Rosario Carmona Yost

De La Siega, la enciclopedia libre.



MENTE EN BLANCO
de Enrique Matthey para Rosario Antonia


Creo que cualquier sujeto con un poco de esfuerzo podría transportarse a la época de la niñez y ponerse en el pellejo de un entorno precario, carente de objetos, y pensar en qué le sucedería si se encuentra a solas con un mecano, con un juego de soldaditos de plomo o con un set de pequeños artefactos y personajes play mobil por primera vez. Seguramente su imaginación sedienta por la falta que le obliga a suplir las falencias con el ingenio, sentirá, además de una gran excitación, una especie de sobre dosis de estímulo que al comienzo no sabrá cómo administrar. Pero luego —después de observar esta pequeña población objetual similar a un alfabeto colorido— intentará darle un orden a las piezas de acuerdo a lo que su escasa experiencia de mundo le indique, en cuanto a cómo deberían organizarse estas piezas en un plano o estructura determinada.



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El triunfo de la muerte
Óleo sobre tela
28x35 cms, 2006

Es natural que un sujeto productivo que realiza su actividad con intensidad responda eventualmente al impulso natural de descartarse, de dejar que su mente vague a la deriva sin restricciones de alguna especie. Es lo que unos califican como perder el tiempo inútilmente y que otros condenan como el vicio del ocio. Más allá de cualquier adjetivación que se le atribuya a esos momentos, sucede que en realidad toda la agitación mental se decanta en el intervalo, y comienza a gobernar una suerte de estado limbático en el que nada es importante a la vez de ser fundamental. Es un estado de percepción desinteresado, amoral y sin jerarquías, de agudeza, al margen del mundo y las circunstancias, en que el zumbido de un insecto puede ser equivalente al estruendoso rugir de la turbina de un avión. Es un instante de suspensión donde todo vale por igual, donde el ápice se vuelve pletórico y le arrebata el puesto a la pompa, al boato.

Son esos momentos en blanco, esos vacíos, los que estructuran efectivamente la productividad, es en ellos donde muchas veces descubrimos lo que es significativo o lo que duerme en algún rincón obscuro de nuestro inconsciente. Acerca de esto, Proust escribe: “En los momentos mismos en que somos los espectadores más desinteresados de la naturaleza, de la sociedad, del amor y del arte mismo, como toda impresión es doble, medio envainada en el objeto, prolongada en nosotros mismos por otra mitad que sólo nosotros podíamos conocer, nos apresuramos a olvidar ésta, es decir, la única a la que deberíamos vincularnos, y sólo tenemos en cuenta la otra mitad que, no pudiendo ser profundizada porque es exterior, no nos causará ninguna fatiga”.

De ceñirse a las conductas o mecanismos culturales que rigen para todos quienes vivimos el día a día, es comprensible que se vuelva un tanto incómodo para cualquier persona corriente enfrentarse a una superficie en blanco, sin intervenir —que vendría a ser una equivalencia de la mente en blanco. Sin embargo, si no resta otra alternativa y no se cae en la desesperación, tal vez se pueda encontrar en esa superficie un pequeño mundillo plagado de accidentes, un alfabeto en situación larvaria que aparentando ilegibilidad a primera vista, igual transporte señales en un código que hace eco en regiones que hasta entonces desconocíamos.

Sobre esto bastaría un breve ejemplo, y que en su estilo también corresponde a un modo de lectura. Si nos encontramos en casa en pleno día y escuchamos un crujido, seguramente no le prestaremos mayor atención. Pero si ello ocurre durante la noche, poco antes de dormirnos, cuando el silencio reina en el ambiente, nuestra imaginación se concentra y estimula de manera desproporcionada con el incidente, desatando en la cabeza una seguidilla de lucubraciones, muchas de ellas asociadas a fatales desenlaces. Esto significa que, dependiendo de la disposición, existen instancias que siendo fenomenológicamente idénticas pueden derivar en tópicos polares: la inutilidad absoluta o la máxima productividad.

