Roberto Brodsky

De La Siega, la enciclopedia libre.

De "El arte de callar"

Extracto de la primera parte del libro publicado en Sudamericana, 2004.


“... Era viernes y el local estaba completo. Un montón de gente reunida en torno a la pista se apretaba a mirar el show, mientras las parejas llenaban los pasillos y pasaban tomadas de la mano hacia el centro del salón, bajo el estrabismo de las luces que alteraban la visión. El hombre de la barra me miró y se acercó. Se llamaba Javier y las niñas lo llamaban Javi. Puso un trago delante y apoyó el brazo para intimar. ¿Todo bien? Me limité a sonreírle mientras rumiaba palabras y excusas a Daniela que empezaban a desdibujarse. Una de las niñas se acercó. Hola, me besó en la mejilla. Olía a mentol y tabaco. Tú eres el periodista, ¿cierto?, dijo apoyando el cuerpo a un lado. Llevaba una telita de ropa ligera que la cubría hasta medio muslo y le dejaba los brazos libres, con unos llamativos sostenes ligeramente asomados sobre el pecho. Asentí con un vaivén. Ella indicó con un gesto y Javi le sirvió una fantasía espumosa de color naranjo: ¿me invitas? Dije que sí otra vez y chocamos los vasos en plan amistoso. Las luces quebradas hacían difícil distinguir la penumbra a dos metros de distancia. Comenzamos a beber en silencio. Estás enojado, dijo ella al fin, sin apartarse. Uno de sus muslos se columpiaba distraído junto a la barra. Más o menos, repuse. Es tu mina; tienes todo el derecho, insistió. Me volví a mirarla. La cara redonda abultaba engañosamente su papada, aunque el atractivo quedaba subrayado por un cintillo negro que le rodeaba el cuello como una soga bajo los ojos firmes y oscuros. Es la mina de todos, repuse. Ella azotó la cabeza riendo y el peinado onduló hacia atrás como un arbusto sobre sus hombros. Si cada mujer es una proposición, ella era una profesional. Bonito pelo, Morena, dije por darle un nombre. Me puso una mano en la rodilla: todas tenemos que trabajar, niño. Supongo que sí, admití. Javi llenó nuevamente los vasos y comencé a perder la cuenta. En minutos quedaría convertido en su cliente. El muslo dejó de balancearse y se pegó a mi lado. Los hombres son la mar de lunáticos, dijo ella. La expresión me hizo gracia y nos quedamos mirando la pista, esperando. Creo que acaricié su pierna. Me está dando envidia, murmuró. Mejor voy a buscar un reemplazo. La retuve ofreciéndole otro trago. En realidad nunca he sabido quién es, me oí decir como si de pronto la viera de lejos. Por esto te gusta tanto, sugirió. Puede ser, dije. ¿A eso viniste? En parte, contesté. Permanecimos templados, a la expectativa, y me repasó con manos de sastre cuando Daniela apareció y saludó casi ajena, enfundada en una minúscula faldita que le levantaba el trasero. Ya venía puesta y un poco alocada. ¿Te estás divirtiendo?, me dijo. No parecía irritada de verme y yo ya no deseaba pedirle excusas. Más bien ansiaba borrar la modestia que me regalaba en privado. Javi colocó un tercer posavasos en la barra y evité su indolencia diciendo que quería ir al baño. Indícale dónde es, negra, dijo Daniela. Se veía a sus anchas, como si hubiera vuelto a tomar las riendas de una casa que siempre había sido suya. La chica del cintillo negro en el cuello se adelantó y me condujo hacia el fondo por un corredor lateral, vadeando las sombras excitadas y el sudor pegado a los muros. Antes de que alcanzáramos el baño, Morena volteó y se detuvo. ¿Quieres que me vaya?, dijo. Estoy un poco borracho, no veo nada, mentí. El volumen de la música subió a mis espaldas cuando me indicó la puerta. Pasé y antes de que cerrara ella me siguió detrás. No hice amago de expulsarla. Me embolsó el sexo colocándose a un lado y lo extrajo con vivacidad. Una pulsera bailaba en su muñeca. Se