Recién salido de una librería universitaria

De La Siega, la enciclopedia libre.

Por Liliana V. Blum



Cada minuto cuenta. Allison Moore se detiene en el pasillo para recuperar el aliento. Tiene la cara caliente, a pesar del aire frío; los zapatos chorrean nieve sucia y le arden los pulmones. Está despeinada y seguramente tiene la nariz roja. No debió correr así, pero no debía llegar tarde el primer día de clases. No a esta clase, por lo menos. Su reloj marca las siete con diez minutos. Ya esperó las tres semanas de las vacaciones de invierno. No puede pasar de hoy. De puntillas, se asoma por la ventanilla cuadriculada y su aliento empaña el cristal. Desde ese ángulo, puede ver el pizarrón, pero no al profesor. Cada minuto. Cierra los ojos, respira hondo, abre la puerta y es como si de pronto alguien le sumergiera la cara en agua.

El profesor Karl Zuckermann camina entre las bancas, las manos cruzadas por detrás, diciendo algo sobre la vida de Heinrich Böll como soldado durante la Segunda Guerra. Allison se muerde los labios resecos: todas las bancas de enfrente están ocupadas. Aprieta su mochila contra el pecho y se dirige hacia la parte trasera del salón. Lleva la mirada baja, pero se da cuenta de que los otros estudiantes se vuelven a verla. Encuentra un lugar en la última fila, cerca de la ventana. Cuelga su abrigo detrás de la banca y se quita los guantes. Tiene los dedos entumidos y trata de moverlos. Karl está ahora frente al pizarrón y, mientras habla, sus ojos recorren mecánicamente a todo el grupo sin reparar en ella.

El tiempo se ha detenido. Por el cristal amarillento se alcanza a ver un árbol con las ramas agobiadas por el peso de la nieve. El salón no está bien ventilado y la calefacción del edificio no llega hasta los salones del sótano. Abrir las ventanas sería invitar a la ventisca de enero. Literatura Alemana Contemporánea, o GER 301, como se llama en el currículo, no es una materia importante. No la imparte uno de esos profesores que atraen grandes donaciones a la universidad; es sólo una de esas asignaturas que llenan los requisitos de la escuela de artes liberales. Por eso el pésimo salón, por eso los teaching assistants, estudiantes de maestría que, como Karl Zuckermann, necesitan pagar las cuentas.

A pesar de que lleva pantalón de pana, Allison puede sentir el metal frío de la banca. Necesita hablar con él, que parece ignorar su presencia. Desde su lugar, Allison apenas alcanza a escuchar lo que dice Karl, pero ve que se acerca a su maletín sobre el escritorio, saca un libro y escribe en el pizarrón: The lost honor of Katharina Blum. Al momento, todos los alumnos hurgan en sus mochilas, pero ella permanece quieta. Karl Zuckermann la mira por unos segundos sin mover ningún músculo de la cara y se vuelve otra vez para escribir. Allison, una mosca en la pared. Pero en algún momento ella y Karl habían volado juntos, y por eso es ahora un bicho cargado con huevecillos. Saca su libro y al erguirse, se marea. Se aferra de la banca e intenta respirar despacio, hasta que siente recuperarse poco a poco. Todo significa un gran esfuerzo ahora.

Hay distintas ediciones del libro de Böll encima de cada pupitre. La de Allison tiene tapas duras y la pintura de una joven angustiada. No quiso comprar el libro usado o alguna de las ediciones más austeras. No le sobra el dinero, pero no quería que Karl pensara que la clase no le importaba y que era sólo una excusa para verlo ahora que el semestre de enero había comenzado. Él le dijo la última vez que estaría más ocupado con su tesis y las materias que iba a impartir. Un libro nuevo y de tapas gruesas significa que Allison es capaz de apreciar la literatura alemana, al menos en traducción; que es una chica inteligente y digna de ser amada por alguien como Karl Zuckermann. Le extraña verlo así, con camisa y pantalones de vestir. Y esa corbata. Lleva el cabello recién cortado y a ella le parece que la forma de su cráneo es simplemente hermosa. Perfecta. Allison se encuentra deseando que el bebé se parezca a él. Toma su pluma fuente y escribe en la primera página del libro, con su mejor letra:

Allison Moore. Tengo miedo. Incertidumbre. Frío.

