Roberto Contreras

De La Siega, la enciclopedia libre.

Maltrato animal


Hace unos años tuve un amigo que se llamaba Francisco. Un tipo amable y desesperado. Pero no de esos desesperados con tendencias suicidas, como había conocido a tantos, sino más bien un desesperado a secas. Alguien que sabe, porque el tiempo se lo ha demostrado así, que está por fuera de la senda que puede dar tranquilidad a su existencia: tener algo que hacer y sentirse feliz con ese destino.

Pancho, que era así como le llamábamos por esos días, en cambio, había decidido ser poeta. Aunque sería mejor decir que al igual que su mentor Bob Dylan: músico y poeta. La última vez que nos vimos, no sólo tenía más de veinte cuadernos llenos de poemas que aseguraba algún día serían canciones, sino que también vestía a lo Dylan. Lo que para ese entonces no me pareció nada de extraño, ya que todos antes, o al menos la mayoría de los que nos juntábamos en casa de su abuela, habíamos vestido o querido parecernos aunque fuera en sus casacas de mezclilla a los integrantes de los Ramones. En un tiempo en que Concepción no era esa ciudad agrietada y repulsiva, como el rostro del mismo Pancho cuando me lo tomé en Santiago, sino un pequeño reducto de hermandad y, me atrevo a decirlo, también de inocencia a toda prueba.

Sus llamadas, como todas las que sostuvimos luego de mi partida, siempre tuvieron un sello particular: las hacía de madrugada, sin importar si me encontraba despierto, acompañado, o en mi casa siquiera, porque había adoptado la costumbre (mala para muchos) de tomar cualquier teléfono durante una fiesta o en un encuentro con amigos suyos y marcar mi número. Ejercicio arriesgado que muchas veces nos hizo mantener largas conversaciones – desde el alcohol una, desde el sueño la otra – donde la única certeza en medio de la nebulosa del otro día, era estar recordándolo con mayor intensidad, y ya muy tarde caer en la cuenta de que efectivamente habíamos hablado. Eso cuando no lo hacía con mis padres o mi hermano, quienes me recordaban del telefonazo recibido a altas horas de la noche, con el que había despertado a toda la casa. Su última llamada, con idénticas características, había sido para decirme que me visitaría por esos días, precisamente el lunes, en mi nueva casa. Ahora que vivía solo, según dijo, y podía recibir amigos sin incomodar a nadie.

Pancho hacía años que se había convencido – palabras textuales suyas – de que no calzaba en el mundo. Sentencia que, todavía me pregunto porqué, yo me encargaba de cuestionarle, diciéndole, y creo hasta asegurándole que tenía que ver con ese lugar, que la ciudad en la que vivía era la verdadera culpable de su desgracia. Recién entonces no seguía insistiendo con lo mismo. Tanto así, que llegué a saber con el tiempo que cuando volvía a sentirse de esa manera, o escuchaba a alguien discutir sobre ser un desadaptado, no dudaba en citarme, como si a partir de esa reflexión consiguiera hacer se retractaran los que se sentían como él en Concepción. Justamente en un momento cuando sólo la poesía (lo decía llorando y también llamándome con cobro revertido desde allá) lo salvaba de no mandar todo a la cresta: “Quiero salir de este mal sueño/Quiero despertar de una vez/Esta historia ya me está cansando/de no poder ir contra la corriente/Relájate y empieza a rendirte/que la ciudad se presta para todo”, decían más o menos sus versos. Unos versos sencillos, escritos con palabras simples, pero con un desgarro que luego de ser leídos de una sola tirada, como le gustaba leerlos a él, pasando de un cuadernillo a otro y solo parando a respirar, no dejaba otra opción una vez que se detenía, que querer abrazarlo. Sí, abrazarlo muy fuerte, incluso con ganas de acunarlo como se haría con un niño. Eso, claro, si se lograba vencer el pudor. Y no porque sus escritos derrocharan gran talento, sino porque efectivamente todo ese lirismo, sucio, maltrecho y avasallador, le daba una calidad de sobreviviente, dejándolo a uno convertido en un insensible, tanto o más desprotegido y a la deriva que a él mismo. Ya que Pancho, quiero pensar sin proponérselo ni bajo ningún programa de por medio, hacía que el lector o sus fieles oyentes pasaran rápidamente desde la admiración al llanto, para luego terminar sobrecogidos, hecho unos nudos o las cáscaras de una persona, al descubrir a partir de su entrada en el abismo, el peso de sus propias miserias; reconociéndose de golpe como sujetos indeseables, incapaces de percibir el rechinar del feroz engranaje criminal, que era ahora el trabajo, la melancolía, la vida adulta, esa locura sin forma de locura en que parecemos perdernos. Aquel frío de hielo por la espina dorsal que él tan bien sabía describir en sus páginas, con una serenidad donde podían encontrarse, a pesar de tanta desesperanza, brillantes muestras de lucidez.

