Ricardo Gattini

De La Siega, la enciclopedia libre.

Giovanni, el alegre muchacho de Florencia


El sol ya había cambiado de posición, quitando la sombra del lugar más apropiado para tomar bocetos al carboncillo sobre el blanco papel. El maestro se había concentrado en la cara de Giovanni mientras salía del río, desnudo, y de su mano pendía el lienzo para secarse. Lo quedaba mirando, pronto a vestirse con las ropas nuevas que él le había regalado recientemente. El adolescente, aún mojado, intuía una despedida del maestro después de varios años en su casa, auque no tenía motivos reales para pensar en ello: sólo su percepción de niño huérfano, formado en el borde de la supervivencia y recogido por su tutor le hacían prever un desenlace semejante.

Se mantenía el joven frente al pintor, en trance dubitativo, sin poder expresarle su tremenda inquietud que lo llevaba a recordar aquellos días duros, durante los cuales se despertaba en la mañana sin saber si iba a comer o si su ayuno continuaría indefinidamente. En todo caso, era la situación más indulgente que podía esperar. La otra consistía en escapar de los guardias que lo perseguían para evitar ser llevado a un lugar oscuro de algún palacio, o a ciertos cuarteles en donde lo bañaban y un señor tan desnudo como maduro, recién perfumado, lo violaba mientras comía frutas y bebía vino.

Le pagaban, decían los guardias; lo retribuían según ellos con la máxima recompensa que él podía aspirar: quedar con vida. Seguramente, porque el mandante lo volvería a llamar. Más de cinco eran sus victimarios de tan horrendo crimen: mataban el alma del niño y, lo que es peor, le dejaban el cuerpo vivo. El infante de entonces no pudo saber de quienes se trataba, pues durante su visita obligada, éstos permanecieron desnudos, sin las vestimentas que lo podían identificar como nobles, curas o militares.

El maestro trataba de enseñarle su oficio: -Dibuja, Giovanni, dibuja – le repetía constantemente. Pero él ya tenía su alma desollada y sólo pensaba en comer, dormir y sobre todo jugar, lo mismo que nunca hizo en su época pueril. Efectivamente, todo el tiempo que tenía, jugaba o cumplía todas las tareas ordenadas por su tutor, pero las hacía como si fuera una entretención.

-Tú, nada tomas en serio – era la locución que recibía como reprimenda benigna ante el comportamiento festivo del joven, la que remataba con un: -Estás siempre jugando.

Así, desnudo, saliendo del río, el artista tomaba apuntes de su rostro en expresiones diferentes. Dibujaba los detalles por separado: los ojos, los pómulos, el mentón. Pero sobre todo la boca, pues en el caso de Giovanni, sus labios eran muy expresivos y mostraban a través de ellos todo su estado de ánimo. Lo que otras personas exteriorizaban con los ojos, él lo hacía con sus incontables formas de sonrisas, la que muchas veces no eran tales sino fruncidas de seños que lograban comunicar, más que sus tímidas palabras, y pocas por su falta de educación, el profundo sentir del momento.

-Prometiste hacerme un retrato – le dijo a su tutor, quien le contestó sin dejar de mirar el pliego de papel en donde trabajaba: -En eso estoy Gianni–, usando ahora su diminutivo.

-Hasta ahora, son sólo dibujos: papeles y más papeles. Todavía no pintas: ni siquiera me has pedido que prepare un lienzo. Replicó el joven.

-Para pintar, primero es necesario dibujar siempre: dibujar y dibujar, Gianni .

Ya era más de mediodía y el pintor ordenó sus papeles en una carpeta de cartón liada con una cinta color marrón y puso sus carboncillos en una larga cajita de madera. Se las entregó a su ayudante, quien había dejado de posar para él, para que las llevara al emprender el largo camino a casa desde esa parte del río Arno, aguas arriba de la ciudad de Florencia. Allí, en donde, al término de un breve rápido, ya de la época de los romanos se habían construido algunos muros de retención para impedir que el torrente provocara inundaciones en épocas de crecidas.

Después de la última pared, la cascada de agua había carcomido una profunda y ancha poza en donde se aquietaba para formar un espejo, rodeado de árboles y rocas con ausencia de mosquitos, posibilitando así un baño más tranquilo en sus aguas. Desde allí, el cause seguía ancho y lento, el que aumentaba su contenido malsano en la medida que se acercaba a Florencia para finalmente atravesarla, hiriéndola de un tajo, la cual se desquitaba vertiéndole su inmundicia.