Se la había regalado Karl hace un año, cuando se conocieron en The Glass Onion. Él iba a leer allí todas las tardes y ella era mesera en ese turno. Al preguntarle qué iba a ordenar, buscó su bolígrafo en las bolsas del delantal y no lo encontró. “Voy a tomar la orden de memoria”, dijo nerviosa. El hombre extendió su brazo y le ofreció una pluma fuente. Pidió café negro y un sándwich de ensalada de huevo en pan integral. Lo dijo con un tono serio, con una pizca de lo que a ella le pareció desdén. Ella escribió con rapidez en su libreta y le regresó la pluma, pero él hizo un ademán con la mano, como si espantara una palomilla. “Quédatela”, ordenó con la vista sobre el libro.

Más tarde se enteró de que el hombre de la pluma se llamaba Karl Zuckermann. Se lo dijo Melissa, la chica que estaba en la caja durante el turno de Allison y que recibía los cheques con los que él pagaba. Era su luz verde para fantasear, porque Allison armaba sus fantasías con la misma minuciosidad con la que unía las piezas de un rompecabezas. Sin el nombre, el tipo de la mesa diez era tan irreal como un artista de Hollywood o como un personaje literario. En cambio, Karl Zuckermann era tangible, hermoso y dejaba excelentes propinas.

El día en que la pluma fuente dejó de escribir, Karl guardó sus libros y la invitó a acompañarlo a comprar más cartuchos de tinta. Era cerca, a un par de cuadras. “No ha terminado mi turno”, dijo Allison. “Jamás te he visto faltar. Estoy seguro de que tu jefe entenderá si hoy te sientes un poco indispuesta. ¿Del estómago, tal vez?”. Karl se puso la mochila en el hombro y le regaló la sonrisa más bella que Allison hubiera visto. “Te espero afuera”, dijo. Ella nunca le había mentido así a nadie, mucho menos a su jefe; pero veinte minutos después caminaba junto a él. Entraron a una tienda de artículos para oficina y compraron los cartuchos para la Pelikan. Comenzaba a oscurecer y decidieron ir a The Bourgeous Pig a tomar unas cervezas. Dos horas más tarde, encendían un porro luego de hacer el amor en el estudio de Karl.

“Eres idéntica a Susan Atkins”, comentó él y a Allison le pareció muy romántico que la encontrara parecida a la mujer que apuñaló a Sharon Tate. Ella también podría hacer cualquier cosa si Karl se lo pidiera.


Ahora Karl Zuckermann, estudiante de la maestría en filología alemana y encargado de esa clase, explica algo sobre el marco histórico de la novela, y Allison no tiene idea de cómo va a decírselo. Escucha el sonido de los otros bolígrafos e intenta escribir las fechas y las palabras que Karl ha dejado en el pizarrón, pero son garabatos que no significan nada. Las palabras que salen de su boca no son más que un sonido ambiental. Ella sólo puede pensar que está sentada en un pupitre helado en la clase que imparte el hombre con el que ha estado acostándose durante los últimos once meses. Ahora la vista comienza a nublársele y no puede mantener los ojos abiertos. Tiene la sensación de no haber dormido en varios días.

Al menos las ganas de vomitar ya pasaron. Allison recuerda la forma en que hace unos días expulsó el desayuno entero en el fregadero. Lory, la chica rubia que comparte la renta con ella mientras la admiten en una sororidad, salió de la cocina con un gesto de asco. Cuando estuvo lo suficientemente lejos le dijo que debería hacerse la prueba, porque ése era uno de los primeros síntomas. Allison se estaba mojando la cara bajo el chorro del agua. “¿El primer síntoma de qué?”. Su roommate se echó a reír con fuerza. Eres toda una chica de Wichita, ¿verdad? Mientras más pronto sepas, mejor. Después ya nadie te lo quiere hacer.