te puso duro al tiro, me dijo. Sorpréndeme, dije sintiendo su cuerpo lleno a través del vestido. Qué pico más rico fantaseó ella bombeando de costado. Busqué su boca y empezamos a besarnos. Su lengua hervía. Aguántate, dijo. Mi amor. Cielo. Palabras que ya nadie decía. Una voz asomó por encima del hombro: escondidos en el baño los tontitos. Daniela apoyaba el cuerpo sobre las espaldas de Morena mientras yo me volteaba. La abrazó sin apuro, pasando las manos por debajo de la gasa y recogiendo los sostenes por la base. Convídame un poco, negra: estái más rica que una torta. ¿Cierto?, levantó hacia mí los ojos con mirada de loba. Hola, dije. Bienvenida. El niño tiene hambre, dijo Morena. Hay que darle de comer entonces. Con la lengua, guachita. Sus bocas se aclararon. Ya, mami. Nos movimos los tres hacia el pasillo. Trastabillé y me abroché. Usted venga para acá. Morena empujó hacia el fondo. Aquí es más tranquilo. Pasamos a un laberinto estrecho y de piso mullido con puertas a los lados, apretándonos entre sucesivas paradas y vueltas de enredadera. Era como estar dentro de una ola que no acababa de reventar. Las crunets te van a gustar, dijo Morena. ¿Sabes lo que son las crunets? Tomó mi mano, se abrió una puerta y caímos bajo una sombra violácea sin que yo alcanzara a saber donde estábamos. Por acá, dijo Daniela. Había más gente, humo y cuerpos que se trenzaban en la luz escasa y quejosa contra los muros del reservado, pero aquel murmullo también podía provenir de los cuartos contiguos. No estoy seguro. Un tema ambiental de Barry White sonaba desde los parlantes empotrados en alguna parte. Síncopes y voz de alcoba. Vamos a portarnos mal, pensé. Vamos a jugar a Divina Day. Quedamos arrinconados junto a un sofá: ¿te gusta sapear?, dijo Morena a mi oído. No era una pregunta. A mí también me gusta que me sapeen. Sus manos me tomaron la cara y se inclinó con la boca plantada encima, horneada y húmeda. Me soltó: ¿no erís celoso, cierto?, dijo mientras Daniela la tomaba de un brazo y la apartaba un poco. Huevona golosa. Las dos se rieron. Venga conmigo, no ve que él ya está mojado y se va resfriar. Mejor toque por aquí. No sabe lo que son las crunets, dijo Morena. Mostrémosle, ¿ya, rucia? Las vocalistas. Retrocedieron. Iba a seguirlas pero me empujaron de vuelta sobre el sofá. Había una mesa con tragos y una cubeta de hielo al lado. Obedecí, pero estaba indeciso, nervioso y como embotado por la sombra en medio de las atenciones que se prodigaban, abrazadas una contra la otra mientras bailaban. Me resigné a elogiarlas desde el rincón que servía de butaca. Casi en broma al principio, con rabia, pasando por alto el estímulo básico y aplaudiendo el lance como ante una prueba de infelicidad, pidiendo otro, ahora el erótico, hagan el erótico, cada vez más desajustado, hasta que la escena se tornó ineludible, sin trazos de la puerilidad conocida. La cadencia cambió de golpe y no hubo más verbos que la suave trenza de los cuerpos amarrados a un eje invisible, como si se apartaran a un lado para evitar la exposición. Las caricias bajaban y se perdían en una secuencia discontinua que exigía más monedas para seguir adelante. Guachita mía, dijo ella con las manos tomadas detrás del cintillo. Morena escondió la cara en su hombro y con una maniobra hábil destrabó el broche de la pollera minúscula que cayó al piso en una ejecución sumaria. Sin perder tiempo, apartó un poco el cuerpo y recogió el cierre de la faldita con los dedos arañando los flancos al sacarla. Quedaron en calzones y un abanico de mimos y goces desnudos se abrió entre las dos. Yo apenas respiraba. Juntaron las tetas y de pronto el aire se cortó sobre las tensas ciruelas que engordaban entre besos. No aguanté más. Me puse en movimiento, de