Mientras caminaban, el joven añoraba los tiempos en que el maestro lo tomaba poniendo su palma completamente encima del hombro y lo dirigía con los dedos índice y pulgar, mientras retornaban de vuelta a casa, siempre jugando, alegre, después de pasar una tarde bañándose juntos en el río. Algo, pensaba, había cambiado. Por otra parte, hacía algún tiempo el pintor había decidido aprovechar la visión del lugar con la luz pálida de la mañana y no los tonos cálidos de la tarde.

Caminaban en silencio. El artista pensaba en el almuerzo que tendría “Donna” Renata, como le decía él, por su pasado juvenil de gran linaje en un reino del Sur: seguramente había cocinado unos “maltagliati” con carne o una “ribollita”. Su ayudante, en cambio, tenía pensamientos dirigidos hacia otros tópicos: dudaba si debería cobrar la palabra empeñada de su tutor quien le había prometido hacerle un retrato. Sabía que él lo estaba preparando.

Esto le provocaba sentimientos de índoles distintas. Estaba contento, porque finalmente el pintor se había decidido a empezar con la obra, la que estaba esperando por años: habría un retrato suyo, único, a la manera como las personas importantes veían perpetuada su propia imagen, realizada por un gran maestro. Sin embargo, su terminación también significaba, presentía, el ocaso de una etapa como habitante de la casa de su anfitrión y una nueva vida en algún otro sitio, independiente, pero también sin la protección de la cual gozaba.

A penas llegaron a la casa, Giovanni se fue directamente al dormitorio del pintor, dejó los enseres de dibujo a un lado y, sacándose los calzones, se tiró encima de la cama boca abajo dando unos chillidos de animal herido. El maestro tomó la carpeta y la caja de carboncillos y los llevó a su taller, sin hacer caso de sus actitudes.

Cuando se acercaron a la gran cocina, en donde una larga mesa de comedor ocupaba la parte central, junto a Donna Renata, había un niño ayudándole en los menesteres culinarios. Era de la misma edad que el joven tenía cuando llegó a esa casa. Después de un buen rato, y mientras el pintor comía, éste le dijo: -Él es Gabriele. No habló más durante todo el almuerzo, salvo para decir: - Giovanni, no hagas sonar la boca cuando comas -, y este aumentaba el ruido exageradamente para desafiarlo.

Un rico noble de las cercanías de Turín había pasado por Florencia con su joven esposa. Venían de Roma en donde habían agradecido a Dios por el hijo que estaban esperando en la misma iglesia del Pontífice. Por mar llegaron al puerto de Livorno, y no a Génova, como era lo habitual para ellos, desde donde se dirigieron a la ciudad. Allí se reunió con el pintor y le pagó por adelantado una parte sustancial para hacer un retrato de la dama encinta. Días después tuvieron un feliz regreso a sus tierras piamontesas.

Cuando estaba pintando la obra, tenía dificultades para precisar las facciones da la joven señora porque había extraviado los apuntes de su rostro tomados durante los tres días que permaneció el matrimonio en la ciudad; o había sido objeto del robo de ellos, como presentía. Sospechaba de Giovanni, molesto porque todavía no cumplía con hacer su propio retrato. - Vas a empezar otro “ritratto”, ahora el de la condesita y postergarás nuevamente el mío –, le había dicho con cierto rezongo que lo atenuó con una vocalización nasal, pero pronunciando la “r” con esa mezcla entre “g” y “r” propio de los piamonteses para mofarse de quienes lo habían encargado.

El maestro, avergonzado por la pérdida de tan valiosa referencia y, negándose a toda improvisación que se basara solamente en la memoria, envió una nota a su mandante, confesándole que había perdido los apuntes del rostro, aunque ya había terminado el cuerpo. Lo describía como sentado en un rico sillón, apoyado en su brazo izquierdo y sobre él su mano derecha, tal cual habían acordado en el contrato escrito cuya copia poseía, el que incluía: “...y sin joyas en el cuello, ni en las manos, lo que representa la pureza del hijo que ha de venir, quien será enviado desnudo por Dios, desprovisto de todo lujo”.