Allison secó su cara. “¿Hacerme qué?”, pero Lory ya había salido. Allison se dejó caer en una silla e intentó comer una dona, pero las ganas de vomitar volvieron. Bebió un poco de agua mientras repasaba las palabras de su compañera. Y comenzó a comprender, muy a su pesar. Se tomó la cabeza entre las manos. ¿Cómo había podido ser tan tonta? Nunca discutió esos temas con Karl. Desde el primer día en que tuvieron sexo ninguno de los dos mencionó nada sobre evitar el embarazo. Y la idea de tener un hijo jamás había cruzado por la mente de Allison. Ella no sabía nada, ni siquiera lo suficiente para temer arruinar su vida. Se dio un baño largo para ordenar sus ideas. Primero tenía que estar segura. Prefirió caminar. Deseaba saberlo, pero no tenía prisa en llegar.

El tramo le pareció cortísimo. Entró al Centro Médico Universitario y la enfermera de recepción la saludó: “¿Te puedo ayudar, sweetie?”. Allison sintió que se ahogaba con las palabras. “Creo que estoy embarazada”, dijo clavando la vista en sus zapatos. No podía mirar a la otra mujer a los ojos. Le recordó a su mamá: pestañas postizas de falda de hawaiana y una gruesa capa de delineador. Le extendió un formulario y en lugar de poner el grito en el cielo, como seguramente lo haría su madre, le sonrió: “Siéntate y llena esta hoja con tus datos. Mañana vienes a las ocho de la mañana, en ayunas, para que te tomen una muestra de sangre”. Lo dijo como si nada, como si fuera lo más común del planeta creer que se está embarazada. Allison le agradeció la falta de comentarios y llenó el formulario. Esa noche no durmió. Pasó la noche frente al televisor, engañando a los ojos con programas de concursos y series repetidas, la mano sobre el auricular y el número de Karl en la punta de los dedos. Escuchó los gemidos de su compañera de cuarto con el novio en turno. ¿John, Jack? Empezaba con jota. Finalmente se durmieron y Allison también; el despertador la sorprendió tendida en el sofá con la misma ropa del día anterior.


El ruido de los pupitres sobre el piso hace que Allison abra los ojos. La clase ha terminado y todos están saliendo del salón. Se pone de pie y camina cautelosa al escritorio. Karl la ve acercarse, pero se da vuelta para borrar el pizarrón. Ella recuerda lo mucho que le gusta ese cuerpo. Apoya una mano temblorosa sobre el escritorio, pero la retira en seguida. De cualquier forma, él no puede verla porque está guardando sus cosas en el maletín de piel.

“Tenemos que hablar”, dice Allison y se arrepiente de sus palabras. Karl va a pensar que ella es un cliché andante. De pronto, todo lo que ensayó en sus desvelos se borra al estar consciente de lo trillado que es decir tenemos que hablar.

“Tienes que leer El honor perdido de Katharina Blum para la próxima semana”, dice Karl avanzando hacia la salida. Cuando ve que Allison permanece en su lugar, agrega: “Vas a llegar tarde a tu próxima clase”. Luego cierra la puerta del salón y la deja allí. El sonido hace que ella salga de su sopor y se apresure a seguirlo.

“Necesito decirte algo.” Suena a súplica, a falta de dignidad. Karl se vuelve y le dedica una mirada extraña. Allison siente que vomitará allí mismo sobre sus propios zapatos. No podría soportar la humillación.

“Estuviste dormida la mitad de la clase. No puedo darte asesoría”, dice y comienza a andar con pasos muy largos. Ella trota para alcanzarlo, las manos pegadas al vientre. Sabe que se ve ridícula, pero no está segura de si las mujeres en su estado pueden correr.

“Es sobre nosotros.”

Se detiene porque le falta el aire. Karl deja de caminar y permanece así, dándole la espalda por largos segundos. Cuando voltea a ver a la mujer que quiere hablarle de nosotros, nota que ya no lleva el cabello suelto a lo Susan Atkins, sino recogido en una coleta que hace que su cara se vea más delgada. No se había tomado la molestia de mirarla con atención hasta ese momento, y ahora que lo hace la encuentra demacrada y con menos peso.

