Rafael Robles Olivos

De La Siega, la enciclopedia libre.


4.

Intentar algo contigo es inútil como tomarle fotos al sol con una kodak 4.1 y echarse bronceador en Río de Janeiro. Es divertido como las películas de terror en blanco y negro y frustrante como los sueños del elefante enamorado de la tortuga de altamar.

Intentar algo contigo es ridículo como decir esternocleidomastoideo a la hora de la eucaristía o saltar de un quinto piso gritando tu nombre sin más red que una piscina llena de turistas. Es cruel como una pizza congelada a las tres de la mañana o ganarse la lotería en pleno cáncer terminal. Intentar algo contigo es irse de cara contra el puño de tu hermano. Es placentero como un dolor de estómago en las puertas del cielo y triste como aplaudir en el entierro de alguien que nunca conocimos y que por alguna razón nos ha dejado solos.






6.

Si quieres puedes irte, que me conozco tus mentiras como las madres reconocen la sonrisa de sus hijos muertos. Puedes irte, aunque deba confesar que me faltarían tus dedos en punta cambiándome de radio, tu sistema óseo violentando mi abrazo de australopithecus macho en celo. Me faltaría pagar por una película criminalmente estúpida a las diez de la mañana y cerrar los ojos cuando me hables de tu año nuevo en San Bartolo. Ni qué decir de tus talones martillando la punta de mis pies, tus suaves y melancólicos talones haciéndome la vida un poco menos ortográfica. Tus iliacos pregonando obscenidades en mi dolor de espalda, tu juguito de piña y tu forma de mirarme sólo porque aplaudes hasta el hueso mis infartos de sapo enamorado. El mismo sapo enamorado que tiembla cuando, de casualidad o de pura borrachera, tus labios se estrellan con los míos por un rato, para luego regresar a la pista de baile como se alejan las olas del mal: amenazando con volver.






La del bombero que incineraba viejitos.

Vengo de provocar incendios en el reservorio para ancianos. Mis brazos todavía huelen a pescado crudo y a la violencia de los retardados mentales. Este es el momento que todos esperamos y Jesucristo no es necesariamente un as bajo la manga. Solamente apoyado en tus hombros se pueden escuchar los alaridos, el dolor de las carnes que se derriten demasiado tarde. Es el saberse traicionado por un grupo de bomberos que no se pisan la manguera y que por ningún motivo hablarán del infierno que desataron esta noche.

Al amanecer serán los jóvenes los que sonrían primero, habrá condecoraciones y un divertido desfile de cadáveres cubiertos.






Los puerco espines.

Los puerco espines son personas estupendas. Son pequeños súper héroes con miles de orejas puntiagudas alrededor de la cabeza. Si alguna vez tienes un problema, un atraso, una mujer armada hasta los dientes, no dudes en rogarle favor a alguno de estos ejemplares, sobre todo si son machos y saben canciones en francés.

Cuando nadie explica cómo el culo del abuelo no aplastó al pequeño de la casa, cuando el apagón te sorprende con la chica que te gusta, cuando tus padres salen a comprar y nos dejan solitos en tu sala; es que un puerco espín metió la mano. Hay veces en las que todavía se pueden encontrar sus violentas orejitas como prueba irrefutable de heroísmo. Pero de ellos ya no veremos ni la sombra.

Demos gracias a los puerco espines por salvar nuestras cosechas del delirio de los pájaros. Por cuidar de nuestros hijos y proteger a nuestras mujeres cuando les pegamos. Agradezcamos a los puerco espines por ser demasiado ariscos para recibir a nuestras vírgenes, por ser gratis y no dejarse dar abrazos. Gracias, señores puerco espines, por ser personas estupendas y conservar tal grado de idiotez en estos tiempos difíciles para el amor y para encontrar un servicio doméstico decente.


(Inéditos)





Instrucciones.

Para que tengas la sonrisa de Jenna Jameson
debemos copular como huérfanos sin Ministerio de Educación,
como despeinados debajo de un puente sin serpiente.

Levantaré tu falda hasta taparte la cara
y cederán tus calzones a la fuerza de una sorda erección.

Debemos copular durante horas
para que tengas la sonrisa de Jenna Jameson

y aunque la falda te borre la cara, yo sabré cuándo parar
yo sabré cuánto herirte
hasta que seas ella y no la misma que se afeita dos veces por semana
y no la misma que le gusta cocinar y llega muerta del trabajo
como la primera dama que no sonríe ni por los orgasmos
ni por los billetes que recibe.

Desde hoy, te llamarás Jenna.



(de Buena suerte Peter Paker!, Estruendomudo, 2005)



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