Considerando la cuantía del adelanto y en prevención del posible reproche que podría haber recibido del cardenal que lo recomendó tan entusiastamente en Roma ante el conde turinés, le solicitó que lo disculpara por la imperdonable negligencia, ofreciéndose para viajar a su palacio y tomar nuevos apuntes y, si fuera necesario, comenzar la pintura del rostro sobre la tela en su propia residencia, hasta terminarla.

La respuesta del conde lo dejó paralizado: No “venga” decía, “la condesa ha muerto en el momento del alumbramiento de mi hijo, quien, sin embargo vive, muy sano y robusto. Me he tambaleado entre la pena y la alegría, por eso mi alma está triste, muy triste y, no obstante, a la vez, pleno de felicidad. Ahora que usted me deja sin el retrato de mi amadísima esposa, no sé si me favorece al borrar toda imagen que me rememore la felicidad perdida, o si me quedo indefectiblemente sin la oportunidad de mostrarle a mi hijo cómo era el verdadero rostro de su madre”.

En el pintor también nació esa dualidad consciente. Por un lado, su falta de control sobre sus dibujos: él, una persona que había logrado una rigurosa disciplina en su oficio. Por otro, los sentimientos que había alcanzado con Giovanni, causante culpable, al mismo tiempo, de su aflicciones artísticas y, porqué no decirlo, también económicas. Estaba preocupado por esta crisis que, intuía, sería de larga duración.

A la respuesta del conde en donde finalizaba: “...a la mitad del pago adelantado, entrégueme la mitad de su trabajo. Mi imaginación pintará lo que falta, el rostro de mi amada esposa que usted no ha logrado hacer. Cuando ya no tenga más lágrimas que verter, haré jirones la “Donna” sentada en el sillón para que en el futuro nadie se anime a colocarle otro rostro a la figura, que no sea aquel de quien fue la señora de esta casa”.

Conmovido, con una profunda pesadumbre y acalorada vergüenza partió a Turín llevando a Giovanni para que este viera las consecuencias de la acción cometida. No llevaba el cuadro, sino el dinero adelantado. Lo había debido solicitar a un banquero florentino, pues parte de él ya no estaba en su poder. Pero había conseguido más que eso: el valor completo del cuadro, incluyendo la parte insoluta; a cambio de futuros trabajos a su nuevo acreedor, como retratos de los miembros de su familia y una alegoría sobre el santo patrono de su pueblo de origen.

El conde no estaba cuando llegaron a su palacio, a pesar de haberse anunciado con tiempo. Lo recibió un secretario menor quien no le dio explicación alguna por la ausencia de su señor. El pintor, negándose a entregar el cuadro le pasó el dinero, diciéndole. –La obra fue terminada y en este acto le devuelvo el adelanto y le agrego, si bien nunca lo recibí, el faltante consignado en el contrato. De esta manera la compro en su valor total. Ahora, sin lugar a dudas, es mía.

Se retiró de sus territorios de inmediato, para no recibir la reacción del conde si hubiere habido alguna. Mientras se imaginaba el retrato de la señora hecho jirones de telas, más apuraba el tranco de su caballo. Pensando en esa posibilidad, no emprendió el camino hacia Florencia; decidió pasar por Milán en donde podría recibir protección hasta que se aplacaran las iras del indignado mandante.

Bien sabía que los nobles son pródigos y amables cuando están en un viaje, pero duros y crueles en su propio territorio. Si éste hubiere estado presente e insistido en el cuadro, habría debido de hacerlo traer para entregárselo. Sin embargo, ya había pintado en él otro rostro: el de Giovanni al salir del baño en aquella poza del Arno.

El ayudante, ante el oprobio al que se había expuesto su tutor a causa de sus faltas, no se inmutaba: todo le parecía un juego, con o sin consecuencias, pero un juego al fin.

Ya de vuelta en Florencia, el pintor habló con ese alumno que nunca aprendió ni siquiera a dibujar durante todos esos años de enseñanza en su casa, para decirle directamente lo que pensaba de él. Por primera vez se atrevió a enfrentarlo sin temor a perderlo, pues quería precisamente que se fuera.