“¿Te pasa algo?”, pregunta al fin.

El nudo que Allison lleva en la garganta se afloja un poco. Asiente y desvía la mirada. No sabe cómo decírselo, pero está segura de que ése es el momento, porque tal vez no habrá otro. Si no habla ahora, Karl se echará a caminar otra vez y jamás podrá hablarle. Y los días cuentan, cada minuto cuenta, como dijo su compañera de cuarto. Hubiera querido decírselo frente a una taza de café, en un sitio callado, o bien en su cubículo, en voz muy baja y al tiempo que él le tomara la mano. Pero Karl Zuckermann tiene prisa por llegar a su próxima clase.

“Sí, que estoy embarazada.”

Karl da unos pasos hacia ella; tal vez tiene miedo de que vaya a gritarlo a todo el campus. Está pálido; ella está consciente de su gesto: es el que haría alguien cuando le diagnostican una enfermedad venérea y de pronto recuerda quién se la contagió.

“¿Cómo puedes hacerme esto?”

La toma por los hombros y aprieta con fuerza. Allison comienza a llorar; él la suelta y la mira directamente a los ojos:

“¿Estás segura?”

Allison ya ha escuchado ese mismo diálogo en una de las telenovelas de la tarde. Es triste. De alguna manera tenía la ilusión de que su vida era única y especial, pero no es más que otro capítulo de un melodrama diario. Sorbe los mocos y saca del bolsillo de sus pantalones el papel que le dieron en el centro médico. Karl se lo arrebata y lee rápidamente; se queda mirando las letras por un rato y luego lo arruga hasta convertirlo en una bola que tira en un bote de basura cercano. La toma de la mano y la lleva hacia una banca. Habla en un tono bajo, conspiracional. Allison no cree que esto le esté sucediendo. Quién diría que ella terminaría siendo esa muchacha a la que le dicen que no puede tener ese bebé.

“No podemos tenerlo.”

Karl lo repite y a ella esas palabras le resultan ajenas; la voz no es familiar: en unos cuantos segundos ese hombre se ha vuelto un desconocido. ¿Cómo podía pues estar embarazada por su culpa? Tiene la sensación de que es la primera vez que lo mira y alberga la esperanza de que esto no sea real.

“¿Y estás segura de que es mío?”

¿Cómo puede preguntarle eso? Allison se abraza a sí misma, clavándose las uñas en los brazos mientras las lágrimas comienzan a escurrirle por las mejillas. Por supuesto que el bebé es suyo, ella no ha estado con nadie más en los últimos meses. Karl dice que es simplemente una pregunta de rutina: un hombre nunca puede estar seguro.

Allison se tapa la cara con las manos y comienza a agitarse. ¿Qué va a pasar ahora? Casi no puede respirar: piensa que va a morirse de tanto llorar. No es que esperara que él le pidiera matrimonio, feliz con su próxima paternidad, pero tampoco anticipó esto. Necesita oír que todo va a estar bien, aunque no sea cierto. Desearía que él la abrazara y le dijera que va a estar a cargo de todo.

“¿Pero no te tomaste la pastilla, o qué pasó?”

“No tomé nada”, dice ella con la voz gangosa por los mocos y las lágrimas.

La cara de Karl se contrae en un gesto idéntico al que hacía su madre cuando encontraba la casa en desorden o a su hija comiendo sin cubiertos. Abría mucho los ojos y parecía pensar: no puedo creerlo. No puedo creer que la casa esté de cabeza y nadie haga nada. No puedo creer que te alimentes como una troglodita. No puedo creer que no te hayas tomado las pastillas.

Él sigue hablando, ahora en un tono paternal que comienza con una calma aparente y luego escala hasta la desesperación: ¿Cómo se le ocurría a Allison meterse a su cama sin decirle que no usaba ningún método anticonceptivo? ¿Era retrasada mental o qué?

Allison mira su reloj de pulsera y exhala. Está vacía y duele mucho sentirse así. Ya se ha cansado de llorar y no quiere escuchar preguntas que tienen una respuesta irrelevante. Se me ocurrió así, como si nada; y, sí, soy retrasada mental. ¿Qué importa ahora?