En una frase, podría decirse que su poesía había sido escrita en el infierno.


Su llegada esa tarde fue rotunda y me costó reponerme de la impresión de su cara, cruzada por una larga cicatriz que nunca pensé vería en un conocido, desfigurándole su mejilla derecha. “Me la hizo un zurdo. Se nota, ¿no?” Fue lo que atinó a decirme, en circunstancias que yo sólo daba gracias porque volvía a verlo con vida. Esa tarde bebimos bastante y nos contamos hasta el amanecer lo que habíamos hecho durante el tiempo en que dejamos de vernos. Él había sido repartidor a domicilio de cajas de cosméticos Avon; alarife en la tala de árboles nativos en Tirúa; también maestro sandwichero en el Mercado y por último recolector de latas, alambre de cobre y todo cuanto tuviera un valor en kilo. Nada que se tradujera en una ganancia significativa, pero que le había permitido costear sus vicios: cigarros, cervezas los viernes e incluso permitirse una arrancada a la capital a visitar a algún amigo extraviado.

Lo mío, a pesar de resultarle a él más agitado (porque el brillo de la capital tenía su propio encanto) sólo podía remitirse a mi antiguo trabajo en la Municipalidad, todavía sin muchas expectativas de ascenso, y el cambio nuevamente de novia (la tercera que él me conociera luego de una amiga en común) con el consabido añadido: “Con ella estoy rehaciendo mi vida y no debería volver a equivocarme”. A lo que él otra vez acotaba hasta con sorna, y como lo había hecho en las otras dos ocasiones en que me había visto fracasar con esa misma apuesta: “¿Y tú estás esperando que llegue la Marilyn Monroe?”.

Todo eso me lo decía con una seriedad que recién ahora me causa risa. Al guardar las distancias, y acaso porque el suyo sí que era un caso clínico con las mujeres. Experiencia que creo no llegaría a resolverse en una conversación – literalmente – de la noche a la mañana como fue nuestra alocada jornada. Un encuentro del que sólo me quedaría claro que si Pancho tenía una pasión verdadera, muy suya y latente, era su inclaudicable decisión de abandonar la carne. Se había vuelto vegano, es decir, alguien que además de no ingerir carnes, tampoco tomaba leche, huevos ni ningún derivado de los animales. “Basta con que nos eliminemos entre nosotros. Yo no voy a contribuir en seguir matando más seres vivos, solo por darme un gusto”. Esa última afirmación por supuesto iba acompañada de una serie de fundamentos y un evidente activismo en contra del maltrato animal en la región. Cuestión que me parecía un cometido con mucho más altura y nobleza que, espero el tiempo me diera la razón, apostar a ser la sombra de Bob Dylan, bajo el más perfecto anonimato, a orillas del Bío-bío.


