insana violencia que reprodujo en la copia con aquellos ángulos agudos, chirriantes, que parecía hincarse en la mirada del que lo observaba. Miró de reojo la chapa, Episodios de la historia del caballero Nastagio degli Onesti, 1483, témpera sobre madera, Museo del Prado y volvió la vista al marco; seguía con la garganta reseca aquellos trazos repasados mil veces. A la derecha, el caballero Nastagio degli Onesti huía con el rostro demudado tras ver cómo otro caballero no correspondido perseguía a su amada hasta darle caza, era él mismo, con su misma furia le abría las entrañas por la espalda y alimentaba con sus vísceras a sus lebreles. El corazón a un lado, oscuro como una brasa de carbón. Uno de los perros gira el cuello con violencia buscando arrebatar al otro su botín, le faltaba todavía reproducir aquel detalle, debía ser un perro más grande, más brutal, en el Botticelli parecían dos perros de aguas... Grave destino el de los amores no correspondidos; sólo había que ver el cuerpo laxo de la mujer, carnaza de la jauría, inerte como una res de matadero... No hay nada más feroz que los últimos coletazos de posesión, los del feroz caballero, sin esperanza, como si hubiera salido él tras los pasos de Dafne cuando cerró la puerta y ganaba con pasos desesperados la carretera. Quedó tras la puerta e imaginó entonces a Dafne carretera arriba, sin rumbo, él también estuvo tentado de salir y transformar su dolor en montería, agradecía no haberlo hecho, prefirió cauterizar su pena en alcohol, quemándose tres días, hasta trató de escribir una poesía, sólo recordaba el primer verso... púber deliciosa no te pude sobrevivir... andó hasta la ventana; el sol caía en aquella hora como una plancha sobre el río arrasándolo de vetas dorada. ¿Quién dibuja los pliegues del agua? Tal vez las piedras del fondo, las pozas que se esconden de la vista y sobre las que resbala su corriente. Siguió aquel curso bravo, unos centenares de metros más abajo la corriente se encajona y traza un meandro amplio como el arco de un cazador primitivo. Parece que apenas tenga profundidad pero en su fondo está el sumidero que devoró a la niña, Dafne estuvo llorando toda aquella tarde maldita en que se fue para siempre... El sol tejía ahora una mortaja de luz sobre la cara del río, ¿dónde estaría?, en la ciudad o en los brazos de aquel camarero-amante vagamente anunciado. Son los celos como una piedra lanzada en aguas estancada, largo tiempo queda un reflejo. Volvió al cuadro y se reconoció en el rostro del amante despechado como si fuera un espejo. Debía salir de allí, de su premura de dolor, cogería el coche y seguiría el arco del río, hacia aquella estación de tren donde podría aspirar la fragancia de su cuerpo en huida, de aquella misma carne breve que había sentido bajo sus piernas, la que quizá estuviera disfrutando otro... le mataba aquella angustia, la de sentir que esa misma carne que había sido su morada estaría ya abierta y revuelta, su templo saqueado por impíos.

- Elisa, ¿puedes venir un momento?

Y ella que acaba de ponerle el jersey a la niña y se acerca con el ceño fruncido, como si ya supiera que lo que iba a escuchar no sería de su agrado. Recogió su falda y se sentó en un tocón que había frente a él. Torció las piernas y se acercaron hasta casi besarse sus rodillas de niña.

- ¿Qué quieres? ¿Por qué no nos vamos ya? Está empezando a anochecer...

Tenía razón, había refrescado y el viento removía la hojarasca con que tapizó el prado el otoño, pero no es eso lo importante, no importa coger un poco de frío si con ello podemos salvarlo todo, yo también he estado algún tiempo distante, muy metido en mis cosas quizá, Dafne, Elisa, cariño, no soy una persona sociable y creo que eso es lo que tú has echado de menos, de lo que se ha aprovechado él, nuestro enemigo, tu jefe, el camarero ese, para alejarnos. Sé que quizá no puedo competir con él en algunas cosas, yo soy más viejo, no soy tan elegante ni con tanto dinero como él, puedo parecer un poco bruto pero también te quiero más y no me mueve ningún egoísmo, yo te puedo proteger, alejarte de todo ese lado que te asusta, puedo hacer que no tengas miedo de un anochecer en el río, que no tengas que sentir más miedo en esta casa solitaria, que no necesites estar en la cuneta de una carretera haciendo dedo.

- ¿Qué es lo que pretendes? Preferiría que lo dejaras correr...

La joven de las piernas de niña se encoge un poco más contra la puerta de la cabina, contra el tocón, pero el tipo aquel sigue hablando prometiéndole que no tendrá nada que temer, hay algo en él que le recuerda vagamente a Marcio, a Recha, cuando ya se acercaba hacia la puerta, de la habitación del hotel, de la casa, para dejarlo todo, entonces le prometía enloquecido que todo sería distinto, le suplicaba que dejara a su marido, seguía hablando y ella cada vez más apretada contra la puerta, tenía miedo, haría cualquier cosa por ella, volverían a la ciudad si ella se lo pedía, todo sería como al principio, sus celos del chico del café habían sido una estupidez, que tuvieran una hija no significaba nada, él le aseguraba un futuro, había sido un idiota y un egoísta, la cuidaría, no tendría que tener miedo de nada.

Suenan los frenos como el lamento de un animal extinto y se detiene el camión en un claro del camino.

- ¡Cállate ya! ¡Maldita sea!

Un gesto de terror confunde el rostro de la joven, se levanta con tanta violencia que se hace un desgarro en la falda.

- ¿Dónde está la niña?

Y Marcio Mart que gira la cara al cuadro, la cólera se mece en aguas estancadas, los viajeros no tienen problemas de celos; en el agua revuelta de un río no hacen reflejos las piedras, debe moverse, salir de allí, volver a la ciudad, casi ni recuerda el verso de la primera noche, púber deliciosa te pude sobrevivir, queda en silencio y el bosque parece devolver entonces un chillido, como si el caballero persiguiera todavía a su amante entre la maleza, un grito como el de la tarde en que sacaron a la niña del río y Dafne escapó para siempre, como huía ahora la niña por el prado detrás del perro y la madre tras ella, está subiendo un talud tras el que apuntan los extremos rugosos de la carretera... Silba un camión en la lejanía y el asfalto es un cuajarón de leche en el que se desdibujan las líneas, chilla otra vez la madre, Dafne, y los brazos del hombre se cierran sobre ella, se revuelve, lo patea, lucha por desasirse, pero todavía llega a tiempo la madre, coge como puede a la niña, de su pecho, entran las manos del hombre por su vestido y aferra el pecho de Dafne, núbil y tierno como un bizcocho, la niña que se esconde tras aquella falda de vuelo ya no se resiste, y cierran las dos sus ojos de esquisto, mitad piedra, mitad perla, dulce y terrible las acaricia la voz andrógina de la madre, del hombre, muy cerca de su oído.

- Tranquila, mi cielo, Dafne, ya no vas a tener miedo...




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