Volver al estado cero

Página en Blanco, que es el alero bajo el que Rosario Carmona rotula su obra, es un concepto preciso que comprime en tres breves palabras el despliegue de un largo aliento, asociado a pequeños gestos —en este caso pictóricos— que declaran la soberanía al establecer contacto con las también pequeñas superficies enteladas sobre las que aterrizan. En él la autora convierte el lugar en una muñeca rusa, pues la limpieza o aparente falta de protagonismo de gran parte de las superficies de las telas, contaminan el blanco de los muros obligándolos a que se transformen también en planos de lectura que se acoplan como parte de la obra. De esta forma, quien ingresa a la sala se encuentra con un campo en blanco habitado por otros de menor escala, también casi en blanco, en los que diminutos signos que representan juguetes u origamis de papel constituyen el gesto que activa todo el engranaje del espacio.

Es tan escueto el gesto, tan económico, que sin quererlo induce al recogimiento, al silencio, a contar de uno en uno y a presentir que el cero, que se presumía lejos tras las espaldas, se sitúe delante, ante la vista. Lo desestabilizador en este caso no es el objeto pintado, sino cómo ese objeto invita a recorrer el entorno, a leer el vacío de la espacialidad que lo contiene, y cómo, paradojalmente, ese vacío cobra densidad y protagonismo en un diálogo que establece con los minúsculos organismos pintados. Esto nos ubica antes del punto de partida, en que cada cosa que se ve equivale a un gran hallazgo, porque instala en la conciencia la distancia que existe entre ese hallazgo y el cero, y con ello se palpa con certeza cuál en nuestro pulso y el ritmo de la respiración que, por lo mecánico, los habíamos olvidado.

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Hábito de disciplina estéril
800 pinturas al óleo que representan bodegones
2x2 cms. c/u, 2007

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Hábito de disciplina estéril (detalle)
Pintura al óleo
2x2 cms., 2007

PREFERIRÍA NO HACERLO

Toma como referencia el cuento de Herman Melville Bartleby el escribiente. Sin embargo —a diferencia de este escribiente que concretamente no ejecuta sus deberes—, la obra si bien viene desde un inicio a poner énfasis en un desgano o desilusión gracias a su título, la pulcritud de su ejecución instaura la paradoja de lo que sin querer (o deber) hacerse, resulta dotado de una inmensa dedicación. Dedicación que a la vez se reafirma en la repetición de lo que sólo a simple vista pareciera ser el mismo modelo y que, producto de su condición imperativa como página vacía, nada dice.

Gracias a esta paradoja, Preferiría No Hacerlo establece relación con la pintura, específicamente con la de bodegón, por medio de la intención más característica de este género: contrastar la bajeza de los temas con el modo ilusorio en que son representados. A la vez que manifiesta un aparente sin sentido, intentando revelar con la pintura lo que para las páginas resulta imposible o al contrario, afirmar que lo que las páginas pudieran señalar resulta obstruido por la pintura y su desilusión respecto a sí misma. Esta revelación que no se verá jamás concretada se puede entender como un balbuceo que no logrará jamás dar con el modo indicado para expresar lo que desea; esto determina que no baste el tiempo ni el esfuerzo en la ejecución de las pinturas, ya que éstas no alcanzarán más que para señalar que algo no se puede decir.

Por su parte, que las hojas tengan más o menos el mismo valor tiene la intención de señalar que todas, desde el momento que se encontraron para siempre en ese lugar, han sido cubiertas de lo mismo, tiempo y permanencia. Lo que hace dudar de su condición inmaculada. Y esto le otorga otra lectura a la obra, ya que esa inminencia de una revelación puede estribar tanto en algo que está por venir y no puede, o en algo que se dijo y no debiera perderse. Cabe por ende la posibilidad de que la blancura de estas páginas algo quiera homogenizar. Porque una página vacía puede ser también una página borrada. (Rosario Carmona Yost)

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Preferiría no hacerlo
48 pinturas al óleo
28x35 cms. c/u, 2006

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Preferiría no hacerlo (detalle)
Pinturas al óleo
28x35 cms., 2006





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