Antes de que Pancho se fuera (su estadía apenas sería de dos días) no pude negarme a que fuéramos a caminar por la línea de trenes próxima a mi casa, ubicada en el populoso barrio de Estación Central. Caminamos cada uno por un riel, como lo habíamos hecho una infinidad de veces en la línea que pasaba cerca de la suya, sobre el río Andalién. Avanzamos equilibrándonos y saltando en los durmientes, hasta que encontramos una reconfortante sombra entre la fundición y los talleres. El lugar donde decidimos detener la marcha y tomarnos unas últimas cervezas. El silencio nos acompañó durante gran parte del rito, como si en ese tiempo suspendido, pudiera concentrarse todo lo que sabíamos estábamos dejando de decirnos. Al poco rato, que ahora me cuesta precisar si se trató de media hora o quizás un par de horas, vimos llegar a dos operadores ferroviarios, quienes de principio a fin, se dispusieron a cambiar el sentido de una rústica locomotora. La faena se desarrolló completamente dentro de un foso, donde sobre un eje central se hallaba una plataforma de pronunciados rieles, que además servían de soporte y mango para el arrastre. Fue un trabajo lento, mecánico, pero lleno de detalles, y que pudimos presenciar, suponemos sin ser vistos, desde una privilegiada primera fila. Una labor que comentamos, cuando es uno quien la realiza es fácil sea integrada a la dimensión de la costumbre o la tarea hecha, sin mediar mayor dificultad. Para ellos, concluimos, hacer que el carro que antes miraba al norte, con sus propias manos, quedara mirando hacia el sur, resultó una cuestión ordinaria, tan cotidiana como encender un cigarrillo y luego internarse en el cementerio de trenes por donde los vimos perderse.


Cuando los conductores se fueron, sin pensarlo dos veces y por supuesto producto de los tragos y una ansiedad que potenciábamos queriendo recuperar el tiempo perdido, nos metimos dentro del foso. Tomamos las manillas tal como vimos hacerlo a los operarios y comenzamos a forcejear en silencio, poniendo todas nuestras fuerzas en un único objetivo: cambiar la marcha determinada.

Debimos buscar además, sin querer darnos por vencidos, algunos paños que evitaran el que nuestras manos se deslizaran por la grasa de los rieles. Pero todo intento fue inútil. Habíamos visto cientos de veces, en películas y en directo, cómo se realizaba el cambio de una vía dirigiendo tan solo una palanca desde una posición a la opuesta; porqué debería variar tanto esa operación, si la facilidad estaba recién comprobada por un idéntico número de personas. Y así seguimos intentando nuestra empresa, con los brazos temblorosos, empapados en sudor, a pesar del frío y la amenaza de lluvia que se cernía sobre la vieja estructura de la estación, levantada imponente a nuestras espaldas. Nos entregamos durante varios minutos a nuestro cometido, antes de desistir y ver que habíamos desplazado apenas unos pocos centímetros, medidos en dos pasos exactos, los 180º grados que hubiéramos esperado girar la máquina, para quedar conformes, y tal vez desde entonces sentirnos inmortales.

Se nos hizo tarde. Pancho había tomado su pasaje para la última salida de la noche. Llegamos agitados a mi casa. Luego de una ducha, la preparación de un sándwich y zamparse una taza de café, lo acompañé al terminal de buses. Desde esa vez no he vuelto a verlo. Han pasado prácticamente cinco años. Ya no sigo con la chica de la que le hablé en esa ocasión, y con mi actual pareja barajamos no solo la posibilidad de dejar de arrendar, sino también muy seriamente la idea de la paternidad.

El tiempo ha corrido como un río desbocado, llevándose con su crecida, al parecer, también sus llamadas. Si de mí dependiera, preferiría no volver a recibirlas. Supongo porque no sabría qué contarle. Sería incapaz de recordar hasta la historia más sencilla que nos hiciera volver a lo que pudimos ser y sabemos ya nunca más seremos. Todo ha sido demasiado tarde.

Aunque sí hay algo que me despierta de vez en cuando curiosidad. Y es saber si todavía se mantiene en las filas de los herbívoros. Yo lo he pensado varias veces y no me vería dejando de comer carne. Quisiera creer que Pancho lo ha hecho, que no ha roto su promesa y con eso vive un poco más tranquilo. De una manera extraña, pero sencilla, en calma.




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