Por años trató de volar

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Por Alejandro Tellería.


y creía fervientemente que –cuando fuera mayor y tuviera todo bajo control– podría hacerlo. Como desde pequeña había sido despierta, sabía que nunca dejaría de ser pequeña ni despierta y que, muy a su pesar, nunca podría acercarse mucho al cielo y las nubes.

Lo primero que hizo cuando tuvo independencia económica fue comprar un pasaje de avión a Australia para ver si disfrutaba estando tan cerca de su objeto de deseo por cuanto tiempo durase el vuelo. Pero no pudo darse mucha cuenta de lo celeste que era su bóveda adorada desde el lavabo del avión, porque la invadieron tales arcadas que se quedó metida allí la mayor parte del vuelo y tuvo que rogar a la azafata para cambiarse a un asiento que le hiciera más fácil y veloz cada evacuación. Por eso tuvo que descartar la idea de cumplir su sueño en aviones.

Años después y luego de tarotistas, psicólogos, muchos novios y hasta un marido, en esa edad a la que las mujeres se dan cuenta con horror que fueron más bellas el año anterior, encontró la solución: una parte de ella llegaría al cielo y las nubes. Vio en un periódico la publicidad de una tienda donde se vendían cometas, pero a esa edad en que la belleza se empieza a alejar de una mujer –como la cometa que tanto quería; como a ella, tal vez por eso quería tener a su belleza asida de un cordel– aparecen cosas más importantes que alcanzar el cielo, y traspapeló el periódico. Recordaba lejanamente que el lugar estaba en alguna parte entre las calles Aragón y Mallorca, pero estas calles eran paralelas y tan largas que la búsqueda iba a ser extenuante. Aún así, caminó calles incógnitas hasta que, en una de ellas, vio una pequeña puerta con un letrero que decía Graf Zeppelin, del que sobresalía un pequeño dirigible. Por lo aéreo del nombre, pensó que aquel sería el lugar donde vendían las cometas y tocó el timbre. No pensó lo mismo cuando quien salió a darle la bienvenida fue un inmenso moreno vestido de negro y cadenas, con el rostro maquillado y los labios embarrados de rojo.

Regresó a cero. Eso sí, sentía que se alejaba el momento en que la cometa distraería su obsesión infantil. Pero le sería difícil hallar una cometa pequeña y obstinada y neurótica como ella, pensaba al pensar en la cometa que sería suya y ella a la vez. Una semana después de perder la última esperanza –no podía dedicar toda la vida todo el día a esperar– encontró el lugar. El letrero exterior le hizo recordar con violencia el nombre que, de haber conservado en la cabeza, tanto esfuerzo le hubiese ahorrado: La Bici Mágica, en la calle Enrique Granados entre Aragón y Mallorca (más fácil que esto le hubiera sido recordar calle y número, pero a esas alturas de su vida, viviendo en una ciudad bar y, encima, metiéndose a diario dosis cada vez mayores de felicidad por la nariz, las neuronas tienen permiso para irse de fiesta la mayor parte del día).

Salió con la cometa en las manos y se dirigió hacia la parte más alta de la montaña, a hacerla volar al viento. La dejó en el suelo y echó a correr, con su cordel asido en la mano, a volar con ella, sin ella, para siempre.




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