No se refirió a los bosquejos perdidos, y posiblemente destruidos, del rostro de la condesa piamontesa. Tampoco le hizo saber que tenía olor a transpiración, ya no de niño, sino de trabajador de albañilería; los juegos se habían convertido en una franca holgazanería: comía en demasía y se levantaba tarde, tan diferente a la disciplina personal de su tutor. Su natural crecimiento y su manera de vivir lo había hecho aumentar excesivamente de peso y comenzaba a insinuarse una papada suelta debajo de su mentón que le quitaba toda candidez infantil: ya estaba en el camino de ser adulto.

Más bien, se limitó a hechos objetivos: no aprendió las lecciones de su maestro, a pesar de las múltiples ocasiones que tuvo –Ya se te ha pasado la edad para aprender. Ya no lo hiciste. Los fundamentos se adquieren cuando uno es pequeño. De grande, los defectos se mantienen para toda la vida. Ahora es la oportunidad de Gabriele –, le expresó finalmente.

El joven vio materializado lo que había presentido tan reiteradamente al reconocer tantas señales de rechazo que el maestro dejaba destilar en acciones y actitudes significativas. Cuando Giovanni ya se iba, por supuesto expresó lo que tanto había preparado para la ocasión: le pidió el retrato al artista. “Su” retrato, aún vestido de mujer. Ya vería él cómo le hacía cambiar las ropas.

Entonces, éste le respondió: -Yo prometí retratarte, no regalarte la pintura. Por lo demás, la obra todavía no ha llegado a su fin y ese momento lo determina nadie más que yo, su autor.

El joven, disgustado, porque sabía perfectamente, y no tenía dudas, cual era la correcta interpretación de la promesa, le respondió con una advertencia, no ya de un niño ni la de un joven juguetón, sino de un hombre repentinamente maduro por las fricciones acumuladas que hubo de soportar en su vida: -Te doy mi palabra que me las vas a pagar, y yo sí cumplo con mis promesas.

El pintor, quien tenía una mente admirable, sabía que no había cumplido. Los atenuantes a su favor le aplacaba el desánimo: estaba seguro que Giovanni había destruido los croquis de la “Donna” de Turín, quemándolos en el fogón de la cocina, mientras él trabajaba bajo el lumen de su taller y Renata descansaba en su dormitorio. Además, fue justamente este hecho que lo encausó a reemplazar su rostro por el de Giovanni de quien sentía la obligación de alejarse para siempre, pero también conservar su recuerdo; esa constante dicotomía en su interior entre el ser y el deber ser; esa dualidad helénica que lo hacía interesarse por los cuerpos de los jóvenes y contraponerse con el clasicismo romano de la belleza drásticamente diferenciada del guerrero conquistador y la fémina conquistada y predispuesta.

Sin embargo, tampoco había entregado el retrato, porque la obra había resultado más espléndida de cuanto había imaginado antes de comenzarla, la cual le mostraba al pintor su propia capacidad de extraer de su interior, genuinos sentimientos por sobre las técnicas: tanto las que aprendió de sus maestros como aquellas, las más queridas, que descubría por sí solo. Cada vez que pasaba el tiempo para que el joven se fuera de su casa, llevándosela, él más le encontraba dulzura y belleza en su propia interpretación, como nunca le había sucedido antes con una pintura suya.

Lamentablemente, Giovanni cumplió su promesa. Poco tiempo después que abandonó la casa del maestro, volvió, subrepticiamente, enredado entre las luces y sombras de la medianoche para rescatar su retrato; lo único que obtendría después de servir al artista durante varios años. La amenaza de “me las vas a pagar” no se refería, entonces a que le infringiría un castigo directo al pintor, sino a un cobro directo por parte de quien se erigía como su acreedor.

Desesperación y congoja: este era el estado que mejor definía esos momentos sufridos por el maestro cuando se percató de la pintura faltante, a pesar de haberla buscado hasta en los más oscuros recovecos de su taller. Esa consternación lo llevó a solicitar, a uno de sus conocidos de la alta nobleza que sus guardias buscaran a Giovanni como lo hacían antes, aunque ahora, presentía, con resultados tan diferentes como pavorosos. Así recuperó la obra, algo dañada, pero, a partir de ese momento, una eterna inquietud se alojó en él con rasgos de certeza: de Giovanni no quedaba más que el rostro del retrato de la señora. El mismo que el conde piamontés quería hacer jirones.




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