Karl toma la cara de Allison y la obliga a mirarlo. No sólo ha perdido ya la mitad de su siguiente clase, cosa que le traerá problemas con su director, sino que ya le arruinó el día, el semestre y quizá la vida entera. No es ella la que debe llorar, sino él.

“¿Qué vamos a hacer entonces?”

Allison lamenta el tono infantil que se le escapa, pero comienza a sentirse como una niña desamparada.

“No sé. Lo único que sé es que no vas a tener ese bebé.”

Ella se lleva las manos al vientre y da unos pasos hacia atrás. Su cuerpo está temblando y siente que la cara se le quema. Luchó tanto por no pensar en eso, y ahora él ha dicho las palabras. Es verdad. Esto sí está pasando.

“¿Y cómo...?”, pregunta muy bajo, pero en el fondo sabe cómo. Sus padres no pueden saberlo. Y si él no va a estar con ella, no podrá seguir. Ella sola no...

“El lugar está en el centro; se puede llegar caminando sin problema”, dice Karl tocándose la barba despreocupadamente. “Es un médico que no va a hacer preguntas.”

Allison ve con alarma cómo él toma el libro de Böll, saca una pluma de su camisa y apunta de memoria la dirección del consultorio en la última página. Se lo entrega y menciona cierta cantidad de dólares. Ella tiene sólo el dinero que sus padres le dieron para la renta del departamento y para la compra de libros. Con el sueldo y las propinas del restaurante apenas le alcanza para hacer el súper y comer en la cafetería de la Student Union. ¿Cómo va a conseguir esa cantidad?

Karl exhala un bufido de fastidio, como si tuviera que hacer cola en un trámite burocrático. Tamborilea los dedos sobre su pierna y después de pensarlo un poco, le dice que no le sobran los dólares, pero no ve otra opción más que disponer de sus pocos ahorros. Le llevará el dinero a su trabajo, por la tarde.

Ella se muerde el labio inferior. Ya había dejado de llorar y ahora siente que empezará otra vez. Se acerca a Karl y toca ligeramente su brazo. La tela del saco es muy suave, cálida. Entonces, ¿irá sola con el doctor?

“Esto no es una historia de Hemingway”, dice. Él es un hombre ocupado y ella lo sabía cuando coqueteó con él aquella vez en The Glass Onion. Ya estaba haciendo bastante con darle la dirección y el dinero. No podía solucionarle sus problemas todo el tiempo.

Allison toma The lost honor of Katharina Blum. La dirección sigue allí, en la caligrafía apresurada de su profesor. No se le ocurre otra cosa que abrir el libro en cualquier página y comenzar a leer. No busca la respuesta a esa pregunta que todavía no se atreve a hacerse, pero al menos leer hace que su vida parezca normal. Las universitarias como ella tienen que estudiar, no ir solas a una clínica abortiva. Levanta la vista. La figura de Karl, ya muy pequeña, se va perdiendo entre los estudiantes que van con premura de un edificio a otro.

Detrás de ella se levanta un árbol enorme, sin hojas. La nieve cubre gran parte de los jardines del campus: echa de menos el verano, con todos los alumnos recostados sobre el césped, leyendo, dormidos o besándose. Mira hacia arriba y las lágrimas se van detrás de las orejas y luego bajan por su cuello. El cielo se vuelve de un azul muy oscuro y se da cuenta de que tiene mucho frío. Le duelen los pies, tiene hambre y los ojos muy hinchados. Alguien debería cargarla y ponerla sobre la cama, hacerle un té y arroparla, traerle los cómics del periódico.

Allison Moore arranca la página con la dirección del médico. Después se pone de pie y camina con mucho cuidado. No quiere resbalar en la banqueta congelada. Deja el libro sobre la banca. La literatura contemporánea alemana ya no le interesa.



* Este relato forma parte de El libro perdido de Heinrich Böll (Editorial Jus: México, 2008).


© Liliana V. Blum (Derechos reservados. Ver Aviso Legal).

Volver a Número 17: Noviembre 2010