pie y sujetando por detrás el cuerpo pujante que se arqueó y me enlazó con los brazos tomados en la nuca, dócil y rendida mientras se dejaba acariciar sin remilgos. Era toda goma tibia y dura. Era nadie, era otra, y su carne vibraba, erecta y trémula al solo contacto del aliento. Yo quería para mí las dos gotas calientes de sus pezones. Sabía que arderían como diamantes recién extraídos de un filón oscuro. Me abrí camino. Los hinché y tiré frotándolos hasta que me devolvió una expresión deshecha. Esta era Daniela cuando no era, pensé en medio del fogonazo que me ofrecía. Aquí era donde yo quería ir. Hundí la cara en una marea de pelos y sudores. Ella apretó y aflojó las caderas con impecable desvergüenza, recogiendo el culo una y otra vez en medio del frenesí que la partía, eufórica, piel contra piel mientras Morena sujetaba sus muslos para liberarla del calzón y enseguida se aplicaba de rodillas para recoger la deliciosa espuma que le empapaba los labios. Su lengua soltó un remadre: la concha, la puta, y creí que nos observaban, pero no me importó. La corriente nos apretaba en un centro que iba de una en otra, y sentí que un animal ardiente, guardado bajo siete llaves, salía huyendo de su refugio y escurría sobre el piso. Comenzaron las quejas, los ruegos, y en la confusión que siguió me oí murmurar sobre sus bocas las siglas del amor... Después caímos como en cámara lenta y rodamos hasta quedar sin habla, agobiados por la conmoción de las carnes recién caladas, interminables. En un momento ella encajó mi sexo y Morena alivió sus pechos colocada a horcajadas y de espaldas sobre mí. Era como estar en un quirófano, sumergido en un tubo de respiración. Yo quería vivir allí: flotaba, ebrio de placer y bastante borracho también. Un brasero estalló encima, pero había perdido el control de la situación cuando me dejaron de lado. Quedé solo en el reservado, o eso parecía. Oía gemidos, palabras entrecortadas, ecos de exquisitas vulgaridades que me llegaban susurrantes desde los cuartos vecinos. Me afirmé en un muro y traté de alcanzar la puerta. Los objetos bailaban en una nube lacrimógena. Llegué hasta el pasillo con el pulso alterado por los requiebros y lamentos que atravesaban la pared, pero no las encontré. Quizá me había equivocado y estaban en el salón, trabajando, o se habían metido al baño, quién sabe. Yo no tenía ya fuerzas para ir tras ellas. Las sombras extenuaban la perspectiva del corredor. Volví al reservado y me tiré en el sofá. Debieron pasar horas, porque desperté revuelto, echado de espaldas y con la cabeza embotada. No se oía un alma y traté de recordar los últimos estertores de la noche para entender cómo había llegado hasta allí. Miré la hora y volví a derrumbarme con la vista ida en el cielo del cuarto, estragado por la orgía. Las orejas me ardían. Súplicas, Quejidos, Goces, Exquisitas Vulgaridades que se deleitaban en mis oídos y atravesaban ilocalizables el espacio entero. Un río de semen corría lánguido en un lugar cercano. Una puerta vaciló. Quise abrir los ojos y pensé: el crimen, la locura, el chantaje están aquí, al alcance de la mano, atraídos por las pisadas que yo mismo he ido dejando. Serénate, me dije; debes conservar la calma. Sólo un esfuerzo más y sabré lo que tengo que hacer. Percibía suaves vientos de borrasca. Quién es, balbuceé. Quién anda ahí. En un segundo ella flanqueó mi cuerpo y quedó sentada encima, cabalgando sobre mi cintura, tal como debió quedar la madrugada del 31 cuando subió a despedirse de Moyle. ¡Ah, Divina Day! ¡Divina Day!, celebré, calmo al fin, sosteniendo su aparición en un hilo de conciencia. Eres tú. Dónde estabas, te andaba buscando. Qué es ese cintillo que traes ahí.”




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